El camarero le deja la carta, ella la coge y le pide también una copa. Parece que está leyendo, pero Miguel se da cuenta de que está llorando por el ligero y rápido balanceo de sus hombros. El camarero trae el primer plato para Miguel y al ver el estado en el que ella se encuentra, decide tomarle nota más tarde y únicamente le deja la copa. Miguel comienza a comer pero no está tranquilo, coloca la servilleta encima de la mesa y se levanta.- Perdone, no quiero molestarla. ¿Puedo sentarme?
Ella lo mira a través de las lágrimas, sorprendida por su pregunta y le indica una silla mientras se seca los ojos con el pañuelo.
- No sé cual es el motivo de esas lágrimas, pero no me gusta ver la tristeza a mí alrededor, si puedo hacer algo.
Ella bebe un sorbo del vaso y fríamente contesta:
-Usted no puede hacer nada.
- Mañana no, pero esta noche puedo ofrecerle mi mesa, si usted no lo toma a mal, y mirar de que cene tranquila mientras hablamos de cosas sin importancia.
- ¿Podemos comer en silencio?
- Si es lo que desea, sí.
Los dos se levantan y se sientan en la mesa de Miguel, quien busca con los ojos al camarero. Este, que ya ha visto la escena, se acerca con otra carta para ella y recoge el plato ya frío de él. Miguel la observa leer en silencio y se dice que es una mujer muy bella. Aunque se vean tristes, posee unos grandes ojos castaños, enmarcados por unas finas cejas negras, y la piel de su cara es suave y aterciopelada. Piensa que ha visto a pocas mujeres con rasgos tan perfectos. El camarero aparece con el plato, ahora de nuevo caliente, y toma nota en su libreta de los platos escogidos. Miguel interrumpe ordenando:
- Para beber, llévese este vino y traiga un cava muy seco, un brut de reserva, para los dos.
Ella lo mira y asiente con la cabeza. Cuando el camarero se retira, le dice mirándole a los ojos:
- Me llamo Marina, Marina Sanpietro.
- Mi nombre es más triste, Miguel Ángel Ruiz
- ¿Cómo el escritor?
- Sí, somos familia. ¿Le gusta leer?
- Un poco. Me voy a separar. Acabo de abandonar a mi marido. Mañana cogeré un vuelo a Madrid.
- Lo siento ¿es inevitable?
Ella asiente pensativa y él cambia la conversación, comienza a referirle extractos del nuevo libro que está escribiendo su primo el escritor. Marina empieza a sonreír mientras cena y entre palabras y risas el cava se acaba. Una nueva botella ocupa el lugar de la anterior y Miguel continua la charla mientras mira satisfecho cómo se ilumina esa cara de cuadro del Renacimiento italiano. No son capaces de terminar la tercera botella y deciden pedir las llaves y retirarse… por la mañana tal vez puedan desayunar juntos.
Miguel sube en el ascensor con Marina, tiene las piernas algo flojas y la vista algo turbia, pero galante, se ofrece a acompañarla hasta la puerta de la habitación. Marina, más entera, se ríe y cogiéndose de su brazo se ofrece a acompañarlo a él. Cuando llegan ella le coge la llave y lo acompaña al interior del cuarto. Él cada vez se siente más nublado pero desea poseer ese cuerpo perfecto. Intenta desabrochar el vestido y ella le ayuda a quitarse su negro atuendo. Les ha costado un poco quitarse la ropa, pero ahí están ya, desnudos y abrazándose en la cama mientras se buscan mutuamente los labios llenos de pasión. Miguel a duras penas se da cuenta de lo que está haciendo, su mente se halla obnubilada por el cava y por el deseo al mismo tiempo. Únicamente ve a Marina, su cabello, su cuerpo, sus senos……
Al girar la cabeza, un terrible dolor le ha retumbado por todo el cerebro, el estómago le ha dado un vuelco y piensa que va a vomitar. Abre los ojos y no ve nada, la habitación está a oscuras, estira el brazo como puede y no encuentra el interruptor. La forma de la mesita es distinta, extrañado se arrastra en la cama y busca a tientas, aún cree que vomitará, ha encontrado la clavija, la aprieta y cierra los ojos heridos por tanta luz repentina. Cuando los abre de nuevo, se acuerda del humo y de los militares – extraño tenemos el cerebro los humanos- le viene a la mente el agua del mar y busca como puede la puerta del lavabo. Esta vez se sienta en la taza para orinar, cuando termina y tira del pomo de la cisterna le vienen las arcadas y los vómitos...
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