Ya no se hallan las
antiguas casas de los pescadores. Los palacetes y las casas modernistas, que
levantaron los ricos burgueses y los indianos, discurren, en su lugar, frente a
las calas y a lo largo del extenso y amplio paseo marítimo. En los bajos de esas
casas y por temporadas, habían coexistido galerías y talleres de pintores y
escultores en años anteriores, y se distinguían por las ventanas libres de
cortinas para dejar pasar la máxima luz posible. Ahora los restaurantes y
heladerías ocupan casi todos esos espacios que dan al mar, podría decirse que
los pocos artesanos y artistas que quedan, hay que buscarlos entre las blancas
callejuelas colindantes a las que forman el centro más comercial. Aún así,
Subur no ha perdido el encanto que posee y cada nuevo día parece el comienzo de
una historia diferente.
Por este motivo, entre otros, esa mañana
Joanna se sentía feliz después de varios años, tras haber entrado en una fuerte
crisis personal. Adriano y ella hacía ya casi dieciocho meses que llevaban su propio
negocio y habían conseguido asentarse y hacerlo viable. Joanna con su amplio
vestido de flores y sus chanclas de verano, caminaba con energía por el largo
paseo mientras saludaba aquí y allá como cada mañana. Llevaba una pequeña
mochila en los hombros que había comprado a su amigo David, venido de Guinea
Ecuatorial. A ella se le había roto el bolso en uno de sus paseos y él se lo
recogió y se puso muy pesado para venderle uno de los que tenía expuesto en su
manta. Ella no quería ninguno que llevase marca comercial y le dio las gracias
para marcharse, pero él le enseñó esa sencilla mochila y se la quedó. David fue
muy simpático e insistente por conocerla y desde entonces y cada día, Joanna se
paraba a hablar unos minutos con él.
David le había contado de
su periplo para llegar hasta la costa española y de lo que había recorrido
hasta decidir quedarse en Subur. Aunque últimamente se sentía bastante
decepcionado, porque no veía que su futuro fuese a mejorar. Tenía siete
hermanos repartidos por varios países de Europa y uno menor que acompañaba a su
madre en Guinea. Tres de ellos se encontraban en Marsella y lo presionaban para
que se fuese con ellos. Aquella mañana le explicó que estaba sospesando el
volver a su país y después, antes de un año, partir para Marsella. Lo cierto es
que el muchacho de piel brillante y blanca sonrisa no parecía temer a los
viajes, ni a que lo persiguieran por no tener documentos de residencia. A
Joanna le entristeció pensar que no lo vería más, pero lo cierto era que él
tenía razón. Ella continuó su paseo matinal pensando en lo dramática e injusta
que era la vida para una gran parte de la humanidad.
Cuando volvió a casa, Adriano se encontraba
sentado ante el mostrador, concentrado en la pantalla del ordenador como cada
mañana. Joanna fue a descargar las bolsas de la compra en la cocina y enseguida
se sentó a su lado.
— He recibido una llamada
sorprendente. De una antigua clienta de Barcelona, que acaba de abrir una
tienda más grande en la calle París. Me ha hablado de las cajas.
— ¿Las cajas? Las de tus ex-socias
querrás decir... ¿pero por qué te llama a ti?
Joanna negó con la
cabeza: —¡Adriano escucha, me ha contado que hace años que mis antiguas socias cerraron
el negocio y ella cambió a otro proveedor. No me ha llamado por eso!—. Él la
miró inquisitivo y ella continuó: —Resulta que alguien que compró aquí, le ha
enseñado una de nuestras cajas actuales y le dio mi nombre. Así que buscó mi
número y me ha preguntado si podríamos servirle género para su tienda. ¡No
quiere las antiguas, sino las de ahora! Y aunque sabe que también vendemos por internet,
me ha ofrecido pagarnos el mismo precio que tenemos de salida. Sería como duplicar
las posibilidades de venta pero sin acrecentar gastos.
Adriano se quedó
pensativo. El negocio les iba bien y disfrutaban de una vida mucho más relajada
de la que llevaban antes. Los nervios por el horario, por la carretera y por
alcanzar objetivos casi los tenía olvidados. No le apetecía volver a lo mismo y era una de las cosas en la que ambos habían estado de acuerdo cuando
compraron la casa. Con internet era fácil dejar el producto en
"agotado" cuando recibían demasiados pedidos a la vez y la tienda
estaba siempre abastecida. Joanna le había enseñado los entresijos de forrar
las cajas, teñir las telas y pegar pequeños abalorios o cintas, y cada tarde
los dos se dedicaban a ese trabajo hasta la hora de cerrar. Por las
mañanas él se ocupaba de la tienda si ella se iba temprano con sus pinturas y su
caballete, y así, combinándose, tenían tiempo libre para los dos aún en la época
más fuerte de primavera y verano.

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