29.4.08

Querido Amor

Recuerdo el día que llegasteis a la ciudad huyendo de la desidia de aquel pequeño poblado en el que apenas había futuro tan siquiera para un pobre perro callejero, una mancha olvidada en algún punto del mapa que maltrataba a sus hijos con la dureza de una tierra mal repartida en manos de unos pocos. La ciudad era un sueño lleno de promesas para ti. Esperabas mucho de aquella oportunidad y comenzaste a trabajar duro aunque eras casi un niño.

¿Por qué pienso ahora en aquellos días tan lejanos? No sabría explicarlo. Tal vez porque la palabra ilusión me trae recuerdos de aquel tiempo. Cuando nos miramos la primera vez me cautivó tu sonrisa y la seguridad en ti mismo. Yo no era más que una niña de colegio que apenas había comenzado a jugar a ser mayor y me impresionó la fuerza de tu espíritu y tu férrea voluntad. ¿Recuerdas tú aquellos días? ... No, ya sé que no puedes siquiera intentarlo.

Me gustaba escuchar aquellas historias de tu niñez, eran tan diferentes de mis vivencias que me parecían relatos contados para entretener en tardes de lluvia: Aquel año en que debías comenzar un sexto de primaria y todos los alumnos de aquel curso hubisteis de repetir quinto porque nunca llegaron los libros necesarios; las veces que dejaste de asistir a las clases para ir con el rebaño que tu padre enfermo no podía cuidar; la vez en que se escapó aquel toro, traído para las fiestas, por las calles del pueblo y tuvo que acudir la guardia civil….

A mí me gustaba tocar tus manos: fuertes, grandes y endurecidas por el trabajo. Yo las acariciaba con respeto, venerando cada espacio de piel gruesa en la palmas, recorriendo con la yema de mis dedos los fuertes nudillos y sintiendo la ternura con la que acariciaban las mías, suaves y finas y tan diferentes a las tuyas. Un día pusiste un precioso anillo en uno de mis dedos ¿recuerdas, amor? ... No, ya sé que no puedes siquiera intentarlo.

En tu casa los muebles eran escasos, un armario para todos y algunas camas compartidas; en el comedor las sillas alrededor de la pequeña mesa y un aparador que tu madre mimaba con ceras y con el celo insistente con el que mantenía impecable vuestro pequeño espacio. Tu madre llegó a esta casa de la ciudad arrastrada por vosotros, sus cinco hijos y un marido casi derrotado, envejecida y enflaquecida por el trabajo y la necesidad, aunque en sus ojos brillaba la misma determinación que en los tuyos. Hace varios años que no sé de ella, la última vez me abrazó como si supiese que no nos veríamos más, yo la recuerdo como la valiente mujer que supo imponerse con tesón a todas las vicisitudes y a todo el dolor que la vida le trajo.

Pero hablábamos de la ilusión, la de aquellos días que recuerdo felices mientras nos abríamos a la vida de adultos y a las nuevas experiencias. Nuestro afán por estar juntos nos hacía soñar con el momento en que tendríamos nuestra propia casa y hacíamos planes y soñábamos despiertos. Yo preparaba un ajuar como las chicas de antes y tú trabajabas demasiadas horas lejos de mí. Ahora pienso que tal vez desperdiciamos las horas que podríamos haber tenido para estar juntos ¿tal vez tu también piensas así, querido? ... No, ya sé que no puedes siquiera intentarlo.

Aquel día fui a trabajar como cada día al taller, era poco más de media mañana cuando fue a buscarme mi padre. Su mentira no me convenció, era demasiado burda y él no sabe hablar sin verdad. Una angina de pecho fulminante y tu cuerpo descansando en aquel cajón metálico y frío del depósito del cementerio, tú parecías dormido pero no quisieron que te tocara. Las lágrimas casi no me dejaban verte y el espacio de tiempo, yo contigo y tú conmigo, se cortó de golpe cuando cerraron aquel cajón. Aquel momento no lo podrías recordar si pudieras, cariño, porque tu corazón ya no latía y el mío, en aquel escaso minuto en que pude mirarte por última vez, se rompió para siempre.

23.4.08

Sant Jordi 2008

Otro día de Sant Jordi con vosotr@s.
No podía faltar mi rosa dedicada
que me acompañais siempre
con vuestros comentarios.



Y aquí está Sant Jordi,
la princesa y
el dragón.... y la rosa.

...¿y el libro?


Pues el libro estará
tal vez en uno de esos
puestos de las Ramblas,
intentaré llegar y asomarme.
Como podeis ver no es nada fácil,
pero sí es emocionante
vivir esta fiesta
y escoger
un libro para regalar.


¡¡¡ F E L I Z D Í A !!!

2.4.08

El Ermitaño

Acabo de llegar a la ciudad y es como un gran monstruo en movimiento. Hace treinta y cinco años que huí de aquí y dejé de lado el contacto con la gente, me aparté de sus miserias, sus ruidos y sus gritos. He sido hasta hoy lo que vulgarmente se llamaría un ermitaño, he vivido completamente solo en mi montaña, en una casa que yo mismo me hice con piedras y con troncos de madera. Tal vez quieran saber porqué escogí esa vida y si he sido realmente feliz, pues no tienen nada que esperar porque no les hablaré de esa parte de mi existencia. Si están ahí es porque he pensado que pueden acompañarme en esta aventura que es volver a la ciudad. Es una temeridad por mi parte adentrarme en esta jungla de asfalto y creo que me irá bien que alguien sepa de mis andanzas.

Gracias a la ayuda del guarda forestal dispongo de una cantidad de dinero cada mes, es una pensión para pobres sin recursos. Pablo, el guarda, me entregó estos billetes y me dijo: -son ebros, ya te acostumbrarás-. Y aquí estoy, me han dejado en la Gran Avenida y no se parece en nada a lo que yo recordaba, hay demasiados coches y la gente parece que no los ven. Esta gente también es muy rara, creo que se han vuelto todos locos mientras he estado fuera. He intentado cruzar la calle por el paso de cebra y he tenido que saltar para que alguien en bicicleta no me arrollase, he visto una cara con una especie de antifaz en los ojos y cables colgando de las orejas, en la cabeza apuntaban una especie de montañas puntiagudas. A mi lado un hombre hablaba solo mientras se tocaba la oreja, gesticulaba y se reía, y lo peor es que los demás parecían no verlo; pero ¡Dios mío! si es que hay más gente así, por la calzada rayada veo venir a otros individuos que también hablan solos con la mano en la oreja. En fin, no puedo continuar andando, algo con forma de gusano gigante se mueve por encima de una isla de césped que hay en medio de la calzada…es un tranvía, no puedo decir si me gusta, tal vez sí, pues tiene un aspecto sumamente limpio.

He llegado a la acera, aunque antes he tenido que dejar pasar algunas figuras con ropas estrafalarias y más cables colgando de las orejas que iban en una especie de patines muy aparatosos, esto es agotador: coches, autobuses, bicicletas, tranvías, motos… y la gente corriendo sin mirar. Me dejo arrastrar por la multitud hacia lo que parece un gran almacén pero…no, esto no es… ¿o sí? Me he sentado a tomar una taza de café en una de esas calles internas y después de media hora observando a mi alrededor he visto que los humanos tienen mucha prisa para llegar a ninguna parte ¿qué les impulsa a entrar y salir de estas tiendas acumulando bolsas y más bolsas? ¿Por qué está todo tan clasificado, rotulado y expuesto en lujosos escaparates? Veo que no son capaces de mirarse a las caras los unos a los otros, incluso, muchos de ellos se tapan los ojos con gafas oscuras. Y estos jóvenes que pasan caminando por mi lado los veo un tanto perdidos en los afanes que los motivan. He visto que llevan los pantalones caídos por debajo de la ropa interior, las camisetas cortadas, el cabello pintado y peinado en formas imposibles, otros van con la cabeza rapada, muestran tatuajes y aros por diversas partes del cuerpo y no pasan por delante de un escaparate sin mirarse detenidamente en el reflejo del cristal.

He cumplido sesenta y cinco años y dicen que con mi edad no debo vivir solo, que he de reintegrarme de nuevo en la sociedad. ¿Creéis vosotros que yo pertenezco a este mundo ridículo y esperpéntico que me rodea? En este momento me envuelve más la soledad que en todos estos años pasados en la montaña. Veo a los hombres como prisioneros maniatados a un cúmulo de cadenas que ellos mismos se han creado. No voy a adentrarme más en la ciudad, no me hace falta ya para asegurar que esto no es para mí. Voy a volver a casa, allá el aire es limpio y libre. Tal vez Pablo quiera cederme una habitación en invierno donde pueda estar con mi perro….

31.3.08

30.3.08

11.3.08

El Reuma de las Vacas

Hace frío aquí arriba, el termómetro de mi mochila marca cinco grados y aunque el grueso anorak protege mi cuerpo, siento que las piernas piden más abrigo que el simple pantalón que las cubre. El sacrificio merece la pena, aún no ha salido el sol tras las montañas y el azul aparece roto a jirones en un malabarismo de blancos y anaranjados. Es una maravilla. Los apretados pinos conforman un enorme bosque en escalera, todas las montañas están llenas de ellos, guareciendo en lo más oculto la variada fauna conformada desde la pequeña y danzarina ardilla hasta el voluminoso jabalí que anida junto a las raíces de los árboles. Alguna vez, mientras contemplaba una de esas camas me sorprendió el repentino batir de alas de un gran águila, tan impresionante a la vista que no pude hacer otra cosa que quedarme embobado contemplando su elegante vuelo. Acostumbrado a sentir que estas aves habitan en escarpadas rocas alejadas de la vista de los humanos, me asombra que se hallen en montes tan bajos, pero bien está para el disfrute de los que osamos caminar entre este compendio de naturaleza.

Las encinas y algún que otro roble se entremezclan también con los pinos. El suelo se haya cubierto de romero, de espliego, tomillo y lentisco. Por el camino la tierra cruje bajo mis pies y el frío pero limpio aire de la mañana parece quemar mis pulmones acostumbrados al viciado aire de la ciudad. El sol aparece ya con sus primeros rayos hirientes, aclarando aún más el paisaje que baja por la falda de la montaña. A lo lejos, en una gran explanada del pequeño valle, se divisa la gran casona de los Segarra rodeada de un gran prado robado a la montaña. Está muy verde ese espacio y es normal aquí pues el grado de humedad es muy alto, por eso a las enormes vacas cuyo futuro será convertirse en carne tras su paso por algún matadero de la ciudad, no les falta nunca junto con el pienso, el apetecible pasto que tanto les gusta. Y ahora que estoy sintiendo el dolor en mis rodillas producido por el aire frío que me acompaña, no puedo por más que preguntarme si no sufren de reuma las vacas. Tanto frío y humedad no es bueno para nadie y ellas que parecen no inmutarse antes los cambios climáticos de la naturaleza, buscan, sin embargo, los pedazos soleados entre ese césped brillante. Pienso que su cuerpo gordo está abrigado por capas de grasa que las protegen, más sus patas, no tan gruesas, tal vez adolezcan en sus rodillas del inevitable dolor. Podría ser quizás que no dispongan en su corta vida del tiempo suficiente para desarrollar esta enfermedad de viejos tempranos, metidos a veces en oficios poco saludables en los que impera el movimiento mecánico y continuo.

En la nueva carretera que rodea el pequeño pueblo, allá en el valle, han desaparecido las luces de los escasos coches que marchaban hacia la ciudad. Ahora con los faros apagados son más y con el aumento de la velocidad se intuyen las prisas por salvar la inevitable caravana de todas las mañanas. Las persianas de las casas van desapareciendo y en su interior se adivinan las caras aún adormecidas, los movimientos lentos pero sin pausa, los velados gritos a los niños para que se den prisa y también imagino ese embriagador aroma a café recién hecho en las cocinas. No puedo evitar tragar saliva y añorar una buena y humeante taza de café con leche, una gran rebanada de pan redondo todavía caliente y algo del estupendo embutido de la comarca.

Voy a quedarme sin ver a las vacas que no han salido aún, deben tener la cabeza metida entre el forraje y el grano que almacenado en los silos les hace más práctica la vida a ellas y a sus cuidadores. Pero he avanzado mucho ya por el camino que baja de la montaña y ahora que estoy más cerca del pueblo encuentro cambiado el vestido de la vegetación, hay infinidad de chopos estirados en hileras y los bonitos y gruesos troncos de los plataneros hacen guardia a lo largo de la carretera y por encima de la estrecha riera que en paralelo baja recorriendo kilómetros con su escasa, aunque constante agua. Las cañas abundan a los costados de esa riera y de vez en cuando aparece algún campesino cortando brazadas de ellas que le servirán después para atar las tomateras de la temporada o para encauzar el crecimiento de alguna otra mata del huerto. A un lado encuentro la fuente risueña y cantarina de la que borbotea el agua que mana de la montaña, y las dos encinas que la acompañan suelen asistir como testigos quietos al movimiento de garrafas de plástico blanco que a menudo recogen su preciado don, aunque eso será más tarde quizás, cuando en este rincón haga más calor del que hace ahora. Los pájaros ya revolotean inquietos buscando el desayuno y entre las ramas de los árboles los chamarines entonan al unísono sus armoniosas y continuas voces protestonas. Es un pájaro éste, el chamarín, que me agrada sobremanera, inquieto, pequeño y del color de las hojas, pero con un canto que me hace sentirme acompañado. Las adelfas, las paredes cubiertas de buganvillas aún sin su roja flor, otras tapizadas con las ramas que acunan incipientes hojillas de parras vírgenes y algún majestuoso magnolio en un jardín, me anuncian sin dudarlo el dominio del hombre sobre la naturaleza. La tierra que pisaba se ha convertido en asfalto, el sol luce arriba y algún vecino me saluda. Respiro hondo antes de acabar por hoy este paseo matinal.

6.3.08

Viaje Nocturno

La película estaba durando más de lo normal y ella, por no levantarse, estaba encogida de frío desde hacía más de una hora. Al fin llegó el intermedio y Sandra volvió a activar el termostato de la calefacción central que había dejado de funcionar a las doce de la noche. Se colocó un anorak viejo y salió a la terraza pues con lo que duraban los comerciales le daba tiempo de sobras de fumarse un cigarro y volver a dentro sin prisas. Pero con los primeros pasos por el exterior sus pies pisaron algo blando y suave y no pudo evitar un estremecimiento de pánico, corrió hacia la ventana y le dio al interruptor. Un baño de luz iluminó una amplia y preciosa alfombra de colores vivos y ardientes que se iban difuminando hacia el centro en donde el tejido conformaba un águila negra con las alas blancas desplegadas. Sandra miró a su alrededor, más el lugar estaba desierto y no pareció que nadie hubiese podido llegar hasta la terraza de su ático. Se arrodilló sobre aquella alfombra para sentir en su mano aquel tacto aterciopelado, perfilando con su índice el contorno de la figura del águila que la tenía como hipnotizada; tanto que apenas notó aquella brisa que comenzó a acariciar sus mejillas y a alborotar su cabello.

El paquete de cigarrillos cayó de sus manos cuando intentó sostenerse agarrando el vacío, más su cuerpo quedó tendido por la fuerza con la que se elevó la alfombra. Ante aquella furia de vértigo contenido no le quedó más remedio que cerrar los ojos mientras sus manos pellizcaban con fuerza sus piernas y hasta su cara, buscando deshacer aquella pesadilla en la que seguramente había caído influenciada por el telefilme de televisión. De su boca apenas logró sacar más que un triste gemido cuando quiso emitir una petición de socorro, los nervios le habían bloqueado la voz y se encontró luchando consigo misma para incorporarse y lograr abrir los ojos sin hacer caso a los mensajes de su estómago que le informaba continuadamente del proceso de elevación al que seguía sometida. Se revolvió agarrando con las manos uno de los bordes de la alfombra y se arrastró lo suficiente para sacar la cabeza y poder observar el alejamiento de todo el compendio que conformaba la ciudad. De sus ojos brotaron lágrimas que no llegaron a cubrir su cara, simplemente arrastradas y diluidas por la fuerza con la que chocaron con el aire. Aquel viaje duró una media hora aunque para Sandra pasó como una larga eternidad; el final fue más lento y suave, y en el descenso se sintió hasta mecida y arrullada sobre aquella cuna sedosa y aterciopelada.

Las formas de los pequeños árboles y plantas tan conocidas le indicaron que había vuelto a su casa y que de nuevo descansaba sobre el suelo de su terraza. Pensó, incorporándose casi a tientas, que aquella broma solo podía ser obra de algún boludo capaz de haber creado aquel artefacto para volver loca a la población. No se lo pensó dos veces y muy decidida enrolló como pudo aquella maldita alfombra y después de lograr apoyarla encima de la baranda la dejó caer hacia la oscuridad. Aún temblorosa entró en el salón y se dejó caer en el sofá, en la televisión se repetían sin cesar diferentes publicitarios sobre música para móviles y no parecía que fuese a continuar aquella película de Alí-Babá y los cuarenta ladrones. Pero se equivocaba, la película seguía aunque no donde ella la dejó, en aquel momento el protagonista que viajaba en una alfombra mágica se veía arrojado hacia el suelo atravesando las ramas de un árbol entre las cuales se quedaba colgando la alfombra con un águila en su centro. Sandra apagó la televisión sin pensárselo dos veces y salió de nuevo, esta vez logró encender un cigarrillo y con los brazos apoyados en la baranda intentó vislumbrar el destino de la alfombra, no la distinguió, desde luego, pues aquella había planeado sin hacer ruido hasta otra terraza lejana y se hallaba ante la ventana de un joven que miraba las peripecias de Alí-Babá en la televisión mientras recogía de la superficie de la mesa de centro un paquete de tabaco…

3.3.08

El lunes de Consuelo

Y nunca mejor dicho
Gracias Consuelo ;)

26.2.08

Y el abuelo volvió...




La jovencita y el anciano se apearon uno tras otro y de pie en la acera siguieron con la vista las maniobras del automóvil que se alejaba en busca de un hueco donde estacionar. El abuelo observaba el entorno con avidez como queriendo rescatar los días pasados sin aquel paisaje. El aire transportaba el barullo de voces infantiles tan familiar en aquella hora del mediodía; un guardia urbano paseaba inquieto por el paso de viandantes que conducía a la puerta del colegio, esperaba mirando de soslayo a los padres, como buscando su complicidad ante la eminente estampida. El anciano disfrutaba aquellos momentos estorbando el paso de la gente que circulaba por la larga avenida:

-¡Si nos damos prisa y no hay mucha gente, todavía me dará tiempo de poner el caldo!- las dos mujeres tiraban de los carritos vacíos llevándolos casi en volandas.

Súbitamente una voz de reconocimiento y una palmada en la espalda del abuelo:

-¡Hombre, Luís! ¡Hacía ya unos pocos días que no te veía! ¿Has estado malo?

La nieta algo nerviosa esperaba expectante y buscaba con la mirada la figura de su madre que a lo lejos levantaba la palanca de freno y abría la puerta del coche. Rosa cerró deprisa y apresuró el paso entre las carreras de los niños que salían del colegio, su padre se despedía ya de aquel conocido y ella al llegar preguntó a su hija con la mirada. Irene movió la cabeza de un lado a otro con disimulo y enlazó su brazo con el de Luís -¡venga, abuelo, vamos a dar un paseo hasta la plaza del mercado!- con paso lento subieron la larga avenida. En la parada del autobús la gente se apiñaba entre los cristales, casi todos esperaban de pie junto al pequeño asiento amarillo ocupado por tres mujeres obesas y una niña de corta edad. Desde el mercado bajaban riadas de gente con bolsas y cestas plenas, algunos carritos de la compra, los más, desbordaban su contenido a través de las cremalleras sin cerrar o bajo las solapas que se quedaban escasas. Rosa se deleitaba con todo aquel movimiento de la ciudad y recuperaba en su retina momentos y costumbres olvidados tras su marcha hacia aquel tranquilo pueblo en el que vivía hacía ya dieciséis años.

Llegaron hasta el mercado municipal y como una rutina subieron las escaleras de una puerta lateral -¿vamos a comprar algo?- A Irene aquello le parecía un poco tonto y no entendía esa manía de su madre por visitar el mercado como si fuese una exposición de vida, tal y como lo llamaba Rosa. Después de unas vueltas por los pasillos compraron una bolsa de patatas fritas de “ruedas” y salieron por la puerta principal. En la plaza había un corrillo de ancianos y algún hombre de mediana edad, el abuelo los miraba fijo como tardando en reconocerlos:

- Voy a hablar un ratillo con estos amiguetes míos ¿os esperáis?

- Quédate abuelo, nosotras vamos a dar una vuelta y a comprar unas cosas ¿vale? después volveremos a buscarte.

Rosa saludó con la mano a la concurrencia y se alejó con su hija volviendo de vez en cuando la cabeza con disimulo. Veía las preguntas en los labios de aquellos amigos del anciano y también el aturdimiento de éste, algunos lo miraban con tristeza y asentían con los ojos bajos. Pronto se vio que cambiaban de tema como si todos se hubiesen puesto de acuerdo y el abuelo pareció que empezaba a sentirse más cómodo. Ellas se pararon ante el escaparate de la tienda de bolsos que les sirvió de espejo para seguir observando aún la escena:

-Vámonos hacia la entrada del metro, desde allí arriba lo veremos bien y no parecerá que vigilamos. Tengo ganas de fumar un cigarrillo.

-¡Otro! No paras de fumar, mamá...

Rosa abrió la bolsa de patatas y se la dio a su hija para que comiese y callase mientras ella sacaba el tabaco del bolso. Allí arriba el ambiente era más tranquilo, había asientos de madera en el diminuto parque y la mayoría se veían vacíos. De vez en cuando unas pocas personas salían de la profunda boca de entrada a la estación del ferrocarril, se notaba que no era hora punta. Una anciana que tomaba el sol se levantó y al cruzarse con ellas miró a Irene con cara divertida y enganchó con la mano la bolsa de patatas.

-¡Tú ya te has comido la mitad, ahora me toca a mi!- le guiñaba un ojo y movía sin cesar algo que llevaba en la boca.

Se quedaron un poco paradas pero la mujer sonrió y les enseñó los tres caramelos que removía con la lengua:

-Esta juventud siempre compran patatas, a mi me gustan los caramelos, chupo tres porque con cuatro no puedo- y se alejó hablando sola.

-¡Mamá! ¿Quién es, la conoces?- ante la negativa de su madre, Irene afirmó con mucha rotundidad:

 -¡Esta ciudad está llena de majaretas!

Rosa movió la cabeza sin asentir, pensando en lo joven que era aún su hija. Aquella simpática abuela seguro debía tener diez años más que su padre y parecía rebosante de salud... A lo lejos el grupo de amigos comenzaba a dispersarse y Luís podía quedarse solo, así que bajaron rápidamente. El abuelo dijo que era hora de volver y emprendieron el regreso caminando lentamente, como con desgana. Alguien que llevaba mucha prisa saludó a Luís -¡Eyyy!-, el anciano lo miró desconcertado y cuando el otro iba lejos levantó el brazo y contestó: -¡Adiós!

25.2.08

Carl Warner




Podeis ver las fotos ampliadas si clickais en ellas


22.2.08

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19.2.08

Recuerdo una vez un circo...

Este cuento se lo dedico a Malena, que ha sabido conservar la niña que lleva dentro. ¡Vuelve pronto!

-¡Un momento de silencio! Si no os calláis os quedaréis sin papeletas-. La temible seriedad del profesor nos hizo callar de inmediato. De mano en mano corrieron los deseados boletos del Circo Internacional. Dos caras maquilladas aparecían dibujadas en cada uno, la de la izquierda excesivamente blanca y con las cejas pintadas en ostensible curva, se veía coronada por un alto cono blanco; en la de la derecha sobresalía una enorme bola roja en la nariz e iba cubierta con un sombrero más pequeño que los rizosos cabellos del payaso. - ¡Entrada gratis para un niño con la compra de una entrada para adulto!-. Ya me extrañaba a mi que no hubiese trampa. Mi compañera de mesa tenía ocho años como yo y desde primera hora de la mañana había ido explicándome, a base de escribir a lápiz en la mesa para que no nos viesen hablando, que su hermana, ella, sus padres y hasta sus abuelos irían al circo el día siguiente. Nos levantamos todos y después de rezar un Padre nuestro, un Gloria y un Santamaría, cargamos con las pesadas carteras y bajamos, en correcta fila de a uno, las escaleras que nos llevaban hasta la libertad de la calle.

Mi madre luchaba arremangada con el agua y la ropa que nadaba en el interior de aquel aparato nuevo del que se sentía tan orgullosa. Me asomé como siempre curiosa, para ver los giros de aquel molinillo gigantesco, mientras preguntaba: -Iremos al circo ¿verdad? El señor Ferraz nos ha dado invitaciones ¡mira!-. No me contestó más que con una sonrisa un poco torcida que yo conocía de sobras. Desde el balcón un radiante día de mediados de junio y la llegada de las primeras oleadas de calor estival traían promesas de vacaciones perezosas y juegos en la ancha acera de la calle. Mi madre se había sacado el delantal de plástico y para consolarme puso una moneda en la palma de mi mano, sabiendo que correría al kiosco más cercano en busca del apreciado polo de fresa. No fue un gran consuelo aquel día en medio de aquellos corrillos de amigas que no paraban de hablar, mientras paladeábamos nuestros helados, sobre aquel circo que se me representaba como un lugar mágico y lleno de emociones.

Mi hermano de doce años llegó tarde a la hora de la comida y con los zapatos llenos de polvo, tuvo suerte porque ya no hubiesen clases a la tarde, ya que en otras ocasiones le habían mandado al colegio sin comer en castigo por sus escapadas de las que nunca contaba nada a pesar de las preguntas insistentes con las que mi madre solía atiborrarle los oídos. Supongo que fueron mis lágrimas después de insistir nuevamente con el tema del circo las que movieron a Sergio a contarme su aventura del mediodía: -Me he colado en el campamento del circo ¡Hay leones y elefantes! ¡Y he visto a la mujer barbuda!- Aquello me pareció el colmo de las maravillas, aunque no podía creerme que existiera ninguna mujer con barba –será una barba postiza- observé con la sabiduría de mis pocos años. Él puso un dedo sobre sus labios y en voz baja acordamos que me llevaría esa tarde al campamento. Mi madre no puso objeciones a que yo bajase a la calle a jugar siempre y cuando me tuviese a la vista desde el balcón, en cambio, mi hermano tuvo que hacer mil promesas con su cara más inocente antes de que le dejase marchar.

Sergio había entrado por la mañana por la misma puerta de entrada abierta en la larga valla que rodeaba las instalaciones, más las cosas habían cambiado en esas pocas horas y un vigilante malencarado se hallaba sentado en una silla impidiendo el paso a todo aquel que no le resultase conocido. Esperamos casi una hora, dando vueltas alrededor de aquella valla intentando ver algo desde fuera y buscando cualquier agujero en aquel entrelazado de fuertes alambres sin conseguir ni lo uno ni lo otro. Casi desesperábamos ya cuando un grupo de personas bien trajeadas se llegaron hasta el guardián y comenzaron a charlar amistosamente con él; mi hermano me agarró fuertemente de la mano y atravesamos aquella puerta corriendo enloquecidos mientras el guarda gritaba a nuestras espaldas, pero no nos siguió y poco después caminábamos tranquilamente entre aquellas casas rodantes. La miseria de aquella gente me impresionó sobremanera, los niños iban sucios y mal vestidos; algunas mujeres bastantes despeinadas cosían ropas brillantes sentadas a la sombra, otras fregaban platos o ropa en barreños con agua que algunos niños pequeños traían en cubos desde alguna fuente cercana. Todos nos miraban al pasar, y yo a ellos. Comparaba la vida de aquellos seres con la nuestra, con la limpieza que imperaba en nuestra casa y recordaba a mi madre afanosa con las manos sumergidas en aquella lavadora que había llegado recientemente a nuestras vidas. Sentí tristeza por aquellas mujeres de mirada cansada y por aquellos niños descalzos con agujeros en los pantalones.

Un nuevo tirón de mano me llevó ante una escena insólita, un enorme y grandioso elefante se hallaba allí mismo, en medio de un círculo de feriantes. Uno de ellos le aplicaba en el lomo una especie de gran cepillo enganchado en un largo palo, después de mojarlo en un barreño de agua. Fue muy gracioso, el hombre saltó hacia atrás de improviso y una enorme cantidad de líquido comenzó a salir entre las patas del animal, una inmensa lluvia que llegó hasta el barreño y el cepillo. Sergio me explicó que el elefante estaba meando y yo no podía dar crédito a sus palabras, aquella gran meada era infinita. El cuidador gritaba improperios al animal y daba patadas en la arena, otros feriantes se reían pero nosotros caminábamos ya hacia las enormes jaulas de las fieras. Había leones con grandes melenas aunque parecían bastante aburridos allí tumbados tras los barrotes, tan solo las moscas provocaban un cierto movimiento en sus colas como único medio para espantarlas. Sergio me llevó triunfante ante un hermoso tigre que parecía más joven que los leones; paseaba de un lado a otro de la jaula y de vez en cuando nos lanzaba dentelladas y algún pequeño rugido si intentábamos acercarnos. Un hombre salió portando un cubo lleno de carne ensangrentada y comenzó a gritarnos para que nos fuésemos, nos alejamos unos pasos pero nos paramos enseguida para ver comer a aquel animal. El hombre iba metiendo un largo palo entre los barrotes con el que azuzaba al tigre hacia un lado, y rápidamente echó la carne en el espacio vacío, después se dirigió hacia la jaula de los leones; no pudimos impedir que nos viese desde allí y salió detrás nuestro esgrimiendo aquella gruesa vara en alto, así que nos encaminamos hacia la puerta de salida a todo correr. El vigilante, sentado en una tosca silla, miraba hacia fuera y cuando acertó a reaccionar nosotros nos alejábamos sudorosos, cansados,.. pero felices y emocionados.

El día siguiente a las cuatro de la tarde me encontró sentada en el suelo del balcón con las piernas colgando por fuera del enrejado, miraba el movimiento de los conocidos vecinos de mi calle. Familias enteras con el traje de los domingos y el cabello mojado por la colonia, cruzaban en dirección al lugar donde el circo estaba enclavado. En la acera de enfrente no había niños, tan solo Juan el tonto paseaba arriba y abajo babeando y emitiendo los pequeños gritos que siempre acertaba a pronunciar; pero esta vez no llevaba su eterno jersey a rallas sino un traje más pulido que yo le había visto en pocas ocasiones y estaba claro que a él también lo llevarían al circo. Casi no quedaba nadie en las casas, la puerta del zapatero remendón también se abrió y con un gran sentimiento de tristeza me quedé contemplando su salida en aquella especie de moto-silla de ruedas que se movía con una manivela que él hacía oscilar entre las manos, su sobrino y su hermana salieron detrás y ella cerró con llave la puerta. Los vi alejarse y busqué de nuevo con la mirada a Juan el tonto, pero él también se alejaba con sus hermanos y sus padres. Ya no me hacía ilusión aquel circo en el que trabajaban seres que pasaban tanta miseria, había visto lo que escondían las luces y los trajes brillantes y siempre lo recordaría a lo largo de mi vida, pero aquel día no pude evitar las lágrimas ni dejar de sentir soledad e inferioridad ante la ausencia de todos aquellos que habían podido disponer del dinero suficiente para comprar aquellas entradas. Con las manos enlazadas a los estrechos barrotes y la cabeza hundida en uno de los huecos, me prometí a mi misma, como muchos otros niños harían en aquellos duros años, que iba a luchar a brazo partido con la vida para obtener aquello que entonces se me negaba. Creo que he conseguido, hemos conseguido todos, cumplir aquella promesa ¿no?

12.2.08

Murmullos en la Noche

El viento gélido silbaba con fuerza y tras de sí aquellas sombras fantasmagóricas se mecían violentamente dejando caer de sus ramas los cuerpos resecos en que se habían convertido sus hojas. Bolas de pelo, plumas y hojarasca rodaban al compás de aquel sonido estridente que apagaba todo ulular en esa noche sombría y destemplada. La luna escondida entre brumas negras no acertaba a iluminar más que de vez en cuando algún estrecho rincón entre la maleza, revelando el desasosiego y la soledad que imperaba en el interior del bosque.

Algo como el sonido producido por el crujir de unas ramas secas se oyó cerca de la laguna y a continuación un ligero chapoteo en el agua pereció amortiguado por el ruido del viento que volvía con furia arrasando toda la inercia de los elementos que componían aquel paisaje nocturno. No se inmutaban las paredes de gruesos troncos de madera brillante y ennegrecida por el paso del tiempo, pero las contraventanas chirriaban en sus goznes como queriendo librarse de las ataduras metálicas a las que se veían sometidas. Dos corazones entrelazados en el centro de la madera conectaban la visión con el exterior a través de los cristales interiores que se mantenían imperturbablemente protegidos de tales inclemencias. En el interior de aquella cabaña varias figuras intentaban conservar el sueño a pesar de aquella musicalidad variopinta de la naturaleza. La mujer de suave cabello castaño se removía inquieta en su lecho soñando tal vez con aquel murmullo entrechocado en el agua de la laguna, o tal vez su oído, acostumbrado al silencio de la noche, había vibrado como una advertencia de la anormalidad cotidiana. Por fin se despertó y con sumo cuidado de no despabilar al durmiente que descansaba plácidamente al otro lado de la cama, se calzó las zapatillas y refugiándose bajo una gruesa bata de lana encaminó lentamente sus pasos hacia la habitación principal.

No quedaban brasas encendidas en la chimenea y el frío reinante le provocó en un acto reflejo la necesidad de apretujarse las orillas de la bata sobre el pecho. Con una mano se despejó una mata de pelo que le caía sobre la cara y sin haber encendido luz alguna fijó su mirada a través de los corazones de la madera. La oscuridad era total. Nada se veía en el exterior. Más súbitamente un rayo de luna surgió rompiendo la noche, los ojos abiertos en la máscara se agudizaban inútiles por distinguir algún movimiento tras los cristales, en cambio los de ella vieron claramente aquella cara deformada por las diversas formas que reflejaban la escasa claridad. El grito en la noche resonó en el interior de la casa y traspasó aquellas paredes de muros silenciosos rivalizando con el inquieto silbido del viento.

A pesar del terror que sentía, no pudo despegar los ojos de aquella figura enmascarada que desapareció oculta de nuevo entre las sombras; afortunadamente la luz inundó la sala y el calor del abrazo de su compañero lograron templarle los nervios. Después, mientras acariciaba la taza de té caliente que tomaba a pequeños sorbos y los niños se dormían de nuevo, la mujer comenzó a dudar de la veracidad de su visión. ¡Quién podía tener ganas de salir en una noche como aquella, embozado además como un esperpento…! Se hallaban a mediados de un mes de febrero por demás frío y desangelado, la temperatura más que descender, caía en picado al acabar el día y las fiestas de máscaras se habían tenido que celebrar en el interior de los hogares hacía ya casi diez jornadas de duro invierno. Seguramente se había dejado llevar por la inquietud producida por un mal sueño y lo había imaginado todo. La mujer se encaminó hacia la habitación y pronto quedó dormida refugiada entre los brazos de su compañero y el calor del grueso edredón.

En el bosque continuaba el baile de la naturaleza, los pequeños animales también dormían agazapados en los agujeros cavados bajo la superficie de la tierra y en los disimulados huecos aparecidos en la corteza de los árboles. De manera sabia, ninguno de ellos se atrevía a pasar aquella noche guarecido bajo el manto de hojas secas por temor de convertirse también en una bola rodante como ellas. En la laguna había cesado el extraño chapoteo y el agua oscilaba sin ruido en sucesivas ondas producidas por el viento; tan solo un sapo ocasional y un tanto inconsciente fijaba sus saltones ojos sobre aquel nuevo dique formado en la ribera junto a los cañizales, un gran bulto desdibujado por las sombras de la noche y un cadáver con la llegada de la luz al amanecer. Sin lugar a dudas, su presencia en aquel entorno produciría mayor alboroto que la velocidad del viento nocturno galopando entre los árboles.

30.1.08

La Feria

Yo sentía el crepitar de los chinatos al caminar. Mis zapatos, cubiertos de polvo, se movían por encima de un cúmulo de piedras, tierra y desperdigados boletos de las tómbolas. Era un domingo esplendoroso de un sol un tanto achicharrador y la gente se había lanzado a la calle con sus mejores trajes para disfrutar de la feria. Aquella gran feria venía cada año para las mismas fechas y algunas caras, detrás de los mostradores, me resultaban muy conocidas. Lo cierto es que aquella buena gente siempre despertaba en mí, sentimientos encontrados: por un lado representaban la alegría y la emoción de la fiesta, pero por otro lado no podía dejar de sentir la miseria en la que vivían y la vida tan dura a la que estaban expuestos.

Vagabundeaba solitario entre la muchedumbre dando vueltas por el recinto, los gritos de los feriantes se oían por doquier anunciando las atracciones. Casi sin darme cuenta me encontré delante del laberinto de cristales transparentes, era uno de mis sitios preferidos al que acudía cada año. Saqué la entrada y avancé despacio con las manos extendidas, algunos críos corrían y se golpeaban con los cristales entre risas y burlas, una chica de larga melena y abrigo a cuadros se rió un tanto nerviosa a mi lado y continuó avanzando. Yo recordaba hasta cierto punto el recorrido y no tardé apenas un momento en encontrar el camino adecuado; en uno de los giros distinguí la silueta de la chica del abrigo que se había parado quieta con la espalda pegada en un rincón, le hice un gesto y en seguida me siguió por las calles del laberinto hasta llegar a la salida. Tenía unos bonitos ojos negros que fijó en mí antes de darme las gracias tímidamente, después se fue caminando hasta perderse entre la multitud.

No logré encontrar a mis amigos en ninguna de las casetas que solíamos frecuentar y yo me sentía arder bajo aquel cielo radiante de principios de verano. Sin buscarlo, me encontré dentro del salón de los espejos, allí al menos había un poco de sombra y se estaba mejor que en la calle. Avancé por la galería viendo en cada espejo mi cuerpo distorsionado con distintas formas: muy alto, muy flaco, muy gordo, muy bajo…Unos cuadros aparecieron junto a mi imagen reflejada y su voz susurró:

- Antes me sentí muy tonta, no debería haberme asustado de esa manera….

Creo que fue entonces cuando cogí su mano y ella no la retiró, no tuvimos apenas necesidad de hablar para entendernos. Avanzamos despacio hacia la salida, casi sin atrevernos a mirarnos el uno al otro, yo no podía dejar aquella mano que me hacía sentir como una corriente eléctrica por todo el cuerpo. Tenía ganas de correr, de saltar, de gritar… Estuvimos caminando sin rumbo fijo entre la gente, dirigiéndonos sonrisas cómplices de vez en cuando. Ya no fui consciente de lo que sucedía a mi alrededor, sé que en algún momento aparecieron las siluetas de mis amigos y que me dirigieron toda clase de muecas y de guiños hasta conseguir ponerme rojo hasta las orejas, después se perdieron de vista para el resto del día. Acompañé a Elena hasta la puerta de su casa –era la hora de la comida- y quedamos en vernos de nuevo aquella tarde, otra vez, en la entrada de la galería de los espejos. Fue un tiempo que se me hizo eterno y cargado de incertidumbres esperando la hora de la cita, pero ella estuvo allí puntual. Y también estuvo en todos los encuentros posteriores en que fuimos desgranando nuestra existencia, hasta llegar a compartirla.

Esa galería marcó nuestras vidas para siempre, se convirtió en destino obligatorio cada año cuando llegaban las fiestas… hasta que cambiaron los tiempos y los gustos de la gente. Ahora ya, son contadas las veces que podemos vernos reflejados en esos espejos…y es que el tiempo pasa inexorable para nosotros y para las cosas que nos hacen ilusión en nuestro paso por este mundo en movimiento continuo.

28.1.08