10.12.20

El espíritu de papá I


—¡Venga, que ya es hora de que te levantes!

—¡mmm...déjame un poco más, papá, tengo mucho sueño... Ve a despertar a tus pajaritos...

—¡Buf, mis pajaritos, donde estarán...!

A mi pesar, abrí los ojos en la oscuridad de la habitación y presioné la luz del despertador. Y la realidad se abrió camino, recordándome la muerte de mi padre hacía doce años. Mi subconsciente me había llevado hacia muchos años atrás con el último sueño de la mañana, lo que me produjo un sentimiento de tristeza. Encendí la luz de la lamparilla y entonces lo vi, allí sentado en la descalzadora. Me froté los ojos y él siguió allí. Miré las paredes y los muebles y toqué la ropa y la madera de la mesita auxiliar, todo era real y él también. Allí sentado sonreía satisfecho y con gesto burlón al ver mi cara de sorpresa.

— ¡Estoy aquí sí, soy yo mismo! Y poco temprano he venido, me ha dado tiempo de ir a ver mi casa y darme una vuelta por la plaza del mercado y otros sitios... que mira, no he encontrado la sucursal de la caja de ahorros y venía a preguntarte...

— ¡A ver, papá para un poco! ¿Me estás diciendo que te has aparecido, que has venido a contactar conmigo para preguntarme por la sucursal de tu caja de ahorros? ¿En serio? ¡No me digas que necesitas cash!—. Solté una carcajada y me arropé de nuevo, sabiendo que aún no había despertado de verdad y que aún podía dormir un poco más.

— No te acomodes porque no estás soñando, levántate y vamos hablando de mientras. Yo te explicaré lo que ha pasado...

Tras un sonoro suspiro, me levanté y fui al cuarto de baño. Me lavé la cara con firmeza y me sequé frotándome la cara con energía. Pero a mi vuelta él seguía en el mismo sitio. Levanté las persianas y continuó allí, así que me acerqué e intenté tocarlo con la mano, pero él negó con la cabeza mientras mi mano lo atravesaba. Mi padre era un espíritu o un insistente sueño.

— A ver, para que me entiendas. He estado dando una vuelta por mi barrio y no he encontrado a ninguno de mis amigos. Claro que es muy temprano, pero ellos a estas horas siempre han estado en la calle haciendo recados, la gente mayor ya sabes que somos así. A quienes sí he encontrado son unos cuantos con la cara tapada y vaya moda que han sacado, la verdad que la gente cada vez está peor de la cabeza.

— Papá, estamos en mitad de una pandemia, tenemos que llevar mascarilla por protección.

— ¿Una pandemia, y eso qué es? Yo no he visto ningún problema en la calle.

— Mira, luego te lo cuento. Continúa que me tienes muy intrigada.

— Pues hija, qué va a ser, sino que me he dado cuenta, mirando la fecha en un periódico del kiosco, que hoy era día de cobro para los pensionistas. Así que he subido la calle hacia la sucursal de la caja de ahorros, pensando que algún amigo encontraría por allí. Y resulta que ya no está, que ahora hay un banco en su lugar. Y he dado unas vueltas por las calles de alrededor y no he encontrado la oficina de la caja en ninguna de ellas.

— ¡Madre mía, esto te pasa por volver después de tantos años...! Las cajas de ahorro ya no existen, se han convertido en bancos y se han absorbido unos a otros, una historia. En realidad tu oficina sigue siendo aquella, pero tus amigos han ido a cobrar en uno de estos días pasados, por la pandemia de la que te he hablado. Y la gente no debe salir de casa si no es necesario, más aún los de tu edad... bueno, tu edad con la que te fuiste... o la que tendrías o tienes? ¡Mira, tú ya me entiendes!

— ¡Tantos años! ¡Pero si he estado cerca de sesenta años de cliente de las cajas de ahorros y ahí han estado siempre!

— Pues mira papá, las cosas cambian. No te lo voy a contar yo a ti, con todos los cambios que habéis vivido los de tu generación. ¡Que eso sí ha sido un salto desde la prehistoria hasta llegar a la actualidad!

— ¡Pero qué exagerada llegas a ser! Aunque razón tienes, porque ahora que lo dices me estoy dando cuenta de que mis amiguetes deben ser mayores... de noventa años en adelante. Si no están muertos...

Se quedó pensativo y con gesto triste allí sentado, mientras yo me duchaba y me vestía. Después me siguió hasta la cocina y comencé a prepararme el desayuno.

— Debe ser muy mayor seguramente, pero me gustaría ver a mi amigo Pedro.

Me volví poco a poco y lo miré con pena. Se me humedecieron los ojos recordando aquel día, pobre papá y pobre de su amigo. Él me miró extrañado de mi reacción.

— Papá mira, la verdad es que tu amigo murió cinco meses antes que tú. Lo siento.

— ¿Antes?—. Le cayó un lagrimón en cada mejilla,  yo no esperaba que un espíritu pudiese llorar. Lloró como aquel día en que mi madre le dio la noticia. Mi padre siempre fue un hombre muy templado para aguantar las emociones, pero cuando ocurrió la muerte de su amigo estuvo llorando mientras su memoria se lo permitió. Después en su cerebro se borró aquella escena y dejó de sentir el dolor por la pérdida, si bien es verdad que nunca más volvió a preguntar por él. Ahora en cambio, sus palabras demostraban que seguía sin recordar aquel momento y él volvía a llorar la pérdida de su compañero de tantas tardes de largas caminatas.

— Hija, volveré mañana. Necesito estar solo—. Dicho y hecho, se desvaneció como el humo ante mis ojos.

— ¡Papá! Va, no te pongas así. Si era de esperar ¿no? Tal como te pasó a ti. Venga, vuelve y hablamos... Papá, estabas muy enfermo y olvidabas todo a los diez minutos. Además, llevas solo demasiados años, mejor quédate conmigo.

Me quedé allí de pie con la taza en la mano y el corazón encogido. Sorbí el café con leche caliente y el calor me templó un poco el cuerpo. Miré de nuevo hacia la puerta de la cocina y me pregunté si aquello había sido real, o yo misma empezaba a sufrir alucinaciones.

 

 

2 comentarios:

Emilio Manuel dijo...

Te ha venido el fantasma de las navidades pasadas.

Saludos

Durrell dijo...

Eso parece, Emilio Manuel. Hasta me ha sorprendido a mí...

Saludos