El viento soplaba fuerte
aquel día, habían pronosticado que el Levante traería fuertes lluvias y olas de
grandes metros de altura. La noche anterior, Joanna había bajado las manivelas
de los toldos, para evitar el golpeteo en las paredes de las habitaciones. Y
había dormido algunas horas mientras se despertaba a ratos escuchando el sonido
del agua contra las persianas. Después amaneció un día gris sin lluvia, pero el
viento silbaba a través de cualquier resquicio abierto en las ventanas. Joanna
miró al exterior mientras se ajustaba una chaqueta sobre el fino pijama. No se
encontraba bien y el viento, además, le producía dolor de cabeza. En la calle
mojada, los escasos transeúntes aligeraban el paso en lo posible en aquella
mañana desapacible.
Tomó un buen desayuno
después de ordenar la casa. Y como no se había quitado el pijama, tras fregar
las tazas del fregadero, volvió a meterse en la cama con el ordenador portátil.
Aquella mañana no había fumado aún e intentaba luchar contra la
tentación cambiando el pensamiento cada vez que su mente le solicitaba su dosis de nicotina. La
visita a Valdés, el fin de semana anterior, había sido deprimente en todos los
sentidos. La alegría artificial con la que actuaba su hija no lograba engañar
al enfermo y éste era muy consciente de que estaba en el umbral de sus días. Siempre
había sido un hombre muy inteligente e intuitivo, hábil en los negocios pero
generoso a la vez. Se había retirado a tiempo para no dejar deudas pendientes y
al fin, como dijo en su momento, él ya tenía edad para estar jubilado hacía
unos cuantos años.
Le había preguntado por
su situación y Joanna le había contado las circunstancias por las que había
tenido que abandonar el pequeño taller de cajas decoradas. Él sabía algo, se
notaba y Adriano tras tomar un sorbo de la taza de café, un poco a
regañadientes pues no quería ahondar en el tema con Joanna, le había pedido que
lo contase. Valdés se había dado cuenta que ella estaba bastante más delgada
que el año anterior y que había perdido alegría en la expresión de sus ojos.
Dudaba, pero finalmente les habló de la visita de las antiguas socias de Joanna
y de la versión que aquellas iban pregonando acerca de ella y su salida del
negocio. No les iba bien, con la crisis apenas tenían pedidos y muchos de los antiguos
clientes habían tenido que cerrar sus propias empresas. Habían contratado un comercial,
que aguantó poco tiempo al no obtener resultados ni comisiones. El mercado
estaba muy difícil y el producto podía considerarse un lujo prescindible a su
entender, pero aquellas echaban la culpa a su antigua socia que las había
dejado en la estacada.
Joanna se había quedado
silenciosa al principio y después había dicho:
–No sé por qué me asombra
tanta maldad, después de lo que me hicieron. Será tal vez porque no entiendo la
necesidad de actuar así y nunca las conocí realmente en tantos años… Supongo
que aún les duele haber tenido que pagar la parte que me correspondía y que por alguna
razón absurda que desconozco, estaban esperando que me fuese con las manos vacías… Lo de ahora era
de esperar, pues en ocasiones me decían que el tiempo que yo dedicaba a visitar
a clientes y proveedores era innecesario, ya que los pedidos llegaban
puntualmente cada mes. Ese era el nivel de mis socias y no parece que hayan
mejorado en este tiempo…
Valdés la había
tranquilizado, él la conocía suficientemente para saber que aquellas mentían y
si algún día volvía a embarcarse en algo nuevo, no debía tener reparos en
visitar a antiguos clientes. Joanna se lo agradeció aunque le dijo que tal como
estaban las cosas, era muy difícil que ella quisiera arriesgarse en negocio
alguno, que por el momento esperaría. Él le dio la razón, había tenido que cerrar su propia
empresa, que había heredado de su padre. Lo dijo con tristeza, pero añadió un
tanto satisfecho que su hija, por suerte, vivía de su profesión y tenía su propia
familia para apoyarla. Ella le había cogido una mano y se la apretaba
tranquilizadora. El viejo comerciante, aseguró que se íba tranquilo pues había
sabido retirarse a tiempo, se moriría sin deudas y dejando un buen patrimonio. Su
hija y ellos bebieron de sus tazas en silencio por un instante.
El viento seguía soplando con fuerza al otro lado de las ventanas, mientras Joanna rememoraba con
tristeza aquella tarde. No creía que volviese a verlo vivo. Aquella era una enfermedad
injusta –pensó- aunque todas las enfermedades que cuestan vidas lo son, al fin y al cabo. Para ella era otra pérdida
más que no esperaba. Le dolía que el hombre no hubiese podido disfrutar de un retiro
más que merecido, viajar como siempre deseó y compartir tiempo con sus nietos. Se
dijo que los humanos no deberíamos aplazar los deseos hasta un futuro incierto,
si se podían cumplir en un presente real. Pensó en su futuro y no vio nada,
pensó en sus propios deseos y tampoco encontró nada.
La pantalla se había
apagado, así que movió el ratón y escribió en la barra de búsqueda. La página
web de su antigua empresa, de cajas y artículos decorados, no se había
actualizado desde que ella hizo la última modificación. Grave error. Buscó las
páginas de los proveedores y clientes en cartera y tal como le había contado
Valdés, muchos habían cerrado. Se dio cuenta del favor que le habían hecho sus
socias sin ser conscientes de ello, pues en los meses que habían pasado, el
valor del tercio de aquella empresa habría sido una décima parte de lo que
recibió. Ella había podido liquidar lo que quedaba de la hipoteca de la casa y de la financiación del
coche. Se habían quedado apenas con lo justo para un acontecimiento extremo, pero no tenía deudas que cubrir mensualmente,
cosa que en las actuales circunstancias hubiese sido muy difícil. Recordó las
palabras de Valdés y respiró profundamente. Y se sintió tranquila consigo
misma, no lo había hecho tan mal.
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