–¡Veintisiete euros con sesenta
por treinta meses... Bienvenida al mundo real, Joanna!– Se dijo para sí misma.
Y pensó que seguramente aún tenían más suerte que otros. Miró la larga cola de
gente esperando para financiar sus compras y no pudo reprimir un suspiro de
tristeza. Las noticias diarias eran deprimentes, cada vez se iban a complicar más
las cosas y la verdad, ella no confiaba en los que dirigían el país.
–¡A río revuelto,
ganancia de pescadores!
–¿Cómo dices?
–Nada, cosas mías ¿Has
acabado con el papeleo?
Había llevado unos
bocadillos para el mediodía y tras salir de la zona comercial, bajaron
caminando por la larga avenida en dirección al mar. Los turistas ocupaban las
plazas y las calles, arriesgando, muchos de ello, la piel descubierta de sus
brazos blanquinosos a la temperatura, aún fresca, de aquel final de abril. Se
sentaron a descansar después de recorrer los puestos de anticuarios junto al
puerto. A Joanna no le inspiraba mucho aquellos montones de chismes viejos,
pensaba que estaban allí porque sus dueños ya no les daban valor... o tal vez
necesitan el dinero -reflexionó en ese momento.
Era un día de sol
espléndido, las gaviotas ocupaban el lugar y en ocasiones se acercaban
demasiado a la gente, después de robar las migajas a las palomas. Los turistas
enfilaban distraídos el largo puente de madera, que llevaba al centro comercial
situado al final del muelle y cuando llegaban a las puertas, se detenían para
ver su reflejo en los espejos del ala que sobresalía del techo del edificio. Todos
miraban hacia arriba y se movían buscándose o haciendo fotos.
Adriano estaba muy
callado, parecía distraído con el entorno. Joanna encendió un cigarrillo
después de ponerse las gafas de sol y siguió observando a los paseantes.
–Deberíamos hablar de tu
hermana...
A Adriano le cambió el
semblante.
–¡No puedes dejar el tema
aunque sea un día!
–¡No puedo porque nunca
quieres hablar de ello y yo no paro de preocuparme. Estoy asustada por ella!
–¡Ya es mayor, deja que
haga su vida!
Se levantó y empezó a
caminar por el paseo de cemento donde antiguamente descargaban la madera y el
carbón. Se alejaba, pero ella no lo siguió. No tenía ganas de moverse y el
tabaco parecía que no le estaba sentando bien. Se sintió mareada con el
estómago revuelto, sin fuerzas. Abrió la botella de agua y dio unos sorbos. La
verdad es que no había cenado y aquella mañana le había bastado con un café con
leche escaso. No tenía hambre últimamente y a todo lo que comía le encontraba
mal sabor. Había días que a mediodía masticaba un puñado de frutos secos y no
necesitaba más. Nadie la veía y no tenía que dar explicaciones.
Adriano regresó enfadado:
–¿Qué haces aún sentada?
Pero la cara demacrada de
Joanna le hizo sentarse a su lado y con los documentos que llevaba en el
bolsillo, empezó a hacerle aire en el rostro. Recordó entonces que su mujer
había ido, el día anterior, a recoger el resultado de la prueba que le hicieron
en el hospital.
–¿Que te dijo el médico
ayer?
Ella negó con la cabeza:
-No tengo nada- musitó. Él la miró incrédulo y miró las colillas en el suelo.
–¡Deberías dejar de
fumar, comer más y pensar menos. Te preocupas demasiado y nos agobias a los
demás. La vida es lo que es.
–¡Gracias! Con gente como
tú, aún seguiríamos arrastrando las piedras. Me preocupo porque alguien tiene
que hacerlo... ¿Recuerdas a Valdés, aquel proveedor que tuvo que cerrar el año
pasado?
–¡Claro! ¿Pero a qué
vienes con él ahora...?
– Esta mañana he recibido
un mensaje de su hija. Tiene cáncer. Quiero ir a despedirme antes de... ¿Podemos
ir esta tarde?
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