9.6.20

Mírame a los ojos VI


– La buena noticia es que no hay quiste interior, que hubiese sido muy problemático– Miraba el ordenador a través de las gafas y a la vez la encaraba a ella.

– Pero entonces, el dolor tan fuerte en esta parte de la cabeza– Joanna se tocó la zona con la mano izquierda, –hay días que el dolor es constante…

– Puede ser de tipo epidérmico, pero hay que dejar que haga su evolución. Por otro lado, también puede ser consecuencia de cierta tensión en el cuello ¿Está nerviosa últimamente?

Joanna se despidió del médico y salió con mala cara de la consulta. Los nervios, pensaba, es el comodín para cuando no tienen ni idea de lo que les pasa a los pacientes. Al menos no parecía que fuese a tener nada grave, pero le hubiese gustado que le quitasen aquel dolor opresivo en la parte posterior de la cabeza que no la dejaba siquiera dormir desde hacía meses. Encendió un cigarrillo al llegar al exterior del hospital y se fue caminando con buen paso hasta el exterior de la zona de aparcamiento. Había charcos de agua en aquel descampado lleno de coches, que hubo de sortear para poder abrir la puerta y entrar en el vehículo, pero al menos no tenía que pagar.

Oscurecía mientras volvía a casa. Al día siguiente era sábado y tendría que ir con Adriano a terminar las gestiones para financiar la compra de un nuevo frigorífico. Parecía que no iba a tener tregua con los gastos y solo esperaba que no se rompiese nada más en una buena temporada. Pensó en el médico –¿cómo no voy a estar nerviosa si cada día crecen los problemas? ¡Estoy harta!– Su voz resonó en el interior del vehículo. Para colmo los coches se habían parado y no parecía que fueran a moverse en un buen rato. Llamó a Adriano y le dejó un mensaje en el contestador. No quería hablar con Susana, seguía muy enfadada con ella y además, la muchacha no le dirigía la palabra.

 Durante unos días su cuñada, le había hecho creer que quedaba con su grupo de amigas y otros compañeros para estudiar y salir a divertirse. Parecía que le había mejorado el humor y estaba más amable con ella. Pero el lunes anterior, cuando abrió la habitación de su cuñada, encontró entre el desorden correspondiente un nuevo muñeco de tela. Joanna abrió la ventana después de estornudar y llamó a la muchacha. Aún no había entrado en clase, pero no debía de estar de buen humor, porque le dijo agriamente que era un regalo de un compañero y que no lo tocara. Y colgó. Joanna se llenó de rabia, aquella muchacha no le tenía ningún respeto, ninguna consideración, pues habían hablado y discutido en varias ocasiones y sabía que no quería que trajese ningún otro elemento de tela que acumulase polvo. Se debatía entre el respeto que debía tener hacia las cosas personales de su cuñada y el respeto que merecía ella. Pensaba que abusaba del cariño que le tenía para hacer lo que le daba la gana. Y por la tarde discutieron una vez más.

Los coches empezaron a moverse lentamente, a Joanna le dolía la cabeza. Aquel dolor de la parte de detrás era como si le estuviesen clavando algo en el hueso del cráneo. Pararon de nuevo y sus pensamientos volvieron al lunes por la tarde. En mitad de la discusión con Susana, ésta fuera de sí, le había soltado que el muñeco era un regalo de Isra y que estaban juntos desde hacía mucho tiempo. Que no había grupo ni amigos nuevos ni pensaba tenerlos porque todos eran unos hipócritas. Joanna le preguntó por qué, si no le gustaba ese chico, por qué toda aquella historia, pero la muchacha le gritó que no se metiese en su vida y no quiso hablar más. Ella se enfureció y le pidió que hablasen y que se explicase mejor porque estaba equivocándose mucho. Pero no quiso hablar. Joanna salió a la pequeña terraza a fumar en un intento de sofocar la furia que sentía. Todo era un cúmulo de despropósitos que se escapaban de cualquier raciocinio.

Los coches empezaron a avanzar deprisa y Joanna arrancó. En cuestión de minutos  pudo llegar sin más contratiempos y bajar del vehículo. Las ventanas sin luz de su casa, la indujeron a caminar un rato para despejarse. Los relajantes no parecían hacerle mucho efecto ya, pues dormía poco y en ciertos momentos se le aceleraba el pulso y notaba un ligero temblor en las manos. Y la ira la dominaba. Intentaba controlarla pero así como no lograba llorar, tampoco lograba calmar aquella indignación que se le había asentado en el pecho.

El lunes anterior cuando llegó Adriano, ella le había pedido ayuda otra vez. Al fin era su hermano y Susana se avendría a hablar con él. Pero Adriano no quería complicaciones de mujeres, dijo, y se negó siquiera a tratar el tema cuando ella insistió. Al final acabaron discutiendo entre ellos y Susana cogió su bolso y se fue con el coche. Vagó durante horas hasta que logró calmarse. A la vuelta durmió poco y mal y cuando despertó se sentía cansada como si hubiese hecho un gran esfuerzo. Abrió todas las habitaciones y por último entró en la de Susana. El muñeco de Isra en mitad de la cama la enfureció. Llamó a su cuñada por teléfono pero no recibió respuesta. Susana empezó a recoger el cuarto de baño hablando en voz alta. Le dolía el engaño y las mentiras, la falta de respeto, de aprecio. Se sentía como un recipiente donde su familia lanzaba lo peor de sí mismos y ella no estaba dispuesta a soportarlo. Tenía derecho a que la tomaran en cuenta, no era invisible. Ese era el problema, en realidad. Volvió a llamar por teléfono a Susana pero al segundo tono de llamada el teléfono cortó la señal. Se puso furiosa y entonces vio el muñeco de la discordia, lo cogió con fuerza y empezó a tirar de él con furía, se ayudó de unas tijeras y lo destrozó. Le hizo una foto y la envió a Susana, estaba fuera de sí. Encendió un cigarrillo y estuvo paseando por la casa a grandes pasos, mientras seguía hablando en voz alta. Quería llorar pero algo fallaba en su cuerpo, porque ese simple gesto que tienen los humanos para mostrar desconsuelo y descargar las emociones, a ella le estaba vedado.   

Era tarde ya, Joanna también estaba cansada de repasar malos momentos. Volvió sobre sus pasos sin ganas. Las tiendas bajaban las persianas y la poca gente que caminaba por la ciudad, se apresuraba hacia sus casas. A ella no le apetecía volver, aún así sacó la llave de su bolso y la introdujo en la cerradura.


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