–No
voy a ir a comer, estoy en casa de Isra.
–¿Por qué no me has
avisado? ¡Sabes que tienes que venir ya, necesito el coche y además quedamos en
que me acompañarías!
–¡Mira, es tu problema,
no pienso ir hasta las ocho!
– Susana, tengo que
hacerme esa prueba hoy ¿entiendes? hoy sin falta. He estado esperando dos meses
y no puedo faltar ¡Ven con el coche ahora mismo o no te lo volveré a dejar!
–¡Coge un taxi!
El teléfono se le quedó
mudo en las manos. Aquello era ya el colmo. ¿Qué demonios le pasaba a Susana
últimamente que estaba tan odiosa... o más bien por qué la odiaba tanto? Ni
siquiera pensaba en lo que iba a costarle coger un taxi y no sería porque ella
no le había explicado la situación por la que pasaban... El dinero de la indemnización
se le había ido en liquidar deudas y con un solo sueldo en casa, además
rebajado, había tenido que ir recortando en muchas cosas básicas para poder
acabar el mes. Pagar un taxi era impensable.
Guardó la comida en el
frigorífico y encendió un cigarrillo, tenía media hora para que Susana cambiase
de opinión y le trajese el coche. Pensó en Isra. Hacía algo más de un año, casi
dos que le había hablado de él, –Es repelente– había dicho. –Nadie quiere
sentarse a su lado y la verdad es que yo procuro no mirarlo–. Joanna se había
quedado asombrada y le había pedido que no marginase a nadie por su aspecto. Después
lo había conocido y no era para tanto, aunque la verdad es que tenía algo que
resultaba desagradable ¿los ojos, la boca que babeaba al hablar? No sabía pero
tampoco se preocupó mucho. En aquellos días Susana empezaba a salir con el
primer chico y estuvo muy ilusionada durante dos semanas, hasta que él la dejó.
Después vinieron más semanas de llorar sin querer salir con sus amigos, hasta
que se le pasó y todo pareció volver a la normalidad. Bueno, tampoco muy normal
ya que se parapetó entre Isra y otra amiga y se negó a tratar a otros chicos.
Volvió a marcar el número
de su cuñada pero no hubo respuesta. Debe estar conduciendo, pensó mientras
preparaba su bolso y su chaqueta.
En aquel tiempo, Joanna
le había pedido muchas veces que dejase correr el aire entre sus amigos y se
diese la oportunidad de conocer a más gente. Se sentía responsable de ella y
quería evitarle más disgustos de los necesarios, tal como hubiese hecho su
madre. Le costó bastante convencerla pero poco a poco parecía que entraba en
razón. En vacaciones hizo un viaje con amigas por el sur de Francia y volvió
renovada y contando mil anécdotas, eso le hizo pensar que la muchacha ya había
resuelto sus problemas. Y había habido un tiempo de relativa calma y felicidad
aparente, hasta que llegó de nuevo el verano...
Faltaban diez minutos.
Volvió a llamar al móvil de Susana y esta vez le contestó:
–¡Te he dicho que no voy
a ir, déjame en paz!
Le dio tiempo de llamar
al taxi y mientras esperaba, encendió otro cigarro para intentar tragar aquella
furia que le nacía en la garganta. Quería llorar pero, como siempre, las
lágrimas no aparecieron en sus ojos. La abofetearía, pensó. Esperaba que el
taxista tuviese el dispositivo para pagar con tarjeta, usaría la de crédito y
aplazaría el pago. Últimamente tiraba mucho de aquella tarjeta y solo esperaba
que no le faltase el trabajo a Adriano. Le temblaban las manos y parecía que le
faltaba el aire cuando llegó el coche, el hombre al verla en ese estado la ayudó a subir y después, al llegar a su destino,
se ofreció a acompañarla hasta la puerta del hospital. En la sala de espera le
llevaron un vaso de agua y le pusieron un ansiolítico bajo la lengua. Le hicieron la prueba pero hubo de esperar hasta que el pulso le
volvió a su ritmo normal.

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