Caminaba con ganas a
través del paseo marítimo. Con unas chancletas de verano y un vestido de flores
holgado de tirantes, podía soportar el creciente calor de media mañana en aquel
día de verano. Era su hora de descanso y la aprovechaba para caminar y recibir
el sol en su piel que ya lucía más que morena a esas alturas del mes de Julio.
Joanna se sentía feliz.
Habían pasado cinco años desde que le hicieran un lavado de estómago en las
urgencias del hospital. Recordaba las vías con suero en sus manos, la máquina
de las constantes y las palabras del psiquiatra explicándole los motivos por
los que debería empezar la terapia con la psicóloga, tarjeta de la cual añadió
al informe de alta. Se dejó llevar. Al fin aquello para ella fue como renacer,
como si de un ave fénix se hubiese tratado. Se tragó todas las pastillas que le
dieron sin rechistar y el tabaco ni siquiera lo echó de menos. Suponía que anduvo
como un zombi a causa de la medicación, pero le fue bien para descansar y
relajarse. En la consulta de la psicóloga lloró mucho, pues no le quedó más
remedio que recordar y revivir los momentos más duros de ese año. Pero empezó a
centrarse más en sí misma y a coger distancia con los demás. Asimiló lo poco
que se había querido hasta entonces, siempre dedicada a cuidar de su familia,
de sus compañeras y de todo aquel que le pidiese ayuda. Siempre había visto muy
claro lo que los demás necesitaban y sin embargo había sido muy torpe para
entender que ella, más que nadie, necesitaba ayudarse a sí misma.
Adriano la había
encontrado inconsciente esa mediodía, en que regresó a casa porque su coche
empezó a fallar. Iba de muy mal humor, pues no podía trabajar sin el automóvil.
No recordaba el enfado con Joanna y la llamó buscándola por toda la casa. Cuando
la encontró dormida y con todas aquellas pastillas en la cama, se quedó inmóvil
por un minuto sin llegar a comprender. Después actuó rápido y una ambulancia
los llevó al hospital. No se esperaba aquello y sentado en la sala del hospital,
estuvo repasando los acontecimientos de las últimas semanas. Pero igualmente no
llegó a discernir el porqué Joanna había llegado hasta aquel límite. Durante los
días siguientes estuvo en casa con ella acompañándola temeroso y no se movió de su lado hasta que la
psicóloga tuvo claro que no habría otro intento.
En los primeros meses y a
medida que avanzaba en la terapia, Joanna se debatió entre la ira, la
condescendencia, el afán por recordar y las ganas de olvidar. Buscó placer en
las cosas más sencillas, como ver películas antiguas o sentarse en la terraza a
tomar el sol. También empezó a alimentarse sin saltarse ninguna comida y poco a
poco recuperó peso y la ropa dejó de colgarle ajustándose a su cuerpo. Sus
emociones seguían ahí pero con la ayuda de Henar, la psicóloga, había
encontrado un medio para poder llorar cuando se sentía desbordada. Tuvo claro
que mucha de la tensión con la que había convivido, se fundamentaba en la falta
de información. Había sufrido las consecuencias de los actos ajenos, sin
comprender lo que los motivaba. Esa incomprensión la había martirizado,
habiendo creído que todo era culpa de ella y que estaba en su mano y era su
obligación solventar y reparar los daños de todos aquellos problemas. Algunas
cosas logró entenderlas cuando tomó distancia y cambió su punto de mira, de
otras sería difícil encontrar explicación alguna, pues le faltaban datos que no
iban a darle. Esto con Henar era más fácil de asimilar, pero lo más importante
es que aceptó que ella no tenía la responsabilidad ni debía preocuparse más que
por lo que le afectaba directamente a ella y de las consecuencias de sus actos.
La vida se tornó más
fácil, los gastos sin Susana decrecieron bastante y en ese sentido ella consiguió
despreocuparse. La faena en casa también descendió y nadie la perturbaba con
caprichos y malos modos, por lo que tuvo más tiempo para dedicarlo a sí misma. Se
sentía mejor, más tranquila y más fuerte, así que en cierto momento del año
siguiente de finalizar los dos años de terapia, decidió tomarse un tiempo separada de Adriano y se mudó con sus cosas
a la casa de los abuelos de Alejandra. Su amiga no acababa de decidirse en lo que quería hacer con la casa y estuvo conforme en dejársela por unos meses. Empezó a vivir como una bohemia y
necesitaba poco para subsistir. Volvió de nuevo a elaborar cajas decoradas,
primero con papel, después con telas estampadas compradas y por último se
dedicó a estampar sus propias telas y a forrarlas con ellas, dándoles un
aspecto extremadamente personal. Se apuntó a un taller de pintura al carbón y
al óleo y descubrió su parte más creativa. Había muchos turistas en aquel
antiguo pueblecito de pescadores y sus cajas tenían ávidos compradores que
también se mostraron interesados por sus cuadros de marinas a los que imponía
ambientes especiales a través de los colores.
Y entre tanto trabajo se reservó dos horas de descanso por las mañanas para ir a caminar,
mientras meditaba tranquilamente en sus cosas presentes y pasadas ya sin dolor. Después volvía a salir al atardecer y se quedaba hasta que desaparecía el sol bajo el nivel del mar. Los paseos entre aquellas gentes
que caminaban disfrutando de sus días de vacaciones, eran, evidentemente, más amables que la
crispación y las malas caras que se contemplaban en la ciudad. Así que después de mucho pensarlo decidió dar un paso definitivo y quedarse a vivir en
aquella casa junto al mar.
