Azules hasta donde se cansa la vista, apenas separados por una difuminada línea recta en la lejanía, señalando aquí el mar y allá el cielo. Y el paseo concurrido, el césped habitado y risas y sonrisas por doquier. Un niño que llora y agita sus pequeñas manos intentando alcanzar un globo que voló. Bicicletas grandes y pequeñas, ruedas de patines en hilera resbalando al compás de una carrera adormecida por el sosiego de una tarde de domingo. El paseo es largo a la orilla de la playa y la gente disfruta de ese sol que a unos calienta la espalda y a otros enturbia la vista. La brisa del mar trae ensoñaciones de cálidos días de verano, pero aún no, todavía es primavera y los que deambulan semidesnudos por la arena, apenas se deciden a mojarse un poco los pies por aquella ilusión de estrenar el comienzo de placeres venideros.Azules son también mis pensamientos mientras camino lentamente por entre esa maraña desordenada que me acompaña. Al fin acabaron la lluvia, el frío, el gris de la luz sombría que empañaba el paisaje, y me deleito mirando el mar limpio y sereno, la arena, las rocas, algún cachorro de labrador inquieto que se cruza sobre mis pasos y me hace sonreír. Aquí no hay preocupaciones, ni prisas, ni ruidos estridentes. El ambiente está impregnado de una calma cálida y envolvente, ni tan siquiera alterada por los escasos vehículos que en la carretera buscan un lugar, un hueco entre coches inexistente.
Camino y me siento en paz. No quiero pensar en los deberes del día siguiente. Imagino lo que haría si pudiera elegir una vida libre de obligaciones… con posibilidad de viajar a mi antojo, sin limitaciones de movimientos. Y me vienen a la mente los verdes intensos casi tocando el mar entre las rocas, las gaviotas con sus graznidos, las barquitas en las pequeñas calas, y, en otros entornos, las cúpulas de hermosos edificios que cubren tantas maravillas por ver, tantos ambientes por descubrir y humanidad por conocer. Son evocaciones que aparecen y se van con naturalidad, como en otras tantas ocasiones. Soñar no es difícil en días como hoy, saboreando el primer helado de la temporada mientras hacemos una parada para descansar.
El sol continúa su andadura hacia el horizonte y hemos de regresar poco a poco, sobre nuestros pasos, con el azul acompañando nuestro caminar. Lo miro como queriendo llevármelo conmigo. Y después cogemos la carretera de la costa –con muchas curvas, eso sí- pero ideal para disfrutar, todavía, de ese paisaje marino con las olas acariciando las altas rocas, chocando con ellas una y otra vez.
El sol se oculta a nuestras espaldas, los edificios aparecen, la circulación es densa pero no paramos. Pronto llegaremos a casa y a las realidades diarias, a suspirar porque no nos falten esas obligaciones que penden de un hilo. Las vacaciones, cuando lleguen, serán escasas como siempre. Pero no me quejaré porque, disfrutar de estos azules, ya en primavera, es todo un privilegio.

