15.5.08

Perdido en la Obsesión


Javier se desesperaba, aquello ya se pasaba de sus límites y no sabía cómo hacérselo ver a su hermano. Abrió como pudo el ventanal y salió a respirar un poco de aire fresco, le parecía mentira tanta decadencia, tanta dejadez a su alrededor. En la terraza no quedaba ninguno de aquellos frondosos arbustos que dejó la antigua dueña. En su lugar trasnochaban una colección de tiestos vacíos o en el peor de los casos, restos orgánicos de alguna planta que había luchado por sobrevivir hasta el último momento.

Pisoteó unas cuantas hormigas cuya ruta se había situado peligrosamente en el umbral de los ventanales y se decidió de nuevo a entrar en la estancia. Su hermano Luís no hizo ademán alguno y continuó tumbado en el destartalado sofá con la vista fija en el libro, pareció como que su presencia no tenía ninguna importancia para él y Javier comenzó a pasarse repetidamente la mano por el poco cabello que le quedaba mientras se quedaba absorto mirando a Luís. Se preguntó a donde había ido a parar aquella confianza plena que había entre los dos, sus relaciones se habían ido enfriando y tan solo le llegaba la superficialidad de unas respuestas metódicas. Había perdido el contacto con el alma de su hermano que vagaba a la deriva por mundos irreales.

- Vamos a un médico, Javier.

El otro, sin apartar los ojos de las profundidades del libro, soltó un bufido.

- Si no te gusta, no vengas a incordiar. Ahí tienes la puerta.

Aquello era una batalla perdida y él lo sabía. Se abrió paso como pudo entre aquella maraña y miró en la cocina. Al menos no había muchos platos sucios y en el frigorífico la leche y la comida se veían en buen estado. Fregó los cacharros, recogió la bolsa de basura, la pila de libros olvidados sobre la encimera y caminó hasta el cuarto del ordenador con la férrea voluntad de acabar con todo aquello. Sabía que iba a ser doloroso y que su hermano tal vez no se lo perdonaría nunca…

……………………..

Pasaban diez minutos sobre las nueve de la mañana cuando comenzaron los timbrazos y los golpes en la puerta. Luís se levantó de un salto, irritado por aquella estúpida interrupción, las imprecaciones que soltó no transcendieron al exterior porque los golpes siguieron hasta que giró la llave en la cerradura. Ante él, dos uniformes azules y detrás un personaje con aires de funcionario, Luís en pijama y descalzo no acertaba a comprender aquella invasión en su intimidad. Se vio empujado hacia adentro mientras los hombres se habrían paso por aquellas habitaciones llenas de libros apilados por los suelos, por los muebles, por las mesas, por las camas, por las sillas y sillones, en la bañera, en el bidet…

- ¿Dónde se lava?

- Tengo una ducha… allí en un aseo pequeño…

……………………..

Javier firmó la donación en nombre de su hermano. A los de la biblioteca municipal se les venía encima un laborioso trabajo para desembalar, clasificar y buscar sitio para toda aquella colección de volúmenes, pero dejaron la casa limpia, tan solo quedaron algunos libros, los justos en los espacio de las estanterías.

En la residencia donde se hallaba internado, Luís solía pasear por los jardines con aire un tanto apesadumbrado y meditabundo. Le habían prohibido la lectura por una temporada y no tenía acceso a los periódicos. En su mente enferma comenzaba a aparecer una pequeña chispa de razonamiento aunque se negaba a hablar con Javier por teléfono. No obstante había entablado un conato de amistad con otro interno que llegó a la residencia unos días antes que él, el hombre estaba intentando recuperarse de una fuerte depresión post-estrés provocado por las excesivas responsabilidades que campeaba al frente de una sucursal bancaria con escaso personal y gran actividad. Éste preguntó a Luís el primer día:

- ¿Una depresión, no?

- No, Síndrome de Librógenes.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Buen final para una buena historia. Aqui pasa algo de lo mismo, los libros entran y, amigos de toda la vida, no salen, no nos dejan. Llegara el momento en que alguien dira o los libros o tu y habara que ahce run hueco, pequeño, mas simbolico que real, pero hueco al fin y al cabo. Eso si los libros se regalan, nunca se tiran, en mi caso ala menos.
un fuerte abrazo.

la-de-marbella dijo...

Muy buena historia, por un momento he visto los tiestos vacios y las plantas marchitas en el oceano de los libros. Volveré ya que yo en cierta forma padezco el mismo mal, ya no se donde poner tantos libros y no puedo regalarlos, todos me gustan.

· dijo...

Durrel, me han dejado un encargo en el blog, lo he tomado y respondido y ahora te paso la posta como una forma de conocernos mejor. Espero aceptes este juego.

Cariños,

· dijo...

Nochestrellada, me han dejado un encargo en el blog, lo he tomado y respondido y ahora te paso la posta como una forma de conocernos mejor. Espero aceptes este juego.

Cariños,

Durrell dijo...

Prometeo, tienes razón, són amigos de toda la vida, deseados y apreciados, mimados en muchos casos como lo que són: un pequeño tesoro. ¿Regalarlos? Tremendamente difícil para mi, alguna vez y después de pensarlo mucho ;)

Un abrazo

Durrell dijo...

La-de-marbella, bienvenida, he entrado en tu blog un poco con prisa aunque quiero entrar despacio y con tiempo.

Los libros también están inundando mi casa, conversaba con mi hija sobre el problema y ella sacó la expresión: "El síndrome de librógenes" nos reímos un rato pero yo me guardé la idea de escribir sobre ese síndrome.

Un abrazo.

Durrell dijo...

Caramelo, te he contestado en tu blog que acepto el juego. Dame unos días ;)

Un abrazo.

Patricia Gold dijo...

Hola Durrell..vine por el post de Malena.
Tal vez entendí mal..´
Igual me leí tu post y me encantó..
Jamás tiré un libro en mi vida, regalo, eso si..océanos hay en mi hogar a pesar de no tener lugar..

besos desde Buenos Aires.
Hermosas tus letras..mi amiga me habló muy bien y tenía razón..
Patry

Durrell dijo...

Bienvenida Patricia, yo también te conozco un poco por Malena, desde hace un tiempo, aunque nunca te escribí. Ahora si lo haré.

Yo pensé, cuando inauguraron la biblioteca en el pequeño pueblo en el que vivo, que podría bajar la entrada de libros en casa, pero no, los estantes cada vez están más desbordados.

Besos para ti y muchas gracias por tus palabras :)

María Narro dijo...

jajajaja

¡eres divina! me ha recordado a don Quijote cuando le queman y separan de sus libros, pero lo has 'originalizado' con el sindrome de librogenes.

un besazo.

pd. mañana leo el otro.