19.1.08

Marina I

Es la tercera vez que suprime las dos páginas escritas. Se ha metido en un lío con los militares y sabe que tendrá que buscar más información. Se levanta asqueado y enciende un cigarro, le da dos caladas y lo estrella contra el cenicero. No quiere fumar, se supone que ha dejado de hacerlo y los cigarros ya no saben como antes. Miguel es un escritor de fama y vive de sus libros, ganó el premio Planet hace unos años y “La luz lejana” fue un tremendo éxito de ventas, pero hoy no le sale nada bien.

En la agenda no encuentra a nadie a quien preguntar, casi todos sus amigos hicieron lo mismo que él, librarse del servicio militar alegando cualquier cosa que pudiese servir. Su cuñado estuvo en Canarias en aviación, pero no quiere llamarlo, es un fantasma que suele inventar más de lo que sabe. Busca el teléfono de la editorial para que le faciliten algún contacto, ya lo han hecho en alguna ocasión anterior aunque no con militares.

Tiene en la mano el auricular y súbitamente lo coloca en su base. Huele a quemado. Mira el cenicero que no echa humo y se gira en redondo buscando la fuente de ese olor. Oye voces que vienen de fuera y se precipita hacia la puerta de entrada, cuando la abre encuentra a Antonio en el rellano y a Marisa, sudorosa y despeinada, que acaba de subir las escaleras acompañada por un bombero. Este último viene gritando:

- Tienen que desalojar el edificio, señores, han de bajar a la calle rápidamente.

El bombero sigue subiendo escaleras y se le oye gritar de nuevo mientras aporrea las puertas y los timbres. Miguel indeciso entra en casa y se dirige hacia el ordenador, guarda lo que ha escrito en el disco sobre el que trabaja siempre, y se lo mete en el bolsillo. No sabe qué más puede hacer, coge la cartera, la agenda, el móvil y las llaves, y sale corriendo hacia la calle.

Una gran humareda negra sale por la puerta del garaje que está abierta de par en par. Miguel cruza a la acera de enfrente donde se hallan los demás vecinos y algunos curiosos que se han dado cuenta del suceso. Marisa le informa:

- He llamado yo a los bomberos, Miguel, no me daba tiempo de avisarte, lo siento.

- ¿Sientes el qué? ¡Marisa habla claro!

- Tu coche estaba ardiendo cuando he llegado, después de la llamada he intentado apagar el fuego con uno de los extintores pero, no ha servido apenas para nada.

Uno de los bomberos se ha acercado hacia ellos.

- Amigos, han tenido ustedes suerte de ser pocos vecinos y de que el coche consumiera gasoil. Si hubiera llevado gasolina hubiese explotado.

- ¿Quiere decir que si hubiese habido más coches al lado….?- intenta preguntar Miguel.

- Los coches cercanos se habrían prendido fuego también y seguro que algunos de ellos irían a gasolina. Habría habido una explosión en cadena.

Miguel no se aviene a lo ocurrido y pregunta de nuevo:

- El coche lo dejé aparcado ayer por la tarde ¿cómo se ha podido prender fuego? No lo entiendo. Al menos lleva quince horas aparcado.

- Nos lo llevaremos y los compañeros especializados se ocuparán de averiguarlo. No se preocupe, ellos harán un informe para la compañía de seguros. ¿Lo tiene a todo riesgo?

- Sí…sí, llamaré hoy mismo.

El bombero se despide con un gesto y se marcha. Marisa que está cansada les pide a Miguel y Antonio:

- Vamos a sentarnos al bar de enfrente, estoy muerta.

1 comentario:

Patry dijo...

UMMMMM!!!!
Interesante...¿habrá segunda parte?
Un besito!