27.8.20

Mírame a los ojos XVIII


Ambos caminaban recibiendo los últimos rayos de sol en la espalda, ella con las gafas de cristales oscuros a modo de diadema apartándole el cabello de la cara. Por momentos fijaba la vista sobre los detalles del suelo que iban pisando, para después contemplar algunas figuras que les avanzaban y se iban perdiendo en la lejanía. A esa hora empezaban a aparecer los vestidos de noche en las entradas a las zonas privadas de copas y una suave música trascendía los altos cercados de arbustos que propiciaban la intimidad. Al otro lado, en los restaurantes llenos de luces, preparaban las mesas para servir las primeras cenas de la noche. Adriano y Joanna caminaban cada uno sumido en sus pensamientos, pues esa tarde habían hablado mucho y no se habían puesto de acuerdo respecto a lo que querían hacer en el futuro.

 De pronto un pequeño yorkshire les barró el paso tirando de su larga cadena y ladrando sin cesar. Una mujer morena y con gafas de sol se acercó a cogerlo y al incorporarse y mirarlos exclamó: —¡Vaya, cuanto tiempo que no nos vemos y aquí...!—. Ambos la observaron sorprendidos hasta que reconocieron a la madre de una antigua compañera de clase de Susana. —¿También habéis venido a pasar el día? Es bonito este lugar, aunque nosotros solemos subir hacia la costa de arriba—. Joanna se adelantó a contestar afirmativamente, antes de que pudiese hablar Adriano. —¡Sí, pero ya vamos de vuelta, se nos ha hecho un poco tarde ya. Deberías darle agua a tu perro, parece sediento!—. La mujer miró al animal extrañada y después a Joanna que hacía un gesto de marcharse y la paró. Empezó a hablar de su hija, presumiendo de lo bien que le iban las cosas,  del trabajo que tenía y de la boda tan buena que había hecho. Hasta que llegó al tema que no querían oir...

—¡Y mira qué casualidad...! El otro día vino vuestra hija con su novio a la agencia, para buscar una vivienda en una zona que... Mira me extrañó un poco porque allí son bastante caras, pero sí, he quedado con ellos para mostrarles lo que tenemos. Lo que pasa que no me gustaría perder el tiempo... ¿Me podríais decir si es verdad que el chico se gana muy bien la vida?

Adriano sacó las llaves del coche de un bolsillo y con cara de fastidio empezó a tirar del brazo de Joanna. Ella se alejó un paso y contestó como con prisa:

—¡Disculpa, es mi cuñada no mi hija y la verdad eso debes hablarlo con ellos, no puedo quedarme más...!

Dejaron a la mujer con la palabra en la boca y aceleraron el paso hasta que estuvieron bastante lejos. Aquel encuentro les había puesto de mal humor a los dos. Hacía muchos meses que no sabían nada de Susana, pues ella se negaba a compartir cualquier día señalado con ellos y él mostraba una actitud de soberbia increíble en alguien de su edad. Antes de primavera se habían visto de lejos en un centro comercial y Joanna los vio retroceder y esconderse tras una estantería, así que ellos siguieron su camino sin acercarse. Era un tema que preferían no tocar y estaba visto que ni en Subur se iban a librar del asunto. Joanna, que sabía lo chismosa que llegaba a ser aquella mujer, expuso sus dudas sobre si aquella coincidencia había sido fruto de la casualidad. Adriano desechó la idea enseguida con un gesto incrédulo.

Volvieron sobre sus pasos, pero unas calles antes de llegar se desviaron hacia la casa de Gianni. Las tiendas habían cerrado casi en su totalidad, sin embargo las calles se hallaban iluminadas y atestadas de gente sentada en las terrazas de los bares y también de grupos de transeúntes que aprovechaban el frescor de esas horas para reunirse. La vivienda de Gianni se hallaba encima de su tienda, que hacía esquina y era muy amplia. Detrás de la tienda tenía un enorme espacio que le servía de almacén a la par que había dispuesto una zona para el horno y todo lo necesario para producir sus piezas de cerámica. Y más al fondo, por una puerta, se salía a un gran patio ajardinado donde otras escaleras subían a la parte trasera de la vivienda.

Gianni era alto y delgado, de cabello y barba gris y casi siempre vestía una camisa blanca con unos sencillos pantalones. Vivía solo aunque a veces le visitaban amigos de Italia, que venían a pasar unos días a Subur. Cuando hubieron colocado en el enfriador las botellas de vino, se pusieron delantales para ayudar en la elaboración de la cena que ya estaba bastante avanzada. A Gianni le gustaba elaborar su propia pasta fresca y cortarla dándole variadas formas; y disponía de una serie de utensilios para hacerla, que a Joanna la tenían fascinada. Cuando el pescado estuvo en el horno y mientras esperaban, llenaron las copas de vino y comenzaron a hablar con Gianni del tema que les preocupaba.

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