En el taller, tan solo se escuchaba el
murmullo de la vieja radio que emitía notas de una conocida balada. Las dos
máquinas de coser descansaban, después de una larga mañana de ajetreo, mientras
las muchachas hilvanaban piezas de ropa con hilos de colores vivos. En un
rincón, una mujer algo más mayor, se ocupaba de repasar los vestidos con la
plancha, sus gestos precisos denotaban los largos años de experiencia en el
oficio.
María las miraba hacer desde su sitio al
lado de la ventana, los ágiles dedos descansaban perezosos sobre la costura. La
verdad es que le dolían las cervicales después de estar tantas horas con la
cabeza inclinada. Le daban envidia las jóvenes aprendizas cuyos cuerpos no se
resentían como el suyo, aunque se decía a sí misma que no tenía derecho a
quejarse. Con cincuenta y cinco años aún no necesitaba usar gafas para coser,
ni tampoco para su otra gran afición que la llevaba a fijar la vista, por las
noches, en las páginas escritas por grandes autores. Sonrió recordando el
cuento de Anderson Imbert, lo había
releído por enésima vez la noche anterior. Le gustaba mucho aquel pequeño
relato de Jacobo, el niño tonto.
Se recolocó el negro cabello con una
pinza y se disponía a continuar con la labor cuando unas voces chillonas
llegaron desde la calle. A través de la ventana miró hacia el centro de la plaza donde, en ese momento,
dos figuras llamaron su atención. Se levantó presta y corrió hacia la puerta
del taller. Llegó de inmediato y como pudo metió su cuerpo entre los dos
adolescentes, encarándose con el más alto.
—
¿No te da vergüenza meterte con un inocente? ¿Por qué no
te vas a pelear con otros como tú? ¡Anda, pégame a mí si te atreves!
Parecía increíble que una mujer como ella, menuda y que seguramente no
debía pesar más allá de cincuenta kilos, se enfrentase con un corpachón como
aquel de metro ochenta por lo menos. El muchacho se la quedó mirando con aire
retador y despreciativo, pero al fin dio media vuelta y se marchó lentamente.
—
¡Ma-má, ma-má, Ja-co-bo no es ma-lo! ¡Ja-co-bo no que-ría
pe-gar!
— Lo sé, cariño,
lo sé.— Le acariciaba la cara y le peinaba el cabello con sus manos. Lo atrajo
hacia ella y lo abrazó largamente hasta que el niño comenzó a relajarse. —¡Anda,
vamos a casa! ¿Me ayudarás a hacer la comida? ¡Después podemos hacer una torta
como la de tu cuento! ¿Quieres?
5 comentarios:
Muy bonito.....me he quedado con ganas de una segunda parte ;) jejeje.
Besos
Que ternura, y ¡cualquiera se atreve con María!
Ya echaba de menos leer algo tuyo Durrell, como siempre da gusto hacerlo.
Un beso con aroma a lluvia...
:)
PD No veas lo que está lloviendo por aquí
Liada estoy escribiendo a partir de el perfil de un personaje o de una frase en concreto.
Como no se me ocurre nada, me pongo a teclear y sale lo que sale...
Besos para las dos ;)
PD Aquí ni llueve ni deja que salga el sol, más o menos como el perro del hortelano jajaj
Lo que a mi me ha dejado intrigado es que conocida balada escuchaban,ya sabes que la musica es lo mio jajaja
Bss wapa
Milú
Pues qué te parece una que a mí me gusta mucho: El gato que está triste y azul de Roberto Carlos.?
Siempre que la oigo me remite a mis trece años, un día que llevaba un jersey de lana de color azul. Precisamente. Que bonitos tiempos aquellos...
Besos ;)
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