11.6.20

Mírame a los ojos IX


El viento soplaba fuerte aquel día, habían pronosticado que el Levante traería fuertes lluvias y olas de grandes metros de altura. La noche anterior, Joanna había bajado las manivelas de los toldos, para evitar el golpeteo en las paredes de las habitaciones. Y había dormido algunas horas mientras se despertaba a ratos escuchando el sonido del agua contra las persianas. Después amaneció un día gris sin lluvia, pero el viento silbaba a través de cualquier resquicio abierto en las ventanas. Joanna miró al exterior mientras se ajustaba una chaqueta sobre el fino pijama. No se encontraba bien y el viento, además, le producía dolor de cabeza. En la calle mojada, los escasos transeúntes aligeraban el paso en lo posible en aquella mañana desapacible.

Tomó un buen desayuno después de ordenar la casa. Y como no se había quitado el pijama, tras fregar las tazas del fregadero, volvió a meterse en la cama con el ordenador portátil. Aquella mañana no había fumado aún e intentaba luchar contra la tentación cambiando el pensamiento cada vez que su mente le solicitaba su dosis de nicotina. La visita a Valdés, el fin de semana anterior, había sido deprimente en todos los sentidos. La alegría artificial con la que actuaba su hija no lograba engañar al enfermo y éste era muy consciente de que estaba en el umbral de sus días. Siempre había sido un hombre muy inteligente e intuitivo, hábil en los negocios pero generoso a la vez. Se había retirado a tiempo para no dejar deudas pendientes y al fin, como dijo en su momento, él ya tenía edad para estar jubilado hacía unos cuantos años.   

Le había preguntado por su situación y Joanna le había contado las circunstancias por las que había tenido que abandonar el pequeño taller de cajas decoradas. Él sabía algo, se notaba y Adriano tras tomar un sorbo de la taza de café, un poco a regañadientes pues no quería ahondar en el tema con Joanna, le había pedido que lo contase. Valdés se había dado cuenta que ella estaba bastante más delgada que el año anterior y que había perdido alegría en la expresión de sus ojos. Dudaba, pero finalmente les habló de la visita de las antiguas socias de Joanna y de la versión que aquellas iban pregonando acerca de ella y su salida del negocio. No les iba bien, con la crisis apenas tenían pedidos y muchos de los antiguos clientes habían tenido que cerrar sus propias empresas. Habían contratado un comercial, que aguantó poco tiempo al no obtener resultados ni comisiones. El mercado estaba muy difícil y el producto podía considerarse un lujo prescindible a su entender, pero aquellas echaban la culpa a su antigua socia que las había dejado en la estacada.

Joanna se había quedado silenciosa al principio y después había dicho:

–No sé por qué me asombra tanta maldad, después de lo que me hicieron. Será tal vez porque no entiendo la necesidad de actuar así y nunca las conocí realmente en tantos años… Supongo que aún les duele haber tenido que pagar la parte que me correspondía y que por alguna razón absurda que desconozco, estaban esperando que me fuese con las manos vacías… Lo de ahora era de esperar, pues en ocasiones me decían que el tiempo que yo dedicaba a visitar a clientes y proveedores era innecesario, ya que los pedidos llegaban puntualmente cada mes. Ese era el nivel de mis socias y no parece que hayan mejorado en este tiempo…

Valdés la había tranquilizado, él la conocía suficientemente para saber que aquellas mentían y si algún día volvía a embarcarse en algo nuevo, no debía tener reparos en visitar a antiguos clientes. Joanna se lo agradeció aunque le dijo que tal como estaban las cosas, era muy difícil que ella quisiera arriesgarse en negocio alguno, que por el momento esperaría. Él le dio la razón, había tenido que cerrar su propia empresa, que había heredado de su padre. Lo dijo con tristeza, pero añadió un tanto satisfecho que su hija, por suerte, vivía de su profesión y tenía su propia familia para apoyarla. Ella le había cogido una mano y se la apretaba tranquilizadora. El viejo comerciante, aseguró que se íba tranquilo pues había sabido retirarse a tiempo, se moriría sin deudas y dejando un buen patrimonio. Su hija y ellos bebieron de sus tazas en silencio por un instante.

El viento seguía soplando con fuerza al otro lado de las ventanas, mientras Joanna rememoraba con tristeza aquella tarde. No creía que volviese a verlo vivo. Aquella era una enfermedad injusta –pensó- aunque todas las enfermedades que cuestan vidas lo son, al fin y al cabo. Para ella era otra pérdida más que no esperaba. Le dolía que el hombre no hubiese podido disfrutar de un retiro más que merecido, viajar como siempre deseó y compartir tiempo con sus nietos. Se dijo que los humanos no deberíamos aplazar los deseos hasta un futuro incierto, si se podían cumplir en un presente real. Pensó en su futuro y no vio nada, pensó en sus propios deseos y tampoco encontró nada.

La pantalla se había apagado, así que movió el ratón y escribió en la barra de búsqueda. La página web de su antigua empresa, de cajas y artículos decorados, no se había actualizado desde que ella hizo la última modificación. Grave error. Buscó las páginas de los proveedores y clientes en cartera y tal como le había contado Valdés, muchos habían cerrado. Se dio cuenta del favor que le habían hecho sus socias sin ser conscientes de ello, pues en los meses que habían pasado, el valor del tercio de aquella empresa habría sido una décima parte de lo que recibió. Ella había podido liquidar lo que quedaba de la hipoteca de la casa y de la financiación del coche. Se habían quedado apenas con lo justo para un acontecimiento extremo, pero no tenía deudas que cubrir mensualmente, cosa que en las actuales circunstancias hubiese sido muy difícil. Recordó las palabras de Valdés y respiró profundamente. Y se sintió tranquila consigo misma, no lo había hecho tan mal.

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