Habían pasado unos días y
Joanna esperaba fumando en la puerta de las consultas externas de otro hospital. Le
quedaba casi una hora para que llegase el autobús y allí sola en aquel banco, pensaba
en las palabras que acababa de oír en la consulta de la psiquiatra, ella le
había quitado importancia a sus ataques de ansiedad.
–Es un cúmulo de duelos
que le han venido en racimo– le explicó, –para usted todo son pérdidas y
cambios que no acepta. Pero esos duelos debe pasarlos y no veo necesario
medicarla con antidepresivos.
Le había recetado unos
relajantes para dormir y para la ansiedad y le dijo que no tenía que volver. Joanna
se preguntó si aquello le devolvería la paz en su casa y le resolvería los
problemas económicos. El día de antes había tenido una entrevista de trabajo y
había salido de allí muy descorazonada. Ella había llevado un negocio durante
años y hasta hacía unos meses, pero hora le pedían que demostrase un alto nivel
de inglés y lo último en ofimática. El encargado de la entrevista había estado
muy diplomático y sin haber llegado a exponerlo abiertamente, le habían
insinuado que era demasiado mayor para el mercado de trabajo y que estaba un
tanto oxidada. Después al salir había mirado a las posibles candidatas que
esperaban y eran casi unas niñas, seguro que tendrían los conocimientos que a
ella le faltaba, sin embargo se preguntó si estaban preparadas para resolver
todos los problemas que aparecían en un puesto como aquel. Parecía ser que la experiencia
había perdido valor, tal como lo habían perdido los sueldos que ofrecían.
Era un día soleado, los usuarios salían del hospital y caminaban con prisas por la larga acera que llevaba
a las calles adyacentes. Una mujer joven empujaba un carrito de niño hacia la
parada del autobús, aunque pasó de largo después de consultar el reloj. Aún
queda, pensó Joanna. Recordó la cara de Adriano cuando fue a recogerla al otro
hospital donde le dio el ataque de ansiedad. Más que cualquier sentimiento, denotaba
fastidio. No entendía que tuviese que ponerse así por una discusión con su hermana
y después se limitó a decirles a ambas que parasen de buscarse razones una a la
otra, que bastantes problemas tenía él. Y los míos, se preguntó Joanna en ese instante, quien
se hace cargo de los míos y me quita los que no quieren enfrentar ellos. Susana
ni siquiera se había disculpado y ella se guardó para otro día la conversación
que debían tener. Estaba muy cansada, como si hubiese estado corriendo durante
horas, así que engulló la comida recalentada y se fue a la cama. Dos días más
tarde, Susana llegó de mal humor a casa y anunció que no volvería a salir con
sus amigas, pues Isra las había oído hablar mal de ella. A Joanna entonces se
le vino a la mente aquel chico un tanto inadaptado y creyó comprender, así que
le pidió a la muchacha que se alejase de él, que no creía que fuese una buena
influencia para ella. Deja que corra el aire entre vosotros, le dijo. Susana la miró de mala manera y se encerró en su
habitación dando un portazo. Más tarde salió más calmada prometiendo hacerle
caso y ahí quedó todo.
Allí sentada, el sol
empezaba a darle en la cara pero se encontraba bien con el calor que la envolvía.
Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Los murmullos de la gente se oían
lejos y los gorjeos de los pájaros eran arrulladores; me quedaría todo el día
aquí sentada –pensó. Le parecía mentira que un lugar como aquel pudiese darle
más paz que su propia casa y que cualquier otro lugar donde ella había ido
buscándola… Se preguntó si no era algo infantil pensar, que aquella vida que
llevaba no era ni remotamente parecida a lo que ella había imaginado. Cuando
eres joven creas esperanzas, se dijo, aunque pronto la vida te lleva a poner
los pies sobre la tierra y empiezas a darte cuenta de que la realidad no es un
cuento de hadas.
Su infancia no había sido
idílica tampoco. Su padre casi siempre estaba ausente y su madre descargaba en
ella todas sus frustraciones. Siempre le decía que era una niña mala y torpe y
aún tenía pocos años, cuando le aclaró que no había sido deseada y que solo
nació para complicarle la vida. A pesar de todo ella había querido a su madre y
había luchado para que se sintiese orgullosa de ella. Por ese motivo había
querido ahorrarle tantos sinsabores a su cuñada y se impuso a sí misma, que
debía ser para ella como la madre afectuosa que nunca fue la suya. También
esperó tener un compañero atento a su lado, una pareja que le diese afecto
y compartiera sus inquietudes y pensamientos.
Y hubo un tiempo en que fue así... casi lo había olvidado después de años de
horarios intensos y jornadas agotadoras alejados el uno del otro. Las vacaciones
no transcurrían tampoco en buena armonía y había habido veces en que los dos habían estado
deseando que acabaran.
–Estoy siendo muy
negativa– dijo en voz alta y se sorprendió al escuchar su voz. Miró la hora y
encendió un nuevo cigarrillo. No había nadie cerca y volvió a sumergirse en sus
pensamientos. Intentó rescatar escenas agradables en su memoria, tal como le
había indicado la doctora, debía salir del círculo vicioso en el que se hallaba.
Tal vez de eso se trata, se dijo, y decidió que al llegar casa haría una lista
con todas las cosas buenas que había en su vida.
–Ella es la profesional y
si dice que es el camino a seguir pues lo haré, no me gusta estar así.
De nuevo hablaba en voz
alta. Un hombre mayor se había sentado en el banco sin que ella se diera cuenta y al
oírla hablar le sonrió. Joanna sacó las gafas de sol de su bolso y se las puso,
parecía que por fin las lágrimas acudían a sus ojos... pero apenas se
humedecieron. El autobús no acababa de llegar y ella ya no estaba cómoda en
aquella parada después de esperar tanto tiempo. Se levantó y dio unos pasos por
la acera. Los niños habían salido de los colegios y pasaban con los carritos de
las mochilas, los padres o madres cruzaban pendientes de los coches en un paso
donde no había semáforo. Joanna se fijó en sus ropas que no eran muy nuevas
como otros años, casi podría asegurar que algunas mangas estaban demasiado cortas
y que otras prendas eran heredadas de tiempos mejores. Entonces se empezó a
fijar más y se percató de que había demasiados hombres a esa hora del mediodía
recogiendo a sus hijos. Una hora en la que, otros años, los niños que volvían a
su casa a comer, generalmente iban de la mano de sus madres. La maldita crisis -pensó-
inventada por unos pocos para enriquecerse a costa de la miseria de otros muchos.
El autobús llegó por fin
y Joanna se parapetó al final del vehículo al lado de la ventana. Un lugar
tranquilo donde poder observar y sin que nadie la molestara. Se estaba volviendo insociable quizás...

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