30.1.08

La Feria

Yo sentía el crepitar de los chinatos al caminar. Mis zapatos, cubiertos de polvo, se movían por encima de un cúmulo de piedras, tierra y desperdigados boletos de las tómbolas. Era un domingo esplendoroso de un sol un tanto achicharrador y la gente se había lanzado a la calle con sus mejores trajes para disfrutar de la feria. Aquella gran feria venía cada año para las mismas fechas y algunas caras, detrás de los mostradores, me resultaban muy conocidas. Lo cierto es que aquella buena gente siempre despertaba en mí, sentimientos encontrados: por un lado representaban la alegría y la emoción de la fiesta, pero por otro lado no podía dejar de sentir la miseria en la que vivían y la vida tan dura a la que estaban expuestos.

Vagabundeaba solitario entre la muchedumbre dando vueltas por el recinto, los gritos de los feriantes se oían por doquier anunciando las atracciones. Casi sin darme cuenta me encontré delante del laberinto de cristales transparentes, era uno de mis sitios preferidos al que acudía cada año. Saqué la entrada y avancé despacio con las manos extendidas, algunos críos corrían y se golpeaban con los cristales entre risas y burlas, una chica de larga melena y abrigo a cuadros se rió un tanto nerviosa a mi lado y continuó avanzando. Yo recordaba hasta cierto punto el recorrido y no tardé apenas un momento en encontrar el camino adecuado; en uno de los giros distinguí la silueta de la chica del abrigo que se había parado quieta con la espalda pegada en un rincón, le hice un gesto y en seguida me siguió por las calles del laberinto hasta llegar a la salida. Tenía unos bonitos ojos negros que fijó en mí antes de darme las gracias tímidamente, después se fue caminando hasta perderse entre la multitud.

No logré encontrar a mis amigos en ninguna de las casetas que solíamos frecuentar y yo me sentía arder bajo aquel cielo radiante de principios de verano. Sin buscarlo, me encontré dentro del salón de los espejos, allí al menos había un poco de sombra y se estaba mejor que en la calle. Avancé por la galería viendo en cada espejo mi cuerpo distorsionado con distintas formas: muy alto, muy flaco, muy gordo, muy bajo…Unos cuadros aparecieron junto a mi imagen reflejada y su voz susurró:

- Antes me sentí muy tonta, no debería haberme asustado de esa manera….

Creo que fue entonces cuando cogí su mano y ella no la retiró, no tuvimos apenas necesidad de hablar para entendernos. Avanzamos despacio hacia la salida, casi sin atrevernos a mirarnos el uno al otro, yo no podía dejar aquella mano que me hacía sentir como una corriente eléctrica por todo el cuerpo. Tenía ganas de correr, de saltar, de gritar… Estuvimos caminando sin rumbo fijo entre la gente, dirigiéndonos sonrisas cómplices de vez en cuando. Ya no fui consciente de lo que sucedía a mi alrededor, sé que en algún momento aparecieron las siluetas de mis amigos y que me dirigieron toda clase de muecas y de guiños hasta conseguir ponerme rojo hasta las orejas, después se perdieron de vista para el resto del día. Acompañé a Elena hasta la puerta de su casa –era la hora de la comida- y quedamos en vernos de nuevo aquella tarde, otra vez, en la entrada de la galería de los espejos. Fue un tiempo que se me hizo eterno y cargado de incertidumbres esperando la hora de la cita, pero ella estuvo allí puntual. Y también estuvo en todos los encuentros posteriores en que fuimos desgranando nuestra existencia, hasta llegar a compartirla.

Esa galería marcó nuestras vidas para siempre, se convirtió en destino obligatorio cada año cuando llegaban las fiestas… hasta que cambiaron los tiempos y los gustos de la gente. Ahora ya, son contadas las veces que podemos vernos reflejados en esos espejos…y es que el tiempo pasa inexorable para nosotros y para las cosas que nos hacen ilusión en nuestro paso por este mundo en movimiento continuo.

1 comentario:

Consuelo Labrado dijo...

Hola, guapa:

Te he dejado una cosita en mi blog, pasa a recogerla cuando puedas. Por cierto la frase no tiene connotaciones extrañas, no le des vueltas. Un beso