Aquella mañana, Alejandra
la había sacado de la cama. Tenía el día libre en el trabajo y se presentó
equipada con zapatillas deportivas para pasar un día movido. Con una amplia sonrisa, se
sentó en la descalzadora y le dijo que la esperaba mientras se duchaba. Desde
la pequeña silla, le iba contando sobre las últimas novedades de las amigas,
las que se habían compartido en la cena a la que Joanna no había querido acudir.
Para ésta fue como un soplo de aire fresco, una conversación superficial e
intranscendente con sus partes cómicas y otras mínimamente serias, que la
sacaron de la triste rutina. Las pastillas la dejaban bastante espesa y un poco
torpe, pero Alejandra tuvo paciencia y al mediodía las dos caminaban en
paralelo al mar.
Hacía un poco de viento y
al ruido de las olas con sus vaivenes, se unía el de las cadenas chocando
contras los palos de los barcos amarrados en el pequeño puerto. Alejandra era
charlatana y muy vivaz, incansable a pesar de su sobrepeso y a Joanna le
costaba seguirla en ocasiones. Al ser un día entre semana el paseo no estaba
muy concurrido y pronto llegaron a la pequeña casa que Alejandra recién había
heredado de su abuela. Aquella casa tenía enamorada a Joanna. Una puerta de
hierro pintada en gris plata daba acceso a un pequeño jardín con un caminito de
piedra en el centro, que se dirigía a la puerta de la casa. A la banda
izquierda un alto y viejo limonero compartía espacio con una colección de
aspidistras que rodeaban una pequeña fuente sin agua. En el lado derecho una pertinaz
buganvilla que se elevaba hasta el tejado, había ido tomando posesión de las paredes y las rejas alrededor de
una pequeña mesa y dos sillas antiguas, irreverentes sobre una alfombra de pequeñas piedrecitas, que Joanna recordaba haber visto siempre allí,
inmunes al paso de los años y de las inclemencias del tiempo.
Se sentaron a descansar
antes de entrar, el sol bañaba el pequeño jardín y las dos se alegraron de
llevar las gafas de sol. Alejandra contestó a una llamada en su pequeño
teléfono y Joanna encendió un cigarrillo. Se sentía relajada, no sabía si por
las pastillas o por la alegría que su amiga le transmitía. Pensó en la suerte
que sería tenerla más cerca y que las dos pudiesen disfrutar de más días como
aquel. Pero Alejandra y las demás amigas trabajaban e iban tan ocupadas como
ella había ido hasta hacía unos meses. Tenían hijos y preocupaciones de otro
tipo menos angustiosas que las que ella estaba teniendo. Al menos lo
aparentaban. No parecían tener problemas económicos, más bien al contrario, y su
trabajo les daba una independencia y un poder de decisión personal, que ella ya había
dado por perdidas. Por motivos obvios no les había
comentado, ni siquiera a Alejandra que era su amiga más íntima, los apuros a
los que se estaba enfrentando. Ese momento, en ese lugar, era como volver al
pasado en el que ella controlaba su vida y se sentía fuerte. Decidió que ese día lo disfrutaría plenamente.
La casita por dentro
conservaba los muebles y decoración de cuando vivían allí los abuelos de
Alejandra. La cocina, con su robusta mesa de madera en el centro, estaba bastante desfasada pero era amplia y aún utilizable. En cambio, las piezas del cuarto de baño que en su época habían sido publicitadas como de gran estilo
y modernidad, ahora solo podrían tener vida en una tienda de anticuario. El viejo espejo
había perdido el reflejo y grandes manchas cubrían el cristal, dejándolo
inservible. A pesar de todo, el aire antiguo que tenía aquella casa le daba un
fuerte carácter, y el silencio y tranquilidad que se respiraba en ella, le daba un
valor del que no podían alardear muchas nuevas construcciones.
En la parte posterior un
jardín más amplio que el de la entrada, le trajo a la memoria tantos días de juegos que su
amiga y ella habían compartido allí. Los rosales todavía cubrían las paredes y aquella
parra que cuidaba el abuelo con celo, para que las avispas no estropearan los
racimos de uvas, sobrevivía a duras penas, más por empeño de la naturaleza que
por cuidado alguno.
Regresaron muy tarde, después de merendar en
el mismo café a donde iban por costumbre. Había oscurecido sobre el paisaje y los
murmullos del mar también se fueron quedando allí mientras se alejaban. Se llevarían con ellas el recuerdo que les duraría apenas unos pocos días, inponiéndose al fin los ruídos y la vorágine estresante de la ciudad. Aquella noche, Joanna durmió más
tranquila, soñando con uvas y baños bajo el sol achicharrante del verano.
Sombreros de paja, arena caliente y la piel joven.

2 comentarios:
Nos vamos a tener que ir a casa de Alejandra, lo digo por dormir y soñar con la playa y esas cosas. Dormir ocho o siete horas seguidas, solo eso.
Jaja, no diré que no. A ver si me da la dirección y me dejan las llaves 😉
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