12.6.20

Mírame a los ojos X


 El dolor en la parte de atrás de la cabeza era insoportable cuando se levantó esa mañana. Le irradiaba hacia el oído y la mandíbula, y también le producía náuseas. Se tomó un calmante y el relajante diario y se volvió a la cama a esperar que le hiciesen efecto. Dos horas después el sonido estridente del teléfono la despertó:

– ¡Buenos días! ¿Susana?

– Es mi cuñada ¿Por qué tema es?

– Le llamo desde secretaría de… por las tutorías ¿Puedo hablar con ella?

– En este momento debe estar en clase, puedo mirar su horario e indicarle el aula si lo necesita…

– Lo tengo todo aquí, gracias. El problema es que no está y llevamos varios días intentando localizarla en su móvil pero no contesta las llamadas. Se ha saltado varias tutorías y el profesor quiere hablar con ella.

– Bien, pero ella debe estar en su clase. Claro que con tantos alumnos…

– No, no. Disculpe. Llevamos toda la semana intentando contactarla y sus compañeros dicen no saber nada de ella. No la han visto en las clases desde hace días. Tal vez esté enferma o está trabajando… ¿usted podría pasarle el aviso para que nos llame?

Cuando colgó, Joanna se levantó y fue a la habitación de Susana. Levantó la persiana y encontró el desorden acostumbrado pero su cuñada no estaba allí. La llamó por teléfono pero no recibió respuesta. Se había llevado su mochila como siempre… ¿entonces? Le envió un mensaje: “Llámame, urgencia”. Esperó y después de mirar en su agenda, marcó el número de uno de sus compañeros: ­­–¡Hace días que no la veo, lo siento!–. Joanna no se podía creer lo que estaba pasando, desde luego aquella muchacha iba a acabar con su paciencia. El dolor opresivo en su cabeza había cedido bastante, pero las náuseas seguían. Tomó un poco de pan y una manzanilla para calmar el estómago, mientras se ventilaban las habitaciones. Había terminado de hacer las camas cuando llamó Susana.

–Susana ¿dónde estás?

–Acabo de salir de una clase ¿qué ha pasado?

– Susana, eso no es cierto. Acaban de decirme que hace días que no apareces por allí… ¿Puedes venir a casa y lo hablamos?

No le respondió y cortó la llamada. Joanna estaba cada vez más indignada con la muchacha. Les había costado un esfuerzo extra pagarle los créditos de ese trimestre y al menos esperaba un poco de consideración hacia ellos y que aprovechase la oportunidades que le estaban dando. Envió un mensaje a Adriano y éste la llamó un poco después. No sabía nada y aquella mañana la había dejado en la estación del tren como cada día. Le pidió que le enviara un aviso si su hermana volvía a casa. A mediodía Joanna le envió un mensaje “Ya está aquí”. Susana había llegado enfadada y echándole en cara que se metiese en sus cosas ¿Con qué derecho había llamado a sus amigos? Ella no era nadie para meterse en su vida, no era su madre ni su hermana. Discutieron. Joanna la retó a explicar lo que había estado haciendo durante esos días.
–Si te sientes con tantos derechos y cero obligaciones, no tendrías que ocultar lo que estás haciendo ¿verdad?–. Le habló calmada, dispuesta a no moverse de allí hasta que la muchacha se explicase.

– Estaba en casa de Isra. No teníamos clase en las dos primeras horas y…

– Susana, di la verdad. Llevas tiempo sin ir a ninguna clase y te has saltado todas las tutorías de este trimestre. ¿Todos los días vas a casa de Isra?

A regañadientes reconoció que no seguía el curso. Isra la esperaba cada día y se iban a dar vueltas por la ciudad y en ocasiones a casa del muchacho. Le decían a su madre que no tenían clases y pasaban allí el día. Dormían hasta media mañana y comían allí con ella y el otro hermano más mayor. Sí, tenía un pijama allí y zapatillas. También le habían regalado ropa y tenía su propio armario.

– ¡Y muñecos de tela y corazones! ¡Al menos esos no puedes romperlos!

Joanna estaba tan asombrada que no articuló palabra hasta unos minutos después…

– ¿Desde cuándo llevas esta doble vida?

– Un año puede ser… antes del verano pasado.

– ¡No te entiendo, de verdad que no te entiendo!– Se oyó la puerta de la casa al abrirse y al momento entró Adriano en la sala.

Joanna suspiró, porque al fin no estaba sola lidiando con aquella muchacha a la que había cuidado como a una hija y que ahora actuaba como si ella hubiese sido la madrastra malvada del cuento. Adriano estuvo hablando con su hermana y al fin ella admitió que no había hecho bien. Le prometió que volvería a sus estudios y que recuperaría el tiempo desperdiciado. Su hermano le dijo que si no lo hacía, debería buscarse un trabajo ya que ellos no iban a mantenerla por más tiempo. Su única obligación hasta entonces –le dijo- había sido estudiar y le parecía una deslealtad que los hubiese engañado de aquella manera. Más aún sabiendo en la situación económica en la que se encontraban. Susana puso mala cara por un instante, aunque le prometió que lo iba a cumplir.

Adriano se volvió a marchar diciendo que volvería tarde. Susana llamó a la facultad y después a varios compañeros mientras Joanna hacía la comida. No hablaron casi. Más tarde empezaron a llegar correos a la pantalla del ordenador y la impresora comenzó a arrojar apuntes durante unas horas. Joanna acabó vomitando la comida y se echó en la cama, esperaba dormir un poco pero su mente estuvo ocupada intentando recordar los cambios o detalles, que no había percibido hacía un año. Demasiados problemas al mismo tiempo –pensó.


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