30.10.07

Noche de difuntos

Desde unos cuantos días atrás, por los pasillos del mercado municipal se respiraba a fiesta venidera, a celebración de charanga envuelta en suaves olores de dulzainas y licores. Quien más y quien menos dejaba caer de vez en cuando una cierta sonrisilla de satisfacción, los que llenaban las bolsas y cestas lo hacían pensando en aquella algarabía de encuentros con familiares y amigos con los que compartir una velada de bromas y carcajadas, y los tenderos, además, por el incremento de ganancias que supondría la esperada fiesta en la caja de esa semana.

Por doquier se sucedían los grandes sacos blancos con la pequeña pala dispuesta a sumergirse en el interior buscando los preciados frutos de color castaño, redondos, duros y saltarines en el constante trajín de rellenar bolsas transparentes e inmaculadas que iban a parar a la consabida balanza electrónica. Los boniatos en los puestos se hallaban casi confundidos en color y volumen con el de las patatas y como ellas caían por kilos en los bolsones preparados para tal avío. Frutos secos con cáscara y sin ella competían con sus hermanas las frutas, ya secadas y encogidas, un tanto arrugadillas algunas, otras con la piel melosa y aún otras enharinadas, pero dulces y perfumadas todas por efecto de la concentración de sus blandas carnes. Las pequeñas rosquillas, buñuelos, huesos de mazapán y bollitos de piñones eran sin duda los reyes de aquel festín de sabores deseados, y las cajas repletas se sucedían unas a otras en aquel baile de desenfreno gastronómico.

Anina, con su delantal blanco en el que llevaba prendido la caricatura en tela de una castaña gigante, sorteaba, casi a cada hora, el gentío que se acumulaba delante de las paradas y bajaba las escaleras que conducían a las cámaras. Desde allí resurgía de nuevo con aquellas montañas de cajas que apenas podía sostener entre unas manos extremadamente blancas que le daban aún mayor sensación de fragilidad. Una sonrisa de compromiso no exenta de cierto temor le hacía mala compañía a la mirada ávida y triste de sus ojos claros; sus pies no habían parado quietos en esa semana tan extraña para ella como las palabras que le repetían constantemente en un idioma que se esforzaba por retener, sabiendo que su futuro dependería de ese aprendizaje. Los olores le traían a la memoria otras vivencias anteriores, otro clima menos benigno y la imagen de su madre con las manos en la masa de harina y azúcar para conformar el pan dulce con nueces y otras exquisiteces que solía acompañar con un dulce licor de ciruelas. Pero Anina no quería pensar ni recordar mientras sus pies se movían ligeros por las calles del mercado, harto lloraba ya por las noches sin necesidad de llamar la atención a su alrededor durante el día.

Esa noche tan esperada por la mayoría como tema de algarabía y derroche culinario no fue festivo para la joven Anina, pues ocupaba un rincón de una casa compartida con otros tantos emigrantes de su país y lo que trajo ese día del mercado lo repartió celosamente entre los críos que por mal alimentados estaban siempre dispuestos a pelearse por cualquier nadería. Una mesa vieja, unas sillas desparejadas y varios colchones destartalados no muy limpios, componían todo el mobiliario de aquel lugar que había pertenecido a una antigua fábrica que ahora estaba medio en ruinas. Se alumbraban con algunas velas de dudosa procedencia y el aspecto y olor que desprendían los cuerpos hablaba mucho de las condiciones higiénicas en aquel lugar. Aún así, aquella noche Anina recogió en un pequeño pañuelo unas cuantas monedas ofrecidas con la solidaridad que caracteriza a los desterrados en la miseria. Todos quisieron contribuir en la compra del pequeño ramo de flores para Csaba. Unas pocas palabras de agradecimiento salieron de la boca de Anina antes de romper a llorar como cada noche desde hacía apenas tres semanas, un tiempo que a veces le había parecido tan lejano desde que su joven esposo quedó muerto en la acera de una calle cualquiera a manos de unos jóvenes delincuentes que se creyeron con derecho a matar en nombre de Dios sabe qué ideales. Unos días después Anina, agradecida a los patrones compasivos que quisieron ofrecerle el empleo, comenzó a demostrar con ahínco la valentía del necesitado mientras cargaba con el peso del trabajo, aún derrumbándose cada noche entre sus compañeros, tan cansados y mal alimentados como ella, sin llegar a comprender en ningún momento porqué otro idioma, otra cultura o simplemente otro color de piel, podría ser causa justificada para que unos humanos negasen a otros el derecho a la vida.

27.10.07

La sonrisa


Adiós Bernarda Alba

He estado buscando la imágen de una mujer mayor vestida con ropas de luto riguroso, incluído el pañuelo negro en la cabeza. Puedo decir que después de mirar gran cantidad de fotos durante bastantes horas en los buscadores, he conseguido encontrar apenas una muestra que no se aviene con lo que estaba buscando. Y me alegro. Me alegro porque eso quiere decir que en nuestros días quedan nulos rastros de aquella tradición en la que la viuda se tapaba a los ojos de la vida por años, a veces empalmando una muerte con otra.

Y pensando en estas cosas y en otras por el estilo, desde la distancia que da la libertad de la que disfrutamos hoy día, me hago cábalas del masoquismo que gastamos los humanos y del fanatismo con el que envolvemos muchas de nuestras acciones. He creído durante mucho tiempo que todo ello lo provocaba la falta de cultura, aunque ahora pienso que lo que de verdad ha influído en ese cambio es el acceso a los medios de comunicación y a la influencia de otras culturas más liberales. Por estas 'pequeñas' grandes cosas es que le doy puntos a la influencia que la pequeña pantalla, por más señas 'la caja tonta', ha ejercido en el avance y liberación de nuestra cultura, sin quitarle ningún mérito, claro está, a todas esas mujeres -y algunos hombres- que han luchado para que la mujer fuese ante todo una persona.

Me gusta ver la imagen de las abuelitas de hoy en día, con sus vestidos de vivos colores, luciendo el brillante cabello blanco -a veces con tonos lilas :) - y disfrutando en fiestas y excursiones. Me gusta ver que las viudas ancianas luchan por encontrar a su alrededor motivos con los que seguir socializandose con su entorno. En este sentido creo que vamos por buen camino.

15.10.07

Una cuestión personal

- ¡Con Dios!, Antonio.

- ¡Allá la parca te lleve...!

Apoyó un pie en la pared encalada en la que apoyaba la espalda y escupió con rabia en el suelo, de un bolsillo sacó la petaca y comenzó a liar un pitillo. -¡Maldito Corvacho!– pensó –¡si estuviera yo solo…!-, miró al otro lado de la portalada donde una vieja de manos ásperas tomaba el fresco en la penumbra del interior sentada en una silla de anea de patas cortadas, el calor de un verano por demás extremo no le impedía llevar pañuelo negro a la cabeza y ropas enlutadas de manga larga; las piernas, también cubiertas, daban a entender una pérdida reciente. Cruzó la mirada con su hijo y de la boca surcada de arrugas y de penas pasadas, surgió una súplica:

- Hijo, no te pierdas por tan poca cosa…

- ¡Tan poca cosa, madre… y lo dice usted! ¡Maldita sea mi estampa y el día que nací!

Aspiró con fuerza el humo del pito y echó a caminar por el suelo empedrado, descargando su rabia en los pasos largos que en poco rato le llevaron a la cantina del pueblo. La camisa negra silenció a todos los presentes, él pidió un aguardiente y no quiso mirar a nadie. A Evaristo el cantinero no le extrañó tanto como a los otros que Antonio Pirraca, por mal nombre, entrase en el lugar a pesar del luto, era asiduo del vaso antes de lo de su hermana y dicha afición no es amiga de gestos ni de guardar formas más que lo justo que el cuerpo aguante. Algo más de cinco años llevaba Antonio haciendo el mismo camino a la cantina, desde que el mentado Corvacho le quitara a la Adela en una lejana noche de feria. Fueron amigos desde la infancia, sin más añadidos, solo ellos compartiendo juegos y más tarde vivencias de adolescentes: el primer cigarro, la primera vez en el lupanar de la tía Caniche, la primera borrachera en la feria…; después, a los años, llamaron a filas a Jesús el Corvacho y Antonio que perdió a su padre por aquellas fechas, quedó en el pueblo mientras se hacía cargo de llevar la casa adelante para que no les faltara nada a su madre y a su hermana que ya se hablaba por aquel entonces con Juan el Torrico. Dos años estuvo fuera el Corvacho y cuando volvió con el petate al hombro, se encontró el sitio ocupado por una muchacha de mirada dulce llamada Adela. No es que él la mirara más de lo justo, ni que ella le sonriese más de lo meramente adecuado; ella iba siempre muy formal del brazo de su novio, feliz al buen decir de todos y de hecho ya había empezado a coser el ajuar en casa de doña Quintina la de los bordados.

Tres vasos de aguardiente llevaba Antonio metidos en el pecho cuando pasó a toda prisa el coche de don Álvaro y detrás el de la guardia civil. El ruido de las ruedas sobre los rollos y cantos salientes hizo salir a algunos parroquianos que acertaron a ver el coche del médico antes de que desapareciese por una esquina de la plaza mayor. Todos se volvieron entre murmullos a continuar la partida y Antonio que ya comenzaba a rumiar penas se decidió a salir otra vez sin saludar a nadie. Caminaba con paso vacilante rodeando las calles concurridas para no tener que desligarse de sus pensamientos con condolencias amigables, iba, como cada noche, rememorando la imagen de aquella madrugada en que le despertaron los golpes en el portalón y entró el que sería su futuro suegro buscando a la Adela. El pobre hombre se echó a llorar como un niño al no encontrarla allí y él salió sin cerrar la puerta en busca de aquel que era como un hermano, con un mal presentimiento en el estómago que apenas unos minutos después le confirmaba la huida del Corvacho. Tres años pasarían antes de que volviesen los prófugos con una criatura en los brazos, Jesús pasó a pedir perdón ofreciendo la cara para que el otro se la rompiese como reparación de la bajeza con que pagó a su amigo, pero el Pirraca ya no era el mismo. Se lo miró largamente y lo único que acertó a decir, se lo repetiría siempre tantas veces como aquel le dirigiese la palabra:

- ¡Allá la parca te lleve…!

Encontró a su madre esperándolo fuera de la casa con los ojos tan llorosos como los últimos días y pensó para sí que en ellos se venía cebando con saña la mala suerte desde que murió el padre:

- Hijo, ha venido don Álvaro hace un rato.

La mujer buscaba las palabras adecuadas y daba rodeos sin llegar a hablar mientras Antonio la miraba sin comprender a que venían tantas dudas. Ella, al fin, lo soltó de sopetón:

- El Corvacho está agonizando, dice el médico que ha tenido un accidente con la yegua de don Nicolás.

Con mano poco firme sacó la petaca y comenzó a liar el cigarro lentamente. La vieja mujer se atusó el cabello bajo el pañuelo y ajustó el lazo, tan solo por hacer algo mientras esperaba a que el hijo dijera alguna cosa. Él dio dos chupadas al cigarrillo y se levantó:

- Ahora vuelvo, madre.

Cuando entró en la casa, la gente se apartó para dejarle pasar. Adela, con el pañuelo en la mano y los ojos rojos, salió a su encuentro asustada de verlo allí:

- Antonio ¿a qué vienes? Déjalo en paz...

- Quita, esto es entre él y yo.

La apartó a un lado con fuerza y se dirigió a la cama donde el Corvacho se hallaba tendido e inerte, se sentó junto a la cabecera y le tocó el brazo llamándolo por su nombre. La mano del padre de Adela le tocó en el hombro:

- No te oye, don Álvaro dice que se ha roto el cuello y que quedará así hasta que termine todo. Vete fuera Antonio, hombre…

Se deshizo de la mano con un gesto y siguió mirando la cara del moribundo, aunque en aquel momento solo acertara a ver el compañero de juegos cuando iban los dos con los pantalones cortos y los bolsillos llenos de chinatos cogidos en el río. Una lágrima comenzó a resbalar por su mejilla y pronto le siguieron más que Antonio se limpió con furia antes de coger la mano del Corvacho y decirle:

- ¡Que la parca se nos lleve juntos, Jesús!

14.10.07

8.10.07

No quieras que vuelva mañana

Jugué con él como podría haberlo hecho con una rata rabiosa e indefensa, yo tenía la ventaja y el arma, había llegado el momento tan anhelado de la venganza y de nada sirvieron las súplicas de aquella boca infame. Acerqué la hoja afilada a un lateral de su cuello y le pinché lentamente, saboreando aquel instante, creo que me excité con aquel contacto, estaba pletórico y sus chillidos contribuyeron aún más a ello. Lentamente pero con fuerza fui cortando aquella garganta odiada, poco a poco, hasta con mimo, un trabajo perfecto, la sangre surgía a borbotones cual chorro de catarata y aquella voz insufriblemente viperina dejó de aullar para siempre. Solté el cabello y la cabeza cayó hacia delante, inerte, el cuerpo rebotó contra el suelo y yo engullí el aire con fuerza; sentí correr la sangre por las venas de mi manos, libres ya de la presión ejercida; mi mente bullía exaltada, disfrutando de aquel momento triunfal que era la cumbre de mi dominio, el cumplimiento de mi venganza.

Podría haberme quedado durante horas contemplando aquel bulto desmadejado e inútil, tal vez tan inútil como lo fue en vida, pero debía continuar el plan trazado imponiéndome a mis impulsos. Con una enorme y afilada piedra en las manos, arrodillado sobre el cuerpo, dejé caer su peso sobre la cara de aquel maldito, una, dos, tres… hasta siete veces, con saña pero sin desviarme de mis propósitos consiguiendo que aquellas facciones quedasen rotas y desfiguradas. Mis ropas y mis guantes se llenaron de manchas sanguinolentas, me sentía, en cierta manera, sucio por aquella sangre que me oprimía como si me persiguiese aún la maledicencia de aquel muerto. Lo tenía todo previsto, y dirigí mis pasos hacia el lugar donde se hallaba los leños y la estopa rodeada con piedras altas, un chorro de gasolina y una simple cerilla bastaron y pronto las altas llamaradas prendieron en la madera. El fuego es mágico, me quedé mirándolo fijamente, las chispas al saltar anunciaban el comienzo de un rito ancestral en el que la purificación sería la causa y efecto de su existencia. Salí de mi ensoñación y de nuevo ante el cadáver de mi enemigo hice un último esfuerzo, levantándolo sobre los hombros y cargado con él, lo dispuse sobre las piedras que rodeaban la hoguera. Un chisporroteo y las ropas comenzaron a arder, la piel se encogió rota dejando que las llamas avanzasen a través de la carne, un olor nauseabundo empezó a extenderse ofendiendo los sentidos.

Con la ayuda de unas ramas desaparecieron las huellas en el suelo, también la sangre quedó oculta, cogí un poco de arena y limpié el cuchillo antes de echarlo en el fuego. Me quité las ropas y las botas, todo ello contribuyó a incrementar las llamas rodeando aquel cuerpo al que le negaba la mirada, observando tan solo lo imprescindible para acomodarlo y que el fuego lo envolviese sin respetar zona alguna de aquella figura que, algún tiempo atrás, creyó ser humana. Por último me deshice de los guantes, toda mi ropa desapareció engullida por aquella pira salomónica; sabía que encontrarían restos del calzado y del cuchillo, pero no quedaría, al fin, huella alguna. Me alejé descalzo y borrando las pisadas según avanzaba; la tensión acumulada aquella noche comenzaba a vencerme dejando paso al cansancio, pero seguí caminando hasta el coche escondido entre los árboles, ajeno a las miradas que pudieran descubrirlo desde la carretera. Me vestí con otras ropas y después, sin prisa, el coche rodó rompiendo la oscuridad y llevándome hacia un merecido descanso.

Otro día, otra mañana, dispuesto a mantener una paciencia infinita en una cola que surge cual inacabable lengua marina desde las profundidades de la conocida ventanilla. Y en su interior una nueva cara, un nuevo ser con traje gris, atendiendo al público en nombre del estado; veremos como actúa, tal vez sea un principiante y no domine aún las artes de la prepotencia en su inútil verborrea, tal vez le preguntaré por su antecesor ausente, sí, tal vez este funcionario será más amable…

Ordeñadoritis




Enviar un e-mail es fácil









Desconectar el ordenador es un poco más difícil







6.10.07

Revista Sherezade

El rincón de Sherezade ya tiene revista propia, ha aparecido el primer número con entrevistas a personajes de la literatura actual y diversos artículos firmados por habituales colaboradores de El Rincón de Sherezade, algunos de los cuales os resultaran muy conocidos, y también por un compañero nuestro de esta familia de blogueros a la que pertenecemos y que ha querido sumarse a este nuevo proyecto.

Espero que sea de vuestro agrado y guardeis la dirección en vuestra carpeta de favoritos. Aunque yo no he colaborado en ella, estoy muy orgullosa del trabajo de mis compañeros porque sus artículos son de una gran calidad y no tienen nada que envidiar a la de cualquier profesional.

Un brindis por este nacimiento y felicidades.

Click en la foto

1.10.07

La dama del lago

No sabría expresar con exactitud fidedigna cuando comenzaron a cambiar mis sentimientos, tantas veces encontrados al unísono en mi mente hasta que mi cabeza pareció estallar como cientos de barriles cargados de pólvora en la bodega de un barco. Aún recuerdo el día en que la conocí, y debería haber imaginado en aquel entonces que aquellas extrañas circunstancias solo podían ser la consecuencia de las excentricidades de una mujer a la que pocos podrían calificar como una dama. Corría el año 18.. y una noche de un invierno de lo más riguroso salí de casa de mi amigo Walter con unas cuantas copas de más que me habían aligerado un tanto el espíritu y enturbiado otro tanto las ideas, de forma que mandé a mi cochero que se retirase y decidí marchar andando de vuelta a casa con objeto de aplacar la nebulosa que envolvía mi mente. Caminaba a través de Hidepark cuando en la orilla del lago distinguí una silueta estática en el interior de una barca, era extraordinario que alguien se aventurase a parar allí con aquella glacial humedad y sin pensarlo dos veces me dirigí hacia aquella figura dispuesto a saciar mi curiosidad.

Entre los jirones que la luz de la luna robaba a la oscuridad distinguí el rostro de una bellísima mujer, sus largos cabellos de color castaño caían en cascada sobre la capa con la que se cubría, había lágrimas en aquellos ojos cuando se giraron hacia mí expectantes y asustados. Súbitamente se disiparon todos los vapores del alcohol ingerido y alargué el brazo con la mano extendida en un movimiento que quiso indicar apoyo y protección, ella aún temblorosa posó su mano en la mía y juntos reanudamos aquel paseo nocturno por un lugar que no era precisamente seguro para ninguna mujer sensata. Comenzó a hablar y su voz me pareció como una melodía acariciadora que ningún instrumento podría jamás igualar, era una historia triste la que brotó de sus labios y cuando llegó a su fin yo me sentía ya embriagado con el perfume que emanaba de aquella mujer. Era como una mezcla de tomillo, orégano y albahaca lo que inundaba el ambiente, algo tan raro que jamás percibí en los salones donde se congregaba la buena sociedad de Londres; tampoco lo encontré en aquellas casas mucho más ordinarias pero más divertidas que solíamos frecuentar Walter y yo en ciertas noches en que nos sentíamos aburridos de las buenas formas y corrección que nuestra clase nos imponía.

No puedo explicar ahora como fue el llevarla a mi casa, cosa totalmente improcedente para un hombre soltero y sin familia, aunque aminorada al ordenar al mayordomo –a medio vestir- que despertase a una doncella que acomodase a Sondra en la habitación para invitados. Me dirigí al salón en el que aún crepitaba alguna brasa encendida en la chimenea y yo mismo añadí leña y carbón para avivar el fuego y caldear la habitación, estuve como una hora sentado en un sillón inmerso en pensamientos que hacían mil cábalas de aquella situación. Un susurro de pasos me sacaron de ellos a tiempo de ver como la figura femenina envuelta en rica seda y tules transparentes se inclinaba sobre mi hechizándome de nuevo con sus ojos y su aroma a hierbas, aquellas ricas vestiduras parecían venidas de oriente y lejos de contrarrestar con la blanca piel aterciopelada de su dueña, la cubría ornamentando si cabe más aún aquella extraña belleza. Solo diré que uno a uno fueron cayendo aquellos tules y aquellas sedas en aquella noche cuyo recuerdo guardaré siempre en lo más recóndito de mi alma. Fue el principio de un torbellino que no acabó ni tan siquiera después del enlace con el que convertía a Sondra en mi esposa, todo mi alrededor dejó de existir. Ni Walter ni otras íntimas amistades consiguieron hacerme volver al mundo en el que había vivido hasta entonces, las pocas veces que me decidía a salir a la calle por alguna gestión necesaria procuraba agilizar aquellas labores para volver cuanto antes a respirar aquel perfume que me tenía embriagado.


Pronto mis horarios se resintieron, dormía hasta avanzadas horas de la mañana, vivía durante las de la tarde y me mostraba impaciente para que llegase la noche y los criados se retiraran a sus aposentos, aquello era como ser un huésped en mi propia casa pero aquellos juegos amatorios a los que me sometía Sondra así lo requerían. Inexplicablemente ella seguía apareciendo cada noche con distintas vestiduras a cual más exótica y rica y me ofrecía licores aromatizados con finas hierbas que ella misma preparaba; yo a cambio cada día estaba más entregado y enamorado de aquella bella mujer.

No sé cuando comenzó el engaño pues cuando fui consciente de él me di cuenta de que los subterfugios empleados habían comenzado hacía bastante tiempo. Aquella noche ella había subido antes que yo a nuestro dormitorio, yo bebía despacio el dulce licor servido como cada noche y torpemente cayó la copa de mi mano derramando el líquido ámbar sobre la alfombra, no le di apenas importancia y subí detrás de ella sin hacerle comentario alguno, como todas las noches caí dormido entrada la madrugada pero aquel fue un sueño alterado y lleno de pesadillas que me hizo despertar a las pocas horas. Lo primero que hice fue alargar la mano buscando aquel cuerpo voluptuoso entre las sábanas y el vacío frío de la ausencia me hizo incorporarme y encender el mechero de gas; en la habitación, ahora iluminada, no había nadie más. Bajé sin hacer ruido hasta el salón, el comedor, la cocina… todo estaba desierto, la habitación de invitados también estaba vacía; bajé de nuevo a comprobar los pasadores de las puertas y ventanas, todo estaba correcto menos los ventanales del salón que daban al jardín.

Sentado en lo alto de la escalera la sentí llegar como una intrusa, ella no me vio y cuando llegó al final de la escalera yo respiraba pausadamente en el lecho con los ojos cerrados. Me maravillé de no haberme despertado en días anteriores con el ruido que produjeron las puertas del viejo y pesado armario de roble en el vestidor y me dije a mi mismo que aquella bebida que Sondra me ofrecía diariamente debía de ser un buen narcótico. Al día siguiente me conduje como si nada hubiera pasado y al llegar la noche me las arreglé para no tomar el brebaje, pero no pasó nada, tuve que esperar tres noches más para poder seguir aquella figura escurridiza a cierta distancia. Muy cerca de Hidepark, en un barrio del que yo conocía lo suficiente para poder afirmar que estaba lleno de prostitutas y chulos de la peor calaña, Sondra se perdió en las entrañas de una casa de fachada sucia y medio caída, yo me escondí en las sombras de la calle con el ala del sombrero inclinado hacia delante intentando hacer ver que era un borracho que se apoyaba en la pared para no caer. Casi una hora después apareció de nuevo aquella pérfida abrazada a uno de aquellos chulos, perdida ya toda compostura, reía a carcajadas las ordinarias gracias de aquel tipo sucio que la mantenía enlazada por la cintura. No esperé más, no necesitaba nada más para comprender lo que aquella desalmada mujer estaba haciendo conmigo.

Nunca antes había reflexionado sobre las circunstancias que pueden llevar a convertir un buen hombre en un asesino, tampoco había comprendido jamás que se antepusiera la locura de un arrebato sobre los principios recibidos e inculcados desde la cuna, cuando la noticia de un crimen pasional había saltado a las páginas de los diarios. He de decir en mi descargo que nunca antes había conocido la verdadera pasión hasta que Sondra irrumpió en mi vida e hizo que el fundamento de mi existencia girara alrededor de su órbita. La maté, sí. La maté tan sutilmente como ella me había embrujado, la maté con el mismo narcótico con el que ella había envilecido nuestras noches de amor apasionado. Ocurrió una semana después de aquella escapada, yo había registrado y encontrado entre sus ropas unas pequeñas botellitas de las que, supuestamente, ella escanciaba algunas gotas en mi copa cada noche después de preparar en la cocina la mezcla con hierbas aromáticas. Aquella noche hice ver que me encontraba indispuesto después de la cena y pedí al mayordomo que no se acostase por si tenía que llamar a un médico; sentados en el salón Sondra me miraba con cara compungida mientras yo seguía con mi comedia. Y le pedí que trajese su licor, el licor que cada noche tomábamos entre nuestros juegos amorosos. Estábamos solos, nadie podía oír mis palabras y después de considerar por un momento lo aceptable de mi petición, aquella mujer bella e implacable salió a cumplir su cometido en la cocina, ante los ojos del criado que hacía guardia esperando mis órdenes.

Fue como engañar a un niño puesto que ella no esperaba ninguna mala intención de mi persona, tal vez esperaba que esa noche me durmiese antes de lo previsto o tal vez no esperaba nada pero el caso fue que pude verter todo el contenido de una de aquellas botellitas en su copa sin ni siquiera levantar sospechas. Sonreía mientras la veía llevarse la copa a los labios, sonreía cuando se llevó la mano al pecho haciendo un esfuerzo tremendo por llenarlo de aire, sonreía cuando clavó sus ojos en mí y los abrió desmesurados por la sorpresa y el horror de reconocer en mi cara el sentimiento de la venganza. Pero dejé de sonreír cuando llamé al mayordomo con voz débil después de colocar la pequeña botellita en el bolsillo del vestido de mi esposa, y después cuando me quedé solo de nuevo, no me importó deleitarme saboreando aquel licor afrodisíaco que sabía de cierto me produciría un sueño reparador en las próximas horas. Lo iba a necesitar pues cuando despertase los inspectores de policía ya habrían sacado conclusiones con las pruebas preparadas por mi y entonces llegaría el momento, ese momento en el que ahora me hallo roto de dolor por todo lo que he perdido. Tal vez alguien pensará que en verdad nunca lo tuve, pero hoy recuerdo aquella felicidad plena mientras me mecía en la ignorancia y lejos de maldecir el recuerdo de aquella bellísima mujer, maldigo la noche en que desperté y encontré la cama vacía, lo daría todo por haberme quedado dormido para siempre.

30.9.07

Aprendiza de autora en busca de una frase


Aquí estoy esta mañana de domingo, soleada intermitentemente, intentando hacer alguna cosa con las letras. Es el último día para entregar el relato y lo acuciante de la situación no produce ninguna mejoría en las neuronas rebeldes que no se deciden a componer el puzzle de mis ideas.

Hace al menos diez días o más que tengo la idea general de lo que podría ser un buen relato, he pensado en el ambiente y en el año en el que debe transcurrir la acción, he pensado en los posibles personajes pero -siempre hay un pero- no acabo de encontrar la frase-hilo-cabo por donde comenzar a deshacer esta madeja enmarañada.

Y así puesta me dejo llevar por la lectura, miro en el foro y no ha escrito nadie, miro en el otro y más de lo mismo. Me asomo al blog y leo comentarios, enlazo a uno de los autores y haciendo caso de sus palabras busco algún post anterior que me hizo gracia en su día y me encuentro que no encuentro la mentada entrada y busco aleatoriamente y vuelvo a comenzar esta vez por el principio de todo. Uno tras otro se van sucediendo y me doy cuenta de que aquello es como leer una novela, me enfrasco en la lectura con cierto pudor pues siento que me inmiscuyo en las intimidades de una persona ajena a mis circunstancias. Sigo sin encontrar lo que busco pero en el camino me pregunto con cierta envidia -de la sana, de la buena- porqué no se decide a escribir en serio este compañero juntaletras, la viveza que tiene su redacción y sus guiños expresivos son un arte que pocos dominan.

Y aquí estoy yo, intentando imitarle de alguna manera para justificarme porque se me acaba ya el tiempo y no he escrito párrafo alguno. Hay cosas que no se pueden dominar y tal vez acabe el día haciendo "panching" delante del televisor y disfrutando este día de asueto simplemente no haciendo nada, que también viene bien ¿porqué no?.

27.9.07

Blog Solidario


Pues yo le concedo el premio Blog Solidario a : Milú, porque se lo merece, y aunque a él no le gusten estas cosas yo espero que lo acepte :)

Y el otro premio Blog Solidario se lo concedo a Daglled, por su constancia en arrancarnos una sonrisa al tiempo que nos pone de pie sobre la tierra cuando tendemos a perdernos en el limbo. Tambien me gustaría que lo aceptases señor D :)

22.9.07

El Ático

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua tenía una vista fantástica sobre la ciudad. Se trataba del ático de un edificio emblemático diseñado por un renombrado arquitecto del modernismo, sus curvas cubrían con un halo de misterio cada rincón de la casa y se proyectaba al exterior zigzagueando por la fachada y recorriendo las pequeñas piedrecillas de colores que la adornaban. No recuerdo en que momento de mi infancia me quedé prendada de aquellas líneas y comencé a soñar con una vida dentro de aquellas paredes, pero eso ya no importaba porque había llegado el día en que mi sueño comenzaría a hacerse realidad.

Eduardo, mi querido y venerado Eduardo, me había pedido que fuese puntual aquella tarde pues quería comenzar a restaurar las paredes y debíamos escoger los colores de los distintos ambientes. Yo estaba tan ilusionada que no había ido a casa a comer y me dediqué a vagabundear por las calles, mirando muebles y complementos en los escaparates mientras hacía tiempo hasta las cuatro y media. Pocos minutos antes ya esperaba pacientemente delante del portal bajo la atenta mirada del portero de la finca, pero pasó un cuarto de la hora prevista y Eduardo todavía no había aparecido así que algo intranquila dirigí mis pasos hacia el interior de la casa. Enseguida la figura del atento guardián se interpuso en mi camino bloqueando la entrada e indagando a cerca de mis intenciones, ante mis respuestas apareció en su rostro una irónica sonrisa:

- A ver señora, permítame explicarle que este edificio no es una comunidad de vecinos, hace aproximadamente dos años que pertenece a una entidad bancaria y lo están restaurando para convertirlo en un lugar de exposiciones.

Me quedé algo aturdida por el efecto de sus palabras pues no podía creer lo que me estaba diciendo, yo conocía esa casa y había estado en ella, había recorrido sus habitaciones con Eduardo, habíamos contemplado la ciudad desde la pequeña terraza de la que colgaba aún el letrero publicitando el alquiler de la vivienda; no podía haber error posible en cuanto que aquel era el edificio tantas veces admirado a lo largo de los años. De nuevo insistí en mis razones:

- Mire, yo he quedado aquí con Eduardo. Tal vez lo haya visto entrar con los enseres de pintura y decoración, se trata del último piso… el ático…

- ¿Eduardo? ¿Quiere usted ver a Eduardo? Bueno, si hubiese empezado por ahí ya la hubiese dejado pasar antes. Pero no está en el ático, búsquelo en el tercero B, seguramente él mismo le abrirá la puerta. Pase por aquí señora, allá a la derecha encontrará el ascensor.

Aún asombrada por aquella conversación tan surrealista, enigmática y desconcertante, me dirigí al ático del edificio, no importaban las palabras de aquel pobre hombre, yo debía seguir mi camino y encontrar a Eduardo. Una vez ante la puerta golpeé varias veces y presioné repetidamente el timbre hasta comprobar que el piso estaba vacío, me sentí incómoda ante aquella situación, pensé un tanto insegura que si el portero lo había visto es que Eduardo debía estar allí. Resignada bajé por las escaleras hasta el tercero B, una figura enfundada en un mono blanco me indicó una habitación. Yo no entendía nada, aquel no era el piso que habíamos alquilado…, dentro de la estancia una luz cegadora entraba por la ventana abierta, él estaba de espaldas a la puerta… pintando:

- ¡Eduardo! Menos mal que te encuentro, todo esto es un lío, el portero me ha dicho que estarías aquí pero, no entiendo porqué si nuestro piso es el de arriba…

Él se volvió y me miró fijamente lleno de asombro, no parecía entender nada de lo que le estaba diciendo. Después se impuso un denso silencio entre nosotros mientras las gotas de pintura resbalaban desde el rodillo que sostenía en la mano. Le indiqué con el dedo índice la mancha que se estaba formando en el suelo cubierto por papel y él dejó el rodillo en la cubeta. Se lavó las manos en un cubo de agua y mientras se secaba, sin dejar de mirarme atentamente, habló por fin:

- Usted parece conocerme, pero yo juraría que no la he visto nunca hasta este momento… no, no sé de qué me habla, será mejor que salga de aquí, puede usted mancharse y sería una lástima.

- ¡Eduardo! ¿Pero qué te pasa? No es posible que me hables así, no me gustan esta clase de bromas, explícame porqué actúas de este modo ¿qué ocurre aquí?

Él me cogió del brazo y me condujo hacia la salida, bajamos en el ascensor y ante mi sorpresa avisó al portero para que me sacase del edificio. No cedieron ante mis súplicas, ni siquiera ante las lágrimas que no pude contener al ver el rechazo de Eduardo, aquello era peor que una pesadilla y turbada como estaba comencé a caminar sin rumbo fijo por la calle. Una y otra vez me preguntaba a mi misma qué cosa tan horrible había hecho yo para merecer aquel desprecio, aquello parecía el fin de nuestra relación y si de algo estaba segura es de que no podría seguir viviendo sin Eduardo -palabras trágicas que parecían nacidas de la obra de un novelista romántico, pero tan ciertas para mi como la sentencia de un juez-. Deambulé sumergida en mil pensamientos sin darme cuenta que se hacía de noche, las calles se quedaron casi vacías y de pronto sentí todo el cansancio y la tensión acumulados en mi cuerpo. Aún no sabía lo que debía hacer. Me senté en un escalón y en aquel momento noté que sonaba el teléfono en mi bolso, aquel número me resultó familiar aunque lejano:

- ¿Oiga? ¿Quién es?

- Elena ¿Dónde estás? ¿Qué te ha pasado? Llevamos todo la tarde llamándote, hija.

- ¿Mamá? tú… Eduardo… Eduardo me ha dejado… hemos estado en el piso… en el ático, no, él estaba en otro… pero hemos discutido ¿sabes?

- Hija ¿otra vez? No puede ser. Sabes que Eduardo murió. Hace dieciséis años, Elena. Tienes que olvidarlo. ¿Dónde estás? Dímelo.

- ¡Mamá! ¿Cómo puedes decir algo así? Eduardo no está muerto, he estado con él esta tarde…

- Elena, cariño, escúchame. Tienes dos hijos y a Andrés… te está buscando ¿sabes? Por favor, dime donde estás.

Andrés…. Algo como un chispazo cruzó mi mente… Andrés… Miré a mi alrededor pero todas las calles me parecían iguales. La voz de mi madre seguía llegando a través del teléfono, podía oírla aunque el aparato ahora se balanceaba en mi mano mientras me dirigía hacia la puerta iluminada de un pequeño bar. En la barra un hombre de unos treinta años miraba la televisión mientras secaba vasos con una bayeta. Me miró con cara de rutina y con voz fatigada me preguntó qué deseaba, yo le contesté:

- ¿Dónde estoy?- Y le tendí el teléfono.

18.9.07

¡Sorry!

Ana María y Antonio se conocieron hace tres meses. Ella tiene cuarenta y cinco años y está un poco rellenita, él tiene cuarenta y nueve y no está mal. Han decidido que este fin de semana Antonio y su hija Sandra de dieciséis años pasarán el fin de semana en casa de Ana María, para que la niña la conozca y se hagan amigas. La niña no es tan niña, claro está, es una guapa chica de larga melena castaña y cuerpo exuberante.

Por la mañana se han ido de compras al centro comercial y las dos mujeres se han comprado el mismo traje con talla distinta, unos pantalones bajos de cintura y un top de tirantes. Sandra se ha reído por lo bajini al ver esos michelines desbordados, pero le ha caído bien Ana María y no ha querido desilusionarla. Al volver a casa, Antonio se sienta delante de la tele para ver la carrera de motos mientras ellas se visten con el conjunto nuevo... y suena el timbre de la puerta. La primera en llegar es Sandra y cuando abre se encuentra un tipo de unos veinticinco años algo guasón que la mira de arriba a bajo y le pregunta:

- Niña, ¿tienes novio?

Ana María con el nuevo modelito llega a la puerta y al verla el guasón ataca:

- ¡Señora, vístase que no es una urgencia!

Ana María nota como le sube la sangre a la cara y después a la cabeza, le pregunta el motivo de la visita y cuando escucha que el guasón quiere hacerle una encuesta, le cierra la puerta en las narices. Se va para Antonio toda enfadada y él que la ve llegar como si un toro de Mihura se tratase, intenta calmarla:

- No le hagas caso, mujer... ¡que no estás tan mal para tu edad!.

Ana María lo fulmina con la mirada, quiere contar hasta diez pero no llega.

- ¿Cómo que no estoy tan mal para mi edad?... ¿Cómo que no estoy tan mal para mi edad?... ¿Acaso me estas llamando vieja?

Antonio intenta arreglarlo -aún más-:

- ¡Yo no he dicho eso! Digo que… ¡bueno un poco gordita si estás!

No sabe Antonio la buena estrella que tiene porque afortunadamente en ese momento ha sonado el teléfono: La tía Mercedes anuncia su visita para la tarde y Ana María no sabe negarse aunque se queda preocupada, su tía no es precisamente de carácter afable y no conoce todavía a Antonio y a Sandra. Mientras comen, la mujer fuerza su imaginación como si de una locomotora se tratase y se le ocurre la idea de llevar a la tía Mercedes a pasear por el puerto, pues, cree que con el trajín de la caminata, ésta tendrá menos posibilidades de hacer preguntas. Después del almuerzo recogen deprisa y están preparados para salir cuando llega la tía que no es muy mayor: solo tiene veinte años más que su sobrina, pero su apariencia no es nada dulce y cuando ve a Antonio tuerce el gesto con desagrado. Él frunce el ceño con cara de mal café y Ana María comienza a sentir de pronto un incipiente dolor de cabeza.

En el paseo del puerto se está bien, corre un aire fresquito muy agradable. Sandra y Ana María, mientras caminan, ríen con las bromas ocurrentes de Antonio que sabe sacar la carcajada cuando se lo propone; en cambio la tía Mercedes no le encuentra la gracia a ese tipo tan vulgar con el que se ha liado su sobrina. Camina mientras busca en su memoria algo suficientemente agrio para decir al tal Antonio y no advierte que se acercan un grupo de turistas con grandes mochilas. Uno de ellos, un hombre de unos cincuenta años bastante alto y con la cara bastante roja por el sol, casi derriba con la mochila a la tía Mercedes y un tanto cohibido acierta a exclamar:

- ¡Sorry!

La tía Mercedes que logra aguantar el equilibrio de milagro se indigna al oír la disculpa y contesta resoplando:

- ¡Y encima me llama ZORRA!... ¡ZORRA TU MADRE!

El pobre turista apenas entiende nada de lo que pasa, continúa con su - ¡Sorry, sorry!- mientras Ana María intenta conciliarlos explicando a su tía que el pobre hombre simplemente está disculpándose. Pero, aún no ha acabado de hablar cuando Antonio interviene con una triunfal sonrisa de oreja a oreja dirigiéndose al turista:

- ¡Ah! ¿Pero la conoce de antes?... ¡encantado!... ¡Yo quiero saber porqué la llama ZORRA!

Ana María ya está gritando desesperada:

- ¡ANTOOONIOOO!

Y el turista que sigue sin entender nada, se aleja muy deprisa cuando ve la salvaje cara que se le pone súbitamente a aquella mujer con la que ha tropezado, huye despavorido musitando aún:

- ¡Sorry, sorry!

10.9.07

El Maestro Sorolla


























Museo-casa del Maestro Sorolla, un verdadero placer para los ojos en una mañana de domingo bien aprovechada. Ese mar de Valencia, su mar, con figuras de danzantes vestidos blancos movidos por la brisa marina, con sus niños jugando en el agua o en el parque llenos de una profunda serenidad e iluminados con esa luz con la que Sorolla sabía iluminar sus cuadros. Maravilla al que pueda tener el privilegio de verlo, como unas simples pinceladas pueden insinuar tanto, prueba de ello es el retrato de Raquel Meyer, si teneis oportunidad de verlo fijaos en como el autor resolvió los pliegues y el brillo de su vestido.
Está en Madrid, en el Paseo General Martínez Campos, 37. Totalmente recomendable.

5.9.07

Una sonrisa por favor


¡Era de esperar!
:)

2.9.07

¡Se acabaron!


Nada es eterno y las vacaciones menos que nada, se acabaron sin remedio. Después de la vuelta a casa y el reencuentro con nuestro rincón añorado, nada mejor, para no pensar en ese lunes menos apreciado que nunca, que caminar un rato por un paseo como el de mi querido Sitges. Para allá me voy dispuesta a exprimir las últimas horas.

Mañana será otro día :(

14.8.07

Caravaning carreteril

(Click en la imagen para verla mejor)
Ummm.... salgo o no salgo de vacaciones... mmmm.... he ahí el dilema.

12.8.07

Los mensajes de Joaquin

Al principio nos pareció un tanto extraño no escuchar su voz diariamente dando datos recogidos en los periódicos o abriendo el coloquio sobre cualquier tema de actualidad o sobre algún libro que hubiese pasado últimamente por sus manos. Había empezado el período de vacaciones y él se apuntó al primer reemplazo. Hacía cosa de dos meses que había ganado una buena suma de dinero en una apuesta de tantas que hacía cada semana y cuando llegó el mes de julio se marchó con su mujer a algún pueblo de la costa cuyo nombre no quiso decirnos. Nosotros que teníamos que seguir sacando adelante la faena diaria, nos lo tomamos como lo que parecía: unas vacaciones.

Habían pasado dieciocho días de su partida, cuando empezaron a llegar aquellos extraños mensajes a través del monitor -‘No me esperéis, no volveré’- y debajo el nombre de Joaquín. El primer mensaje nos dejó sumidos en el desconcierto y durante ese día esperamos la llegada de otro mensaje donde nos diese más detalles, este no apareció hasta la mañana siguiente y su contenido lejos de aclararnos algo, nos dejó de nuevo desconcertados. El texto rezaba así: -‘Las palabras las escribí yo, no intentéis localizarme’- y nuevamente su nombre. Haciendo caso omiso le hicimos un reenvío pidiéndole que nos explicara el motivo de tanto misterio, pero no contestó.

Ahora que ya estamos a principio de septiembre, todos y cada uno de nosotros nos hemos reincorporado a nuestro puesto, todos menos él. Los mensajes han seguido llegando periódicamente durante estos dos meses, cada uno de ellos ha ido superando al anterior en cuanto a ese contenido delirante que parece la obra de un demente. El teléfono de su casa suena sin que nadie conteste al otro lado del hilo y las indagaciones que se han hecho para localizarlo no han dado ningún resultado. Ha desaparecido. Únicamente sus mensajes nos hacen creer que sigue vivo. Joaquín debe de tener unos cincuenta y cinco años y siempre ha sido un hombre de vida ordenada, muy coherente con sus ideas y felizmente casado con una mujer inteligente con la que no ha tenido hijos. Los dos se han mantenido unidos y han compartido siempre las mismas actividades. Ahora también han desaparecido juntos.

Mi mesa está situada al lado de la suya y cuando desvío la vista del ordenador y encuentro su silla vacía me entrego a profundas reflexiones sobre el contenido de esos mensajes que no dejan de aparecer: -‘No voy a volver’, ‘Lo hago por vosotros’, ‘Estas palabras han de ser escritas’, ‘Me quedaré aquí esperando’, ‘No me busquéis’, ‘La hora no ha llegado aún’, ‘Respetad mis palabras’-.

Es triste perder a un amigo de esta manera, no tienes razón para llorarle ni para esperar su vuelta. Hasta ahora he conseguido que el director deje su mesa intacta pero sé que no durará mucho tiempo. Cada día le retorno una contestación que me hace parecer algo desquiciado a mí también: - ‘No te preocupes amigo, estamos aquí’, ‘Yo leo tus palabras cada día’- y cuando miro su silla vacía pienso: ‘Aguanta firme Joaquín, aguanta hasta que alguien te encuentre’.