El dolor en la parte de
atrás de la cabeza era insoportable cuando se levantó esa mañana. Le irradiaba
hacia el oído y la mandíbula, y también le producía náuseas. Se tomó un
calmante y el relajante diario y se volvió a la cama a esperar que le hiciesen
efecto. Dos horas después el sonido estridente del teléfono la despertó:
– ¡Buenos días! ¿Susana?
– Es mi cuñada ¿Por qué
tema es?
– Le llamo desde
secretaría de… por las tutorías ¿Puedo hablar con ella?
– En este momento debe estar
en clase, puedo mirar su horario e indicarle el aula si lo necesita…
– Lo tengo todo aquí,
gracias. El problema es que no está y llevamos varios días intentando
localizarla en su móvil pero no contesta las llamadas. Se ha saltado varias
tutorías y el profesor quiere hablar con ella.
– Bien, pero ella debe
estar en su clase. Claro que con tantos alumnos…
– No, no. Disculpe. Llevamos toda
la semana intentando contactarla y sus compañeros dicen no saber nada de ella. No la han visto en las clases desde hace días. Tal vez esté enferma o está trabajando… ¿usted podría pasarle el aviso para que nos llame?
Cuando colgó, Joanna se
levantó y fue a la habitación de Susana. Levantó la persiana y encontró el
desorden acostumbrado pero su cuñada no estaba allí. La llamó por teléfono pero
no recibió respuesta. Se había llevado su mochila como siempre… ¿entonces? Le
envió un mensaje: “Llámame, urgencia”. Esperó y después de mirar en su agenda,
marcó el número de uno de sus compañeros: –¡Hace días que no la veo, lo
siento!–. Joanna no se podía creer lo que estaba pasando, desde luego aquella
muchacha iba a acabar con su paciencia. El dolor opresivo en su cabeza había
cedido bastante, pero las náuseas seguían. Tomó un poco de pan y una manzanilla
para calmar el estómago, mientras se ventilaban las habitaciones. Había terminado
de hacer las camas cuando llamó Susana.
–Susana ¿dónde estás?
–Acabo de salir de una clase
¿qué ha pasado?
– Susana, eso no es
cierto. Acaban de decirme que hace días que no apareces por allí… ¿Puedes venir
a casa y lo hablamos?
No le respondió y cortó
la llamada. Joanna estaba cada vez más indignada con la muchacha. Les había
costado un esfuerzo extra pagarle los créditos de ese trimestre y al menos esperaba
un poco de consideración hacia ellos y que aprovechase la oportunidades que le
estaban dando. Envió un mensaje a Adriano y éste la llamó un poco después. No
sabía nada y aquella mañana la había dejado en la estación del tren como cada
día. Le pidió que le enviara un aviso si su hermana volvía a casa. A mediodía
Joanna le envió un mensaje “Ya está aquí”. Susana había llegado enfadada y echándole
en cara que se metiese en sus cosas ¿Con qué derecho había llamado a sus amigos?
Ella no era nadie para meterse en su vida, no era su madre ni su hermana. Discutieron.
Joanna la retó a explicar lo que había estado haciendo durante esos días.
–Si te sientes con tantos
derechos y cero obligaciones, no tendrías que ocultar lo que estás haciendo
¿verdad?–. Le habló calmada, dispuesta a no moverse de allí hasta que la
muchacha se explicase.
– Estaba en casa de Isra.
No teníamos clase en las dos primeras horas y…
– Susana, di la verdad.
Llevas tiempo sin ir a ninguna clase y te has saltado todas las tutorías de
este trimestre. ¿Todos los días vas a casa de Isra?
A regañadientes reconoció
que no seguía el curso. Isra la esperaba cada día y se iban a dar vueltas por
la ciudad y en ocasiones a casa del muchacho. Le decían a su madre que no
tenían clases y pasaban allí el día. Dormían hasta media mañana y comían allí
con ella y el otro hermano más mayor. Sí, tenía un pijama allí y zapatillas.
También le habían regalado ropa y tenía su propio armario.
– ¡Y muñecos de tela y
corazones! ¡Al menos esos no puedes romperlos!
Joanna estaba tan
asombrada que no articuló palabra hasta unos minutos después…
– ¿Desde cuándo llevas
esta doble vida?
– Un año puede ser… antes del verano pasado.
– ¡No te entiendo, de verdad
que no te entiendo!– Se oyó la puerta de la casa al abrirse y al momento entró
Adriano en la sala.
Joanna suspiró, porque al
fin no estaba sola lidiando con aquella muchacha a la que había cuidado como a
una hija y que ahora actuaba como si ella hubiese sido la madrastra malvada del
cuento. Adriano estuvo hablando con su hermana y al fin ella admitió que no
había hecho bien. Le prometió que volvería a sus estudios y que recuperaría el
tiempo desperdiciado. Su hermano le dijo que si no lo hacía, debería buscarse
un trabajo ya que ellos no iban a mantenerla por más tiempo. Su única
obligación hasta entonces –le dijo- había sido estudiar y le parecía una
deslealtad que los hubiese engañado de aquella manera. Más aún sabiendo en la
situación económica en la que se encontraban. Susana puso mala cara por un
instante, aunque le prometió que lo iba a cumplir.
Adriano se volvió a
marchar diciendo que volvería tarde. Susana llamó a la facultad y después a varios
compañeros mientras Joanna hacía la comida. No hablaron casi. Más tarde
empezaron a llegar correos a la pantalla del ordenador y la impresora comenzó a
arrojar apuntes durante unas horas. Joanna acabó vomitando la comida y se echó
en la cama, esperaba dormir un poco pero su mente estuvo ocupada intentando
recordar los cambios o detalles, que no había percibido hacía un año. Demasiados
problemas al mismo tiempo –pensó.

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