16.11.09

Un Viejo Compañero

Aquella mañana se había presentado fría y húmeda, anunciando un final de otoño gris y descorazonador. A través de la ventana de mi despacho se traslucían figuras que caminaban apresuradamente arrebujadas bajo gruesos abrigos. El asfalto, por causa de la humedad, se apreciaba más oscuro; los edificios, sin los rayos del sol iluminando sus fachadas, envolvían la ciudad en un ambiente triste y espeso.

Sobre mi mesa se amontonaba el correo de la mañana, facturas, comunicados bancarios, folletos publicitarios y más facturas; por último un sobre de un amarillo pálido, con mi dirección escrita a mano, que me llamó la atención. No era un sobre tipo americano y en su interior encontré un trozo de hoja con una dirección de correo electrónico y el nombre del remitente: Alfredo García Estébanez. Aquel nombre quería abrirse paso a través de mis recuerdos, me sonaba haberlo oído repetidamente, sin embargo no lograba ponerle una cara conocida. Me parecía muy extraña aquella forma tan escueta de ponerse en contacto conmigo sin dar un solo detalle. Descargué el correo del ordenador y envié uno al tal Alfredo dándole cita para las cuatro de la tarde en mi despacho. La confirmación me llegó al momento y durante las siguientes horas olvidé aquel asunto para concentrarme en escribir un informe detallado de mi último trabajo.

He de aclarar que soy detective profesional con un pequeño despacho alquilado en la Gran Vía, muy cerca de la Plaza Universidad. En contra de lo que suele imaginar la mayoría del público, mi trabajo peca de ser bastante anodino y rutinario. Vigilar maridos, esposas, hijos… En algunas ocasiones me piden que busque a un desaparecido que la policía no ha logrado encontrar. No puedo decir que me gusten esta clase de encargos, estos clientes llegan desesperados y no tienen en cuenta que no dispongo de los amplios medios de la policía. Buscan un milagro y han visto demasiadas películas escritas por descerebrados, que ya no saben lo que van a inventar buscando una originalidad de todo punto irreal.

Me quedé a comer en un restaurante cercano y regresé antes de la hora prevista para la cita. A las cuatro en punto sonó el timbre y un hombre vestido con cierta elegancia me ofreció su mano con una amplia sonrisa. Su cara me recordó otra época y un uniforme de colegio. Aquel era Alfredo, el gracioso de la clase, de cuando yo estudiaba los últimos cursos de primaria. No habíamos sido amigos pero él siempre se había hecho notar con sus constantes payasadas. Estuvimos recordando aquellos tiempos durante unos minutos y después se puso serio y comenzó a exponerme su problema. —Necesito que busques a mi hijo. No es un adolescente, tiene veintisiete años. Discutimos de forma violenta hace dos semanas y desde entonces no ha vuelto ni a su casa ni a la mía. Recurro a ti porque es necesaria una total discreción en este asunto y sé que tú comprenderás y serás capaz de ponerte en mi lugar—.

Aquella confianza en mi persona me parecía inverosímil en alguien que no me había tratado en tantos años y con quien apenas había tenido relación. —Por mi parte necesito saber cual fue la causa de la discusión y qué tipo de vida es la vuestra, relaciones, trabajo, etc…—. Se quedó pensativo mirándome fijamente, puedo afirmar que intuía su nerviosismo a pesar del aplomo que intentaba adoptar. — Disfruto de una posición muy holgada desde hace años y no necesito trabajar. Soy viudo, mi mujer murió hace aproximadamente unos diez años y vivo solo en un piso de Consejo de Ciento… ya va para catorce meses, cuando Eduard, mi hijo, marchó a vivir con una chica que no me gustaba. Puede decirse que la forma de vivir de ella, para mi modo de entender la vida, era el de una mujer demasiado liberal, el de una puta—-. Mientras hablaba, los rasgos de su cara habían comenzado a crisparse por la ira, sus dedos se habían ido cerrando y los puños apretados firmemente temblaban por la fuerza ejercida. — ¿Sabe ella donde está tu hijo?—. Hizo una mueca con la boca y desvió la mirada. —Ella desapareció antes que él y yo discutiéramos por su culpa, pero fue mejor así…—. Sus ojos ya no podían parar quietos y todo su cuerpo se estremecía en un paroxismo inquietante. Le pedí que se calmase y le ofrecí una copa de brandy que fui a buscar a la habitación contigua donde una administrativa acudía dos veces a la semana para poner mis papeles al día. Tuve la precaución de cerrar la puerta a mis espaldas para hacer una llamada de teléfono que sabía necesaria. A los pocos minutos me encontraba de nuevo frente a él con dos copas y una botella.

Apuró la bebida de un trago y le serví de nuevo. — ¿Te acostaste con ella, verdad?—. Me envolvió en una larga mirada y asintió. —Ya te he dicho lo que era. Supongo que estás acostumbrado a deducir las circunstancias en las que se desenvuelven estas…. ¿Cómo podría explicarlo… bajas pasiones? Eres bueno en tu trabajo… ¿Entiendes porqué no quería que estuviese con Eduard? Ella no se lo merecía, era una cualquiera detestable, vulgar y viciosa—. Quise dejar que Alfredo se calmase un tanto, pasaron unos segundos de silencio, mientras bebíamos los dos y después le hice la pregunta: — ¿Qué hiciste con su cuerpo y como lo descubrió tu hijo?

Es inútil explicar que se vino a bajo ante mis palabras y comenzó a darme todos los detalles atropelladamente. Insistió en repetirlos cuando llegaron los agentes de policía que acudieron como resultado de mi llamada. Este pobre hombre desnudó su alma a borbotones, como los árboles caducos se habían ido despojando de sus hojas con la llegada del otoño. Alfredo había adelantado el propio otoño de su vida y sería para él tan triste y oscuro como el ambiente de las calles al otro lado de la ventana. Apareció el cadáver acuchillado de la chica en un arcón-congelador del piso de Consejo de Ciento. De Eduard nunca se supo nada, tal vez fuese mejor así.

6 comentarios:

Prometeo dijo...

Muy buen relato, quizas demasiado apresurado el final, perdona la critica, espero que no te ofenda...me trajo recuerdos de viejas pelis de cine negro, de Malowe y demas duros...un abarzo.

Dashina dijo...

Yo tambié lo situé en una película antigua de cine negro, de esas que ahora ya no se hacen. Sombrero, copa de brandy en la mano, pantalón de pinzas con tirantes...

Besos!

azul dijo...

Bueno en principio decirte que me alegro de tenerte aqui, de vez en cuando me pasaba ...

Me ha gustado mucho el relato,muy bien escrito con todo tipo de detalles quizás como ha dicho uno de mis compañeros en el momento que el hombre se viene abajo es precipitado, pero si asi lo has sentido... perfecto...!

Espero seguir leyendote

Un beso

Durrell dijo...

Tengo una joven revisadora particular que suele leer mis cuentos antes de que los presente a concurso, el problema es que se hallaba fuera de mi alcance estos días y no me avisó con su típico "bebe y muere" que es como califica estos finales tan precipitados que suelo escribir de vez en cuando. Hoy lo ha leído y me lo ha soltado con una carcajada.

Prometeo, no te cortes un pelo a la hora de hacer una crítica, pues para mí, todas son constructivas. Gracias.

Dashina, para mi gusto el mejor detective es Maigret, personaje del desaparecido Georges Simenon, del cual tengo puesta una foto en el blog y toda la colección del personaje en mi biblioteca. Describe aquel viejo París como nadie...

Azul, no te prometo nada aunque todo es empezar... Tus cuentos los he seguido leyendo, son un gran reflejo de la realidad.

Y os sigo aunque no os deje comentarios, pero os agradezco mucho los vuestros.

Besos para tod@s.

Raquel dijo...

Enhorabuena, Durrell.
Me ha gustado tu relato, aunque también coincido en que el desenlace es un poco precipitado.
Un saludo.

Malena dijo...

Mi querida Durrell: Vengo ahora solo a darte un beso. En cuanto pueda vengo despacito a leerte como tú te mereces: con los cinco sentidos.

Mil besos y mil rosas.