5.6.20

Mírame a los ojos IV


Habían pasado unos días y Joanna esperaba fumando en la puerta de las consultas externas de otro hospital. Le quedaba casi una hora para que llegase el autobús y allí sola en aquel banco, pensaba en las palabras que acababa de oír en la consulta de la psiquiatra, ella le había quitado importancia a sus ataques de ansiedad.

–Es un cúmulo de duelos que le han venido en racimo– le explicó, –para usted todo son pérdidas y cambios que no acepta. Pero esos duelos debe pasarlos y no veo necesario medicarla con antidepresivos.

Le había recetado unos relajantes para dormir y para la ansiedad y le dijo que no tenía que volver. Joanna se preguntó si aquello le devolvería la paz en su casa y le resolvería los problemas económicos. El día de antes había tenido una entrevista de trabajo y había salido de allí muy descorazonada. Ella había llevado un negocio durante años y hasta hacía unos meses, pero hora le pedían que demostrase un alto nivel de inglés y lo último en ofimática. El encargado de la entrevista había estado muy diplomático y sin haber llegado a exponerlo abiertamente, le habían insinuado que era demasiado mayor para el mercado de trabajo y que estaba un tanto oxidada. Después al salir había mirado a las posibles candidatas que esperaban y eran casi unas niñas, seguro que tendrían los conocimientos que a ella le faltaba, sin embargo se preguntó si estaban preparadas para resolver todos los problemas que aparecían en un puesto como aquel. Parecía ser que la experiencia había perdido valor, tal como lo habían perdido los sueldos que ofrecían.

Era un día soleado, los usuarios salían del hospital y caminaban con prisas por la larga acera que llevaba a las calles adyacentes. Una mujer joven empujaba un carrito de niño hacia la parada del autobús, aunque pasó de largo después de consultar el reloj. Aún queda, pensó Joanna. Recordó la cara de Adriano cuando fue a recogerla al otro hospital donde le dio el ataque de ansiedad. Más que cualquier sentimiento, denotaba fastidio. No entendía que tuviese que ponerse así por una discusión con su hermana y después se limitó a decirles a ambas que parasen de buscarse razones una a la otra, que bastantes problemas tenía él. Y los míos, se preguntó Joanna en ese instante, quien se hace cargo de los míos y me quita los que no quieren enfrentar ellos. Susana ni siquiera se había disculpado y ella se guardó para otro día la conversación que debían tener. Estaba muy cansada, como si hubiese estado corriendo durante horas, así que engulló la comida recalentada y se fue a la cama. Dos días más tarde, Susana llegó de mal humor a casa y anunció que no volvería a salir con sus amigas, pues Isra las había oído hablar mal de ella. A Joanna entonces se le vino a la mente aquel chico un tanto inadaptado y creyó comprender, así que le pidió a la muchacha que se alejase de él, que no creía que fuese una buena influencia para ella. Deja que corra el aire entre vosotros, le dijo. Susana la miró de mala manera y se encerró en su habitación dando un portazo. Más tarde salió más calmada prometiendo hacerle caso y ahí quedó todo.

Allí sentada, el sol empezaba a darle en la cara pero se encontraba bien con el calor que la envolvía. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás. Los murmullos de la gente se oían lejos y los gorjeos de los pájaros eran arrulladores; me quedaría todo el día aquí sentada –pensó. Le parecía mentira que un lugar como aquel pudiese darle más paz que su propia casa y que cualquier otro lugar donde ella había ido buscándola… Se preguntó si no era algo infantil pensar, que aquella vida que llevaba no era ni remotamente parecida a lo que ella había imaginado. Cuando eres joven creas esperanzas, se dijo, aunque pronto la vida te lleva a poner los pies sobre la tierra y empiezas a darte cuenta de que la realidad no es un cuento de hadas.

Su infancia no había sido idílica tampoco. Su padre casi siempre estaba ausente y su madre descargaba en ella todas sus frustraciones. Siempre le decía que era una niña mala y torpe y aún tenía pocos años, cuando le aclaró que no había sido deseada y que solo nació para complicarle la vida. A pesar de todo ella había querido a su madre y había luchado para que se sintiese orgullosa de ella. Por ese motivo había querido ahorrarle tantos sinsabores a su cuñada y se impuso a sí misma, que debía ser para ella como la madre afectuosa que nunca fue la suya. También esperó tener un compañero atento a su lado, una pareja que le diese afecto y  compartiera sus inquietudes y pensamientos. Y hubo un tiempo en que fue así... casi lo había olvidado después de años de horarios intensos y jornadas agotadoras alejados el uno del otro. Las vacaciones no transcurrían tampoco en buena armonía y había habido veces en que los dos habían estado deseando que acabaran.

–Estoy siendo muy negativa– dijo en voz alta y se sorprendió al escuchar su voz. Miró la hora y encendió un nuevo cigarrillo. No había nadie cerca y volvió a sumergirse en sus pensamientos. Intentó rescatar escenas agradables en su memoria, tal como le había indicado la doctora, debía salir del círculo vicioso en el que se hallaba. Tal vez de eso se trata, se dijo, y decidió que al llegar casa haría una lista con todas las cosas buenas que había en su vida.

–Ella es la profesional y si dice que es el camino a seguir pues lo haré, no me gusta estar así.

De nuevo hablaba en voz alta. Un hombre mayor se había sentado en el banco sin que ella se diera cuenta y al oírla hablar le sonrió. Joanna sacó las gafas de sol de su bolso y se las puso, parecía que por fin las lágrimas acudían a sus ojos... pero apenas se humedecieron. El autobús no acababa de llegar y ella ya no estaba cómoda en aquella parada después de esperar tanto tiempo. Se levantó y dio unos pasos por la acera. Los niños habían salido de los colegios y pasaban con los carritos de las mochilas, los padres o madres cruzaban pendientes de los coches en un paso donde no había semáforo. Joanna se fijó en sus ropas que no eran muy nuevas como otros años, casi podría asegurar que algunas mangas estaban demasiado cortas y que otras prendas eran heredadas de tiempos mejores. Entonces se empezó a fijar más y se percató de que había demasiados hombres a esa hora del mediodía recogiendo a sus hijos. Una hora en la que, otros años, los niños que volvían a su casa a comer, generalmente iban de la mano de sus madres. La maldita crisis -pensó- inventada por unos pocos para enriquecerse a costa de la miseria de otros muchos.

El autobús llegó por fin y Joanna se parapetó al final del vehículo al lado de la ventana. Un lugar tranquilo donde poder observar y sin que nadie la molestara. Se estaba volviendo insociable quizás...


4.6.20

Mírame a los ojos III


Era muy tarde y la comida se enfriaba en la mesa. Miró el reloj incrédula y cogió el teléfono. 

–No voy a ir a comer, estoy en casa de Isra.

–¿Por qué no me has avisado? ¡Sabes que tienes que venir ya, necesito el coche y además quedamos en que me acompañarías!

–¡Mira, es tu problema, no pienso ir hasta las ocho!

– Susana, tengo que hacerme esa prueba hoy ¿entiendes? hoy sin falta. He estado esperando dos meses y no puedo faltar ¡Ven con el coche ahora mismo o no te lo volveré a dejar!

–¡Coge un taxi!

El teléfono se le quedó mudo en las manos. Aquello era ya el colmo. ¿Qué demonios le pasaba a Susana últimamente que estaba tan odiosa... o más bien por qué la odiaba tanto? Ni siquiera pensaba en lo que iba a costarle coger un taxi y no sería porque ella no le había explicado la situación por la que pasaban... El dinero de la indemnización se le había ido en liquidar deudas y con un solo sueldo en casa, además rebajado, había tenido que ir recortando en muchas cosas básicas para poder acabar el mes. Pagar un taxi era impensable. 

Guardó la comida en el frigorífico y encendió un cigarrillo, tenía media hora para que Susana cambiase de opinión y le trajese el coche. Pensó en Isra. Hacía algo más de un año, casi dos que le había hablado de él, –Es repelente– había dicho. –Nadie quiere sentarse a su lado y la verdad es que yo procuro no mirarlo–. Joanna se había quedado asombrada y le había pedido que no marginase a nadie por su aspecto. Después lo había conocido y no era para tanto, aunque la verdad es que tenía algo que resultaba desagradable ¿los ojos, la boca que babeaba al hablar? No sabía pero tampoco se preocupó mucho. En aquellos días Susana empezaba a salir con el primer chico y estuvo muy ilusionada durante dos semanas, hasta que él la dejó. Después vinieron más semanas de llorar sin querer salir con sus amigos, hasta que se le pasó y todo pareció volver a la normalidad. Bueno, tampoco muy normal ya que se parapetó entre Isra y otra amiga y se negó a tratar a otros chicos. 

Volvió a marcar el número de su cuñada pero no hubo respuesta. Debe estar conduciendo, pensó mientras preparaba su bolso y su chaqueta.

En aquel tiempo, Joanna le había pedido muchas veces que dejase correr el aire entre sus amigos y se diese la oportunidad de conocer a más gente. Se sentía responsable de ella y quería evitarle más disgustos de los necesarios, tal como hubiese hecho su madre. Le costó bastante convencerla pero poco a poco parecía que entraba en razón. En vacaciones hizo un viaje con amigas por el sur de Francia y volvió renovada y contando mil anécdotas, eso le hizo pensar que la muchacha ya había resuelto sus problemas. Y había habido un tiempo de relativa calma y felicidad aparente, hasta que llegó de nuevo el verano...

Faltaban diez minutos. Volvió a llamar al móvil de Susana y esta vez le contestó:

–¡Te he dicho que no voy a ir, déjame en paz!

Le dio tiempo de llamar al taxi y mientras esperaba, encendió otro cigarro para intentar tragar aquella furia que le nacía en la garganta. Quería llorar pero, como siempre, las lágrimas no aparecieron en sus ojos. La abofetearía, pensó. Esperaba que el taxista tuviese el dispositivo para pagar con tarjeta, usaría la de crédito y aplazaría el pago. Últimamente tiraba mucho de aquella tarjeta y solo esperaba que no le faltase el trabajo a Adriano. Le temblaban las manos y parecía que le faltaba el aire cuando llegó el coche, el hombre al verla en ese estado la ayudó a subir y después, al llegar a su destino, se ofreció a acompañarla hasta la puerta del hospital. En la sala de espera le llevaron un vaso de agua y le pusieron un ansiolítico bajo la lengua. Le hicieron la prueba pero hubo de esperar hasta que el pulso le volvió a su ritmo normal.

3.6.20

Mírame a los ojos II


 Esa mañana Joanna se levantó con grandes ojeras y tarde. Abrió el ventanal y salió fuera de la casa. Hacía frío pero hasta que no terminó el cigarrillo no volvió a entrar. No sentía ganas ni de lavarse la cara. Además, su cuñada cada mañana dejaba el cuarto de baño que compartían como si hubiese pasado un tornado. Joanna se decidió a limpiarlo mientras emitía exclamaciones, aunque nadie podía oírla. Después abrió las ventanas de las habitaciones y recogió la ropa de Susana, la plancha del pelo, el pijama, las zapatillas, varios pares de zapatos,... Una pila de ropa doblada, que le dejó dos días antes para guardar, seguía en el mismo sitio. Con un suspiro se animó a colocarla en los cajones, aunque tuvo que ordenarlos antes para poder hacer sitio.

Estornudó varias veces y levantó la vista hacia las estanterías ocupadas en su totalidad por muñecos, flores y corazones de tela. Habían discutido varias veces ya que la colección crecía a la par que su alergia. Si al menos dejase de traer más... Se sentó en la cama y miró hacia la ventana. Estaba cansada, sin fuerzas siquiera para pensar en cómo hacer para que la escucharan.

Recordó el verano anterior, cuando se había ido unos días a la playa sola, enfadada. Les envió un mensaje diciéndoles que estaba bien y a la vuelta pareció que eran más considerados, aunque aquello no duró mucho. Se daba cuenta que lidiaba con una adolescente, demasiado mayor para obedecerla y poco madura para ser más responsable. Ella intentaba ayudarle con sus problemas, pues le dolía verla llorar y la abrazaba muchas veces para consolarla. Había conseguido que Susana confiase en ella y eso la tranquilizaba hasta cierto punto. Pero llevaban unos meses muy difíciles y cuanto más deprimida se sentía ella, más rebelde se volvía la joven. Además, últimamente estaba haciendo muchas tonterías y no admitía que se lo dijeran. Al contrario, se enfrentaba y le echaba en cara que ella no era su madre y no tenía derecho a meterse en su vida.

Salió de nuevo afuera a fumar. Sentía que le faltaban las fuerzas y le daban ganas de llorar, pero no le venían lágrimas a los ojos. Pensó que debía hacer algo para encauzar su vida, para buscar soluciones y sentirse fuerte otra vez. Pero en ese momento lo único que le apetecía era marcharse y que la dejasen tranquila, sin voces, sin ruidos, sin problemas. Necesitaba paz y mentalmente pedía que por favor todo volviese a ser como antes. Era muy frustrante no saber el porqué de tantas cosas que le estaban sucediendo. Qué era lo que había hecho tan mal para que todo el mundo se pusiese en su contra, se preguntó.  

La noche anterior Adriano y Susana empezaron a discutir por una tontería en la cocina y fueron elevando las voces cada vez más. Ella entró a pedirles que parasen y terminó recibiendo todas las culpas posibles de ambos hermanos. Después la rabia por la injusticia no la dejaba dormir. Sabía que no era tan importante, pero en realidad es que estaba harta de que se repitieran esas mismas situaciones un día tras otro. Y no ocurría solo en su casa, en el exterior también notaba el ambiente bastante crispado. Parecía como que el mundo tenía muchas ganas de discutir y poner problemas donde no hacía falta. El mal humor era el constante diario y para cualquier cosa había que dar mil explicaciones y solventar increíbles recelos. Joanna era muy consciente de lo que afectaba una crisis económica a nivel humano, justamente a ella la estaba afectando en primera persona, pero procuraba no hacérselo pagar a los demás. No entendía, pues, esa falta de control ajeno.

Encendió la televisión, un documental con su voz uniforme y monótona le haría compañía mientras se dedicaba a ordenar la casa. Arrastró las zapatillas y de pronto recordó que no había desayunado ni tampoco cenado la noche anterior. Ya era mediodía...

2.6.20

Mirame a los ojos I




– ¡Si al menos pudiese llorar… esta ira me está matando, no puedo más!

 Joanna hablaba en voz alta consigo misma dentro del coche mientras conducía de vuelta a casa. Habían pasado seis meses desde que dejó el negocio y había ido cayendo en un pozo de desánimo. En casa las cosas no iban mejor, había pedido ayuda a su marido y a su joven cuñada pues sabía que necesitaba que la ayudasen a sostenerse, pero increíblemente estaban demasiados ocupados para hablar con ella.

Rememoraba toda aquella etapa una y otra vez, el juicio lo había ganado sí, pero la traición de sus socias era algo que no se esperaba. Se había dejado la piel con ellas, haciendo más horas para recuperar las forzadas ausencias. Les había solucionado papeleo que ellas no sabían por donde cogerlo, las había consolado en los momentos más tristes y había reído con ellas en los días más fáciles. Y al final, las dos se habían aliado para hacerle la vida imposible y echarla del negocio. No entendía nada. Se había ido, no sin antes ofrecerse a olvidar todo y continuar juntas, pero sin éxito. Preparó la causa con su abogado y tuvieron que indemnizarla mucho más de lo que ellas esperaban, les iba a costar seguir adelante pero a ella también. El dinero no es eterno y con la crisis, su edad y la depresión en la que estaba cayendo, Joanna se sentía sin fuerzas para volver a empezar.

Para colmo en casa las cosas no iban bien, sencillamente no iban nada bien. Adriano se negaba a escucharla y le decía que dejase de darle vuelta a las cosas. Y Susana, su cuñada a la que acogió con diez años cuando murieron sus suegros, estaba inmersa en una adolescencia tardía. Los estudios le iban bien, los amoríos no tanto, pero a esa edad… Joanna se daba cuenta de que estaba infravalorándose y que le faltaba más seguridad en sí misma. Intentaba ayudarla y había hablado mucho con ella, más últimamente era un continuo ataque el que recibía a cambio. Además desatendía sus obligaciones y la sobrecargaba a ella de faena diariamente, incluso con olvidos en sus cosas del curso que arreglaba llamando a Joanna y enviándola urgentemente a solucionarlo. No se lo agradecía, desde luego. Ni ella lo necesitaba. Pero al menos, si le hiciese caso cuando le explicaba que estaba agotada física y mentalmente y que necesitaba que se centrase en hacer su parte… pero se había vuelto muy egoísta y Joanna no entendía el  porqué. Esa actitud la estaba poniendo más nerviosa de lo que ya estaba y notaba crecer una ira muda dentro de ella.

– ¡Si al menos pudiese llorar!

Pensaba en lo feliz que parecía su vida solo un año antes, a pesar de la muerte de su madre y lo que le había costado pasar ese duelo. A pesar de tantas cosas que habían ido apareciendo y que había ido superando, como todo el mundo a su alrededor. No había sido consciente de su fuerza hasta ahora que se notaba al borde del colapso. Se sentía enferma y agotada y parecía que a cada paso que daba las complicaciones aumentaban.

Adriano también descargaba su mal humor con ella, volvía del trabajo cansado y harto del abuso al que estaban sometiendo a los empleados por causa de la crisis. El seguía vendiendo y alcanzando objetivos, pero le habían recortado las comisiones y le habían ampliado la ruta a poblaciones en las que antes trabajaban compañeros que ya no estaban. Más trabajo y menos sueldo. Joanna lo escuchaba paciente e intentaba ser positiva, lo que no conseguía hacer consigo misma. Se callaba entre semana para no agobiar a su marido hasta que llegaba el sábado, mientras Susana dormía hasta el mediodía. Entonces le explicaba los problemas con la muchacha y le pedía que hablase con ella, que la ayudase. Adriano se desentendía, él no veía nada, todo estaba en la cabeza de su mujer. Tampoco veía la lucha que Joanna tenía diariamente con las facturas delante del ordenador, ni los ajustes que estaba haciendo en las compras para poder llegar a fin de mes. No estaban tan mal, decía. Tampoco parecía ver que ella se había ido adelgazando hasta perder once quilos y que fumaba más del doble que antes. No veía cuando a menudo a ella le temblaba la voz y el pulso y no lograba descargar su frustración ante los cambios. Unos cambios que le demostraban que la realidad no era la que vivía antes, sino la que se le mostraba ahora que tenía tiempo para ser más consciente de ella.

Era de noche, sobre las tres de la madrugada. Joanna condujo hasta una calle al otro extremo de la ciudad y aparcó junto a las urgencias de un ambulatorio. No necesitaba un médico, necesitaba parar en un lugar más o menos seguro e iluminado para bajar del coche y fumarse unos cuantos cigarrillos antes de volver a su casa. No había llorado. Tampoco había sonado su teléfono, ya que su familia parecía seguir durmiendo sin enterarse de que ella no estaba en su lado de la cama. Se preguntó si en realidad les importaba algo que ella estuviese o no allí. Sintió amargura en la garganta y en el pecho y se vio más envuelta en la oscuridad propia, que bajo la negritud de aquel cielo oculto sin estrellas. Dio una calada prolongada al cigarrillo con el ansia de tragar aquella gran bola que notaba en la garganta. Exhaló el humo sin verter ni una sola lágrima y deseó desaparecer.