Desde unos cuantos días atrás, por los pasillos del mercado municipal se respiraba a fiesta venidera, a celebración de charanga envuelta en suaves olores de dulzainas y licores. Quien más y quien menos dejaba caer de vez en cuando una cierta sonrisilla de satisfacción, los que llenaban las bolsas y cestas lo hacían pensando en aquella algarabía de encuentros con familiares y amigos con los que compartir una velada de bromas y carcajadas, y los tenderos, además, por el incremento de ganancias que supondría la esperada fiesta en la caja de esa semana.Por doquier se sucedían los grandes sacos blancos con la pequeña pala dispuesta a sumergirse en el interior buscando los preciados frutos de color castaño, redondos, duros y saltarines en el constante trajín de rellenar bolsas transparentes e inmaculadas que iban a parar a la consabida balanza electrónica. Los boniatos en los puestos se hallaban casi confundidos en color y volumen con el de las patatas y como ellas caían por kilos en los bolsones preparados para tal avío. Frutos secos con cáscara y sin ella competían con sus hermanas las frutas, ya secadas y encogidas, un tanto arrugadillas algunas, otras con la piel melosa y aún otras enharinadas, pero dulces y perfumadas todas por efecto de la concentración de sus blandas carnes. Las pequeñas rosquillas, buñuelos, huesos de mazapán y bollitos de piñones eran sin duda los reyes de aquel festín de sabores deseados, y las cajas repletas se sucedían unas a otras en aquel baile de desenfreno gastronómico.
Anina, con su delantal blanco en el que llevaba prendido la caricatura en tela de una castaña gigante, sorteaba, casi a cada hora, el gentío que se acumulaba delante de las paradas y bajaba las escaleras que conducían a las cámaras. Desde allí resurgía de nuevo con aquellas montañas de cajas que apenas podía sostener entre unas manos extremadamente blancas que le daban aún mayor sensación de fragilidad.
Una sonrisa de compromiso no exenta de cierto temor le hacía mala compañía a la mirada ávida y triste de sus ojos claros; sus pies no habían parado quietos en esa semana tan extraña para ella como las palabras que le repetían constantemente en un idioma que se esforzaba por retener, sabiendo que su futuro dependería de ese aprendizaje. Los olores le traían a la memoria otras vivencias anteriores, otro clima menos benigno y la imagen de su madre con las manos en la masa de harina y azúcar para conformar el pan dulce con nueces y otras exquisiteces que solía acompañar con un dulce licor de ciruelas. Pero Anina no quería pensar ni recordar mientras sus pies se movían ligeros por las calles del mercado, harto lloraba ya por las noches sin necesidad de llamar la atención a su alrededor durante el día.Esa noche tan esperada por la mayoría como tema de algarabía y derroche culinario no fue festivo para la joven Anina, pues ocupaba un rincón de una casa compartida con otros tantos emigrantes de su país y lo que trajo ese día del mercado lo repartió celosamente entre los críos que por mal alimentados estaban siempre dispuestos a pelearse por cualquier nadería. Una mesa vieja, unas sillas desparejadas y varios colchones destartalados no muy limpios, componían todo el mobiliario de aquel lugar que había pertenecido a una antigua fábrica que ahora estaba medio en ruinas. Se alumbraban con algunas velas de dudosa procedencia y el aspecto y olor que desprendían los cuerpos hablaba mucho de las condiciones higiénicas en aquel lugar. Aún así, aquella noche Anina recogió en un pequeño pañuelo unas cuantas monedas ofrecidas con la solidaridad que caracteriza a los desterrados en la miseria. Todos quisieron contribuir en la compra del pequeño ramo de flores para Csaba. Unas pocas palabras de agradecimiento salieron de la boca de Anina antes de romper a llorar como cada noche desde hacía apenas tres semanas, un tiempo que a veces le había parecido tan lejano desde que su joven esposo quedó muerto en la acera de una calle cualquiera a manos de unos jóvenes delincuentes que se creyeron con derecho a matar en nombre de Dios sabe qué ideales. Unos días después Anina, agradecida a los patrones compasivos que quisieron ofrecerle el empleo, comenzó a demostrar con ahínco la valentía del necesitado mientras cargaba con el peso del trabajo, aún derrumbándose cada noche entre sus compañeros, tan cansados y mal alimentados como ella, sin llegar a comprender en ningún momento porqué otro idioma, otra cultura o simplemente otro color de piel, podría ser causa justificada para que unos humanos negasen a otros el derecho a la vida.

- ¡Con Dios!, Antonio.








