La pausa, demasiado extensa, se fue rompiendo a jirones. Un delicado quejido, frágil, casi etéreo, apenas perceptible a través del auricular, me obligó a cambiar el aparato al otro oído. Un sollozo quiso ser contenido, cortado en la raíz donde nacía, en aquella garganta que luchaba por emitir alguna palabra coherente. Yo esperaba silenciosa y expectante. Incrédula y asombrada ante aquella respuesta que nunca antes había recibido. Intenté imaginar una cara, una figura y sin embargo, vagamente intuía un esbozo desdibujado en la penumbra de una habitación. Miré hacia la sala de entrada, iluminada por los rayos del sol a las cuatro y diez de una tarde de primavera. Demasiado novelesco, pensé. A mi oído llegaba de nuevo un débil suspiro al que siguió el comienzo de un llanto que, en principio tenue, fue elevándose hacia un volumen algo más sonoro; alargándose en el tiempo, cual sirena de una antigua fábrica. Decidí que era mi deber dominar aquella situación:—Elisa, no llores por favor.
—Elisa, explícame por qué lloras y tal vez pueda ayudarte…
Los sollozos esta vez brotaron como una cascada, como el torrente de agua liberado de una presa que no tiene más capacidad de contención. Esperé indecisa. Comenzaba a sentir la opresión de aquel dolor ajeno en mi interior. Miré a mi alrededor y maldije, en silencio, aquella ley que me prohibía encender un cigarrillo dentro del edificio. Lo intenté de nuevo:
—Elisa…
—Perdón… es el día…hoy. Este día… murió mi hija. Hace tres años.
—Lo siento mucho, Elisa. Debe ser muy duro y comprendo que no puedas hablar… Mejor lo dejamos para otro día ¿te parece bien?
Su voz trémula había conseguido imponerse al llanto.
—Ya estoy mejor, gracias. Perdóname, necesito que me ayudéis a superar esto. Necesito hacer algo… el psiquiatra me aconsejó que os llamase, me dio vuestra dirección.
Leí, de nuevo, las palabras subrayadas en aquella extraña carta que habíamos recibido por la mañana: “…he sido una mujer maltratada física y mentalmente por mi marido… el brazo derecho no lo puedo utilizar y necesito una muleta para caminar porque la cadera no me ha quedado bien. Puedo aportar informes médicos…”
Cogí aire con profundidad, antes de hablar. Deseaba que mi voz sonase relajada:
—Elisa, hay un problema, cariño. Nosotros pertenecemos a una administración pública que no lleva ningún tema de integración social. Alguien debe haber confundido la dirección. Debes acudir a la persona que te la facilitó y decirle que busque…
—Pero si él dijo que vosotros me podríais ayudar. Mi médico me envió... dice que es parte de la rehabilitación, que necesito hacer algo…
No pudo reprimir un nuevo sollozo, colmado quizás por la desesperación de verse perdida en el entramado de una idiosincrasia burocrática.
—Elisa, lo siento mucho. Me gustaría poder ayudarte. De verdad. Pero aquí no hacemos otra cosa que mover papeles y hacer números. Y tú necesitas ayuda asistencial y humana; sobre todo hoy… ¿tienes algún familiar o amiga que te haga compañía, alguien que pueda ir a quedarse contigo?
—Estoy sola…—. El llanto no la dejaba continuar y comprendí que debía permanecer en un respetuoso silencio, hasta que ella encontrase la fuerza suficiente para seguir hablando. —Mi hijita murió… estoy sola… él la mató, él me la mató hace tres años y yo… yo no quiero vivir… perdóname.
Cortó la comunicación. Me quedé mirando el auricular que temblaba en mi mano. Las lágrimas comenzaron a enturbiar la imagen, igual que aquella voz había enturbiado mi mente, que no acababa de asimilar aquel fuerte choque con una realidad, hasta ese momento, distante para mí. Salí a la calle con el paquete de cigarrillos y comencé a tragar humo en reiteradas caladas, intentando digerir aquel nudo que me oprimía la garganta. La pequeña plaza estaba desierta y me alegré por esa intimidad, por esa ausencia de miradas indiscretas. Entre el caos de ideas que era mi cabeza, surgió una pregunta que me hubiese gustado hacer… ¿qué había sido de aquel monstruo, de aquel ser inmundo, capaz de matar a su propia hija y de lisiar, para siempre, el cuerpo y el espíritu de Elisa?

No me había dado cuenta... mmm... pero...pero, sí. Es verdad.....




