Fumaba envuelta en un fular
de algodón, mientras miraba pasar los coches desde el balcón. En la acera, los preciosos plátanos de
sombra habían reverdecido, y entre el titilar de las hojas apenas se dejaban entrever
las figuras de los transeúntes. Joanna cogió aire profundamente antes de
llevarse nuevamente el cigarrillo a la boca. Estaban a principios del mes de
mayo y su gestor le había confirmado lo que le adelantó Adriano. La
declaración de la renta saldría a pagar una fuerte suma ese año. Había
capitalizado su parte del negocio y además había liquidado la hipoteca, aunque
lo hubiese hecho en los últimos meses del año. El gestor le prometió mirar
todas las posibilidades, pero ella ya estaba preocupada. Pensó que sería
gracioso tener que pedir un préstamo para poder pagar a Hacienda… si a ella le
hiciese gracia alguna, claro.
Su amiga Isabel ya se lo
había advertido, aquella siempre estaba al tanto de estas cosas, que para eso
había estudiado derecho mercantil. Pero se había olvidado entre tantos problemas que le estaban sobreviniendo. Y por qué no reconocerlo, se sentía deprimida y no
estaba para las cosas cotidianas como debería... La tarde anterior, cuando salía
de la gestoría, se había encontrado con una conocida que le preguntó a dónde
iban a ir de vacaciones y le habló de los diversos cruceros por las islas
griegas que estaban estudiando con urgencia, antes de que se acabasen las
plazas. Ella recordó su experiencia en barco con mar revuelta y le sonrió a duras
penas antes de marcharse. No había pensado para nada en las vacaciones. Era
algo inasumible así que no iba a preocuparse por el tema ese año. Ni el que
viene –pensó-. Irían a la playa con bocadillos y no podrían quejarse, viendo
las noticias que aparecían cada día y cuánta gente no podría hacer ni eso.
Adriano tenía ganas de volver a subir a los lagos, le había dicho durante la
cena, cuando ella le habló del encuentro que había tenido. Que solo sería una
noche de camping, -añadió-. Ella le había mirado incrédula, pensando que él no se centraba en la realidad de la situación. En ese momento su cuñada anunció que se
iría a la Riviera Maya con los de su curso y Joanna ya no se pudo callar:
– ¡Susana, han
desaparecido un gran número de personas en Méjico en los últimos días! Y además,
deberías cuidar los gastos. Piensa que ese dinero puede hacerte falta si
nosotros no podemos seguir pagándote los estudios…
Susana la había mirado de
mala manera:
–No haces más que poner problemas a todo lo
que hago ¡Deja de controlarme!
Adriano la había frenado
con un gesto disimulado con la cabeza y ella no contestó. Pero pensaba hablarlo
con la muchacha a la primera ocasión.
Joanna acabó el
cigarrillo y dijo en voz alta:
– ¡Monto un circo y me
crecen los enanos!
Intentaba tomarlo con
humor, pero tenía ganas de llorar. A ella también le apetecía irse lejos y
desconectar de todos aquellos problemas. Calzarse unas zapatillas y recorrer
lugares nuevos a la aventura, comer platos desconocidos en restaurantes
diferentes, cada uno con su estilo. Y caminar y conversar con la gente y que le
explicasen cosas de la zona o del país. ¿Pensaban acaso que a ella no le
gustaría hacer vacaciones? Nunca antes las había necesitado tanto y sin embargo
se sentía capaz de resignarse a que sus días siguieran siendo igual de
monótonos en la ciudad. ¿Por qué le costaba tanto aceptarlo a su familia?
Abrió las ventanas de
toda la casa y encontró la habitación de Susana especialmente revuelta. Poco
habían durado las buenas intenciones de su cuñada. En la descalzadora estaba su
mochila. La llamó al móvil y no encontró respuesta. ¡Como siempre! -pensó. Abrió
la mochila pero no había libros, ni la cartera ni la bolsa de bolígrafos. Por
algún motivo ese día había prescindido de la mochila y habría metido parte del
contenido en su bolso. En el fondo encontró un par de bocadillos envueltos y le
pareció extraño. Los abrió y los volvió a cerrar rápidamente, estaban verdes y
ennegrecidos de moho. Los dejó en el mismo sitio y se prometió tener una buena
conversación con la muchacha. Susana estaba llegando al límite con su dejadez.
Joanna se lavó las manos y después la cara. Estaba bastante harta de la
situación y decidió que no seguiría recogiendo todo lo que su cuñada dejaba
tirado de cualquier manera. Ya era mayor para empezar a ser responsable –se dijo.
Cerró la puerta de la
habitación y continuó con el resto de la casa. Después se sentó delante de la
pantalla del ordenador y empezó a buscar información. Otras personas habían
capitalizado como ella y habían escrito sobre lo que habían tenido que pagar. Muchos
se referían a los planes de pensiones, era una vergüenza –decían- la cantidad
que se llevaba el gobierno en impuestos, una vez que empezaban a cobrar el
capital invertido. Susana se dijo –ese problema no lo tendré yo–. Sonó el
teléfono y reconoció el número de una de sus amigas, lo dejó sonar sin cogerlo.
Con el paquete de tabaco en la mano salió a fumar a la pequeña terraza. Se
había tomado los relajantes bien temprano y una aspirina, además, para el dolor
de cabeza, pero aún así, la parte posterior le seguía doliendo. Joanna se
sentía muy desanimada, parecía que nada le salía bien y además aquel dolor no
cesaba. No le apetecía hablar con nadie, ni le apetecía ver a nadie tampoco.
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