26.2.08

Y el abuelo volvió...




La jovencita y el anciano se apearon uno tras otro y de pie en la acera siguieron con la vista las maniobras del automóvil que se alejaba en busca de un hueco donde estacionar. El abuelo observaba el entorno con avidez como queriendo rescatar los días pasados sin aquel paisaje. El aire transportaba el barullo de voces infantiles tan familiar en aquella hora del mediodía; un guardia urbano paseaba inquieto por el paso de viandantes que conducía a la puerta del colegio, esperaba mirando de soslayo a los padres, como buscando su complicidad ante la eminente estampida. El anciano disfrutaba aquellos momentos estorbando el paso de la gente que circulaba por la larga avenida:

-¡Si nos damos prisa y no hay mucha gente, todavía me dará tiempo de poner el caldo!- las dos mujeres tiraban de los carritos vacíos llevándolos casi en volandas.

Súbitamente una voz de reconocimiento y una palmada en la espalda del abuelo:

-¡Hombre, Luís! ¡Hacía ya unos pocos días que no te veía! ¿Has estado malo?

La nieta algo nerviosa esperaba expectante y buscaba con la mirada la figura de su madre que a lo lejos levantaba la palanca de freno y abría la puerta del coche. Rosa cerró deprisa y apresuró el paso entre las carreras de los niños que salían del colegio, su padre se despedía ya de aquel conocido y ella al llegar preguntó a su hija con la mirada. Irene movió la cabeza de un lado a otro con disimulo y enlazó su brazo con el de Luís -¡venga, abuelo, vamos a dar un paseo hasta la plaza del mercado!- con paso lento subieron la larga avenida. En la parada del autobús la gente se apiñaba entre los cristales, casi todos esperaban de pie junto al pequeño asiento amarillo ocupado por tres mujeres obesas y una niña de corta edad. Desde el mercado bajaban riadas de gente con bolsas y cestas plenas, algunos carritos de la compra, los más, desbordaban su contenido a través de las cremalleras sin cerrar o bajo las solapas que se quedaban escasas. Rosa se deleitaba con todo aquel movimiento de la ciudad y recuperaba en su retina momentos y costumbres olvidados tras su marcha hacia aquel tranquilo pueblo en el que vivía hacía ya dieciséis años.

Llegaron hasta el mercado municipal y como una rutina subieron las escaleras de una puerta lateral -¿vamos a comprar algo?- A Irene aquello le parecía un poco tonto y no entendía esa manía de su madre por visitar el mercado como si fuese una exposición de vida, tal y como lo llamaba Rosa. Después de unas vueltas por los pasillos compraron una bolsa de patatas fritas de “ruedas” y salieron por la puerta principal. En la plaza había un corrillo de ancianos y algún hombre de mediana edad, el abuelo los miraba fijo como tardando en reconocerlos:

- Voy a hablar un ratillo con estos amiguetes míos ¿os esperáis?

- Quédate abuelo, nosotras vamos a dar una vuelta y a comprar unas cosas ¿vale? después volveremos a buscarte.

Rosa saludó con la mano a la concurrencia y se alejó con su hija volviendo de vez en cuando la cabeza con disimulo. Veía las preguntas en los labios de aquellos amigos del anciano y también el aturdimiento de éste, algunos lo miraban con tristeza y asentían con los ojos bajos. Pronto se vio que cambiaban de tema como si todos se hubiesen puesto de acuerdo y el abuelo pareció que empezaba a sentirse más cómodo. Ellas se pararon ante el escaparate de la tienda de bolsos que les sirvió de espejo para seguir observando aún la escena:

-Vámonos hacia la entrada del metro, desde allí arriba lo veremos bien y no parecerá que vigilamos. Tengo ganas de fumar un cigarrillo.

-¡Otro! No paras de fumar, mamá...

Rosa abrió la bolsa de patatas y se la dio a su hija para que comiese y callase mientras ella sacaba el tabaco del bolso. Allí arriba el ambiente era más tranquilo, había asientos de madera en el diminuto parque y la mayoría se veían vacíos. De vez en cuando unas pocas personas salían de la profunda boca de entrada a la estación del ferrocarril, se notaba que no era hora punta. Una anciana que tomaba el sol se levantó y al cruzarse con ellas miró a Irene con cara divertida y enganchó con la mano la bolsa de patatas.

-¡Tú ya te has comido la mitad, ahora me toca a mi!- le guiñaba un ojo y movía sin cesar algo que llevaba en la boca.

Se quedaron un poco paradas pero la mujer sonrió y les enseñó los tres caramelos que removía con la lengua:

-Esta juventud siempre compran patatas, a mi me gustan los caramelos, chupo tres porque con cuatro no puedo- y se alejó hablando sola.

-¡Mamá! ¿Quién es, la conoces?- ante la negativa de su madre, Irene afirmó con mucha rotundidad:

 -¡Esta ciudad está llena de majaretas!

Rosa movió la cabeza sin asentir, pensando en lo joven que era aún su hija. Aquella simpática abuela seguro debía tener diez años más que su padre y parecía rebosante de salud... A lo lejos el grupo de amigos comenzaba a dispersarse y Luís podía quedarse solo, así que bajaron rápidamente. El abuelo dijo que era hora de volver y emprendieron el regreso caminando lentamente, como con desgana. Alguien que llevaba mucha prisa saludó a Luís -¡Eyyy!-, el anciano lo miró desconcertado y cuando el otro iba lejos levantó el brazo y contestó: -¡Adiós!

8 comentarios:

María Narro dijo...

a mi también me pasa, alguien te saluda con prisa y cuando por fin caes en quien es le dices: ¡adiós, hombre, adiós! aunque sabes que no te va a oír, o para tu sorpresa se da la vuelta y te dice adiós mientras se aleja.

Has descrito muy bien una mañana de mercado, aquí son los martes y sábados. De locos, sí, de locos.

un besazo.

Anónimo dijo...

Me ha encantado mucho, tu historia es conmovedora y parece que por tu actitud que estas mejor
me alegro!!

Una miga si quieres que estaré

aquí mismo, unos mundos mas cerca!!

Besazules

Patry dijo...

Muy bueno, pero como siempre! :)

Un besote.

Consuelo Labrado dijo...

¡Bravo! muy bien artista, ya lo había leído ya sabes que te sigo y te persigo pero ahora releyéndolo me ha gustado más. Un besote

Durrell dijo...

Esta es la narración sobre el primer día en que salió a la calle un abuelo después de muchos días sin salir a causa de una intervención que le hicieron en el hospital para pararle un cancer. Sus amigos lo intuyen por el bajón tan grande que ha dado desde hace unos meses y él se siente inseguro porque además está perdiendo la memoria a pasos agigantados y no se ha enterado muy bien de lo que le han hecho en el hospital.

Yo lo conozco a él y a su familia y por eso he querido escribir esta historia. Espero que por mucho tiempo pueda dar esos paseos y hablar con sus 'amiguetes'.

Besos y abrazos para todos ;)

Anónimo dijo...

Bella y rela historia, asi andamos tambien aqui con mi padre, ya 89 años. Todos pasaremos por ello, ley de vida larga.
Que todo os vaya bonito y un fuerte abrazo y buen fin de semana.

Malena dijo...

Preciosa historia, Durrell. Y así entre charlas, cigarros y patatas fritas va pasando la vida tranquilamente. Unas veces con sobresaltos y otras con alegrías. Lo importante es que siga.

Montones de besos de tu amiga.

Durrell dijo...

Saludos Prometeo y Malena. La vida tiene sus etapas y hay que amoldarse a ellas como buenamente podamos. Disfrutar lo bueno y lo mejor para equilibrar otros momentos, no tan buenos, que han de venir sin remedio.

Besos para los dos ;)