25.8.20

Mírame a los ojos XVII


Ya no se hallan las antiguas casas de los pescadores. Los palacetes y las casas modernistas, que levantaron los ricos burgueses y los indianos, discurren, en su lugar, frente a las calas y a lo largo del extenso y amplio paseo marítimo. En los bajos de esas casas y por temporadas, habían coexistido galerías y talleres de pintores y escultores en años anteriores, y se distinguían por las ventanas libres de cortinas para dejar pasar la máxima luz posible. Ahora los restaurantes y heladerías ocupan casi todos esos espacios que dan al mar, podría decirse que los pocos artesanos y artistas que quedan, hay que buscarlos entre las blancas callejuelas colindantes a las que forman el centro más comercial. Aún así, Subur no ha perdido el encanto que posee y cada nuevo día parece el comienzo de una historia diferente.

Por este motivo, entre otros, esa mañana Joanna se sentía feliz después de varios años, tras haber entrado en una fuerte crisis personal. Adriano y ella hacía ya casi dieciocho meses que llevaban su propio negocio y habían conseguido asentarse y hacerlo viable. Joanna con su amplio vestido de flores y sus chanclas de verano, caminaba con energía por el largo paseo mientras saludaba aquí y allá como cada mañana. Llevaba una pequeña mochila en los hombros que había comprado a su amigo David, venido de Guinea Ecuatorial. A ella se le había roto el bolso en uno de sus paseos y él se lo recogió y se puso muy pesado para venderle uno de los que tenía expuesto en su manta. Ella no quería ninguno que llevase marca comercial y le dio las gracias para marcharse, pero él le enseñó esa sencilla mochila y se la quedó. David fue muy simpático e insistente por conocerla y desde entonces y cada día, Joanna se paraba a hablar unos minutos con él.

David le había contado de su periplo para llegar hasta la costa española y de lo que había recorrido hasta decidir quedarse en Subur. Aunque últimamente se sentía bastante decepcionado, porque no veía que su futuro fuese a mejorar. Tenía siete hermanos repartidos por varios países de Europa y uno menor que acompañaba a su madre en Guinea. Tres de ellos se encontraban en Marsella y lo presionaban para que se fuese con ellos. Aquella mañana le explicó que estaba sospesando el volver a su país y después, antes de un año, partir para Marsella. Lo cierto es que el muchacho de piel brillante y blanca sonrisa no parecía temer a los viajes, ni a que lo persiguieran por no tener documentos de residencia. A Joanna le entristeció pensar que no lo vería más, pero lo cierto era que él tenía razón. Ella continuó su paseo matinal pensando en lo dramática e injusta que era la vida para una gran parte de la humanidad.

Cuando volvió a casa, Adriano se encontraba sentado ante el mostrador, concentrado en la pantalla del ordenador como cada mañana. Joanna fue a descargar las bolsas de la compra en la cocina y enseguida se sentó a su lado.

— He recibido una llamada sorprendente. De una antigua clienta de Barcelona, que acaba de abrir una tienda más grande en la calle París. Me ha hablado de las  cajas.

— ¿Las cajas? Las de tus ex-socias querrás decir... ¿pero por qué te llama a ti?

Joanna negó con la cabeza: —¡Adriano escucha, me ha contado que hace años que mis antiguas socias cerraron el negocio y ella cambió a otro proveedor. No me ha llamado por eso!—. Él la miró inquisitivo y ella continuó: —Resulta que alguien que compró aquí, le ha enseñado una de nuestras cajas actuales y le dio mi nombre. Así que buscó mi número y me ha preguntado si podríamos servirle género para su tienda. ¡No quiere las antiguas, sino las de ahora! Y aunque sabe que también vendemos por internet, me ha ofrecido pagarnos el mismo precio que tenemos de salida. Sería como duplicar las posibilidades de venta pero sin acrecentar gastos.

Adriano se quedó pensativo. El negocio les iba bien y disfrutaban de una vida mucho más relajada de la que llevaban antes. Los nervios por el horario, por la carretera y por alcanzar objetivos casi los tenía olvidados. No le apetecía volver a lo mismo y era una de las cosas en la que ambos habían estado de acuerdo cuando compraron la casa. Con internet era fácil dejar el producto en "agotado" cuando recibían demasiados pedidos a la vez y la tienda estaba siempre abastecida. Joanna le había enseñado los entresijos de forrar las cajas, teñir las telas y pegar pequeños abalorios o cintas, y cada tarde los dos se dedicaban a ese trabajo hasta la hora de cerrar. Por las mañanas él se ocupaba de la tienda si ella se iba temprano con sus pinturas y su caballete, y así, combinándose, tenían tiempo libre para los dos aún en la época más fuerte de primavera y verano.

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