10.8.20

Mírame a los ojos XV


Joanna sospesó mucho lo que quería hacer. LLevaba días meditandolo y recordando las circunstancias que la habían llevado hasta allí. Durante su segundo año de tratamiento, Susana había vuelto a casa con sus maletas hecha un mar de lágrimas. Había discutido con Isra y éste había dado la relación por terminada. Susana se encontró de pronto sin un lugar donde vivir y con unos estudios sin terminar y volvió. No estaba en su carácter pedir disculpas, pero la acogieron igualmente, sin manifestar el lógico recelo a un futuro lleno de conflictos. Y los hubo, dos novios más y los complicados estados de altibajos y preocupaciones. Hasta que llegó el cuarto aspirante, con suficientes ingresos para pagar un alquiler y entonces, un buen día, Susana hizo sus maletas y después de montar otra escena, salió dando un portazo. Joanna había superado aquel torbellino de emociones menos hundida que la vez anterior. Ella misma se hizo fuerte y logró reconducir aquella nueva decepción. Adriano también se había resentido con todo aquel mal ambiente y casi siempre estaba de mal humor. La marcha de su hermana no consiguió calmarlo y las discusiones con Joanna se sucedieron aún sin un motivo aparente. Hasta que ella, con la aprobación de Henar a la que había consultado, decidió marcharse a la casa de Alejandra.

Aquel año pasado en Subur, el pueblecito costero, había resultado como un bálsamo para las cicatrices emocionales de Joanna, a la par que se había ido relajando su relación con Adriano. Tras once meses separados, un fin de semana él apareció en la puerta con dos bicicletas alquiladas y una mochila en los hombros. Prepararon unos bocadillos y pedalearon por el paseo que recorre la línea de la costa hasta Geltria, el pueblo siguiente, cuyo puerto es un punto importante dentro de la pesca marítima. Los pesqueros llegaron por la tarde con las cajas llenas de peces plateados y mariscos rosados, que estuvieron descargando entre ávidas gaviotas y turistas ociosos que los miraron hacer embelesados como ellos. Dos horas después, Adriano y Joanna subieron arrastrando las bicicletas hacia el centro de la población, donde las calles más populares se hallaban animadas de gente que paseaban con el frescor de la tarde y de paso aprovechaban para hacer sus compras. Ellos entraron en una atrayente librería y estuvieron hojeando novedades hasta salir de allí con dos ejemplares nuevos en la mochila. Vagabundearon por plazas y calles y se quedaron a cenar en la terraza de un restaurante que conocían de otros años ya lejanos. Era muy tarde ya cuando regresaron pedaleando de nuevo hacia Subur. No había alma alguna caminando por el paseo, tan solo les acompañó en su recorrido el sonido candencioso que producía el batir del oleaje en el oscuro mar, iluminado en ocasiones por una luna plena y lejana. Había sido un día muy feliz para ambos y al siguiente, tras volver de la playa, ducharse y comer, lo pasaron hablando relajadamente durante varias horas. Hacía años que no habían disfrutado tanto juntos y solos. Así que a la hora de despedirse, lo hicieron con ganas de volver a verse de nuevo.

Aquellos meses anteriores se habían ido sucediendo con mucha soledad para Adriano. De Susana apenas les llegaban noticias, la muchacha había terminado la carrera y después de un tiempo de prácticas había conseguido un contrato fijo en una empresa. No volvió sino en contadas ocasiones a ver a su hermano porque él se lo pedía. Pero al poco de llegar con su pareja, uno al otro se enviaban un aviso por el móvil y hacían ver que tenían que marcharse sin demora. Adriano con semblante de no darse cuenta, los dejaba marchar desilusionado pero resignado, hasta que dejó de llamarla y ella no volvió. Se sintió muy triste en aquella casa que en otros tiempos estuvo llena de risas y alegrías. Echaba de menos aquellos años en que Joanna y Susana llenaban su vida y cada día llegaba a casa deseando encontrarlas después de la jornada de trabajo. Y empezó a comprender el tormento que había padecido Joanna, cuando intentaba retener un tiempo que se le escapaba entre las manos. Ella había intuido el cambio de actitud y él había estado ciego, inmerso en solventar los problemas laborales para poder mantener a la familia. Algunas de aquellas noches había sentido correr alguna lágrima por su cara, mientras sostenía una de tantas cervezas en la mano y sus ojos se hallaban fijos en la pantalla de televisión sin ver nada. No se avergonzó por ello, después de la depresión de Joanna sabía que llorar era una vía de escape necesaria y él se sentía dolido realmente por todo lo que había perdido. En ese tiempo también había hecho algunas salidas nocturnas con amigos, que le parecieron aburridas y sin sentido para él. Además las chicas que conoció en ese ambiente le resultaron superficiales en extremo, así que pronto renunció a seguir con aquello. Fueron días sin afecto, sin ilusiones, sin un motor que le empujase a levantarse de aquel sillón, pero le sirvió para reflexionar y darse cuenta de que tenía que cerrar aquel capítulo de su vida.

Cuando días más tarde de su encuentro en Subur, Joanna subió a Barcelona y habló con Adriano, éste estuvo más receptivo de lo que pudo haberlo estado en meses anteriores. La idea que le expuso Joanna le produjo un gran vértigo, pues era como un salto al vacío y un cambio total sobre todo para él. Aquello le quitó el sueño durante los días que le pidió para pensarlo, era una decisión drástica y definitiva aunque sumamente atrayente.

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