Después del conflicto, el país volvió a la rutina de los días anteriores, la vida comenzó a transcurrir como el agua mansa y continua, tras los rápidos de un tormentoso río. En el hospital, no obstante, se palpaba un cierto nerviosismo soterrado entre el personal. En el departamento de urgencias se mantenían las dos líneas de entrada y los médicos y el personal de enfermería que asistían en ellas eran reconocidos fácilmente por las grandes ojeras y el cansancio que acumulaban sobre sus agachados hombros.Aunque un tanto extraordinarias, mis nuevas obligaciones eran claras y precisas. Cada mañana recogía el portátil con la batería cargada y me apostaba en el camino distante entre la zona de aparcamiento y la entrada del hospital. A todos se les hacía extraño que les abordase con aquel aparato, dispuesta a no dejarles marchar hasta que hiciesen una evaluación de nuestro servicio. Yo también me sentía, la mayor parte de las veces, vencida por aquella exasperante interrupción en la angustia de aquellos familiares que caminaban sumidos en sus propias inquietudes inmediatas. El nombre del Ministerio del Interior los hacía parar en seco y el desconcierto unido a la rabia les impelía a contestar con prevención a todas las preguntas que iban apareciendo sobre la oscura pantalla.
Aquella mañana, sin embargo, se volvió distinta desde que Jennifer, la coordinadora de administración, apareció de improviso en la entrada de los aparcamientos y entre susurros atropellados me rogó que indagara en su expediente desde mi portátil. Sin más explicaciones continuó su camino mientras yo miraba fijamente la pantalla, sin comprender porqué me pedía algo que podía hacer ella misma desde su ordenador. Observé a mi alrededor con disimulo e hice algunas entrevistas más antes de decidirme a extraer el pequeño papel que había dejado en mi bolsillo. Introduje las claves y saltando a través de las diversas ventanas que se iban abriendo encontré su ficha, una más de tantas que componían la base de datos del personal, la revisé y la cerré rápidamente. No tenía noción alguna sobre lo que ella esperaba encontrar e intenté seguir con mi trabajo mientras me iba acercando a la entrada del edificio.
En la zona de fumadores un conocido usuario de la metadona, casi rehabilitado, se avino a realizar la encuesta adornándola con una inquietante opinión sobre la puta dictadura que se había adueñado del país. Yo lo escuchaba, tecleando sus respuestas de espaldas a la carretera y no advertí alarma alguna que obligase a mi interlocutor a abalanzarse sobre mí lanzándome contra el suelo, pero sentí las detonaciones y el griterío aterrado en un espacio de tiempo que se volvió infinitamente lento mientras conseguía girar la cabeza y distinguir al jefe de equipo quirúrgico, Manuel Solano, inerte en medio de un charco de sangre tras recibir dos disparos certeros en el pecho. Mi angel de la guarda, Sebastián, me ayudó a levantarme con sumo cuidado mientras profería innumerables improperios:
- ¡Puta mierda de país! ¡Doctora! ¿Está bien?- ¡No soy doctora, pero estoy bien, gracias!
- ¡Lo que sea! ¡Vámonos de aquí!
- ¡Venga conmigo, lo necesito!
Lo llevé hasta los lavabos y le pedí que me esperase mientras yo entraba en un servicio y lograba poner de nuevo en marcha aquel portátil que por suerte no había sufrido desperfecto alguno. Metí las claves de la base de datos y busqué la ficha de Manuel Solano. Todo era correcto, no había nada extraño. Después indagué en mi ficha y entonces pude ver la diferencia, introduje de nuevo el apellido del hombre asesinado y apareció aquella letra E mayúscula al lado de su nombre tras un guión. Volví a entrar en la ficha de Jennifer de la que estaba segura ya, antes de verla, también poseía aquella E detrás de su nombre. ¿Podría aquella letra significar “Eliminar”? ¿No era una solemne estupidez que apareciera tan claramente en una base de datos a la que tenía acceso todo el personal de administración del hospital? Pensé en la petición de la coordinadora, si ella me había buscado aquella mañana debía ser porque algún motivo que yo no conocía le impedía acceder a aquellas páginas desde su ordenador. También podría ser que aquella no fuese la base de datos que se estaba utilizando en el hospital y que Jennifer, por algún medio que se escapaba a mi razonamiento, hubiese conseguido las claves de acceso. No tenía tiempo para resolver tantas dudas, ni siquiera para imaginar los motivos por los cuales se habían escogido aquellos nombres y aquel medio para anunciar la muerte de sus propietarios.
Salí sin tener claro aún lo que debía hacer, por suerte Sebastián estaba todavía allí. Ante mis preguntas me aseguró que tenía un pequeño y viejo coche que funcionaba perfectamente y que estaba dispuesto a ayudarme. Fue una larga hora la que invertimos en encontrar a la coordinadora en medio de aquel caos que se había producido entre el personal del hospital. Apenas nos atrevíamos a pronunciar su nombre por miedo a levantar cualquier sospecha y tuvimos que sumergirnos entre aquella gran oleada de rostros indecisos y asustados que se movían de un lugar a otro por todo el edificio. La encontramos, al fin, pensativa y con los brazos apoyados en el alféizar de una ventana solitaria; cruzamos las palabras suficientes para ponernos de acuerdo y nos encaminamos a toda prisa hacia una salida posterior desde la cual y tras un gran rodeo por las calles y zonas sin asfaltar, colindantes con el hospital, conseguimos llegar hasta el viejo automóvil de Sebastián.
Sería largo de explicar todas las vicisitudes que vivimos aquellos dos largos días hasta que Jennifer y yo conseguimos salir del país y llegar a casa de mi hermana en España. Sebastián nos ayudó a escapar a un país vecino a través de un paso fronterizo de montaña, pues aquel hombre castigado por la droga, había tenido una vida intensa en la que había hecho muchas relaciones en un submundo que nosotras apenas intuíamos. Llevábamos unas cuantas ropas metidas en dos mochilas pero, toda nuestra documentación y todo el dinero que pudimos rescatar de nuestras cuentas iban con nosotras. En las pocas horas de espera en el aeropuerto insistimos con vehemencia para que Sebastián nos acompañara, pero no logramos convencerle, él confiaba plenamente en que su persona no era importante para aquellos usurpadores de libertades y hacía tiempo que se había hecho a la idea de morir cualquier día en cualquier esquina. Se volvió hacia aquel infierno en el que se convirtió nuestro pobre país durante largos años. Supimos a través de las cartas que nos fue enviando, de todas las torturas que sufrieron compañeros nuestros, cercanos a la persona de Manuel Solano y comprendimos con certeza que habíamos logrado escapar a tiempo de aquellos miserables.
Jennifer aclaró mis dudas durante aquel largo vuelo hacia la libertad. Ella había sido la pareja de Solano en los dos últimos años y sabía que él había obtenido información confidencial a través de un herido que murió en la mesa de operaciones. Cómo había conseguido aquellas claves y porqué se vio envuelto en aquel conflicto es algo que jamás pudimos averiguar, sino es haciendo conjeturas acerca de una supuesta vida política encubierta. Tampoco pudimos hacer nada más con aquellas cifras del pequeño papel, las claves fueron cambiadas en las posteriores horas de su muerte.Jennifer y yo nos integramos bien en España, hemos vivido y trabajado en este país esperando y suspirando por este día en el que ha sido anunciada la llegada de la democracia al lugar donde nacimos y donde se encuentran nuestras raíces. Las dos volveremos muy pronto allí, para ella será un regreso y para mí tan solo un viaje para que mi nueva familia conozca el país donde comenzó mi vida.
8 comentarios:
Me ha gustado mucho este relato, demuestra cuán dura puede ser la vida (o la muerte) bajo dictaduras.
Besos!
Muy buen relato, magistral el uso del tiempo. Un abarzo.
Querida Durrell,
Eres una maestra del suspense. Me ha gustado mucho tu relato.
Mi querida suministradora de abrazos gorileros: Eres única y no me cansaré nunca de repetírtelo. Me encanta cómo escribes, cómo vas desarrollando la acción de tal manera que el lector no puede dejar de leer hasta saber el final.
Yo sí que iré algún día a las Ramblas para que me firmes un libro porque si no lo has escrito todavía, no sé a qué estás esperando.
Montones y montones de abrazos gorileros.
Dashina, te recomiendo un libro en el caso de que no lo hayas leído: "Victor Jara, un canto truncado"
Y un beso ;)
Prometeo, gracias, el uso de los tiempos junto con los usos verbales, son algo que me traen de cabeza a la hora de escribir.
Un abrazo :)
Gracias Fede, soy una simple aprendiza pero celebro que te haya gustado.
Un abrazo ;)
Queridísima Malena, si no me levantas tú la moral, no lo consigue nadie... hoy precisamente ha sido un día virtual un poco triste. En fin, dicen que no hay mal que por bien no venga y con los cambios se abren siempre nuevas expectativas emocionantes.
Lo de escribir un libro...mmmm otro año eh, jajaja
Muchos besos y el abrazo como siempre gorilero ;)
Durrell
Cualidades tienes para escribir el libro que te proponen.
Me gusto, es lo que te puedo decir, no soy muy entendida en literatura, solo sé que mi interes fue creciendo segun lo leia.
Un beso
bueno... mi querida maestra, estoy alucinada. Tu imaginación, lo mucho que lees y tus ganas de escribir son contagiosas.
enhorabuena por el relato.
un beso grande.
Cálida Brisa, por ahora mejor seguiré con los relatos y no descarto volver a escribir uno largo para ver si en esa próxima vez me sale mejor. A lo mejor así a poco a poco un día sale un libro jaja
Un cálido abrazo para ti.
María, eso de maestra me ha llegado al alma. Eres un encanto.
Te comento que me he logado a ese Recreo tuyo, y que he colgado el relato allí. Así al pronto voy un poco despistada pero bueno, creo que me gusta el sitio y con el tiempo espero encontrarme bien allí.
Un beso y un abrazote.
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