17.6.20

Mírame a los ojos XIII


Estaba tan cansada que pensó nunca encontraría palabras para expresarlo. Durante la semana anterior había viajado por una montaña rusa de emociones. Apenas lograba llegar a un punto arriba con mucho esfuerzo y antes de lograr mantenerse, se precipitaba hacia abajo en una caída libre. Y así un día tras otro. El ser consciente de ello no la había ayudado. Había buscado en su interior restos de su antigua fuerza, de su temple y no halló más que un vacío inmenso. Había dejado de fumar, de dormir, apenas comía y los relajantes no podían hacerle efecto porque no los tomaba. Solo aspirinas para el dolor de cabeza y le hacían daño en el estómago. Estaba harta de todo aquel sin sentido en el que se hallaba inmersa, no sabía cómo había llegado hasta allí, pero sabía que no había camino de vuelta.

Hacía días que Susana se había marchado. Había llenado sus maletas, dedicándose el suficiente tiempo para escoger lo necesario y lo que no pudo llevarse, se lo envió Joanna días después. Cuando ella le había hablado de la llamada de aquella mujer, la muchacha, sorprendentemente, empezó a contar el origen de algunas cosas. Un premio de lotería de varios millones de euros hacía dos años, regalos que había recibido y ocultado, el comienzo de la relación… A medida que la escuchaba, Joanna se asombraba de la capacidad para mentir que había demostrado todo aquel tiempo. Aquella familia la había ido envolviendo con halagos y tentándola con caprichos y ella les había dejado hacer. Sabía que le gustaba mucho a Isra y no tuvo ningún reparo en entrar en el juego. El problema había llegado en la última Navidad, cuando recibió una fuerte cantidad de dinero imposible de esconder.

No podía comprar nada para ella misma, pues tendría que dar explicaciones y durante esos días estuvo muy nerviosa. –De ahí su mal humor– se dijo Joanna. Tuvo que gastar hasta el último euro en regalos de Navidad para Isra y su familia y por unos días se tranquilizó. Pero enseguida empezaron a presionarla para que hiciera un viaje con ellos, más de un mes recorriendo Europa con todo pagado. Susana no estaba tranquila, no sabía cómo explicarles todo aquello, porque sabía que su hermano y su cuñada no entenderían lo que estaba haciendo. La madre de Isra le pidió después que se fuera a vivir con ellos y estuvieron buscando muebles y decorando la habitación. Mientras, habían ido abandonando las clases y los estudios, pero los padres del muchacho le habían quitado importancia, dando por hecho que sería solo ese trimestre. Cuando acabase el verano se pondrían a estudiar en serio.

–Y cuando volví a las clases, su madre dijo que no quería a su hijo de verdad. Intenté explicarle, pero cada día estaba más enfadada y por eso te llamó.

– Sí, pero la finalidad de todo esto, Susana... ¿qué es lo que tú valoras? ¿Es que todo se resume en el dinero?

– ¡Estoy bien con Isra!

– ¿Si la familia de Isra no tuviese dinero, también "estarías bien” con él? ¡Sé sincera!

– ¡Eres odiosa! ¡Y no eres nadie para juzgarme ni para decirme lo que tengo que hacer!

La bofetada fue rápida. Joanna misma no esperaba su propia reacción, pero no se arrepentía. Seguramente debía habérsela dado hacía mucho tiempo. Susana se tocó la mejilla colorada y miró con odio a su cuñada:

– ¡Estoy harta de vosotros, no voy a dejar pasar las oportunidades que aparezcan en mi vida por culpa vuestra!

– ¡Pues eso tiene un nombre, Susana, y muy feo! ¡Tú misma!

Había estado haciendo sus maletas tranquilamente y las tenía listas cuando volvió su hermano. Joanna la miraba hacer, admirada de su sangre fría, cuando ella estaba sintiendo mil emociones contenidas. Como era de esperar, hubo una gran discusión y Adriano le prohibió que se fuera, era su hermano y no iba a dejar que hiciera aquella barbaridad. Pero ella no estaba dispuesta a dejarse dominar por él y amenazó con llamar a la policía si no la dejaba marcharse. Le gritó, ya descompuesta, que era mayor de edad y podía hacer con su vida lo que quisiera.

Y se marchó. En la casa fueron pasando los días en un silencio doloroso. Joanna le había dado mil vueltas a todos aquellos años compartidos. Escenas de la niñez de Susana, los juegos, las risas, los abrazos… siempre la había querido mucho, o al menos eso le decía. Le había faltado llamarla mamá, pero Joanna nunca la presionó por un sentimiento hacia la verdadera madre. Ahora, ante las mentiras de esos dos años, ya no estaba segura de ese cariño. Parecía que Susana solo era capaz de quererse a sí misma y simulaba el aprecio según su conveniencia. A ella el mundo se le acabó de venir abajo, no entendía o no quería entender tanta miseria humana a su alrededor. Estuvo buscándole un sentido a la vida para seguir adelante y no fue capaz. Todo su mundo se había ido desmoronando y no sabía cómo recomponerlo. Había llamado a Susana y le había suplicado que volviese. Le habló de su hermano y de ella misma, de lo mal que lo estaban pasando. Pero su cuñada, llena de soberbia le había contestado que no tenía intención alguna de volver y que si lo necesitaban, debían tomar antidepresivos. Tal cual.

El domingo Joanna se sentó frente a su marido para intentar convencerlo: algo debían hacer para sacar a la muchacha de ese grave error. Adriano no quería hablar y ante tanta insistencia, no midió las palabras:

– ¡Joanna, estoy harto! ¿Me entiendes? ¡Harto! ¡No quiero oír más lamentos, no quiero saber más de mi hermana, no quiero escuchar más de este tema! ¡No te soporto, todo el día hablando de lo mismo una y otra vez! ¡Quiero que me dejes en paz, entiéndelo, déjame en paz!

Joanna se había cerrado en un mutismo firme y doloroso. Como siempre, las lágrimas no acudieron en su ayuda y sus negros pensamientos se centraron en el sentido del Valor. Se necesitaba mucho  para continuar adelante, pero también necesitaba un gran valor para tomar la decisión final. Pasó el resto del día sola, encogida en la cama pensando, a veces con la mirada perdida, a veces con los ojos cerrados. Se daba cuenta de que su mundo, su realidad, había cambiado. Que no había vuelta atrás. Lo que ella había vivido no era real, sino lo que había creído percibir en cada momento. Y se había equivocado. Ahora la realidad se le presentaba cruda y clara, y no le gustaba nada. Tampoco deseaba vivir en esa realidad... Durmió muy poco y al día siguiente, después de dejarlo todo ordenado, salió a comprar lejos de su barrio. Cuando regresó a casa, se quitó los zapatos y se sentó en la cama. Vació el contenido de las cajas al alcance de su mano derecha, mientras en la izquierda sostenía la pequeña botella de agua. Había ingerido tres pastillas, cuando se dio cuenta de que no había dejado escrita ninguna carta, no había pensado en ello… –No tiene importancia– se dijo. Continuó tragando pastillas una a una, lentamente. El corazón le latía muy deprisa… pronto llegaría el final, pronto descansaría para siempre. Había tomado más de veinte comprimidos cuando empezó a nublarsele la vista y a perder el sentido…

En algún momento notó una mano suave que le acariciaba la cara y el cabello. Una voz serena de mujer la llamaba: – ¡Joanna, Joanna! ¡Por favor, no te vayas, háblame, mírame a los ojos!–. Pero ella no llegó a emitir sonido alguno, solo negó débilmente con la cabeza y se sumergió en la noche.

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