–¡No tenías derecho a
romperlo!
–¡Ah! ¿No? ¿A qué tengo
derecho yo, eh? ¡Hablemos de derechos pues!
–¡Tú ya me entiendes!
–¡Y tú a mí, más que de
sobras! ¡Mis derechos, mis líneas rojas, mis sentimientos! ¡Pero claro, de eso
no se puede hablar. No hay tiempo, no tiene importancia!
–¡Estás mezclando cosas
que no vienen a cuento y tú lo sabes!
–¡Lo único que sé es que
llevo meses desbordada de preocupaciones y los dos miráis para otro lado. Os
pido que me ayudéis y miráis para otro lado! ¡Os pido que intentemos solucionar
los problemas y ambos miráis para otro lado! ¿Quieres saber el porqué de mis actos...?
¡Pues mírame a los ojos!
–¡ Y yo lo único que sé es que
no quieres reconocer que te has pasado con Susana!
–¡Buf!
Joanna colgó el teléfono
de golpe. Su parte racional le decía que no había hecho bien, desde luego. Pero
su lado emocional le recordaba muchas cosas que ellos no hacían bien con ella y
por eso no lograba arrepentirse. ¡Aún me quiero un poco! -se decía-, ¡que aprendan a no
menospreciarme y yo no lo haré con ellos!... Sonó el teléfono de nuevo:
–¡Buenas tardes! Estamos
haciendo una serie de encuestas...
–¡Al diablo!
Estaba muy cargada para
aguantar tonterías. Encendió un cigarrillo mientras le temblaba el pulso y
pensó en lo comedida y respetuosa que siempre había sido con la persona que
trabaja al otro lado del teléfono. Se sentía desquiciada, pero ¿quién se
mostraba justo y comedido con ella en realidad, quién? Llevaba mucho tiempo
intentando hablar con Adriano de los problemas de su hermana, su inseguridad,
su falta de confianza en ella misma y en los demás. Su comportamiento lleno de
altibajos y su falta de responsabilidad. Tenía veintidos años cumplidos, no era
una adolescente de instituto. Había nacido tardíamente cuando Adriano ya tenía
veinticinco años, una falta que su madre pensó era la llegada de la menopausia.
Cuando le dijeron que estaba embarazada no se lo creyó, hasta que se lo
confirmó el tercer ginecólogo que consultó. La mujer no supo si llorar o reír,
pero su marido estaba pletórico de alegría y al día siguiente, se presentó en
la sucursal bancaria con cigarros puros para todos los compañeros.
–¡Si al menos estuviesen
vivos, las cosas habrían sido más fáciles, quizás...!
Unas tímidas lágrimas
rodaron por sus mejillas y Joanna se quedó asombrada. El recuerdo de aquel
trágico accidente de coche había provocado una oleada de compasión dentro de
ella, que se había abierto paso a través de la furia que sentía. Lloró
desconsolada por aquellos que se habían ido en un instante, sin más, por culpa
de unos jóvenes borrachos salidos de una discoteca cuando ya era de día. No
quiso ahondar en aquello y se limpió las lágrimas a la vez que miraba el
cigarrillo. ¡Tú también te estás matando con tanto fumar! -se dijo-. Pensó que
un poco le daba igual, al punto que había llegado nadie la necesitaba ni la
echaría de menos. Tal vez si diese un paso adelante... El teléfono sonó otra
vez de improviso:
–¡Buenas tardes! Le
llamo...
Lo dejó con la palabra en
la boca. Ya llamarían otra vez si era algo importante.
Esa misma tarde el
frigorífico empezó a marchar mal. Era algo anunciado porque tenía muchos años y
ya no encontraban piezas de repuesto. La única suerte es que estaban a final de
mes y quedaba poca cosa para echarse a perder. Joanna se había acostumbrado a
comprar en grandes superficies cuando era la semana de cobro, pues acostumbraban
a poner las ofertas con más descuentos. La mala suerte era que no podían
enfrentar ese gasto. Tampoco con la paga extra que vendría en dos meses, ya que
necesitaba guardarla para pagar la próxima matrícula de Susana. Se quedó
sentada en la silla de la cocina por un tiempo extrañamente largo, mirando las
baldosas del suelo como buscando algo en ellas. Los hombros vencidos y la cara
entre las manos. Hasta que de nuevo sonó el teléfono...

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