10.6.20

Mírame a los ojos VIII


–¡Veintisiete euros con sesenta por treinta meses... Bienvenida al mundo real, Joanna!– Se dijo para sí misma. Y pensó que seguramente aún tenían más suerte que otros. Miró la larga cola de gente esperando para financiar sus compras y no pudo reprimir un suspiro de tristeza. Las noticias diarias eran deprimentes, cada vez se iban a complicar más las cosas y la verdad, ella no confiaba en los que dirigían el país. 
 
–¡A río revuelto, ganancia de pescadores!
 
–¿Cómo dices?

–Nada, cosas mías ¿Has acabado con el papeleo?

Había llevado unos bocadillos para el mediodía y tras salir de la zona comercial, bajaron caminando por la larga avenida en dirección al mar. Los turistas ocupaban las plazas y las calles, arriesgando, muchos de ello, la piel descubierta de sus brazos blanquinosos a la temperatura, aún fresca, de aquel final de abril. Se sentaron a descansar después de recorrer los puestos de anticuarios junto al puerto. A Joanna no le inspiraba mucho aquellos montones de chismes viejos, pensaba que estaban allí porque sus dueños ya no les daban valor... o tal vez necesitan el dinero -reflexionó en ese momento. 

Era un día de sol espléndido, las gaviotas ocupaban el lugar y en ocasiones se acercaban demasiado a la gente, después de robar las migajas a las palomas. Los turistas enfilaban distraídos el largo puente de madera, que llevaba al centro comercial situado al final del muelle y cuando llegaban a las puertas, se detenían para ver su reflejo en los espejos del ala que sobresalía del techo del edificio. Todos miraban hacia arriba y se movían buscándose o haciendo fotos. 

Adriano estaba muy callado, parecía distraído con el entorno. Joanna encendió un cigarrillo después de ponerse las gafas de sol y siguió observando a los paseantes.

–Deberíamos hablar de tu hermana...

A Adriano le cambió el semblante. 

–¡No puedes dejar el tema aunque sea un día!

–¡No puedo porque nunca quieres hablar de ello y yo no paro de preocuparme. Estoy asustada por ella!

–¡Ya es mayor, deja que haga su vida!

Se levantó y empezó a caminar por el paseo de cemento donde antiguamente descargaban la madera y el carbón. Se alejaba, pero ella no lo siguió. No tenía ganas de moverse y el tabaco parecía que no le estaba sentando bien. Se sintió mareada con el estómago revuelto, sin fuerzas. Abrió la botella de agua y dio unos sorbos. La verdad es que no había cenado y aquella mañana le había bastado con un café con leche escaso. No tenía hambre últimamente y a todo lo que comía le encontraba mal sabor. Había días que a mediodía masticaba un puñado de frutos secos y no necesitaba más. Nadie la veía y no tenía que dar explicaciones. 

Adriano regresó enfadado:

–¿Qué haces aún sentada?

Pero la cara demacrada de Joanna le hizo sentarse a su lado y con los documentos que llevaba en el bolsillo, empezó a hacerle aire en el rostro. Recordó entonces que su mujer había ido, el día anterior, a recoger el resultado de la prueba que le hicieron en el hospital.

–¿Que te dijo el médico ayer? 

Ella negó con la cabeza: -No tengo nada- musitó. Él la miró incrédulo y miró las colillas en el suelo.

–¡Deberías dejar de fumar, comer más y pensar menos. Te preocupas demasiado y nos agobias a los demás. La vida es lo que es.

–¡Gracias! Con gente como tú, aún seguiríamos arrastrando las piedras. Me preocupo porque alguien tiene que hacerlo... ¿Recuerdas a Valdés, aquel proveedor que tuvo que cerrar el año pasado? 

–¡Claro! ¿Pero a qué vienes con él ahora...?

– Esta mañana he recibido un mensaje de su hija. Tiene cáncer. Quiero ir a despedirme antes de... ¿Podemos ir esta tarde?

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