4.6.20

Mírame a los ojos III


Era muy tarde y la comida se enfriaba en la mesa. Miró el reloj incrédula y cogió el teléfono. 

–No voy a ir a comer, estoy en casa de Isra.

–¿Por qué no me has avisado? ¡Sabes que tienes que venir ya, necesito el coche y además quedamos en que me acompañarías!

–¡Mira, es tu problema, no pienso ir hasta las ocho!

– Susana, tengo que hacerme esa prueba hoy ¿entiendes? hoy sin falta. He estado esperando dos meses y no puedo faltar ¡Ven con el coche ahora mismo o no te lo volveré a dejar!

–¡Coge un taxi!

El teléfono se le quedó mudo en las manos. Aquello era ya el colmo. ¿Qué demonios le pasaba a Susana últimamente que estaba tan odiosa... o más bien por qué la odiaba tanto? Ni siquiera pensaba en lo que iba a costarle coger un taxi y no sería porque ella no le había explicado la situación por la que pasaban... El dinero de la indemnización se le había ido en liquidar deudas y con un solo sueldo en casa, además rebajado, había tenido que ir recortando en muchas cosas básicas para poder acabar el mes. Pagar un taxi era impensable. 

Guardó la comida en el frigorífico y encendió un cigarrillo, tenía media hora para que Susana cambiase de opinión y le trajese el coche. Pensó en Isra. Hacía algo más de un año, casi dos que le había hablado de él, –Es repelente– había dicho. –Nadie quiere sentarse a su lado y la verdad es que yo procuro no mirarlo–. Joanna se había quedado asombrada y le había pedido que no marginase a nadie por su aspecto. Después lo había conocido y no era para tanto, aunque la verdad es que tenía algo que resultaba desagradable ¿los ojos, la boca que babeaba al hablar? No sabía pero tampoco se preocupó mucho. En aquellos días Susana empezaba a salir con el primer chico y estuvo muy ilusionada durante dos semanas, hasta que él la dejó. Después vinieron más semanas de llorar sin querer salir con sus amigos, hasta que se le pasó y todo pareció volver a la normalidad. Bueno, tampoco muy normal ya que se parapetó entre Isra y otra amiga y se negó a tratar a otros chicos. 

Volvió a marcar el número de su cuñada pero no hubo respuesta. Debe estar conduciendo, pensó mientras preparaba su bolso y su chaqueta.

En aquel tiempo, Joanna le había pedido muchas veces que dejase correr el aire entre sus amigos y se diese la oportunidad de conocer a más gente. Se sentía responsable de ella y quería evitarle más disgustos de los necesarios, tal como hubiese hecho su madre. Le costó bastante convencerla pero poco a poco parecía que entraba en razón. En vacaciones hizo un viaje con amigas por el sur de Francia y volvió renovada y contando mil anécdotas, eso le hizo pensar que la muchacha ya había resuelto sus problemas. Y había habido un tiempo de relativa calma y felicidad aparente, hasta que llegó de nuevo el verano...

Faltaban diez minutos. Volvió a llamar al móvil de Susana y esta vez le contestó:

–¡Te he dicho que no voy a ir, déjame en paz!

Le dio tiempo de llamar al taxi y mientras esperaba, encendió otro cigarro para intentar tragar aquella furia que le nacía en la garganta. Quería llorar pero, como siempre, las lágrimas no aparecieron en sus ojos. La abofetearía, pensó. Esperaba que el taxista tuviese el dispositivo para pagar con tarjeta, usaría la de crédito y aplazaría el pago. Últimamente tiraba mucho de aquella tarjeta y solo esperaba que no le faltase el trabajo a Adriano. Le temblaban las manos y parecía que le faltaba el aire cuando llegó el coche, el hombre al verla en ese estado la ayudó a subir y después, al llegar a su destino, se ofreció a acompañarla hasta la puerta del hospital. En la sala de espera le llevaron un vaso de agua y le pusieron un ansiolítico bajo la lengua. Le hicieron la prueba pero hubo de esperar hasta que el pulso le volvió a su ritmo normal.

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