
Martín no habló, embarcado en la misma tristeza que inundaba el espíritu de Mariela. Ambos contemplaban aquel cuerpecito sin vida del niño que no tuvo oportunidad de llegar a serlo. Ella no podía retirar la mirada de aquellas sábanas ensangrentadas donde reposaba el feto, de casi seis meses, que había expulsado en contra de su voluntad. No acertaba a comprender cuál de sus actos había provocado aquel desenlace mortal. Cuando el doctor don Álvaro le había aconsejado que guardara reposo absoluto porque podía perder la criatura, Mariela había buscado ayuda desesperadamente.
Esa mañana se había levantado muy temprano al sentir un dolor opresivo en su vientre y la humedad del líquido sanguinolento entre sus piernas. Aquello no era un buen augurio. Después de asearse y sin tomar desayuno alguno, salió de casa dispuesta a subir la pendiente que la llevaría hasta la consulta del único médico que había en la población. Era la segunda vez que le ocurría y el consejo de don Álvaro había sido el mismo. Mariela, indecisa, se dirigió después a casa de la comadrona que quedaba dos manzanas más allá, pero no la encontró pues la mujer había salido de madrugada para atender a una parturienta y aún no había regresado. Deshizo todo el camino en sentido contrario sintiendo que el paño que se había colocado al salir, iba empapándose más y más mientras el dolor se acentuaba. Bajó toda la calle pero pasó de largo al llegar ante su puerta, siguió caminando por la larga acera durante unos minutos más. En una travesía, haciendo esquina, se hallaba la casa del practicante y aunque encontró gente esperando fuera, Mariela golpeó la puerta repetidamente ajena a las protestas que surgían a sus espaldas.
– Don Raúl, estoy perdiendo…
El sanitario al ver su palidez acabó rápido con el paciente que atendía en ese momento y la hizo pasar sin mayor dilación. Obligó a tumbarse a la mujer y le palpó la barriga que estaba muy baja. Mariela estaba muy pálida, se sentía débil por la pérdida de sangre y por el esfuerzo que le había supuesto la larga caminata. El practicante le dio a beber agua con mucha azúcar y se dispuso a envolverla con un amplio vendaje, a manera de faja, que sujetase aquella criatura dentro de la entrañas que parecía no querían sostenerla. Después le tomó el pulso y conociendo como era la mujer, le habló con la mayor seriedad y recalcando las palabras.
– Mariela, vete a casa y acuéstate. En tu estado es peligroso que hagas esfuerzos de ningún tipo, por lo tanto, alguien se ha de ocupar de todo para que no te levantes hasta que dejes de sangrar. Hazme caso si no quieres abortar otra vez.
Ella se sintió algo mejor y al salir, comenzó a subir la cuesta lentamente dándole vueltas a las palabras de don Raúl. Aquello era más importante de lo que había supuesto y Martín no sabía nada. Debía avisarle, pensaba para sí,…y alguien debía ir a recoger a Antonin al colegio, y… Divisó la tienda de la señora Angelita y sin pensárselo ni poco ni mucho, entró preguntando por el marido para que le hiciese un favor. El hombre dormitaba en la trastienda después de haber pasado la madrugada en el Borne, el mercado central, en busca de las mercaderías frescas del día. Le costó interrumpir el sueño, pero se decidió a llevarla en el camión cuando se enteró de las razones y poco después llegaban a la fábrica donde trabajaba Martín. Después de dejarlos con el pequeño Antonin en la puerta de su casa, el camionero marchó en busca de la comadrona. No recordaba la falta de sueño porque era un buen hombre y siempre estaba dispuesto para ayudar en casos necesarios como aquél.
Mariela subió las escaleras sujetándose la barriga, llegaba exhausta y en esos momentos no podía por menos que pensar en su madre a la que tanto echaba en falta. Se acostó por fin cuando la campana de la iglesia resonaba anunciando la una y media del mediodía; estaba cansada de las caminatas, del traqueteo del camión sobre los adoquines, de la falta de alimento y de la pérdida de sangre que se había renovado con mayor fluidez.
Creía haber tomado las decisiones correctas a lo largo de la mañana y esperaba que ahora pararían los dolores y la hemorragia, pero cuando notó que no podía retener aquel cuerpo dentro del suyo por más tiempo, se echó a llorar desesperada mientras el niño se le iba. A la comadrona ya no le quedó nada por intentar cuando llegó, pero no se conmovió por las lágrimas de la torpe y frustrada madre a la que no pudo hablar con miramientos ni compasión. Con el enfado, sus palabras salieron a borbotones.
- Si te hubieses venido a casa cuando te lo dijo el médico, el niño podría haberse salvado. Si es que no tienes ni un mínimo de sentido común, Mariela ¿En qué estabas pensando…es que no entiendes lo que te dicen?... ¿Es que no te han repetido unos y otros, acaso, lo importante que era que te estuvieses quieta? Es la segunda vez que te pasa, Mariela, y por lo que se ve no aprendiste nada de la primera. ¡Ni sé cómo está vivo Antonin!
La mujer, sumamente ofuscada, no quiso hablar más y se dispuso a calentar agua dejando a solas a la pareja. Mariela recordó al otro feto de cuatro meses que había perdido dos años antes en las mismas circunstancias. Rememoró la muerte de su madre hacía pocos meses, la de su hermano Antonio antes de la guerra, la de su padre… y sobre todo, aparecieron vívidos en su memoria, con la misma intensa culpabilidad que ahora sentía, los golpes mortales que asestó sobre la cabeza de aquel hombre que había intentado abusar de su hermana. Cerró los ojos con fuerza, como queriendo evitar que Martín pudiese leer a través de ellos, mientras sus labios emitían un lamento.
- Solo sirvo para sembrar muerte a mi alrededor.
Después abrió los ojos y se quedó muy quieta mirando fijamente a la criatura sin vida.
6 comentarios:
Este relato lo escribí para el cursillo que hice, ni recuerdo ya cuando... La protagonista es Mariela, la niña que mata a un asaltador de caminos cuando intentaba violar a su hermana. Supuestamente este relato es un capítulo de la segunda parte de la novela, cuando Mariela ha emigrado con su marido Martin a un pueblo de Barcelona. Son principios de los años cincuenta y Mariela se encuentra sola, como mujer, ante las decisiones a la que le obliga la vida.
He rescatado el relato y lo he corregido para añadirlo al blog. Espero que os guste a pesar de su dureza.
Es un relato impactante, duro como dices, y que no deja indiferente. Mientras leía contenía la respiración. Me ha gustado, porque la forma en que está escrito es directa, pero reconozco que es perturbador como poco.
Recuerdo este personaje de Mariela.
Un saludo, Durrell. Y gracias por tus palabras en mi blog.
Mi querida Durrell: Me acuerdo perfectamente de aquel relato cuando Mariela era niña y ya en aquellos tiempos se hacía responsable de los hechos. Es un gran relato, Durrell, y me gustaría que siguieras escribiendo sobre la historia de Mariela.
Un munt d'abraçades goril.leres.
P.D/ ¿Sabes que me relaja el venir a leerte?
Estoy recorriendo los blogs compañeros para saludarles después de este impás y me he encontrado que no puedo entrar en el de Dashina ¿sabeis porqué y si tiene ahora otra dirección?
Tremendo relato, esa frase es total y todo un drama de un mujer valiente y capaz...un abarzo.
Hola de visita por tu blog, muy intresante tu relato impresiona es duro y cruel. Saludos
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