Con Cris Norman de Smokie...
Y ahora ellos...
Se acaba el verano y con él las calores empalagosas, el deleite de saborear los apreciados helados, la comodidad de vestir pantalones informales y sandalias, los baños en la playa, el placer de tener la ropa seca en poco rato, las duchas contínuas, el rastro del reloj en la muñeca, el gazpacho frío, la horchata, la siesta a media película esperando que pase la calor...
Discernir la causa por la cual me hallo en esta situación no representa una tarea fácil, ni es tampoco un estudio al que quiera dedicar tiempo alguno, ya que por otro lado no siento que mi espíritu, en pleno descenso hacia el decaimiento, se vea en posesión del suficiente entusiasmo para tan encomiable esfuerzo. Mi mente en estos momentos es como un borrón, una suerte de maraña, una nebulosa que no me deja reaccionar y buscar a través del razonamiento lógico una idea, un principio de luz, un comienzo de ilusión al que agarrarme para salir de este pozo en el que me veo sumergido.
Este gato está como yo: aburrida, sin alicientes y esperando en la inopia a que aparezca algo nuevo y emocionante por ese horizonte limitado que me rodea. Ya no me apetece nada, pero nada, escribir relatos; "El Rincón de Sherezade" hace tiempo que se quedó bailando en la red para los restos y en este blog no me apetece seguir colgando cuentos mediocres y sin sentido.
El día en que a Ramón Rodríguez Robles le mordió el perro llamado “Cinco”, había hecho su entrada casi anunciando la desdicha. Lo primero que sintió Ramón Rodríguez cuando levantó las persianas fue el golpeteo de unas gruesas gotas como chorretones de manguera que azotaban los cristales de las ventanas. El hombre que vivía solo y era el colmo de la pulcritud, a causa de la llegada del buen tiempo, había decidido pasarse la tarde anterior fregando persianas y ventanas hasta dejarlas inmaculadas y al borde del desgaste, por el afán de pasar el trapo cincuenta veces más por encima del brillo más rutilante.
El rincón de Sherezade se ha quedado estancado. Tal vez los que estábamos nos hemos quedado sin imaginación para continuar escribiendo... No me gustaría que se quedase ahí olvidado y flotando a la deriva... Así que busco amigos que quieran compartir sus inquietudes literarias en ese espacio.
No estaba tan lejos como para no divisarlo, pero descender aquella calle cada día me resultaba más laborioso. A mis piernas y más en concreto a mis rodillas, parecía que les daba miedo perder aquella marcha lenta, acompasada y segura como si se fuesen a desencajar en cualquier momento. Azarías no podía presumir de tener las suyas en mejor estado que yo, muy al contrario, desde hacía unos días ya no sabía caminar sin aquella muleta que parecía una extensión de su persona. Conservaba aún aquella apostura de galán que le hacía parecer más alto de lo que ya era, el cuerpo y la cabeza erguidos a pesar de sus dificultades y una cierta coquetería en su arreglo personal.
Azarías se quedó un tanto pensativo, tal vez recordando alguna experiencia pasada que aún le rechinara en la memoria. Yo me quedé a la espera, respetando su silencio. El sol había llegado a lo más alto y desde unos minutos antes comenzaba a sentir demasiado calor en aquel banco de la calle. Me decidí a rebuscar el abanico en el bolso y el movimiento que hice para abrirlo pareció sacar a Azarías de sus ensoñaciones.
No obstante había entablado un conato de amistad con otro interno que llegó a la residencia unos días antes que él, el hombre estaba intentando recuperarse de una fuerte depresión post-estrés provocado por las excesivas responsabilidades que campeaba al frente de una sucursal bancaria con escaso personal y gran actividad. Éste preguntó a Luís el primer día:
El sueño huye y sin abrir los ojos comienzo a implicarme en la realidad, ya no soy la protagonista de un cuento fantástico e incorpóreo, ahora la rutina se impone y la voz de la mañana se hace presente instándome a comenzar un nuevo día. Me apetece, como siempre, contemplar las montañas bajo un cielo limpio y recién estrenado y primero uno y después otro, decido colocar mis pies en las zapatillas. Es difícil caminar en frío pero persevero en mi afán y poco a poco mis músculos responden mientras me dirijo a la cocina, recogiendo por el camino el pequeño paquete del que soy esclava sumisa.

Después del conflicto, el país volvió a la rutina de los días anteriores, la vida comenzó a transcurrir como el agua mansa y continua, tras los rápidos de un tormentoso río. En el hospital, no obstante, se palpaba un cierto nerviosismo soterrado entre el personal. En el departamento de urgencias se mantenían las dos líneas de entrada y los médicos y el personal de enfermería que asistían en ellas eran reconocidos fácilmente por las grandes ojeras y el cansancio que acumulaban sobre sus agachados hombros.
- ¡Puta mierda de país! ¡Doctora! ¿Está bien?
Jennifer aclaró mis dudas durante aquel largo vuelo hacia la libertad. Ella había sido la pareja de Solano en los dos últimos años y sabía que él había obtenido información confidencial a través de un herido que murió en la mesa de operaciones. Cómo había conseguido aquellas claves y porqué se vio envuelto en aquel conflicto es algo que jamás pudimos averiguar, sino es haciendo conjeturas acerca de una supuesta vida política encubierta. Tampoco pudimos hacer nada más con aquellas cifras del pequeño papel, las claves fueron cambiadas en las posteriores horas de su muerte.
Acabo de llegar a la ciudad y es como un gran monstruo en movimiento. Hace treinta y cinco años que huí de aquí y dejé de lado el contacto con la gente, me aparté de sus miserias, sus ruidos y sus gritos. He sido hasta hoy lo que vulgarmente se llamaría un ermitaño, he vivido completamente solo en mi montaña, en una casa que yo mismo me hice con piedras y con troncos de madera. Tal vez quieran saber porqué escogí esa vida y si he sido realmente feliz, pues no tienen nada que esperar porque no les hablaré de esa parte de mi existencia. Si están ahí es porque he pensado que pueden acompañarme en esta aventura que es volver a la ciudad. Es una temeridad por mi parte adentrarme en esta jungla de asfalto y creo que me irá bien que alguien sepa de mis andanzas.
estrafalarias y más cables colgando de las orejas que iban en una especie de patines muy aparatosos, esto es agotador: coches, autobuses, bicicletas, tranvías, motos… y la gente corriendo sin mirar. Me dejo arrastrar por la multitud hacia lo que parece un gran almacén pero…no, esto no es… ¿o sí? Me he sentado a tomar una taza de café en una de esas calles internas y después de media hora observando a mi alrededor he visto que los humanos tienen mucha prisa para llegar a ninguna parte ¿qué les impulsa a entrar y salir de estas tiendas acumulando bolsas y más bolsas? ¿Por qué está todo tan clasificado, rotulado y expuesto en lujosos escaparates? Veo que no son capaces de mirarse a las caras los unos a los otros, incluso, muchos de ellos se tapan los ojos con gafas oscuras. Y estos jóvenes que pasan caminando por mi lado los veo un tanto perdidos en los afanes que los motivan. He visto que llevan los pantalones caídos por debajo de la ropa interior, las camisetas cortadas, el cabello pintado y peinado en formas imposibles, otros van con la cabeza rapada, muestran tatuajes y aros por diversas partes del cuerpo y no pasan por delante de un escaparate sin mirarse detenidamente en el reflejo del cristal.