– ¿Cómo dice?
– Me ha oído bien. Soy la
madre de Isra. Y quiero que me explique por qué les está haciendo la vida
imposible a mi hijo y a su cuñada…
– ¿Pero qué…? ¿Usted ha
pensado lo que está haciendo…?
Desde luego aquella mujer
no debía estar muy bien de la cabeza. Joanna estaba asombrada de que aquella voz le hablase como un gallito de pelea, desde el otro lado del teléfono.
– ¡Claro que lo sé! ¡Usted
no es nadie para meterse en la vida de los chicos, menos para romper cosas que
no le pertenecen!
– ¡Pues por lo mismo no
es usted nadie para meterse tampoco! Mire yo no tengo por qué darle
explicaciones de lo que ocurre en mi casa. Cada quien que maneje sus problemas
como pueda y sepa.
– ¡Es que es mi hijo! Ese
del que usted va diciendo que es muy feo y desagradable. ¡Me gustaría saber ¿tan guapo es su marido?!
– Mire, primero no soy yo
la que va diciendo tal cosa. Pregunte a la persona que se lo ha dicho y que no
le mienta. Segundo, aquí la belleza de mi marido no pinta nada. Y tercero, esta
conversación está de más… ¡Que yo no tengo que darle explicaciones de ningún
tipo!
– ¡Pues bien que destrozó
el regalo que mi hijo le había hecho a Susana! ¿Sabe que lo pidió directamente
a una tienda de Francia, porque solo lo tienen allí? Le costó muy caro, pero a
Dios gracias el dinero nos sobra, no es algo que nos preocupe. Mi hijo tiene una
fuerte paga semanal y habrá visto que tiene coche propio y nuevo. Seguro que su cuñada
se lo ha dicho…
Increíble, pensó Joanna, a
aquella mujer decididamente le faltaba parte del cerebro. ¿En qué siglo pensaba
que vivían? ¿Estaba comprando una novia para su hijo? Casi no sabía qué
contestar… Empezaba a entender el carácter apocado del muchacho y su letra
diminuta en los apuntes, las uñas mordidas, el pelo en el rostro…
– Mire, tal vez yo no
hice bien en romper el muñeco. Seguro que no. Y la felicito por su estabilidad
económica, es algo de lo que no puede presumir la mayor parte del país en los
tiempos que corren. Es usted afortunada y le deseo lo mejor. En mi casa no nos
sobra ni nos falta, pero aunque nos sobrase, no iríamos deslumbrando a
adolescentes ingenuos para buscarle novio a Susana.
– ¡Ja ja ja! ¡Qué falsa y
qué envidiosa! Usted lo que está es loca y amargada y no quiere que su cuñada
sea feliz. No se meta en su vida. ¡Déjela en paz!
El teléfono se silenció.
Joanna se llenó de ira hacia Susana y toda aquella historia en la que se había
metido. Se sentó en la terraza y empezó a fumar un cigarrillo tras otro.
Aquella vulgar mujer la había alterado completamente. Susana se merecía que no
se preocupase por ella y por su futuro. Recordó las muchas conversaciones y
tiempo dedicado, para que continuara los estudios. En su momento la había llevado
a una profesional experta, que la ayudó a orientarse en lo que quería hacer. Y
le había ido bien. Había necesitado algunas clases de refuerzo, pero como casi
todos los estudiantes. Todas esas facilidades, ella misma nunca las tuvo… ni su
marido. Y seguro que tampoco muchos de los jóvenes, cuyos padres habían perdido
el trabajo y no podían pagarles ni la matrícula ni los desplazamientos a la
facultad, ahora que habían suprimido las becas. Su marido y ella, le habían abierto, desde el momento que la acogieron, una libreta de ahorros donde fueron haciendo ingresos periódicos para asegurar, en el futuro, el pago de los estudios de Susana. No habían necesitado tocar ese capital y no lo harían mientras pudiesen. Aún le quedaban años de facultad y los tiempos estaban muy mal, así que Adriano y ella querían preservarlo.
Siguió fumando allí
sentada. Se sentía hundida anímicamente, pues parecía que todo lo había hecho
mal. Algo había fallado con aquella muchacha y aún no sabía el qué ni cuándo.
Le había dado todo el cariño, que a ella le hubiese gustado obtener de su
propia madre y la libertad que ella no había tenido, para que fuese una persona
fuerte y segura. Le había enseñado que debía esforzarse para conseguir sus
metas y llegar a ser una mujer independiente en el futuro. La había tratado
como si fuese su hija en realidad, pero Susana no lo veía así. Parecía que
nunca había logrado ser una madre para ella…
A Joanna le resbalaron algunas
lágrimas por las mejillas. Apenas se dio cuenta tal como estaba sumida en sus
pensamientos. La alarma del reloj sonó y se dirigió a la cocina a por su dosis
de relajantes. Cuando tuvo la pastilla en la palma de la mano, se la quedó
mirando fijamente durante un largo instante antes de llevarla a la boca.
El teléfono volvió a sonar
y Joanna lo miró enfadada pensando en aquella mujer… El número de la pantalla
era otro. El gestor le daba un respiro, al parecer su abogado había hecho muy
bien las cosas y en su día había anticipado el pago de impuestos
correspondientes a la obtención del capital. El importe que recibió Joanna
había sido neto, lo cual quería decir que la cantidad a pagar sería una cifra
asequible. Ella suspiró, la noticia no la sustrajo de la tristeza y el desánimo pero suspiró aliviada.
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