Venía cansada de caminar durante horas, vagando de orilla a orilla de la amplia acera, para no pasar por alto ninguno de los puestos plenos de libros. Muy a mi pesar, se nos había acabado el tiempo disponible y tuvimos que descender aquellas escaleras que nos alejaban de un día que me había resultado memorable. Nos iniciamos en los enrevesados túneles subterráneos, cada vez más complicados, donde convergen trenes de cercanías y metropolitanos. Enfilé directa a la pantalla para indagar sobre la vía escogida para el tren que necesitaba coger -qué ingenuidad la mía- antes de que lograse descifrar las primeras líneas, ya lo habían localizado mis dos acompañantes y tiraban de mi hacia las escaleras mecánicas que nos dejarían sobre el andén apropiado. Estas circunstancias aparecidas hace pocos años no las acabo de asumir. Supongo que será más cómodo para el estacionamiento de trenes el que no tengan una vía fija, pero en ocasiones, por culpa de esos minutos preciosos que pierdes buscando en la pantalla, se te escapa el tren que estaba a punto de salir y no te queda otro remedio que armarte de paciencia y esperar un tiempo, que se te hace largo, en el andén. Sin contar que siempre hay que ayudar a las personas más mayores que no entienden tal situación y te preguntan y escuchan como si hubiesen aterrizado de golpe en una película de ciencia-ficción. El largo vehículo estaba a punto esperando y pude escoger un asiento al lado de la ventana. ¡Qué alivio para mis doloridos pies! Me arrellané en el asiento tanto como me fue posible, dispuesta a disfrutar de un modo de desplazamiento que se me ha hecho extraño en los últimos años. Aquel día era una fiesta especial y los coches colapsaban las calles del centro de la ciudad. Mucha gente había aprovechado las horas del mediodía, pero la mayoría esperaban a salir del trabajo por la tarde para poder desplazarse hasta allí. Digamos que en el vagón yo iba bastante cómoda y me entretenía mirando por la ventana cuando el tren salió a la superficie. El paisaje de las poblaciones colindantes ha ido cambiado durante estos últimos años con la proliferación de edificios y asfalto, pocos y jóvenes árboles y más de un grafitti en las paredes adyacentes a las vías del tren. Si rebusco en los recuerdos de cuando era pequeña, puedo decir que ha cambiado enormemente y no estoy segura de si ha sido para mejor. Supongo que sí, que estas pequeñas ciudades deben ser ahora más cómodas que antes, aunque no puedo dejar de añorar un cierto halo de misterio que las envolvía en aquellos años y que no les encuentro en estos tiempos. La tierra en el suelo, los campos entre grupos de edificios, incluso las paredes desconchadas han desaparecido... Llegamos a la estación de la que hace ya bastantes años había sido nuestro lugar de residencia, yo miraba a la gente que esperaba en el andén del otro lado y de pronto una cara se me hizo familiar... menos cabello, la cara más ancha y una incipiente barriga que nunca antes hubiese imaginado ¡caramba! Aquel era Jorge, sí, era él y su pareja. Lo dije en voz alta y mis compañeros miraron también. Intenté atraer su atención haciendo señales con las manos, más la modernidad se impuso de nuevo sobre la comunicación. Los cristales para ellos eran espejos que no dejaban ver el interior de los compartimentos ni a sus ocupantes. Nos conformamos con la contemplación de sus figuras hasta que continuamos el viaje.
Yo seguía con la vista en el paisaje pero ya no lo veía, meditaba sobre el paso del tiempo. Ese que nos hace olvidar y nos cambia la apariencia. Algunas veces había comentado lo extraño que me parece no encontrar a ningún amigo, de los de hace años, cuando voy a mi antigua ciudad. Aquel día descubrí el porqué. Seguramente en alguna ocasión podemos habernos cruzado con ellos, aunque sin vernos propiamente los unos a los otros. O mejor dicho, sin reconocernos. Los cambios físicos, sumados a la imagen cada vez más difuminada que va quedando archivada en recónditos lugares de la mente, no revisada por tiempo, nos vuelve ciega la mirada. Necesitamos un tiempo de contemplación sin prisas, algo de lo que casi no disponemos hoy día.
Llegamos a nuestro destino y poco después a nuestra casa. El día había sido largo y completo como yo había deseado. Tenía temas sobre los que reflexionar y pude escribir acerca de algunos de ellos. Hoy he recordado la escena del tren y no sé bien porqué. En algún momento algo me lo trajo a la mente...



