No me gusta el futbol, pero....
¡¡¡¡¡¡¡ VISCA EL BARÇA !!!!!!!!!!
¡Es el mejor!
Las palabras al otro lado del hilo te desorientaron en el camino, en ese largo recorrido que fue y sigue siendo tu vida. Empeñado en no volver nunca atrás. Empecinado en olvidar más que en amueblar ese rincón que todos llamamos memoria. Y al final la sangre imponiéndose con su fuerza y su reclamo a través de una voz urgente y perentoria que te trasladó de nuevo al decorado primero, al paisaje natural de tus primeros pasos. Y, como saliendo de un lugar ignorado que no sospechabas siquiera, empezaron a surgir imágenes en blanco y negro, algunas también en color sepia. La fuerza de la sangre siempre se hace valer y por eso tus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas. Lágrimas malditas y no deseadas pero que al fin, no puedes evitar sentirlas quemando tu cara. Nunca las ha merecido, piensas, jamás, ni aún en el lecho de muerte; una muerte que siempre le deseaste cuando la ira recorría tu cuerpo, cuando, calmadamente, hacías recuento de tantos agravios. Siempre te preguntaste donde quedaba el amor que te debía como padre y ni aún en estos instantes, en los que se renuevan con saña unos sentimientos largamente reprimidos, sabes o puedes contestar. De igual modo calló él ante tus súplicas un tiempo y otro tiempo y aún otro tiempo más, sin responder siquiera con una mirada de tristeza reflejada o por una vez vencida.
Han pasado demasiados años, te dices a ti mismo, y es cierto. Todo aquello no tiene importancia ahora, fue el desgraciado pasado de muchos pero es un pretérito que no te apetece remover. Poco a poco comienzas a discernir una luz entre las sombras. La cuestión de ahora, tus dudas, ya no giran en torno al resentimiento acumulado y lo piensas como relamiendo heridas que creías cicatrizadas. No, la cuestión real, la verdadera, está en ti, un egoísta construido paso a paso, elevado conforme aventajabas en distancia a aquel mísero adolescente que un día fuiste. Porque fundamentalmente te crees con derecho a sentir ese, excesivo quizás, interés por ti mismo sin tener que sentirte culpable. Ese interés te dio las primeras fuerzas para caminar e hizo crecer tu orgullo para que no te dieses por vencido. Y será tu egoísmo, ahora, el que impedirá que decidas dar un solo paso atrás por tender la mano a un moribundo.
Baila caballerito, baila… y no pienses, baila y cierra los ojos cuando mires atrás. Caballerito no pares, no le des oportunidad a la conciencia ni por un segundo… Pero quién maldito mierdoso me ha metido la mano en el bolsillo sin que me diera cuenta… no, ahí está… por un momento pensé… pero no. Ahora necesito un rincón donde nadie me siga, que estoy harto de ver sus miradas ansiosas y al fin el chute es solo mío y lo he pagado con mi dinero… bueno, con el dinero de mi madre, bien está, que es muy cansina la mujer y me tiene harto con sus lloros y sus súplicas, joder, lo que cuesta que me suelte la pasta y la que tengo que liar para convencerla…
La adolescencia es una etapa de corazón ardiente y luces de farolillo, todo es nuevo, todo se abre a nuestro alrededor en un prometedor viaje. Cualquier idea es una escusa factible para acometer las acciones más insospechadas tan solo unos años o unos meses antes. En un momento dado el espíritu adquiere el valor necesario y se decide a enfrentar la suerte con los ojos medio cerrados. Y así fue como se decidió mi futuro cuando apenas contaba quince años. La primera escapada no tuvo un éxito definitivo pues dos números de la guardia civil me llevaron de vuelta a casa, no sin antes retenerme en el cuartelillo durante unas cuantas horas. El segundo intento, más elaborado y meditado, consiguió encaramarme en la ruleta cuyos giros decidirían los avatares de mi existencia.
Recordándolo después, aquellos arduos años de enorme esfuerzo para conseguir apenas mantenerme en los principios de mi vida en solitario, nunca me parecieron tan duros como los vividos bajo el techo de mi padre. No fui un hijo deseado y mi llegada solo sirvió para entorpecer y complicar la armonía de sus tres integrantes hasta aquel momento. Mis padres habían cubierto todas sus aspiraciones procreadoras con mi hermano Pablo, habían calculado y previsto un mañana cierto y viable para su persona y yo aparecí en este mundo reclamando un lugar que no tenía cabida en sus vidas. Pronto empecé a detectar diferencias en los tonos, parcialidad en los derechos y abundancia de obligaciones y castigos en mi persona. Me repetían una y otra vez que yo era malo de naturaleza y que debían corregirme, esa era la vil infamia que me adjudicaron. Pero ante todo, lo que más me hirió a lo largo de mi infancia fue la ausencia del amor materno, esa ausencia que yo trataba de ocultar al mundo como si fuera el resultado de un gran pecado propio, algo que yo había merecido por ser como era, malo de naturaleza.
Lejos de ellos prosperé y crecí como persona, no diré que haya conseguido grandes bienes ni grandes hazañas, más el destino me procuró amigos que supieron valorarme en su día y también una verdadera familia con la que he descubierto muchos sentimientos que creía inexistentes por desconocidos. Lo que yo sentía hasta entonces era producto del insuficiente amor, del escaso valor otorgado, de la incipiente inseguridad adquirida por todo ello. Porque los humanos somos al fin y al cabo el resultado de unos valores inculcados o aprendidos en nuestros primeros años… Aún así han habido momentos en los que me he llenado de angustia hasta el punto de sentirme desgraciado cuando más factores poseía para ser feliz, revivía aquella infamia y no era consciente de que necesitaba purgar hacia el exterior todos aquellos errores ajenos que me marcaron de niño. No me considero un hombre sabio ni mucho menos pero las luces del entendimiento poco a poco me hicieron comprender que el perdón era necesario para calmar mi espíritu. Nadie me lo ha pedido en todo este tiempo, ni yo soy tan arrogante para ir a otorgarlo a quienes en absoluto se han sentido culpables. Los he perdonado dentro de mi corazón, no quiero que el resentimiento le reste plenitud a mi vida y me haga tomar decisiones equivocadas.
Mis hijos me describen en muchas ocasiones como perteneciente a una generación fuerte, sufrida y decidida que ha sabido sobreponerse a muchas calamidades casi sin quejarse. Hablan así porque no han sufrido la ausencia del amor de sus padres y desconocen que la fuerza de sentimientos como la rabia, la ira o el odio te hacen pisar con fuerza, pero que es el verdadero afecto y el sentirte amado los que te ayudan a caminar toda la vida.
Se acaba el verano y con él las calores empalagosas, el deleite de saborear los apreciados helados, la comodidad de vestir pantalones informales y sandalias, los baños en la playa, el placer de tener la ropa seca en poco rato, las duchas contínuas, el rastro del reloj en la muñeca, el gazpacho frío, la horchata, la siesta a media película esperando que pase la calor...
Discernir la causa por la cual me hallo en esta situación no representa una tarea fácil, ni es tampoco un estudio al que quiera dedicar tiempo alguno, ya que por otro lado no siento que mi espíritu, en pleno descenso hacia el decaimiento, se vea en posesión del suficiente entusiasmo para tan encomiable esfuerzo. Mi mente en estos momentos es como un borrón, una suerte de maraña, una nebulosa que no me deja reaccionar y buscar a través del razonamiento lógico una idea, un principio de luz, un comienzo de ilusión al que agarrarme para salir de este pozo en el que me veo sumergido.
Este gato está como yo: aburrida, sin alicientes y esperando en la inopia a que aparezca algo nuevo y emocionante por ese horizonte limitado que me rodea. Ya no me apetece nada, pero nada, escribir relatos; "El Rincón de Sherezade" hace tiempo que se quedó bailando en la red para los restos y en este blog no me apetece seguir colgando cuentos mediocres y sin sentido.