11.3.08

El Reuma de las Vacas

Hace frío aquí arriba, el termómetro de mi mochila marca cinco grados y aunque el grueso anorak protege mi cuerpo, siento que las piernas piden más abrigo que el simple pantalón que las cubre. El sacrificio merece la pena, aún no ha salido el sol tras las montañas y el azul aparece roto a jirones en un malabarismo de blancos y anaranjados. Es una maravilla. Los apretados pinos conforman un enorme bosque en escalera, todas las montañas están llenas de ellos, guareciendo en lo más oculto la variada fauna conformada desde la pequeña y danzarina ardilla hasta el voluminoso jabalí que anida junto a las raíces de los árboles. Alguna vez, mientras contemplaba una de esas camas me sorprendió el repentino batir de alas de un gran águila, tan impresionante a la vista que no pude hacer otra cosa que quedarme embobado contemplando su elegante vuelo. Acostumbrado a sentir que estas aves habitan en escarpadas rocas alejadas de la vista de los humanos, me asombra que se hallen en montes tan bajos, pero bien está para el disfrute de los que osamos caminar entre este compendio de naturaleza.

Las encinas y algún que otro roble se entremezclan también con los pinos. El suelo se haya cubierto de romero, de espliego, tomillo y lentisco. Por el camino la tierra cruje bajo mis pies y el frío pero limpio aire de la mañana parece quemar mis pulmones acostumbrados al viciado aire de la ciudad. El sol aparece ya con sus primeros rayos hirientes, aclarando aún más el paisaje que baja por la falda de la montaña. A lo lejos, en una gran explanada del pequeño valle, se divisa la gran casona de los Segarra rodeada de un gran prado robado a la montaña. Está muy verde ese espacio y es normal aquí pues el grado de humedad es muy alto, por eso a las enormes vacas cuyo futuro será convertirse en carne tras su paso por algún matadero de la ciudad, no les falta nunca junto con el pienso, el apetecible pasto que tanto les gusta. Y ahora que estoy sintiendo el dolor en mis rodillas producido por el aire frío que me acompaña, no puedo por más que preguntarme si no sufren de reuma las vacas. Tanto frío y humedad no es bueno para nadie y ellas que parecen no inmutarse antes los cambios climáticos de la naturaleza, buscan, sin embargo, los pedazos soleados entre ese césped brillante. Pienso que su cuerpo gordo está abrigado por capas de grasa que las protegen, más sus patas, no tan gruesas, tal vez adolezcan en sus rodillas del inevitable dolor. Podría ser quizás que no dispongan en su corta vida del tiempo suficiente para desarrollar esta enfermedad de viejos tempranos, metidos a veces en oficios poco saludables en los que impera el movimiento mecánico y continuo.

En la nueva carretera que rodea el pequeño pueblo, allá en el valle, han desaparecido las luces de los escasos coches que marchaban hacia la ciudad. Ahora con los faros apagados son más y con el aumento de la velocidad se intuyen las prisas por salvar la inevitable caravana de todas las mañanas. Las persianas de las casas van desapareciendo y en su interior se adivinan las caras aún adormecidas, los movimientos lentos pero sin pausa, los velados gritos a los niños para que se den prisa y también imagino ese embriagador aroma a café recién hecho en las cocinas. No puedo evitar tragar saliva y añorar una buena y humeante taza de café con leche, una gran rebanada de pan redondo todavía caliente y algo del estupendo embutido de la comarca.

Voy a quedarme sin ver a las vacas que no han salido aún, deben tener la cabeza metida entre el forraje y el grano que almacenado en los silos les hace más práctica la vida a ellas y a sus cuidadores. Pero he avanzado mucho ya por el camino que baja de la montaña y ahora que estoy más cerca del pueblo encuentro cambiado el vestido de la vegetación, hay infinidad de chopos estirados en hileras y los bonitos y gruesos troncos de los plataneros hacen guardia a lo largo de la carretera y por encima de la estrecha riera que en paralelo baja recorriendo kilómetros con su escasa, aunque constante agua. Las cañas abundan a los costados de esa riera y de vez en cuando aparece algún campesino cortando brazadas de ellas que le servirán después para atar las tomateras de la temporada o para encauzar el crecimiento de alguna otra mata del huerto. A un lado encuentro la fuente risueña y cantarina de la que borbotea el agua que mana de la montaña, y las dos encinas que la acompañan suelen asistir como testigos quietos al movimiento de garrafas de plástico blanco que a menudo recogen su preciado don, aunque eso será más tarde quizás, cuando en este rincón haga más calor del que hace ahora. Los pájaros ya revolotean inquietos buscando el desayuno y entre las ramas de los árboles los chamarines entonan al unísono sus armoniosas y continuas voces protestonas. Es un pájaro éste, el chamarín, que me agrada sobremanera, inquieto, pequeño y del color de las hojas, pero con un canto que me hace sentirme acompañado. Las adelfas, las paredes cubiertas de buganvillas aún sin su roja flor, otras tapizadas con las ramas que acunan incipientes hojillas de parras vírgenes y algún majestuoso magnolio en un jardín, me anuncian sin dudarlo el dominio del hombre sobre la naturaleza. La tierra que pisaba se ha convertido en asfalto, el sol luce arriba y algún vecino me saluda. Respiro hondo antes de acabar por hoy este paseo matinal.

14 comentarios:

Durrell dijo...

Las vacas me han traído suerte pues el relato ha sido ganador en el concurso de esta semana en "El Rincón de Sherezade". No fue tan malo el lunes....

:)

Consuelo Labrado dijo...

¡¡¡Campeona!!! Aplausos y más aplausos y besos.

Exlucifer dijo...

ES CIERTO QUE ERES DE SIGNO ACUARIO?.....

SI ES ASÍ, DA LA CASUALIDAD QUE YO TB.

Malena dijo...

Tu paseo ha sido mucho más bonito que el mío. Me hubiera gustado acompañarte.

No me extraña que te hayan dado el premio.

Enhorabuena, Durrell.

Montones de besos.

Durrell dijo...

Gracias Consuelo, es reconfortante que me felicite una gran ganadora como tú :)

Exlucifer, sí, soy acuario del 11 de febrero. Dicen que los de este signo enseguida nos caemos bien entre nosotros. Yo tengo comprobado que es así y a la vista está :)

A mi también me hubiese gustado hacer ese paseo contigo, Malena. Aunque creo que hoy por hoy me convienen más las planicies para caminar. Mejor nos adentramos por ese sendero de tu relato que conduce hasta el río. Se ve muy apetecible :)

Besos y abrazos para todos ;)

María Narro dijo...

la descripción es buenisima no me estraña que ganaras, pero 'jodía' sólo a ti se te podía ocurrir preguntarte si las vacas tienen reuma jajajaja

un besazo.

Anónimo dijo...

¡Buena pregunta! Nunca se me hubiera ocurrido. Y Enhorabuena opor el premio, el relato es magnifico, bellas descripciones muy visuales...habra que hacer una escapada en esta semana santa a la madre naturalez.
Un fuerte abrazo.

Consuelo Labrado dijo...

tienes una cosita para tí en mi blog. Besos

Patry dijo...

Las vacas!Son uno de mis animales favoritos...jaja lo sé, lo sé, es poco común, pero mi abuelo tenía vacas cuando yo era pequeña y creo que me recuerdan a él, por eso me gustan tanto....


Enhorabuena por el premio!!!


Un abrazo.

Fede dijo...

Amiga Durrell,
me ha encantado tu relato. he notado sobre todo una cosa que pocos sabemos hacer: T� si sabes mirar.
Un abrazo

María Narro dijo...

¿dónde estás?

¿todo bien?

muchos besos.

Malena dijo...

Te echo de menos.

Un beso.

María Narro dijo...

y yo.

otro beso.

Durrell dijo...

Ya aparezco... :)

Pero aún estoy un poco así... así.

Es que soy doña Pupas, ya lo sabeis. Me agarró una gripe tremendona y no me ha querido soltar en todos estos días. Aún temblequeo un poco pero empiezo a ser yo otra vez.

¿Me darán alergia las vacaciones??? qué desastre...

Muchos besos para tod@s ahora que ya no se pega ;)