26.7.20

Mírame a los ojos XIV


Caminaba con ganas a través del paseo marítimo. Con unas chancletas de verano y un vestido de flores holgado de tirantes, podía soportar el creciente calor de media mañana en aquel día de verano. Era su hora de descanso y la aprovechaba para caminar y recibir el sol en su piel que ya lucía más que morena a esas alturas del mes de Julio.

Joanna se sentía feliz. Habían pasado cinco años desde que le hicieran un lavado de estómago en las urgencias del hospital. Recordaba las vías con suero en sus manos, la máquina de las constantes y las palabras del psiquiatra explicándole los motivos por los que debería empezar la terapia con la psicóloga, tarjeta de la cual añadió al informe de alta. Se dejó llevar. Al fin aquello para ella fue como renacer, como si de un ave fénix se hubiese tratado. Se tragó todas las pastillas que le dieron sin rechistar y el tabaco ni siquiera lo echó de menos. Suponía que anduvo como un zombi a causa de la medicación, pero le fue bien para descansar y relajarse. En la consulta de la psicóloga lloró mucho, pues no le quedó más remedio que recordar y revivir los momentos más duros de ese año. Pero empezó a centrarse más en sí misma y a coger distancia con los demás. Asimiló lo poco que se había querido hasta entonces, siempre dedicada a cuidar de su familia, de sus compañeras y de todo aquel que le pidiese ayuda. Siempre había visto muy claro lo que los demás necesitaban y sin embargo había sido muy torpe para entender que ella, más que nadie, necesitaba ayudarse a sí misma.

Adriano la había encontrado inconsciente esa mediodía, en que regresó a casa porque su coche empezó a fallar. Iba de muy mal humor, pues no podía trabajar sin el automóvil. No recordaba el enfado con Joanna y la llamó buscándola por toda la casa. Cuando la encontró dormida y con todas aquellas pastillas en la cama, se quedó inmóvil por un minuto sin llegar a comprender. Después actuó rápido y una ambulancia los llevó al hospital. No se esperaba aquello y sentado en la sala del hospital, estuvo repasando los acontecimientos de las últimas semanas. Pero igualmente no llegó a discernir el porqué Joanna había llegado hasta aquel límite. Durante los días siguientes estuvo en casa con ella acompañándola temeroso y no se movió de su lado hasta que la psicóloga tuvo claro que no habría otro intento.

En los primeros meses y a medida que avanzaba en la terapia, Joanna se debatió entre la ira, la condescendencia, el afán por recordar y las ganas de olvidar. Buscó placer en las cosas más sencillas, como ver películas antiguas o sentarse en la terraza a tomar el sol. También empezó a alimentarse sin saltarse ninguna comida y poco a poco recuperó peso y la ropa dejó de colgarle ajustándose a su cuerpo. Sus emociones seguían ahí pero con la ayuda de Henar, la psicóloga, había encontrado un medio para poder llorar cuando se sentía desbordada. Tuvo claro que mucha de la tensión con la que había convivido, se fundamentaba en la falta de información. Había sufrido las consecuencias de los actos ajenos, sin comprender lo que los motivaba. Esa incomprensión la había martirizado, habiendo creído que todo era culpa de ella y que estaba en su mano y era su obligación solventar y reparar los daños de todos aquellos problemas. Algunas cosas logró entenderlas cuando tomó distancia y cambió su punto de mira, de otras sería difícil encontrar explicación alguna, pues le faltaban datos que no iban a darle. Esto con Henar era más fácil de asimilar, pero lo más importante es que aceptó que ella no tenía la responsabilidad ni debía preocuparse más que por lo que le afectaba directamente a ella y de las consecuencias de sus actos.

La vida se tornó más fácil, los gastos sin Susana decrecieron bastante y en ese sentido ella consiguió despreocuparse. La faena en casa también descendió y nadie la perturbaba con caprichos y malos modos, por lo que tuvo más tiempo para dedicarlo a sí misma. Se sentía mejor, más tranquila y más fuerte, así que en cierto momento del año siguiente de finalizar los dos años de terapia, decidió tomarse un tiempo separada de Adriano y se mudó con sus cosas a la casa de los abuelos de Alejandra. Su amiga no acababa de decidirse en lo que quería hacer con la casa y estuvo conforme en dejársela por  unos meses. Empezó a vivir como una bohemia y necesitaba poco para subsistir. Volvió de nuevo a elaborar cajas decoradas, primero con papel, después con telas estampadas compradas y por último se dedicó a estampar sus propias telas y a forrarlas con ellas, dándoles un aspecto extremadamente personal. Se apuntó a un taller de pintura al carbón y al óleo y descubrió su parte más creativa. Había muchos turistas en aquel antiguo pueblecito de pescadores y sus cajas tenían ávidos compradores que también se mostraron interesados por sus cuadros de marinas a los que imponía ambientes especiales a través de los colores.

Y entre tanto trabajo se reservó dos horas de descanso por las mañanas para ir a caminar, mientras meditaba tranquilamente en sus cosas presentes y pasadas ya sin dolor. Después volvía a salir al atardecer y se quedaba hasta que desaparecía el sol bajo el nivel del mar. Los paseos entre aquellas gentes que caminaban disfrutando de sus días de vacaciones, eran, evidentemente, más amables que la crispación y las malas caras que se contemplaban en la ciudad. Así que después de mucho pensarlo decidió dar un paso definitivo y quedarse a vivir en aquella casa junto al mar.


22.6.20

Rosa y Laura

Escher
Se cruzaron en el rellano de la escalera, las dos con la mascarilla puesta. Una subía con una bolsa de compra en la mano, la otra bajaba con un cubo de basura. Iban a ser las ocho de la tarde pero estaban en lo más estricto del confinamiento, no había franja horaria para salir. A Laura le dolían las piernas y la espalda de no moverse lo necesario y había estado pedaleando en la bicicleta estática que tenía en casa. Una bicicleta que en varias ocasiones, a lo largo de varios años, había estado pensando en desechar por el espacio que ocupaba... Rosa subía con la compra, unos pocos paquetes que pondría en cuarentena por unos días antes de colocarlos en la pequeña cocina. También notaba tensas las articulaciones por la falta de ejercicio, aunque había caminado, no sin ciertos reparos, cada vez que sacaba a pasear el precioso labrador de dos años.  

A las dos se les iluminaron los ojos al encontrarse, aunque al cruzarse se alejaron una de la otra en todo lo posible. Dejaron más de cuatro metros entre ellas para hablar. –¿Qué tal? ¿Cómo estáis? ¿Todos bien? ¡Sí! ¡Por suerte!–. Laura recordó una noticia que había leído sobre las vacunas. El hospital que se encargaría de llevar la investigación en toda la región, se hallaba a ocho quilómetros y en él, en el laboratorio, trabajaba Adrián, la pareja de Rosa. Tal vez estaría en el equipo investigando, pensó.

–Rosa, Adrián sigue trabajando en el hospital, en el laboratorio ¿verdad?

–¡Sí! ¡Pero no te preocupes, no está en primera línea!

–¡Ya lo sé!  Pero he leído que ahí van a llevar y coordinar los equipos que buscarán las vacunas y...

–¡Sí, pero él no está en primera línea, no te preocupes!

– ¡Solo tenía interés en saber si él estará en algún equipo de...!

–¡Mira, ya te he dicho que él no está en primera línea, además va muy protegido, con varios trajes encima del suyo, incluso sobre los zapatos!

– ¡Pero si yo solo...!

–¡Mira ya está bien, no va a meterse en tu casa a contagiarte, así que para ya!

Laura incrédula la miraba con los ojos abiertos. No creía haber dicho nada que pudiese ofenderla y ni mucho menos se había quejado por convivir en el edificio con un sanitario, tal como había ocurrido en algunos sitios, según las noticias. Se sintió torpe y a la vez asombrada. Rosa se sentía manifiestamente enfadada con su vecina por el atrevimiento y el poco tacto que ésta había tenido al hablar, en esas circunstancias, del trabajo de su compañero. La miró desafiante y se giró para seguir subiendo. Pero Laura reaccionó antes:

–¡Mira, nunca me hubiese esperado de ti semejante actitud!

–¿De mí? ¡Has sido tú la que se ha quejado!

–¡Precisamente es lo que no he hecho! Intentaba comentar una noticia contigo, pero tú en todo momento has pensado lo peor. Por lo que veo, me crees capaz de discriminar a una persona que está trabajando para ayudar a los demás...

–¡Es lo que estabas haciendo...!

–¡No, es lo que tú estabas pensando! ¡Y perdona, la que va discriminando y poniendo etiquetas eres tú! Nunca imaginé pudieras pensar tan mal de mí...

Laura se giró y bajó las escaleras disgustada. Rosa empezó a subir, aún más enfadada que antes. Laura recordó todas aquellas frases que había oído, acerca de que la pandemia sacaría lo mejor de todos. Y se dijo que tantas guerras, revoluciones, epidemias o tragedias naturales, no habían cambiado el fondo de las personas a través de generaciones. Rosa, por su parte, pensó que su vecina había manipulado la conversación y no era una buena persona como había imaginado hasta ese momento. Cada una entró en su casa, se cambió de zapatos y se lavó las manos enérgicamente. Dejaron la mascarilla en agua caliente con jabón y conectaron el aparato de televisión para ver las noticias más tarde.

21.6.20

Sartre

He leído entre otras, una frase de Sartre que dice:

"Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad."

La frase está ahí suelta, sin un comentario antes ni después. Así que en principio, puedo tomarla de dos maneras: la primera, que el desencanto no era tal, sino la verdad que antes no había visto y a la cual había llegado a través del desencanto (cosa que suele ocurrir a menudo). La segunda, que la verdad no era en realidad lo que percibía, sino que estaba distorsionada por el desencanto (y en ocasiones también ocurre).

Esta es una frase/regalo para los soñadores, entre los que me incluyo. Feliz domingo.


17.6.20

Mírame a los ojos XIII


Estaba tan cansada que pensó nunca encontraría palabras para expresarlo. Durante la semana anterior había viajado por una montaña rusa de emociones. Apenas lograba llegar a un punto arriba con mucho esfuerzo y antes de lograr mantenerse, se precipitaba hacia abajo en una caída libre. Y así un día tras otro. El ser consciente de ello no la había ayudado. Había buscado en su interior restos de su antigua fuerza, de su temple y no halló más que un vacío inmenso. Había dejado de fumar, de dormir, apenas comía y los relajantes no podían hacerle efecto porque no los tomaba. Solo aspirinas para el dolor de cabeza y le hacían daño en el estómago. Estaba harta de todo aquel sin sentido en el que se hallaba inmersa, no sabía cómo había llegado hasta allí, pero sabía que no había camino de vuelta.

Hacía días que Susana se había marchado. Había llenado sus maletas, dedicándose el suficiente tiempo para escoger lo necesario y lo que no pudo llevarse, se lo envió Joanna días después. Cuando ella le había hablado de la llamada de aquella mujer, la muchacha, sorprendentemente, empezó a contar el origen de algunas cosas. Un premio de lotería de varios millones de euros hacía dos años, regalos que había recibido y ocultado, el comienzo de la relación… A medida que la escuchaba, Joanna se asombraba de la capacidad para mentir que había demostrado todo aquel tiempo. Aquella familia la había ido envolviendo con halagos y tentándola con caprichos y ella les había dejado hacer. Sabía que le gustaba mucho a Isra y no tuvo ningún reparo en entrar en el juego. El problema había llegado en la última Navidad, cuando recibió una fuerte cantidad de dinero imposible de esconder.

No podía comprar nada para ella misma, pues tendría que dar explicaciones y durante esos días estuvo muy nerviosa. –De ahí su mal humor– se dijo Joanna. Tuvo que gastar hasta el último euro en regalos de Navidad para Isra y su familia y por unos días se tranquilizó. Pero enseguida empezaron a presionarla para que hiciera un viaje con ellos, más de un mes recorriendo Europa con todo pagado. Susana no estaba tranquila, no sabía cómo explicarles todo aquello, porque sabía que su hermano y su cuñada no entenderían lo que estaba haciendo. La madre de Isra le pidió después que se fuera a vivir con ellos y estuvieron buscando muebles y decorando la habitación. Mientras, habían ido abandonando las clases y los estudios, pero los padres del muchacho le habían quitado importancia, dando por hecho que sería solo ese trimestre. Cuando acabase el verano se pondrían a estudiar en serio.

–Y cuando volví a las clases, su madre dijo que no quería a su hijo de verdad. Intenté explicarle, pero cada día estaba más enfadada y por eso te llamó.

– Sí, pero la finalidad de todo esto, Susana... ¿qué es lo que tú valoras? ¿Es que todo se resume en el dinero?

– ¡Estoy bien con Isra!

– ¿Si la familia de Isra no tuviese dinero, también "estarías bien” con él? ¡Sé sincera!

– ¡Eres odiosa! ¡Y no eres nadie para juzgarme ni para decirme lo que tengo que hacer!

La bofetada fue rápida. Joanna misma no esperaba su propia reacción, pero no se arrepentía. Seguramente debía habérsela dado hacía mucho tiempo. Susana se tocó la mejilla colorada y miró con odio a su cuñada:

– ¡Estoy harta de vosotros, no voy a dejar pasar las oportunidades que aparezcan en mi vida por culpa vuestra!

– ¡Pues eso tiene un nombre, Susana, y muy feo! ¡Tú misma!

Había estado haciendo sus maletas tranquilamente y las tenía listas cuando volvió su hermano. Joanna la miraba hacer, admirada de su sangre fría, cuando ella estaba sintiendo mil emociones contenidas. Como era de esperar, hubo una gran discusión y Adriano le prohibió que se fuera, era su hermano y no iba a dejar que hiciera aquella barbaridad. Pero ella no estaba dispuesta a dejarse dominar por él y amenazó con llamar a la policía si no la dejaba marcharse. Le gritó, ya descompuesta, que era mayor de edad y podía hacer con su vida lo que quisiera.

Y se marchó. En la casa fueron pasando los días en un silencio doloroso. Joanna le había dado mil vueltas a todos aquellos años compartidos. Escenas de la niñez de Susana, los juegos, las risas, los abrazos… siempre la había querido mucho, o al menos eso le decía. Le había faltado llamarla mamá, pero Joanna nunca la presionó por un sentimiento hacia la verdadera madre. Ahora, ante las mentiras de esos dos años, ya no estaba segura de ese cariño. Parecía que Susana solo era capaz de quererse a sí misma y simulaba el aprecio según su conveniencia. A ella el mundo se le acabó de venir abajo, no entendía o no quería entender tanta miseria humana a su alrededor. Estuvo buscándole un sentido a la vida para seguir adelante y no fue capaz. Todo su mundo se había ido desmoronando y no sabía cómo recomponerlo. Había llamado a Susana y le había suplicado que volviese. Le habló de su hermano y de ella misma, de lo mal que lo estaban pasando. Pero su cuñada, llena de soberbia le había contestado que no tenía intención alguna de volver y que si lo necesitaban, debían tomar antidepresivos. Tal cual.

El domingo Joanna se sentó frente a su marido para intentar convencerlo: algo debían hacer para sacar a la muchacha de ese grave error. Adriano no quería hablar y ante tanta insistencia, no midió las palabras:

– ¡Joanna, estoy harto! ¿Me entiendes? ¡Harto! ¡No quiero oír más lamentos, no quiero saber más de mi hermana, no quiero escuchar más de este tema! ¡No te soporto, todo el día hablando de lo mismo una y otra vez! ¡Quiero que me dejes en paz, entiéndelo, déjame en paz!

Joanna se había cerrado en un mutismo firme y doloroso. Como siempre, las lágrimas no acudieron en su ayuda y sus negros pensamientos se centraron en el sentido del Valor. Se necesitaba mucho  para continuar adelante, pero también necesitaba un gran valor para tomar la decisión final. Pasó el resto del día sola, encogida en la cama pensando, a veces con la mirada perdida, a veces con los ojos cerrados. Se daba cuenta de que su mundo, su realidad, había cambiado. Que no había vuelta atrás. Lo que ella había vivido no era real, sino lo que había creído percibir en cada momento. Y se había equivocado. Ahora la realidad se le presentaba cruda y clara, y no le gustaba nada. Tampoco deseaba vivir en esa realidad... Durmió muy poco y al día siguiente, después de dejarlo todo ordenado, salió a comprar lejos de su barrio. Cuando regresó a casa, se quitó los zapatos y se sentó en la cama. Vació el contenido de las cajas al alcance de su mano derecha, mientras en la izquierda sostenía la pequeña botella de agua. Había ingerido tres pastillas, cuando se dio cuenta de que no había dejado escrita ninguna carta, no había pensado en ello… –No tiene importancia– se dijo. Continuó tragando pastillas una a una, lentamente. El corazón le latía muy deprisa… pronto llegaría el final, pronto descansaría para siempre. Había tomado más de veinte comprimidos cuando empezó a nublarsele la vista y a perder el sentido…

En algún momento notó una mano suave que le acariciaba la cara y el cabello. Una voz serena de mujer la llamaba: – ¡Joanna, Joanna! ¡Por favor, no te vayas, háblame, mírame a los ojos!–. Pero ella no llegó a emitir sonido alguno, solo negó débilmente con la cabeza y se sumergió en la noche.

16.6.20

Mírame a los ojos XII


– ¿Cómo dice?

– Me ha oído bien. Soy la madre de Isra. Y quiero que me explique por qué les está haciendo la vida imposible a mi hijo y a su cuñada…

– ¿Pero qué…? ¿Usted ha pensado lo que está haciendo…?

Desde luego aquella mujer no debía estar muy bien de la cabeza. Joanna estaba asombrada de que aquella voz le hablase como un gallito de pelea, desde el otro lado del teléfono.

– ¡Claro que lo sé! ¡Usted no es nadie para meterse en la vida de los chicos, menos para romper cosas que no le pertenecen!

– ¡Pues por lo mismo no es usted nadie para meterse tampoco! Mire yo no tengo por qué darle explicaciones de lo que ocurre en mi casa. Cada quien que maneje sus problemas como pueda y sepa.

– ¡Es que es mi hijo! Ese del que usted va diciendo que es muy feo y desagradable. ¡Me gustaría saber ¿tan guapo es su marido?!

– Mire, primero no soy yo la que va diciendo tal cosa. Pregunte a la persona que se lo ha dicho y que no le mienta. Segundo, aquí la belleza de mi marido no pinta nada. Y tercero, esta conversación está de más… ¡Que yo no tengo que darle explicaciones de ningún tipo!

– ¡Pues bien que destrozó el regalo que mi hijo le había hecho a Susana! ¿Sabe que lo pidió directamente a una tienda de Francia, porque solo lo tienen allí? Le costó muy caro, pero a Dios gracias el dinero nos sobra, no es algo que nos preocupe. Mi hijo tiene una fuerte paga semanal y habrá visto que tiene coche propio y nuevo. Seguro que su cuñada se lo ha dicho…

Increíble, pensó Joanna, a aquella mujer decididamente le faltaba parte del cerebro. ¿En qué siglo pensaba que vivían? ¿Estaba comprando una novia para su hijo? Casi no sabía qué contestar… Empezaba a entender el carácter apocado del muchacho y su letra diminuta en los apuntes, las uñas mordidas, el pelo en el rostro…

– Mire, tal vez yo no hice bien en romper el muñeco. Seguro que no. Y la felicito por su estabilidad económica, es algo de lo que no puede presumir la mayor parte del país en los tiempos que corren. Es usted afortunada y le deseo lo mejor. En mi casa no nos sobra ni nos falta, pero aunque nos sobrase, no iríamos deslumbrando a adolescentes ingenuos para buscarle novio a Susana.

– ¡Ja ja ja! ¡Qué falsa y qué envidiosa! Usted lo que está es loca y amargada y no quiere que su cuñada sea feliz. No se meta en su vida. ¡Déjela en paz!

El teléfono se silenció. Joanna se llenó de ira hacia Susana y toda aquella historia en la que se había metido. Se sentó en la terraza y empezó a fumar un cigarrillo tras otro. Aquella vulgar mujer la había alterado completamente. Susana se merecía que no se preocupase por ella y por su futuro. Recordó las muchas conversaciones y tiempo dedicado, para que continuara los estudios. En su momento la había llevado a una profesional experta, que la ayudó a orientarse en lo que quería hacer. Y le había ido bien. Había necesitado algunas clases de refuerzo, pero como casi todos los estudiantes. Todas esas facilidades, ella misma nunca las tuvo… ni su marido. Y seguro que tampoco muchos de los jóvenes, cuyos padres habían perdido el trabajo y no podían pagarles ni la matrícula ni los desplazamientos a la facultad, ahora que habían suprimido las becas. Su marido y  ella, le habían abierto, desde el momento que la acogieron, una libreta de ahorros donde fueron haciendo ingresos periódicos para asegurar, en el futuro, el pago de los estudios de Susana. No habían necesitado tocar ese capital y no lo harían mientras pudiesen. Aún le quedaban años de facultad y los tiempos estaban muy mal, así que Adriano y ella querían preservarlo.

Siguió fumando allí sentada. Se sentía hundida anímicamente, pues parecía que todo lo había hecho mal. Algo había fallado con aquella muchacha y aún no sabía el qué ni cuándo. Le había dado todo el cariño, que a ella le hubiese gustado obtener de su propia madre y la libertad que ella no había tenido, para que fuese una persona fuerte y segura. Le había enseñado que debía esforzarse para conseguir sus metas y llegar a ser una mujer independiente en el futuro. La había tratado como si fuese su hija en realidad, pero Susana no lo veía así. Parecía que nunca había logrado ser una madre para ella…

A Joanna le resbalaron algunas lágrimas por las mejillas. Apenas se dio cuenta tal como estaba sumida en sus pensamientos. La alarma del reloj sonó y se dirigió a la cocina a por su dosis de relajantes. Cuando tuvo la pastilla en la palma de la mano, se la quedó mirando fijamente durante un largo instante antes de llevarla a la boca.

El teléfono volvió a sonar y Joanna lo miró enfadada pensando en aquella mujer… El número de la pantalla era otro. El gestor le daba un respiro, al parecer su abogado había hecho muy bien las cosas y en su día había anticipado el pago de impuestos correspondientes a la obtención del capital. El importe que recibió Joanna había sido neto, lo cual quería decir que la cantidad a pagar sería una cifra asequible. Ella suspiró, la noticia no la sustrajo de la tristeza y el desánimo pero suspiró aliviada.