Han pasado dos horas y Miguel está de nuevo en casa. Ya han avisado al administrador del edificio para que se ocupe de llamar a peritos, pintores y lo que haga falta. Él ha decidido no dejarse llevar por el malhumor y de nuevo se sienta a escribir. El olor a quemado persiste, por la ventana abierta también entra, se levanta y la cierra pensando que seguramente habrá mala olor durante varios días. De nuevo coge el auricular del teléfono y llama a la editorial, sí… conocen a alguien, le pueden decir algo hacia las siete de la tarde ¿estará en casa? No, que pregunten en el hotel Paradyso.Mete algo de ropa en una pequeña maleta y guarda el ordenador también. Escribe una nota para Verónica, que vendrá a limpiar al día siguiente. Llama al hotel Paradyso y no le ponen problemas, tendrá la habitación de la última vez.
Un taxi lo recoge en la puerta y lo lleva hacia el centro de la ciudad, al lado del mar. Deja el equipaje en el hotel y enfila caminando el paseo marítimo, es agradable caminar bajo ese sol de mayo y notar la brisa del mar… Clara… Si Clara estuviese allí sería perfecto. Comprueba que el móvil está en el bolsillo, pero no lo coge. Se pregunta cuanto tiempo necesitará ella para olvidar sus dudas. Él no las tiene, más entiende que le ha dado motivos para dudar de él. Sentado en un banco recuerda el último día que estuvieron juntos, cuando ella lloraba mientras cogía su ropa de los armarios, le dijo a él que necesitaba tiempo para asimilar tanta traición… traición… Acertó a decirle:
-Esa palabra tan fuerte no puede darse a una noche alocada, cuando el alcohol enturbia la mente y te olvidas de todo.
-Te olvidaste de mí, cuando te acostaste con otra.
-Eso no es cierto, tú eres la única para mí, ella no fue nada.
Clara solamente lo miró con desprecio, con mucho desprecio. -Tengo que pensarlo- dijo. Y se fue.
Se ha sentido muy solo desde entonces y parece que ella no va a volver. Le ha mandado ramos de lirios de agua, con notas pidiéndole perdón. La ha llamado de noche cuando en la cama encontraba su lado vacío, pero ella no ha querido oír su voz. Cada día que pasa se siente más inseguro de volver a tenerla con él. Cuando lo piensa, como ahora, se pregunta como un hombre puede llegar a ser tan idiota y acabar en una noche con todo lo que más estima, con todo lo que más quiere. Ellos llevaban una vida juntos construyéndose un futuro estable, buscando la manera de compartir más horas al día. Ahora que ese sueño comenzaba a convertirse en realidad, él en una noche estúpida, en una fiesta más estúpida todavía, embriagado por el alcohol y el deseo, lo lanzó todo por la borda y dejó que su vida navegara a la deriva.
En una terraza de un restaurante conocido del puerto, se sienta a comer a una mesa con mantel de cuadritos rojos y falda blanca. Mientras, contempla los yates y barcas de recreo que el mar mece con sus olas y percibe el sonido metálico que producen las cadenas al chocar contra los palos de las embarcaciones. Siente que es una pena que se tenga que encerrar en una habitación para escribir. Vuelve caminando despacio. En la playa hay gente tirada en la arena, algunos se han quitado la ropa para agarrar en la piel los rayos, poco calientes todavía, del sol de primeros de mayo.
Cuando llega a la habitación, se quita los zapatos y se tumba en la cama. Con el sopor producido por el paseo y la comida se queda dormido hasta las cinco y diez. Se despierta más despejado y coloca el ordenador en la mesa y se sienta en la silla giratoria. Deja a los militares aparcados y salta al siguiente capítulo, ahora teclea confiado. A las siete suena el teléfono, tendrá la entrevista al día siguiente a las tres de la tarde. Teclea de nuevo hasta las nueve, el texto ha avanzado bastantes páginas y se siente satisfecho. Se estira todos los músculos del cuerpo y se dirige a la ducha.
Baja por las escaleras y se encamina hacia el restaurante del hotel. Se ha vestido todo de negro, sabe que le sienta bien a sus cuarenta y cinco años y a las pocas canas que han empezado a menudear por su cabeza. Escoge una mesa en el interior que está vacío, el camarero le avisa de que cenará solo pues en estas fechas los clientes que aparecen quieren cenar en la terraza. Se encoge de hombros y se queda mirando al exterior a través de la ventana. Se ha tomado una copa y mientras espera que le traigan el primer plato, aparece una mujer joven que se sienta sola en una mesa cercana. No la tiene de frente pero él ve su perfil. Tiene una bella figura enfundada en un vestido rojo, de los caros, de los que parecen sencillos y no lo son. Su melena castaña brilla bajo las luces que inciden directamente sobre ella.
2 comentarios:
Aquí tienes Patry, la segunda ;) Besos.
Amiga Durrell,
La mancha de la zarzamora con otra verde se quita... Es increíble lo voluble de nuestros sentimientos!
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