17.9.14

El largo y desasosegado verano...



Los colores, olores y sabores fueron sino los mismos, al menos parecidos. Llegaron las moscas, las cigarras con su continua chicharrera, el sopor del mediodía macilento por efecto del calor, los melones con su punto de sabor a miel, las ciruelas jugosas, los melocotones de agua… Y llegaron las caminatas por los paseos marítimos, inhalando la brisa del mar a borbotones, como queriendo dejar ese tiempo parado y extenderlo más allá de las horas y de los minutos. Aparecieron las paredes cubiertas de flores de las acaparadoras polygalas, en lucha con espesas enredaderas de brillantes hojas nuevas… en los muros de las casas se dejaron ver las insistentes buganvillas, fucsia o liliáceas, trepando sinuosas en busca tal vez del inmenso azul. Las opulentas adelfas invadieron las aceras estrechas, más intransitables aún por las ramas de los árboles que alguien se olvidó de podar a tiempo… y las cotorras anidaron en las esbeltas palmeras, inalcanzables pero dejando constancia de su presencia para niños y mayores, cuyos ojos cada año buscan ese verde entre el otro verde, guiados por sus voces estridentes. El verano llegó como había llegado cada año anterior.

Sin embargo, quienes pensamos que sería una repetición más de tantas otras, nos equivocamos. El mundo y sus gentes estábamos impregnados por el desasosiego; llegó el mal tiempo con sus lluvias y la bajada de temperaturas, cuando no tocaba, y se aposentó en nuestros días de verano junto a la incertidumbre y el miedo silencioso a tantas injusticias que se nos han hecho cotidianas por repetidas. La avaricia de algunos provocando la ira de otros, la sangre derramada por los bombardeos, las muertes por accidentes sobrecogedores, el ébola, la llamada a la lucha por la religión, las políticas asfixiantes, el hambre, las torturas, los asesinatos,… llenaron nuestras horas dedicadas a mantenernos informados a través del teléfono móvil o de la televisión. Quedó ampliamente constatado que el afán de poder y de maldad de los humanos es inmensurable, su ambición se ha desbordado y la vida en este planeta empieza a no valer nada.

Pero el verano en zonas de paz discurre con una cierta placidez. Para algunos llegaron las  vacaciones, los reencuentros con las familias, los días de sosiego en los pueblos añorados. También la novedad de ciudades nuevas, los paisajes exóticos, los atardeceres de postal contemplando como el sol se oculta bajo el mar… las noches locas de música y fiesta, las mañanas dormitando sobre la arena, las comidas copiosas y alguna siesta antes de salir a pasear. Son días libres de obligaciones, que duran menos de lo que uno quisiera. Y visto el panorama, es mejor vivir el verano intensamente, por si algo lo estropea… porque este año la incertidumbre también estaba veraneando a nuestro lado. Para algunos este espacio de tiempo ha sido excesivamente corto, otros quizás ni lo han saboreado. Pero siempre están los niños, para quienes la vida se centra en otras pequeñas cosas: los amigos, los juegos, los helados, los misterios que descubren cada día,… Sin olvidar que todo es relativo en esta vida y este verano ha sido muy dispar incluso en zonas de paz.

13.9.14

De romanos, Coliseum y otras historias...



La red en una mano y en la otra el tridente, aplastando la arena bajo sus pies mientras avanzaba o retrocedía ante la espada de su contrincante que se acercaba peligrosamente a su desnudo torso. Aquello no era un juego y en sus oídos resonaban los airados gritos de la multitud sedienta de sangre…

La voz de la guía turística era incansable:
—… y verán esas pequeñas ventanitas en las paredes, pero que no son tales sino el lugar donde se hallaban las vigas que sostenían todo el edificio… fueron retiradas para fundirlas en la edad Media…

¡Qué bestias los de la edad Media! —pensó Isabel mientras volvía los ojos hacia los huecos en el centro de aquella gran plaza en el interior del Coliseo de Roma. Aquellos eran los pasadizos por los que debían caminar los gladiadores antes de subir a la arena y saludar al Cesar que ocuparía seguramente un lugar preferente en las gradas. Aquello debía ser como una gran plaza de toros, solo que los luchadores eran hombres… o no. Seguramente era allí mismo, por aquellos pasadizos, por donde los cristianos se arrastraban antes de enfrentarse a una muerte de las más horribles y espeluznantes que puede sufrir un ser humano: perecer bajo las garras y los dientes de felinos feroces y hambrientos, después de haber encomendado su alma a un Dios por el que estaban dispuestos a perder su vida…

—… y sobre todo no cojan una idea equivocada de lo que sucedía dentro de este edificio, pues aquí no hubo sacrificios de cristianos o algo por el estilo, tal como aparece en algunas películas americanas. Esto es el lugar donde luchaban los gladiadores y no lo hacían a vida o muerte como generalmente se cree…

¡Caramba! Isabel se quedó un tanto defraudada al oír aquello. Esa charlatana mujer se había empeñado en demostrar que los romanos eran unos santos aún en la antigua Roma. El caso es que entre todas aquellas piedras, grises por efecto del tiempo pasado, no había manera de refugiarse del aire helado que penetraba más allá de cualquier abrigo o anorak. En aquella tarde de últimos de diciembre apenas quedaban rastros de claridad natural y el Coliseo ahora se había ido iluminando con grandes focos que le daban un aspecto entre artificial y fantástico, barriendo toda ensoñación de túnicas blancas agitándose en las alturas de aquel gran circo de piedra.

Cuando salieron al exterior, levantó la mirada para contemplar la silueta de aquella maravilla. La luna se podía contemplar casi a la misma altura y esa estampa le pareció tan bella que aún estuvo a punto de dejarse llevar de nuevo por su imaginación. Esta vez la película se desarrollaba en la Roma de pocos años antes con una joven pareja paseando en una vespa… pero no. Se izó aún más el cuello del abrigo y se cogió del brazo de su compañero para regresar al hotel. El viaje no había hecho más que comenzar y quién sabe, tal vez algún día todas aquellas ensoñaciones le sirviesen para escribir un pequeño relato…

Luna llena

Entre jirones de consciencia y de sueños agitados, el calor de un extraño verano aún incompleto y el leve frescor de la madrugada, sentí una insistente sensación de llamada... Me incorporé en la oscuridad y recorrí la casa. La puerta... cerrada..; un vaso de agua fresca enfrió mi garganta en la cocina y al mirar en la ventana: ¡Luna... Luna!... luna llena, con su mirada bobalicona,... luna plena de brillante luz clara,... y sin embargo... ¡Luna endiablada! ¿por qué me llamas? ¿Qué te hice que me despiertas, que me robas de mis sueños de plata?... ¿será que llevo acaso un lobo en la pupila del alma...?

4.11.13

De las cosas y la memoria...

Hay veces en las que nos tenemos que plantear y llevar a cabo, sin más esperas, el hacer una limpieza de cosas almacenadas por diferentes motivos prácticos o sentimentales, incluso por pura dejadez. Pasan los meses, pasan los años y los armarios y cajones cada vez se ven más abarrotados de cosas innecesarias que no dejan hueco para las que sí lo son. Hacer una selección no siempre es fácil, si además los objetos llevan implícito un recuerdo que te viene a la memoria cuando lo tienes entre las manos, el proceso se enlentece y aparecen las dudas y las cuestiones sobre la conveniencia de seguir guardándolas o no.

Hace un tiempo tuvimos que desmontar el interior de una casa de un familiar que nos dejó. Era muy mayor y había tenido la idea que tienen muchos mayores de ir repartiendo las cosas que ya no necesitaba. Aún así, quedaron muchas otras y entre ellas las que representaban recuerdos de emociones pasadas: regalos recibidos, fotos antiguas, un dedal de su madre, los rosarios de comunión de sus hijos... Quien haya tenido que hacer este trabajo, en algún momento habrá sentido tristeza también por lo solos que se quedaron esos objetos, por el abandono de las emociones, de las caricias, de las miradas y ensoñaciones de quien los guardó. Si te paras a pensar que algunos de esos objetos requirió un gran trabajo y grandes anhelos de esa persona para poder conseguirlos, a la tristeza se añaden cuestiones sobre el fundamento de nuestro pasar por esta vida que es única y no entiende de segundas oportunidades.

Realmente nuestra vida está cosificada. Ya no solo nos machacamos trabajando para conseguir cosas "necesarias o no", sino que compramos, tiramos y volvemos a comprar lo mismo pero de otro color, tamaño o forma, pero que sirve para lo mismo o simplemente para nada. Y al fin, cuando ya se acabe la vida, es posible que nos preguntemos si mereció la pena desperdiciar ese tiempo y probablemente nos sintamos estafados. Tal vez no sea así, pues sería difícil caminar por esta vida sin esa ilusión por conseguir alguna cosa, sea material o etérea, pero emocional al fin y al cabo.

Lo que me cuestiono, ahora que los cajones de mi memoria también están demasiado abarrotados y no encuentro todo lo que quisiera, es si no debería comenzar a liberarme del lastre emocional de las cosas y a comenzar a deshacerme de ellas. Si mi vida acabase mañana -nunca sabe uno su destino-, mi familia tendría un enorme trabajo por delante para clasificar, desentrañar, seleccionar y decidir lo que hacer con todas las cosas que tengo repartidas por toda la casa. Me gusta tenerlas, pero a la vez considero que, tal como escribió Machado, deberíamos caminar ligeros de equipaje y solos con nuestra memoria, y si la perdemos... pues nada pasará porque si no recordamos no padeceremos ni nos alegraremos de algo que ya es irrecuperable, irrepetible, irreal... puro pasado.

19.3.13

La mesa blanca

Es una hermosa mesa blanca, al menos eso me pareció en todas las ocasiones en que fuí a contemplarla a la tienda. Aún ahora sigue siendo hermosa, podría decirse que con exceso pues su volumen agrede y su blancura no casa ni a empujones, viene a ser como un iceberg en medio de las dunas de un desierto... no obstante, he decidido dejarla ahí y buscar una manera de domesticarla. Su gracia mayor es la de tener un expositor cubierto con vidrio y dividido en cuatro en partes, lo que llama al adorno limpio y ha invitado a la creatividad de su dueña ¡lo de Arco es una minucia a su lado!


Tres zonas quedaron resueltas con imaginación tras hacer un recorrido por cajas, cajones y armarios, y en la cuarta, como era de esperar, se hospedaron tres libros escogidos al azar de entre mis favoritos. Allí descansan rodeados de canicas históricas, traslúcidas unas y brillantes otras, Las uvas de la ira de Steimbeck, Grandes esperanzas de Dickens y sobre ellos, abierto por una página donde habla Poncia, La casa de Bernarda Alba de García Lorca. Un pequeño despertador redondo, antiguo y dorado, junto con un minúsculo casco de soldado de la antigua Grecia, completan la composición.

Y pasan los días y me da por reflexionar en la extraña elección y concluyo que no fué el azar sino mi subconsciente el que eligió esos títulos. Deprimentes, desengañados de la vida y sus circunstancias, en un mundo en crisis... y cada uno en su época y lugar. Los personajes de Steimbeck podrían estar recorriendo los caminos de España, de Grecia o de cualquier otro país donde la famosa burbuja inventada por unos pocos, ha explotado sobre las cabezas de otros muchos. Las grandes esperanzas de los personajes de Dickens fueron, finalmente, como las vanas ilusiones calenturientas de la juventud que el tiempo y la vida se encarga de deshacer y sustituye por la decepción. Llega un día en el te das cuenta que ahí fuera no hay nada y dejas de buscar..., que los sueños son solo eso y te preguntas si no hubiese merecido la pena luchar por otras esperanzas más egoistas y menos elevadas... En la casa de Bernarda Alba se pudre todo, por cerrado y por viciado, por callado y bien envuelto por demás, entre ropas con puntillas... la voz del pueblo se escucha a través de Poncia, firme, sabia y redicha. Gran, gran Federico García Lorca, un genio como el tuyo, apagado y muerto por una España de ignorantes que siempre ahoga y expulsa lo mejor de sí misma... porque ¿acaso ha cambiado en algo?

La blanca virtud de la mesa de centro ya está mancillada con historias que la superan... al fin y al cabo, a toda perfección en su forma le ha de llegar su defecto.


23.12.12

¡Feliz Navidad!


A tod@s l@s amig@s bloguer@s
os quiero desear
que disfruteis de 
unas felices fiestas de Navidad.
Y sobre todo,
que el año que viene
sea inmensamente mejor
que el que vamos a dejar.
Paz para todos,
salud, trabajo y
mucho amor y
amistad.


10.5.12

La casa deshabitada



Su hermano le dijo:

— Ayer encontré una casa deshabitada. Es muy misteriosa ¿quieres venir conmigo a verla?

— ¿Está muy lejos? Si mamá se asoma a la ventana y no me ve en la calle, saldrá a buscarme.

—Si vamos y volvemos corriendo no se dará cuenta, pero me tienes que guardar el secreto. Si lo cuentas en casa te acordarás de mí. No lo digo en broma.

Elena se estaba muriendo de ganas por ver con sus propios ojos el motivo de tanto misterio, así que los dos niños echaron a correr por las calles inmediatas hasta que llegaron a un descampado. Allí solo crecían amagos de arbustos, polvorientos y diseminados por aquí y allá entre malas hierbas y restos de escombros. La niña estaba cansada y sudorosa y paró a coger aire mientras alzaba la vista a lo lejos. Un grupo de casas viejas y solitarias fue lo único que distinguió y agarrando con fuerza la mano de su hermano le confesó que tenía miedo.

— ¡Si no hay nadie! Son las once de la mañana. La gente se ha ido a trabajar temprano.

— Por eso tengo miedo. Mamá dice que en lugares como estos matan a la gente para robarles.

— ¡Que miedica eres! No eres más que una niña tonta, quédate aquí mientras me acerco yo solo.

Ella se quedó quieta y temblando a pesar de la cálida temperatura de verano. No deseaba quedarse sola y llena de rabia se giró para volver a su casa, pero apenas había dado dos pasos cuando distinguió la figura de un hombre que venía caminando hacia el lugar en donde se encontraban. El miedo irracional de sus siete años la hizo volver junto al niño que se rió de sus temores. No había otra opción así que siguió caminando junto a él hasta llegar a la altura de las primeras casas. Allí vivía gente. Una mujer tendía ropa en una cuerda sujeta a una pared blanca algo desconchada. Aquello le dio seguridad. Si ella puede vivir aquí -pensó- es que nada malo ocurre en estas casas. Justo en ese momento el hombre que les seguía pasó junto a ellos y sin mirarlos se dirigió, llave en mano, a la puerta de una de las casas blancas y entró en su interior.

— ¡Camina más deprisa, Joanet, que se hace tarde!— espetó a su hermano, ya más aliviada.

— Ahí está la casa. ¡Mírala!

Otra casa blanca, un poco más alejada, pero más grande que las otras y medio derruida. Cerca de la entrada unas piedras ennegrecidas se hallaban puestas en círculo y en su interior reposaban los restos de una fogata nocturna. Los goznes en el quicio dormitaban sin el peso de una puerta que prohibiera el paso a los dos hermanos, así que ambos entraron cogidos fuertemente de las manos. Avanzaron con pasos quedos, observando en la tenue penumbra, cuidando de no hacer ruido. El corazón de Elena latía tan fuerte que la niña sentía todas las palpitaciones retumbando dentro de su pequeño cuerpo. A su alrededor iba descubriendo muebles viejos y abandonados de todo cuidado, una mesa se hallaba caída en el suelo, alguien en algún momento, le había arrancado una pata y le había desencajado otra.
 
Cruzaron hasta la siguiente habitación, esta se hallaba extrañamente iluminada por la bombilla de una lámpara que colgaba del techo, las ventanas estaban cerradas con postigos marrones. Una vieja cama se encontraba cubierta con ropas de todo tipo en un lío absoluto. Elena no paraba de mirar la bombilla con recelo y con un gesto y  voz muy suave le susurró a Joanet:

- ¡Vámonos! Aquí hay gente.

- La encendí yo ayer por la tarde. No hay nadie.

En silencio y con un dedo en los labios el niño le señaló, también, la ropa que había en los cajones abiertos de una cómoda vieja. Ella ya no se sentía muy segura con todo aquello, más  caminó hacia la siguiente habitación. Aquella se hallaba bañada con la luz de la mañana que entraba por una de las paredes medio caída. Un objeto enorme reposaba bastante torcido en el centro de la estancia y una especie de tapa, grande y rota, se encontraba apartada a un lado de aquel objeto. En el interior de aquella gran caja de madera, alargada y caprichosamente curvada, aparecía una larga fila de cuerdas tensadas, cada una al lado de la otra. Junto a este artefacto extraordinario, se hallaba un bonito taburete forrado en terciopelo verde y rojo. Elena casi se sentó en él, pero en ese momento su hermano cogió un trozo de rama que había en el suelo y mirándola con ojos brillantes, declaró:

— Esto es lo que quería enseñarte ¡escucha!

Pasó la rama por encima de cada una de aquellas cuerdas tensadas y comenzó a oírse un tremendo chillido, agudo y grave a la vez, que inundó todos los rincones de la casa. La niña saltó espantada y echó a correr hacia la salida sin mirar atrás. Cruzó entre las casas blancas seguida por Joanet, corrió por el descampado sin pararse y continuó corriendo entre las calles, detrás de su hermano que con su largas piernas y el cuerpo desarrollado de un chico de once años, había logrado adelantarla a pesar del miedo que aligeraba la carrera de la niña. Cuando Elena llegó, exhausta y acalorada, su madre esperaba de pie junto a la puerta del edificio.

—¿Dónde estabais? ¿Qué os ha pasado que venís así? Llevo un rato buscándoos. ¡Elena, mira como llevas el vestido!

— Hemos estado haciendo carreras— mintió.

Su hermano simplemente sonrió y le guiñó un ojo.


28.4.12

Barra de labios

Le dolían los pies con aquellos zapatos de doce centímetros de tacón y una estrecha plataforma bajo los dedos. No estaba acostumbrada. Lo suyo siempre había sido vestir cómoda y caminar con deportivas. Pero la vida da muchas vueltas y la suya había ido girando y decayendo como arrastrada por un desagüe. Tenía frío, el abrigo de piel sintética no servía de mucho con tan poca ropa debajo. Además, debía abrírselo cada vez que aparecían los faros de un coche y aquella carretera estaba muy concurrida. Aún así no tenía suerte, ningún conductor se paró en aquella parte de la acera ni siquiera para preguntar el precio. Por otro lado, estaba espantada. Era la primera vez que ponía en venta su cuerpo. Y sentía asco. No quería pensar, porque podía arrepentirse y andaba muy apurada de dinero. Si no conseguía tres mil euros en una semana, le embargarían el piso y sus hijos y ella quedarían en la calle sin un lugar donde vivir. Antonio, su ex, vivía en una habitación estrecha donde solo cabía una cama y también estaba sin trabajo. A sus padres, que vivían de una pequeña pensión en el pueblo, no les había dicho nada ¿Para qué preocuparlos si no podían ayudarla?

Un coche se acercó lentamente,… —¿cuánto?— Ella le dio una cifra y el conductor abrió la puerta para dejarla entrar en el vehículo. Era un tipo gordo, de mediana edad y se notaba que le gustaban las putas. Despedía bocanadas de olor entre tabaco, alcohol y sudor que a ella le revolvía el estómago. La llevó hasta un descampado fuera de la ciudad, tan solo iluminado por la luz de la luna y paró el coche junto a unos arbustos. Silvia temblaba sin decidirse a seguir adelante. Aquel hombre le inspiraba una repulsión tremenda y su espíritu se rebelaba contra la fuerza de la necesidad. Cuando lo vio intentando bajarse los pantalones, se plantó y le dijo que la volviese a llevar a la ciudad, que no le cobraría nada, que ella no era lo que él se imaginaba y comenzó a llorar sin poder contener su desesperación.

El tipo no estaba para súplicas, estaba muy excitado y se abalanzó sobre ella derribándola en el suelo. Silvia continuaba suplicando mientras él desgarraba su ropa. Forcejeaban, ella rodaba sobre sí misma intentando zafarse de aquel pesado cuerpo que intentaba aprisionarla forzándola a abrir las piernas. Comenzó a gritar pidiendo un auxilio que nadie podía escuchar. Él contestó abofeteándola primero, después comenzó a descargar sus puños por todo aquel cuerpo que no quería dejarse dominar. Se levantó lleno de furia y comenzó a darle patadas en el estómago, en la espalda, en la cabeza. Silvia se sintió vencida, pero las patadas continuaron. Hubo un momento en el que sintió un crujido en la cabeza y quedó inmóvil sobre un costado. Ya no podía moverse, el dolor de los golpes comenzaba a desvanecerse y sus ojos llenos de lágrimas quedaron quietos, con la vista fija en el bolso abierto que yacía sobre la tierra húmeda. Un pequeño objeto había llegado rodando hasta pararse cerca de su cara, lo miró casi sin verlo, era la barra de labios. Quiso sonreír a pesar de todo, pero cerró los ojos y se dejó ir.

27.4.12

María, la costurera


En el taller, tan solo se escuchaba el murmullo de la vieja radio que emitía notas de una conocida balada. Las dos máquinas de coser descansaban, después de una larga mañana de ajetreo, mientras las muchachas hilvanaban piezas de ropa con hilos de colores vivos. En un rincón, una mujer algo más mayor, se ocupaba de repasar los vestidos con la plancha, sus gestos precisos denotaban los largos años de experiencia en el oficio. 

María las miraba hacer desde su sitio al lado de la ventana, los ágiles dedos descansaban perezosos sobre la costura. La verdad es que le dolían las cervicales después de estar tantas horas con la cabeza inclinada. Le daban envidia las jóvenes aprendizas cuyos cuerpos no se resentían como el suyo, aunque se decía a sí misma que no tenía derecho a quejarse. Con cincuenta y cinco años aún no necesitaba usar gafas para coser, ni tampoco para su otra gran afición que la llevaba a fijar la vista, por las noches, en las páginas escritas por grandes autores. Sonrió recordando el cuento de Anderson Imbert, lo había releído por enésima vez la noche anterior. Le gustaba mucho aquel pequeño relato de Jacobo, el niño tonto.

Se recolocó el negro cabello con una pinza y se disponía a continuar con la labor cuando unas voces chillonas llegaron desde la calle. A través de la ventana miró hacia  el centro de la plaza donde, en ese momento, dos figuras llamaron su atención. Se levantó presta y corrió hacia la puerta del taller. Llegó de inmediato y como pudo metió su cuerpo entre los dos adolescentes, encarándose con el más alto.

     ¿No te da vergüenza meterte con un inocente? ¿Por qué no te vas a pelear con otros como tú? ¡Anda, pégame a mí si te atreves!

Parecía increíble que una mujer como ella, menuda y que seguramente no debía pesar más allá de cincuenta kilos, se enfrentase con un corpachón como aquel de metro ochenta por lo menos. El muchacho se la quedó mirando con aire retador y despreciativo, pero al fin dio media vuelta y se marchó lentamente.

     ¡Ma-má, ma-má, Ja-co-bo no es ma-lo! ¡Ja-co-bo no que-ría pe-gar!

     Lo sé, cariño, lo sé.— Le acariciaba la cara y le peinaba el cabello con sus manos. Lo atrajo hacia ella y lo abrazó largamente hasta que el niño comenzó a relajarse. —¡Anda, vamos a casa! ¿Me ayudarás a hacer la comida? ¡Después podemos hacer una torta como la de tu cuento! ¿Quieres?

23.4.12

Feliç Sant Jordi 2012

Hoy de nuevo es Sant Jordi, uno de mis días preferidos a lo largo del año. Llegará la rosa y llegará el libro, tal vez más de uno.

Me voy a pasear por la Rambla, entre los puestos de libros. A buscar los autores que estarán en largas mesas para firmar, también con largas colas... Todo ello entre la fragancia que despiden las rosas en los numerosos kioscos y las que van en manos de los paseantes. Es un bonito día de olores, el olor del papel y el olor de las rosas ¿qué más se puede pedir en un día como este?


19.4.12

Siguiendo a Cortazar


Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. La luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Había como un silencio que impresionaba, tan solo roto por el crepitar del fuego en la chimenea; fuera se mecían las ramas de un viejo sauce. Levantó la mano presta a descargar el golpe y súbitamente apareció. La mirada de la niña quedó fija en el puñal, enturbiada por el asombro, por el horror de aquel acto abominable. La boca abierta donde debió estrangularse el chillido que no salió. Su inmovilidad al otro lado de la cristalera paralizó la mano que enfundaba el arma mortal.

El hombre del sillón continuaba leyendo, enfrascado el ánimo en aquella novela negra. Ajeno al peligro. Sin ver a la niña, quieta bajo las ramas del sauce. Sin sentir los pasos descalzos del hombre, que comenzaron a alejarse. Sin el más pequeño presentimiento sobre su propio fin, tal vez por incierto.

Se calzó de nuevo y con indecisión rodeó la casa. El viejo árbol estaba allí, el viento seguía batiendo sus ramas. Buscó entre los árboles y aún más lejos, hacia el camino de entrada y no halló, en modo alguno, la blanca presencia de aquella niña rubia. Guardó el arma, otra vez, entre las ropas que cubrían su pecho y mientras salía de aquel recinto, pensó que tal vez se le había aparecido un ángel.

9.1.12

El boleto de lotería


Aún tenía la boca pastosa cuando bajó del taxi, encendió un cigarrillo y se abrió camino entre los curiosos. En el centro del círculo vio la figura caída en el asfalto, los ojos muy abiertos como sorprendidos, la ropa un tanto revuelta y en el suelo sin duda el contenido de alguno de sus bolsillos. El agujero en el pecho y la ropa quemada alrededor implicaba la cercanía del asesino, un conocido desde luego, con la suficiente confianza para llegar a disparar con el cañón de la pistola pegada al cuerpo. El traje de aquel individuo se veía de buen corte, los zapatos limpios y con la suela apenas gastada, como de alguien acostumbrado a moverse en coche. Julio se volvió hacia el guardia que sostenía la linterna a su lado:

- ¿Han avisado…?

- Sí señor, la policía científica ya viene en camino, también el forense y una juez de guardia. Este es el nombre y dirección del muerto –añadió pasándole una hoja escrita y una cartera de piel dentro de una bolsa de plástico- la cartera estaba en el suelo, no parece que falte dinero ni documentos.

El inspector miró la dirección, un número dos calles más abajo. Decidió ir a pie, era la parte de su trabajo que menos le gustaba, inmiscuirse en el hogar de una familia para dar la noticia de una muerte violenta. Acompañado por otro policía se alejó caminando mientras se preguntaba el motivo por el cual un tipo como aquel podría haber salido a las tres y media de la mañana en un lunes húmedo de noviembre. Llegaron a la puerta de un edificio moderno con fachada de ladrillos y tras obtener respuesta por el interfono Julio decidió subir solo. La mujer que le recibió de unos treinta y cinco años iba envuelta en una bata azul sobre una camisola a rayas, no pareció tan sorprendida como quiso hacer ver cuando escuchó la palabra ‘policía’. En el salón, de pie con un cigarro recién encendido esperaba otra mujer algo más mayor con una bata y un camisón similar, Julio miró sus piernas extrañamente cubiertas con medias dentro de las zapatillas.

- ¡Quédense aquí sin moverse!- Ordenó.

Antes de que pudiesen reaccionar él ya había abierto puertas y localizado los dormitorios. Las camas no estaban deshechas, ropas tiradas de cualquier modo sobre la cama indicaba el cambio apresurado de vestimenta, una pesada maleta quedaba mal oculta detrás de la puerta de una de las habitaciones. El inspector con su arma en la mano volvió al salón, ellas le miraron resignadas, la mayor acertó a balbucear:

- Pretendía marcharse sin nosotras….él solo…con el boleto premiado de la lotería… ¿entiende? él solo,…tuvimos que improvisar, no tenemos nada…ni siquiera este piso es nuestro…

La mujer escondió la cara entre las manos mientras sollozaba, relajada ya de tanta tensión acumulada, su hermana abrazándola espetó secamente al policía:

- Guarde su arma inspector, no la necesitará.

Julio marcó un número en su móvil y dio una orden. Se sentó y encendió un cigarro.

- La maleta era de él ¿verdad? ¿porqué no se llevó el coche?

La hermana mayor dejó de sollozar y se apartó el cabello de la cara con cierta furia.

- Escondí las llaves, no quería que se fuera. Pero a él no le importó, dijo que encontraría un taxi…y entonces recordé que teníamos aquella pistola, la cogí y salí detrás…el muy estúpido sonrió cuando le dije que quería darle el último beso…Marta es inocente, me vio llegar con la maleta y decidió ayudarme…no tuvimos tiempo…

Julio pensó en la lotería, en como afecta a la vida de los individuos. No siempre les trae felicidad…

30.12.11

¡Feliz Año Nuevo!



Espero que sea el mejor año
de los vividos hasta ahora
para tod@s.
Con mucho amor,
mucha salud,
y que se cumplan
los mejores deseos.

23.12.11

¡Feliz Navidad!

Os deseo
una muy
feliz y muy especial Navidad.

Espero que disfruteis estos días
rodeados de amor y humor,
de cariño y de amistad.

Un gran abrazo para tod@s.

7.12.11

Lo que expresan las palabras


Es una película dura, pero abierta a la esperanza... Es la segunda vez que la veo, porque desde que comienza no puedo apartar los ojos de la pantalla.

Después le doy vueltas al tema, a la realidad que refleja, a lo que son capaces de hacer ciertos "humanos". Y la capacidad para sobrevivir de esas víctimas que cada día han de buscar la esperanza para continuar adelante.

Me gusta como ha desarrollado el guión Isabel Coixet, hay formas de narrar los horrores de la guerra de una forma linial que al fin acaba siendo otra de tantas películas, en cambio ella lo ha hecho a través de las palabras de los personajes, palabras recónditas que les cuesta emitir y que al fin saldrán para expresar todo lo que necesitaría mil imágenes y no serían bastantes.

Un diez para la película. Mil para las víctimas de las guerras, que a pesar de los pesares continúan adelante cada día y un enorme cero para los gobiernos que no son capaces de juzgar a los asesinos y torturadores.


2.12.11

25.10.11

Ese Vecino de Arriba

He vuelto hace unos instantes de visitar a mi casero y ya se me figura que ese solitario vecino va a inquietarme por más de una causa. Reconozco que mi vestido de noche, negro y ajustado, a las siete de la mañana no es lo más adecuado para llamar a la casa de nadie pero tampoco soy yo amiga de formulismos y de apariencias hipócritas. Hace tiempo que decidí tomarme la vida tal como se presenta, sin prejuicios y sin obligaciones, y ciertamente considero que ahora soy más feliz. Llegué a este apartamento hace una semana, necesitaba más espacio desde que apareció Tommy -es mi gato naranja- lo encontré vagando por la calle y olisqueando los contenedores de basura. Con dos o tres caricias y unas palabras cariñosas conseguí traerlo conmigo, se veía a las claras que alguien lo había abandonado. Ese vecino mío tiene a veces la mirada de Tommy, me mira embobado con sus ojos de un azul muy intenso y se queda sin articular palabra, con una sonrisa un tanto gatuna…

La verdad es que desde mi llegada aquí me lo encuentro quizás demasiado a menudo, no es que me disguste pues es un hombre muy atractivo y tiene un aire …como podría decirlo…¿sensual? Sí, esa es la palabra. Hace dos días me encontraba tomando el sol sentada junto a la escaleras de incendios, intentaba sacarle a mi guitarra las notas de una melodía. comencé a cantar embelesada por el dulce compás, fue… un momento lleno de magia, como si el tiempo se hubiese parado para mí. Cuando llegué al final de la canción miré hacia arriba y allí estaba él, mirándome intensamente...


Ayer me invitó a comer en un restaurante muy acogedor y estuvimos charlando durante varias horas, fue muy interesante descubrir sus aficiones literarias, me habló con gran entusiasmo del libro que está escribiendo y me conmovió oír un poema que dijo haber escrito para mí. Es un hombre muy seductor y cuando cogió mi mano y me besó no supe rechazarle, me sentí transportada a una nube de felicidad inmensa y todo mi alrededor dejó de existir. No recuerdo muy bien como salimos de allí y caminamos por las calles hasta su apartamento, pero sé que caímos los dos en un abismo de pasión desenfrenada, me sentí amada con una ternura que nunca antes había conocido y deseé continuar así por el resto de mi vida. En aquel abrazo infinito de su cuerpo junto al mío, de mi piel sobre su piel... ámame, ámame, le gritaba desde mi interior mientras el me miraba con aquella intensidad… Un reloj marcó las nueve y eso me devolvió a la fría realidad, no soy una mujer con un pasado fácil y sé que estos momentos de felicidad duran unos días y después se diluyen hasta acabar en la nada, si la relación ha sido buena, y acaban en el odio, si la convivencia se ha ido complicando.

Reconozco que fui bastante brusca en mi huida, lo dejé sin palabras cuando dije que aquello no significaba nada para mi y que no quería volver más a aquel apartamento. Bajé corriendo hasta mi casa y lloré abrazada a mi gato durante unos minutos muy largos. No estaba dispuesta a dejarme llevar por la melancolía así que me duché y me puse este vestido que me regaló uno de mis amigos, es estupendo lo bien que resalta mi figura y me hace sentir segura de mi misma. He pasado la noche en casa de Jimmy, celebraba una fiesta por algún motivo aparente que él pensó y que yo no recuerdo. Como siempre he bebido mucho y he hablado y bailado con gente que apenas conozco, eso es lo que yo quiero y lo que busco: un roce superficial y divertido que no pueda hacerme daño y herir mis sentimientos. Ha sido una de tantas noches locas en la que hemos acabado todos durmiendo unos encima de otros o en los rincones más insospechados.

El despertar no ha sido muy agradable, la cabeza pesada, el cuerpo dolorido y el estómago revuelto. Anne, que acababa de llegar y comenzaba a poner orden en el piso, ya tenía preparado ese brebaje milagroso que nos ofrece siempre para la resaca y yo,con agradecimiento, me lo he bebido de un trago. Cuando he llegado a casa después de un largo paseo por las calles casi desiertas, ya me sentía suficientemente renovada como para no pasarme por alto una nota prendida en la mirilla de mi puerta. Mi vecino no se había rendido con las palabras vertidas antes de mi escapada y solicitaba en el pequeño papel que subiese a buscar un objeto que había dejado olvidado el día anterior.

Me ha abierto la puerta un tanto adormecido aún y en pijama, yo le he mostrado el papel mientras él recorría con los ojos toda mi figura. Inesperadamente me ha enlazado por la cintura y me ha besado largamente, como el día de antes, como a mí me gusta… Y antes de cerrar la puerta me ha despedido con una sonrisa y un –hasta luego-.

10.7.11

¡¡¡Por fin... Vacaciones!!!


Estimados amigos:
Estaré unos días desconectada.
Los necesarios para salir unos días
y aprender nuevos lugares
donde no alcanza mi ventana.

Espero
que también vosotros
disfruteis de un
feliz, largo y cálido verano.

Nos vemos a la vuelta.
Hasta pronto :)

1.7.11

Corren días de verano...

Los días languidecen entre calores eternos, esperando un estímulo que los llene de emoción. El verano, ese verano libre de obligaciones, promete sabores de aventuras, días intensos gratamente planeados.

Como contaba El Principito, contaré yo los días que faltan anteponiéndome, anhelando, disfrutando la emoción de lo venidero. Porque no es otra cosa nuestra vida que un carro de emociones, arrastradas sus ruedas por un angel llamado ilusión. Sin la ilusión no habría camino ni sendero que nos llevara siguiendo nuestro rumbo.

A veces creemos que la ilusión nos abandona, pero no es cierto. La ilusión no solo está en los grandes hechos, pues es en las pequeñas cosas donde más se explaya. Disfrutemos de ellas hoy, el mañana que vendrá será otro presente que aún desconocemos y no tiene sentido preocuparnos por él antecediéndolo con posibilidades imaginarias. Mejor será dejarnos acompañar por nuestra amiga ilusión, ya que todo llegará como el destino decida.

27.6.11

La Maleta de Lagarde

- ¡Osú, madre mía! ¿y que traerá este tío en la maleta?

Antonio ‘el maletas’ está que se sale de sudor mientras arrastra el voluminoso equipaje hasta la puerta del ascensor. El dueño del muerto aquel, un tipo bien trajeado y con flequillo diseñado por estilista, camina detrás hablando por el móvil. Se le ve un rato largo la petulancia en las maneras, la prepotencia del que domina. En el ascensor cierra el teléfono con un gesto afectado i se coloca el pulgar y el índice en la barbilla mientras mira el techo del ascensor como si estuviera planeando un nuevo diseño para esa caja elevadora. Antonio lo mira socarrón, ha visto otros tipos como este y piensa: ‘mucho teatro y luego na de na’. En la habitación la maleta se queda a los pies de la cama, Antonio abre la puerta del lavabo comprobando que todo esté correcto y entrega la llave al cliente antes de salir, - ‘Bon suár, mesié’.

En recepción no hay clientes y ‘el maletas’ se acoda en la superficie de mármol rosa, Janine está liada en el ordenador pero le mira a la cara y sonríe:

- Monsieur Jean Lagarde. Solamente una noche, mañana temprano te dejará la maleta en consigna y la recogerá por la tarde. No apuestes nada, no vas a tener oportunidad de ver lo que lleva dentro. – ¡Mon Dieu! mira que llegas a ser…¿cotorra?-.

- ¡Cotilla, se dice cotilla! Niña, más respeto que puedo ser tu padre. –Antonio le guiña un ojo a Janine- Ya veremos mañana lo que trae este repeinao. Y me voy, que por hoy ya he cumplio. No te canses niña.

Antonio se cambia la chaqueta en el cuarto de las maletas. Al salir encuentra al tal Lagarde que enfila caminando la rue Lafayette en dirección a las galerías. El maletero lleva el mismo camino y la distancia le permite ver como el hombre sube a un coche que le espera en la esquina, no ha podido ver al conductor y Antonio se desentiende silbando una melodía mientras sus pasos se pierden por la calle mojada entre luces y coches aparcados.

Son las ocho de la mañana, Antonio está de nuevo en su puesto. Janine ha sido sustituida por un joven más serio que no sabe apenas nada de castellano. El maletero no se arredra y avisa que va a la 306 alegando que tiene encargado pasar a recoger el equipaje. En el pasillo del tercer piso un carrito con ropa limpia delata la presencia de una camarera arreglando habitaciones. Antonio da tres golpes en la puerta:

-¡ Servís de valís, mesié!, ¡servís de valís!

Como esperaba, la puerta no se abre y el maletero utiliza su llave, no hay nadie en la habitación y desde el lavabo se oye el ruido del agua de la ducha al caer después de chocar contra un cuerpo. Sobre la cama se encuentra la maleta cerrada pero sin encajar en los cierres. Antonio la abre rápidamente y entre la ropa tres caras humanas sin ojos le hacen retroceder espantado, ha estado a punto de lanzar un grito…., pero no, una nueva mirada le hace ver que son tres cabezas de mujeres talladas en piedra. Cierra rápidamente la maleta y sale de la habitación, el tal Lagarde no ha oído nada.

En el pasillo la camarera mira a Antonio con ojos cansados y sigue con su trabajo, está acostumbrada a las maneras de este hombrecillo curioso y sabe que es inofensivo, más tarde se enterará del motivo por el que ha suspirado aliviado y le ha indicado silencio con el índice cruzando los labios. Él se dirige al bar en el restaurante del hotel y se pide un café para terminar de reponer sus nervios, el camarero también es español y escucha la historia de las tres cabezas con una sonrisa en los labios, son estas anécdotas de Antonio las que rompen la monotonía del trabajo en el hotel…