29.4.10

Azules

Azules hasta donde se cansa la vista, apenas separados por una difuminada línea recta en la lejanía, señalando aquí el mar y allá el cielo. Y el paseo concurrido, el césped habitado y risas y sonrisas por doquier. Un niño que llora y agita sus pequeñas manos intentando alcanzar un globo que voló. Bicicletas grandes y pequeñas, ruedas de patines en hilera resbalando al compás de una carrera adormecida por el sosiego de una tarde de domingo. El paseo es largo a la orilla de la playa y la gente disfruta de ese sol que a unos calienta la espalda y a otros enturbia la vista. La brisa del mar trae ensoñaciones de cálidos días de verano, pero aún no, todavía es primavera y los que deambulan semidesnudos por la arena, apenas se deciden a mojarse un poco los pies por aquella ilusión de estrenar el comienzo de placeres venideros.

Azules son también mis pensamientos mientras camino lentamente por entre esa maraña desordenada que me acompaña. Al fin acabaron la lluvia, el frío, el gris de la luz sombría que empañaba el paisaje, y me deleito mirando el mar limpio y sereno, la arena, las rocas, algún cachorro de labrador inquieto que se cruza sobre mis pasos y me hace sonreír. Aquí no hay preocupaciones, ni prisas, ni ruidos estridentes. El ambiente está impregnado de una calma cálida y envolvente, ni tan siquiera alterada por los escasos vehículos que en la carretera buscan un lugar, un hueco entre coches inexistente.

Camino y me siento en paz. No quiero pensar en los deberes del día siguiente. Imagino lo que haría si pudiera elegir una vida libre de obligaciones… con posibilidad de viajar a mi antojo, sin limitaciones de movimientos. Y me vienen a la mente los verdes intensos casi tocando el mar entre las rocas, las gaviotas con sus graznidos, las barquitas en las pequeñas calas, y, en otros entornos, las cúpulas de hermosos edificios que cubren tantas maravillas por ver, tantos ambientes por descubrir y humanidad por conocer. Son evocaciones que aparecen y se van con naturalidad, como en otras tantas ocasiones. Soñar no es difícil en días como hoy, saboreando el primer helado de la temporada mientras hacemos una parada para descansar.

El sol continúa su andadura hacia el horizonte y hemos de regresar poco a poco, sobre nuestros pasos, con el azul acompañando nuestro caminar. Lo miro como queriendo llevármelo conmigo. Y después cogemos la carretera de la costa –con muchas curvas, eso sí- pero ideal para disfrutar, todavía, de ese paisaje marino con las olas acariciando las altas rocas, chocando con ellas una y otra vez.

El sol se oculta a nuestras espaldas, los edificios aparecen, la circulación es densa pero no paramos. Pronto llegaremos a casa y a las realidades diarias, a suspirar porque no nos falten esas obligaciones que penden de un hilo. Las vacaciones, cuando lleguen, serán escasas como siempre. Pero no me quejaré porque, disfrutar de estos azules, ya en primavera, es todo un privilegio.

26.4.10

Cuatro años con Durrell

Tal día como hoy, en el 2006, me atreví a registrarme en un foro de escritores de relatos. Digo que me atreví porque hacía años que no escribía nada y no me veía capaz de crear una simple historia que pudiera entrar en un concurso. No me gustaba chatear y nunca había entrado en ningún foro. Pero aquel día andaba aburrida de leer, de ver la televisión y de no encontrar a nadie al otro lado del teléfono. Así que me senté delante del ordenador y decidí indagar más a fondo entre las opciones de la página de Terra.

El nivel de los que escribian era muy alto para mí, pero me alentaron a que escribiera un relato y allí comenzó todo hasta hoy. Desde entonces creo que he mejorado algo, he escrito algunos cuentos aceptables para recibir puntos y tras pasar por varios altos y bajos en los concursos, crear mi propio blog y madurar un poco también en mis lecturas, aquí estoy todavía. Que no es poco.

Esta mañana Malena me ha abierto el interés por Konstandinos Kaváfis del que había leído algunos párrafos sin ir más allá. Google ofrece varias biografías y en una de ellas he encontrado unas palabras escritas por el poeta:

«Cuando un escritor sabe bien que unos pocos ejemplares serán vendidos, gana una gran independencia para su trabajo creador. El escritor que tiene la seguridad, o al menos la posibilidad de vender toda su edición, y quizás futuras ediciones, no pocas veces es influenciado por las futuras ventas. Casi sin saberlo, sin pensarlo, habrán circunstancias cuando conociendo lo que el público piensa, lo que gusta y compraría hará algunos pequeños sacrificios, escribirá está frase un poco diferente, dejará fuera aquello. Y no hay nada más destructivo para el arte, tiemblo con sólo pensarlo, cuando una frase debe ser cambiada, cuando hay que omitir algo

Supuestamente esto no debería aplicarse a lo que uno escribe, para un grupo de amigos internautas o para compañeros de concursos sin ganancias monetarias. Pero tengo mis dudas sobre la vanidad humana y la necesidad de adaptación a las mayorías, sean reales o virtuales, con tal de conseguir algo aunque solo sean unos puntos. Tampoco hay que olvidar tantísimas influencias culturales, ambientales y mediáticas, las que inconsciéntemente manipulan nuestra forma de expresarnos, a unos más que a otros, pero a todos al fin y al cabo.

Con todo lo expuesto, al darme cuenta que Durrell nació tal día como hoy hace cuatro años, he echado la vista atrás y me he preguntado a mí misma acerca de la sinceridad de mis escritos. Y me he contestado que mis cuentos son íntegros y sinceros, aunque también mejorables. Así que, si el destino lo quiere, seguiré escribiendo.

19.4.10

Mariela y sus dudas


- Solo sirvo para sembrar muerte a mi alrededor.

Martín no habló, embarcado en la misma tristeza que inundaba el espíritu de Mariela. Ambos contemplaban aquel cuerpecito sin vida del niño que no tuvo oportunidad de llegar a serlo. Ella no podía retirar la mirada de aquellas sábanas ensangrentadas donde reposaba el feto, de casi seis meses, que había expulsado en contra de su voluntad. No acertaba a comprender cuál de sus actos había provocado aquel desenlace mortal. Cuando el doctor don Álvaro le había aconsejado que guardara reposo absoluto porque podía perder la criatura, Mariela había buscado ayuda desesperadamente.

Esa mañana se había levantado muy temprano al sentir un dolor opresivo en su vientre y la humedad del líquido sanguinolento entre sus piernas. Aquello no era un buen augurio. Después de asearse y sin tomar desayuno alguno, salió de casa dispuesta a subir la pendiente que la llevaría hasta la consulta del único médico que había en la población. Era la segunda vez que le ocurría y el consejo de don Álvaro había sido el mismo. Mariela, indecisa, se dirigió después a casa de la comadrona que quedaba dos manzanas más allá, pero no la encontró pues la mujer había salido de madrugada para atender a una parturienta y aún no había regresado. Deshizo todo el camino en sentido contrario sintiendo que el paño que se había colocado al salir, iba empapándose más y más mientras el dolor se acentuaba. Bajó toda la calle pero pasó de largo al llegar ante su puerta, siguió caminando por la larga acera durante unos minutos más. En una travesía, haciendo esquina, se hallaba la casa del practicante y aunque encontró gente esperando fuera, Mariela golpeó la puerta repetidamente ajena a las protestas que surgían a sus espaldas.

– Don Raúl, estoy perdiendo…

El sanitario al ver su palidez acabó rápido con el paciente que atendía en ese momento y la hizo pasar sin mayor dilación. Obligó a tumbarse a la mujer y le palpó la barriga que estaba muy baja. Mariela estaba muy pálida, se sentía débil por la pérdida de sangre y por el esfuerzo que le había supuesto la larga caminata. El practicante le dio a beber agua con mucha azúcar y se dispuso a envolverla con un amplio vendaje, a manera de faja, que sujetase aquella criatura dentro de la entrañas que parecía no querían sostenerla. Después le tomó el pulso y conociendo como era la mujer, le habló con la mayor seriedad y recalcando las palabras.

– Mariela, vete a casa y acuéstate. En tu estado es peligroso que hagas esfuerzos de ningún tipo, por lo tanto, alguien se ha de ocupar de todo para que no te levantes hasta que dejes de sangrar. Hazme caso si no quieres abortar otra vez.

Ella se sintió algo mejor y al salir, comenzó a subir la cuesta lentamente dándole vueltas a las palabras de don Raúl. Aquello era más importante de lo que había supuesto y Martín no sabía nada. Debía avisarle, pensaba para sí,…y alguien debía ir a recoger a Antonin al colegio, y… Divisó la tienda de la señora Angelita y sin pensárselo ni poco ni mucho, entró preguntando por el marido para que le hiciese un favor. El hombre dormitaba en la trastienda después de haber pasado la madrugada en el Borne, el mercado central, en busca de las mercaderías frescas del día. Le costó interrumpir el sueño, pero se decidió a llevarla en el camión cuando se enteró de las razones y poco después llegaban a la fábrica donde trabajaba Martín. Después de dejarlos con el pequeño Antonin en la puerta de su casa, el camionero marchó en busca de la comadrona. No recordaba la falta de sueño porque era un buen hombre y siempre estaba dispuesto para ayudar en casos necesarios como aquél.

Mariela subió las escaleras sujetándose la barriga, llegaba exhausta y en esos momentos no podía por menos que pensar en su madre a la que tanto echaba en falta. Se acostó por fin cuando la campana de la iglesia resonaba anunciando la una y media del mediodía; estaba cansada de las caminatas, del traqueteo del camión sobre los adoquines, de la falta de alimento y de la pérdida de sangre que se había renovado con mayor fluidez.

Creía haber tomado las decisiones correctas a lo largo de la mañana y esperaba que ahora pararían los dolores y la hemorragia, pero cuando notó que no podía retener aquel cuerpo dentro del suyo por más tiempo, se echó a llorar desesperada mientras el niño se le iba. A la comadrona ya no le quedó nada por intentar cuando llegó, pero no se conmovió por las lágrimas de la torpe y frustrada madre a la que no pudo hablar con miramientos ni compasión. Con el enfado, sus palabras salieron a borbotones.

- Si te hubieses venido a casa cuando te lo dijo el médico, el niño podría haberse salvado. Si es que no tienes ni un mínimo de sentido común, Mariela ¿En qué estabas pensando…es que no entiendes lo que te dicen?... ¿Es que no te han repetido unos y otros, acaso, lo importante que era que te estuvieses quieta? Es la segunda vez que te pasa, Mariela, y por lo que se ve no aprendiste nada de la primera. ¡Ni sé cómo está vivo Antonin!

La mujer, sumamente ofuscada, no quiso hablar más y se dispuso a calentar agua dejando a solas a la pareja. Mariela recordó al otro feto de cuatro meses que había perdido dos años antes en las mismas circunstancias. Rememoró la muerte de su madre hacía pocos meses, la de su hermano Antonio antes de la guerra, la de su padre… y sobre todo, aparecieron vívidos en su memoria, con la misma intensa culpabilidad que ahora sentía, los golpes mortales que asestó sobre la cabeza de aquel hombre que había intentado abusar de su hermana. Cerró los ojos con fuerza, como queriendo evitar que Martín pudiese leer a través de ellos, mientras sus labios emitían un lamento.

- Solo sirvo para sembrar muerte a mi alrededor.

Después abrió los ojos y se quedó muy quieta mirando fijamente a la criatura sin vida.

12.3.10

Se nos ha ido Miguel Delibes

Hasta siempre, mi muy admirado Miguel Delibes. Hoy es un día triste para las letras españolas.

Esperaba que le diesen el premio Nobel de Literatura antes de este día, pero hay muchas injusticias en este mundo de las palabras escritas y esta es una de ellas. Era usted, maestro, merecedor de ese premio desde sus primeros libros. El que lo merecía más de todos sus contemporáneos en España, para mi parecer como lectora y así lo digo y lo afirmo por enésima vez.

Ahora, descanse en paz. Nosotros nos quedamos reviviendole a través de unas obras extraordinarias que ha dejado para las futuras generaciones.

29.12.09

¡FELIZ AÑO NUEVO A TODOS!


Me agradaria
preparar en estos días,
un árbol
muy especial y colgar,
en lugar de regalos,
los nombres de todos mis amigos.
Los de cerca y los de más lejos.
Los de siempre y los que tengo ahora.
Los que veo cada dia, los que veo de vez en cuando.
Los que siempre recuerdo y a los que a menudo olvido.
A los constantes y a los inconstantes. A los de las horas
alegres y a los de las horas difíciles. A los que sin querer herí,
y a los que sin querer me hirieron. Aquellos a quienes conozco
profundamente, y aquellos a quienes solo conozco por su apariencia.
A los que me deben algo y a los que les debo mucho. A los amigos humildes
y a los amigos importantes. Por eso los nombro a todos, a todos los amigos que han
pasado por mi vida. A los que recibis este mensaje y a los que no lo recibirán.
Un arbol de raices profundas, para que vuestros nombres no se puedan arrancar jamás.
Un árbol que, al florecer el año que viene, nos traiga ilusión, salud, amor y paz.
Ojalá que en estas fiestas, nos podamos reencontrar compartiendo los mejores deseos
de esperanza,
dando algo
de felicidad a aquellos que lo han perdido todo.

10.12.09

Castellnou en "El Bullicio de la Rambla"

Cualquier parecido con la realidad es pura casualidad,
los acontecimientos del relato son en verdad, pura ficción
inventada por la autora.


Me impresionó tanto la presencia de aquella máquina al fondo de la inmensa cocina, hasta el punto que durante un intenso minuto dejé de sentir el ruido de las voces y de los grandes cucharones removiendo sopas y salsas en las enormes ollas aposentadas sobre los numerosos fogones. El potente disco de cuchillas con forma de sierra, aparecía embutido hasta su mitad en una raja, hecha a medida, sobre un amplio y frío mármol blanco. Me volví hacia mi acompañante intentando disimular los crecientes latidos que mi corazón había comenzado a producir ante aquella verdad revelada.

—No acierto a comprender la utilidad de este aparato tan grande ¿no les suministran las piezas en la medida necesaria para su utilización?

—En realidad, sí. Pero se trata de algo más que un capricho de mi jefe, no es desconocido para el público que por un cierto tiempo estuvo estudiando, en diversos países, el arte de las diversas técnicas que existen para cortar la carne. Hay cocineros que han intentado imitar algunos de sus platos y no lo han conseguido, simplemente porque el secreto no estaba en la guarnición ni en las salsas, sino en el modo en que se había fileteado la ternera, el cordero, o cualquier otro animal, según haya sido el caso. Él mismo se encarga de escoger las grandes piezas en el matadero, y a última hora, cuando nos hemos ido todos, las trocea en el modo adecuado para el menú del día siguiente.

—Entonces, es de suponer que cada día desechan bastantes residuos crudos aparte de los restos de comida que dejan los clientes ¿Quién se encarga de retirarlos?

— Ezequiel se ocupa de ello. Vacía los cubos en un camión que tenemos ante la puerta trasera y él mismo lo conduce, a última hora de la noche, hasta una empresa que lo tritura y convierte en pienso para animales. Y mire usted por donde, aquí tenemos al protagonista de la conversación. Buenas noches Ezequiel.

Un hombre rudo, de unos cincuenta y muchos años, con un mono azul marcado por diversas manchas, imposibles de determinar el origen, nos miró de través con desconfianza mientras cogía uno de los cubos, arrastrándolo, para después desaparecer por la mencionada puerta trasera.

—No le haga caso, he de decirle que es mudo, aunque no sordo, oye perfectamente. Algo de las cuerdas vocales, parece ser que de nacimiento. No se trata con nadie, pero tiene delirio por el jefe pues babea como un perrillo faldero cuando está a su lado. Creo que se dejaría matar por él si fuese necesario. Yo creo que su cerebro no se acabó de cocer cuando nació y de resultas, sus instintos son bastante primarios.

—Volviendo a la conversación, deduzco, por lo que me ha contado, que ningún cocinero está presente cuando Mario Torres utiliza esta sierra. Que se trata de uno de sus secretos de cocina.

—En efecto. Así es.

— ¿Y Ezequiel?

—No podría confirmárselo, pero la creencia general es que es él quien le ayuda. Mover esas piezas tan grandes no es cosa fácil para una sola persona.

Me despedí dándole las gracias efusivamente, por aquel recorrido por las interioridades de la cocina de El Bullicio de la Rambla. Pocos clientes pueden presumir de haber tenido este privilegio y en mi caso puedo asegurar que no hubiese disfrutado de él, sin el carnet que el director de un destacado periódico, amigo mío, había tenido a bien prestarme para este caso. Un caso producto de mi curiosidad como detective. Nadie me ha contratado y de nada van a servir mis deducciones pues Mario Torres es un restaurados con dos estrellas Michelin y está sentado en la cima del mundo en lo que a alta cocina se refiere. Si la policía y los jueces se decidieron, en su día, a archivar el caso, sus buenas razones tendrían. Las dificultades por la falta de pruebas y el renombre del chef ayudarían a dar carpetazo a un asunto políticamente molesto por la relevancia internacional del personaje y porque su imagen había aparecido en momentos puntuales de la anterior campaña electoral.

Un también afamado crítico de restauración, enviado por la guía Michelín, había desaparecido unos meses atrás y la última vez que se le vio fue en El bullicio de la Rambla. Al parecer se trataba de un gran amigo de Mario Torres, pero un abrazo olvidado al recibirlo y un frío intercambio de manos, antes de sentarse ambos a la mesa esa noche, llamó la atención de los camareros. La velada no había sido precisamente plácida para los dos comensales, según se desprendió de las declaraciones de algunos clientes que se hallaban allí esa noche. Se les había visto discutir en el transcurso de la cena y Mario se retiró a la cocina antes de los postres. El crítico no tuvo inconveniente en continuar allí mientras tomaba notas en una pequeña libreta y siguió sentado paladeando un viejo armañac cuando ya el local se hallaba vacío y el último camarero echaba el cierre a la puerta acristalada. Torres declaró que salieron por la puerta de atrás y tras un largo paseo y una razonable conversación, se despidieron amigablemente a unos pasos del hotel donde se hospedaba el enviado por Michelín. En el hotel nadie recogió su llave, sus ropas y sus maletas continuaron en la habitación mientras los diferentes medios se hacían eco de su desaparición. Y esta es la historia, hasta el día de hoy para el resto del mundo, no ya para mí. Considero innecesario afirmar que me mantendré prudentemente alejado de las puertas de dicho restaurante, pues esa sierra infernal y la maligna mirada que me dirigió Ezequiel no son más que tema para una terrible pesadilla.

2.12.09

Abel Castellnou, Detective.

Cuando llegué aquella mañana, la encontré esperándome en el sofá de la portería. Ella me miró fijamente como estudiando toda mi persona. Se presentó con una sonrisa muy segura alargándome la mano:

—Hola, buenos días. Le estaba esperando. Me han dicho que no tenía ninguna cita esta mañana y que podría recibirme. Mi nombre es Durrell.

—Abel Castellnou, buenos días.

Subimos a mi despacho en el pequeño y antiguo ascensor que ella observaba como intentando memorizar todos sus detalles. Después supe que, antes de mi llegada, había hecho lo mismo con el edificio situado en la Gran Via de les Corts y también con el portero, con el que parece ser había estado hablando y sonsacándole información acerca de mi persona. Una vez acomodada ante mi mesa, bien acomodada por cierto, encendió un cigarrillo y dejó caer la parrafada que se convertiría en el principio de mis pesadillas:

—Escribo relatos. He decidido que usted va a ser el protagonista de ellos. y para ello, estoy dispuesta a acompañarle durante unos días para imbuirme del ambiente que le rodea y hacerme una idea lo más fidedigna posible de sus métodos de trabajo.

No era la primera vez que un novelista venía a pedirme que le ayudase con unas indicaciones, pero ella, pertrechada tras una extensa sonrisa, daba por hecho lo inconsistente de una negativa por mi parte. No había tenido tiempo de parpadear aún cuando ella ya continuaba:

— ¿Está preparado? No le prometo que vaya usted a hacerse famoso, porque yo soy una simple escribidora de relatos y bastante mediocre. Aunque podría ser que con el tiempo y su ayuda, mis cuentos empezasen a gustar a los que me leen. Ya ha sido usted protagonista de dos casos, que a mi entender, no le han dejado en mal lugar. El problema es que su figura no estaba suficientemente perfilada, por no tener… no tenía usted ni nombre y eso va a cambiar. No creo en los cuentos de Mujercitas ni en los finales felices, no lo espere en los finales de mis historias. Para mí, las puestas de sol nunca son románticas, siempre hay algo que rompe la perfección, la alegría de los personajes. Y no estoy dispuesta a saltarme la veracidad de esa realidad, aunque usted intente con su fe en la humanidad, está en todo su derecho a tenerla, que yo busque la lágrima fácil con tiernos abrazos de una familia reencontrada. No, siempre hay un después y lo que en principio parece un final feliz, se puede convertir, en cuestión de horas, en una horrible pesadilla.

Una pesadilla me estaba pareciendo a mí la verborrea continuada de mi visitante. Intuía que en el día a día, no se mostraba tan segura de sí misma y que, seguramente, acostumbraba a meditar largamente antes de tomar una decisión. Pero también la delataba el impulso que la llevaba a lanzarse con los ojos cerrados cuando creía tener una idea genial. Y tristemente este era el caso actual. No es que quiera criticarla pues en el fondo siento una cierta simpatía por ella. Y su sonrisa me desarma, al igual que me desarman sus lágrimas fáciles ante las desgracias ajenas. Quiere ir de dura, quiere escribir relatos duros pero esa fe en la humanidad de la que me acusa, crece en realidad en su propia mente. Es una constante discusión en medio de nuestras largas conversaciones.

—Su nombre me ha dicho que es…

—Durrell, llámeme así. El verdadero no importa y éste lo simplifica todo ¿no le parece?

—Bien, no me deja opciones, por lo que veo. Y como sé que un personaje no puede rebelarse contra su autor, por mucho que lo intente, voy a acceder a su petición — la palabra “petición” la recalqué en todas sus sílabas, con toda la ironía de la que fui capaz—. Si le parece, me deja un par de horas para que escriba un informe de mi último caso y arregle unos asuntos en la caja de ahorros. Después podemos quedar para comer. Yo la invito ¿le parece bien que quedemos a la una y media en el Divinus? Está en la Ronda Universidad y se come muy bien, se lo aseguro.

—Lo conozco, parece que tenemos los mismos gustos, cosa natural por otro lado. Acepto su invitación. Aprovecharemos para que me cuente acerca de ese informe que va a redactar, me iría muy bien para crear el relato de la semana que viene.

Y este fue nuestro primer contacto. Pasé toda la mañana con un cierto desasosiego por la incertidumbre que se cernía sobre mi futuro. Todavía, a día de hoy, no estoy seguro de haber tomado la decisión correcta ¿pero cómo podía negarme a los caprichos de mi autora, si me tiene cogido entre las teclas de su ordenador y las ideas que pasan por su cabeza?

21.11.09

Un Caso Desgraciado

Me sentía cansado y un tanto desencantado con mi trabajo. No había llegado a tiempo y me castigaba imaginando lo que tal vez podría haber evitado si mis investigaciones me hubiesen llevado a su destino tan solo veinticuatro horas antes. O tal vez no, me decía a mí mismo, pues aquella muchacha hacía tiempo que jugaba con la muerte y un día u otro debía perder la partida.

Un piso miserable en el barrio de la Barceloneta, unos compañeros indeseables, que como ella, solo vivían para inflar sus venas con el polvo alucinógeno que les hiciese olvidar durante unas horas la inadaptación a una vida que no les satisfacía. Y Clara, que parecía tener todas las virtudes y posibilidades para ser feliz, se había dejado arrastrar hacia ese vertiginoso submundo de la heroína donde se vive poco y muy deprisa.

Lucas, su padre, hacía una semana que me había llamado casi sin fuerzas, cansado y abatido por las circunstancias. Habíamos trabajado juntos en muchas ocasiones antes de que decidiese retirarse de los juzgados. Nos respetábamos y la confianza mutua se había ido decantando en una amistad y aprecio, que nos había unido más allá de los deberes profesionales. En ocasiones le visitaba en el apartamento que se había acondicionado, justo puerta con puerta del mismo piso donde antaño montase su bufete. No había querido marchar de aquel edificio cuando se separó de su mujer y ella no tuvo ningún inconveniente en quedarse con el chalet de la costa, en un ambiente más de su agrado. Aribau me pillaba cerca de mi despacho y decidí ir caminando. Eran las cuatro y media de la tarde de un sábado y la plaza universidad se encontraba aún casi desierta, a la espera de que abriesen las tiendas y la marabunta de ávidos compradores subieran las escaleras subterráneas del tren metropolitano.

El edificio hacía esquina con la plaza y en la portería entregué el carnet de identidad a Sebastián, uno de los conserjes que ya me conocía. Metí la chapita de identificación en un bolsillo de la americana mientras pedía noticias del señor Godard.

—No se le ve muy animado últimamente, hace días que no sale a dar su paseo cotidiano y cuando le subo los periódicos casi le cuesta hablar. Con lo que él ha sido ¿verdad?

El ascensor me dejó ante una puerta que inexplicablemente se hallaba medio entornada. Pulsé el timbre y entré llamando a Lucas mientras buscaba por las distintas habitaciones. En el despacho, el sol atravesaba los visillos llenando de luz la estancia. Mi amigo parecía haberse quedado dormido sentado en su butacón mientras escribía, pues aún conservaba la pluma en su mano. Dos blísteres de pastillas y un vaso de agua se encontraban vacíos junto al ordenador, un talón bancario a mi nombre y dos cuartillas escritas que leí después de tomarle el pulso y comprobar que mi estimado amigo estaba muerto.

Escribo desde este rincón acomodado, adornado para hacerlo más o menos agradable, ocupado por esos objetos que poco a poco se han ido haciendo importantes por el recuerdo que abren en mi memoria. Pienso que en realidad no son importantes y debería deshacerme de ellos, al fin no son más que materialidades a las que mi vida se aferra para retener un pasado que ya no está, que ya pasó casi sin darme aviso.

Imagino un futuro incierto y rutinario del que me gustaría escapar. Y me pregunto si la vida no es lo mismo para todos los que me rodean. No es equivocado acaso conceder a la verdad, que vivimos intentando acaparar sucesos, ilusiones, cosas materiales, escenas memorables que se diluyen después con la lejanía. Y tan cierto sería pensar que en el fondo todos somos iguales en ese sentido. La vida son palabras oídas, habladas, escritas, mal o bien interpretadas con sus derivadas consecuencias… y no hay más.

Abrir los ojos cada día, al despertar, es sinónimo de ilusión, de espera, de admitir que en ese nuevo comienzo seguro que habrá novedades que romperán nuestra rutina. Y nos izamos no sin ciertas reservas porque un día más no se cumplan esas expectativas… Aseamos nuestro cuerpo y lo vestimos adecuadamente, acechamos tras los visillos deseando que el Astro rey se digne iluminarnos espléndidamente y nos echamos a la calle pensando en nuestras responsabilidades creadas que nos empujan a continuar caminando.

Pero dónde comenzó todo… cómo fue que creamos tantos envoltorios y leyendas alrededor de una única necesidad crucial y simple para el hombre que no es otra que el procurarse el alimento y el resguardo… De pronto se abren paso en mi memoria las imágenes de aquellos viejos filósofos que hablaban del existencialismo, otra palabra. Complicada en su momento, sí. Pero querría de alguna manera buscar, en los tiempos que vivimos…o en todos los habidos anteriormente, a ese hombre esencial, sin pensamientos, sin ambiciones, sin ganas de abrir los ojos cada día… Y los que encuentro no cumplen esos requisitos precisamente. Estos suelen ser los desengañados, los que buscaban y no encontraron, o los que sí lo hicieron y quedaron abrumados por tanta novedad que se les convirtió en rutina y dejaron de serlo.

Suenan otras palabras “Me gustaría…” y son las que provocan el anhelo de todo lo que la vida nos puede ofrecer. Por eso seguimos adelante. Buscamos historias posibles o las inventamos, ahítos de amor y desamor, de saciedades y renuncias, de obligaciones y derechos. Pero derechos a qué, de ser qué cosa con una libertad civilizada… Se cuentan por miles los admiradores de aquellos que cantaron por la libertad y que aún, todavía, se arrastran por escenarios multitudinarios clamando por romper con una sociedad que se ha ido moldeando y adaptando a esas libertades que reclamaron en su día. Nunca es bastante, nunca es suficiente. Después en su vida cotidiana se sienten triunfadores aunque siempre insatisfechos, buscando una nueva forma de vivir, de creer, de sentir la paz dentro en su interior.

Sentado en mi rincón, me siento cansado de esta lucha insaciable contra el desánimo de vivir. Las novedades ya no lo son. En realidad todo se repite como en una rueda que hace girar el mundo una y otra vez, jugando con la vida de los seres que lo habitan, jugando con las ilusiones de cada humano hasta que la experiencia habida se las arrebata, o tal vez consiga desterrarlas una muerte a destiempo.”

Me pregunté durante un instante si la policía de la Barceloneta se habría puesto en contacto con Lucas antes de mi llegada. Deseché la idea pues me había ofrecido a darle la mala noticia yo mismo y habían suspirado aliviados. Recogí mi cheque antes de bajar, sabía que no debía tocar nada hasta que llegase la policía. Estoy acostumbrado a ello. Sebastián hizo las llamadas oportunas y poco después llegaron los agentes, el médico y los señores del juzgado. Cuando pude deshacerme de todo aquel trámite fui a buscar mi coche. Aunque ya había oscurecido, el día no había acabado para mí. Cogí la carretera rumbo a Platja d’Aro, donde una mujer, seguramente, no imaginaba ni de lejos las dos tragedias que me disponía a comunicarle.




20.11.09

60 Aniversario

EL TERCER HOMBRE

16.11.09

Un Viejo Compañero

Aquella mañana se había presentado fría y húmeda, anunciando un final de otoño gris y descorazonador. A través de la ventana de mi despacho se traslucían figuras que caminaban apresuradamente arrebujadas bajo gruesos abrigos. El asfalto, por causa de la humedad, se apreciaba más oscuro; los edificios, sin los rayos del sol iluminando sus fachadas, envolvían la ciudad en un ambiente triste y espeso.

Sobre mi mesa se amontonaba el correo de la mañana, facturas, comunicados bancarios, folletos publicitarios y más facturas; por último un sobre de un amarillo pálido, con mi dirección escrita a mano, que me llamó la atención. No era un sobre tipo americano y en su interior encontré un trozo de hoja con una dirección de correo electrónico y el nombre del remitente: Alfredo García Estébanez. Aquel nombre quería abrirse paso a través de mis recuerdos, me sonaba haberlo oído repetidamente, sin embargo no lograba ponerle una cara conocida. Me parecía muy extraña aquella forma tan escueta de ponerse en contacto conmigo sin dar un solo detalle. Descargué el correo del ordenador y envié uno al tal Alfredo dándole cita para las cuatro de la tarde en mi despacho. La confirmación me llegó al momento y durante las siguientes horas olvidé aquel asunto para concentrarme en escribir un informe detallado de mi último trabajo.

He de aclarar que soy detective profesional con un pequeño despacho alquilado en la Gran Vía, muy cerca de la Plaza Universidad. En contra de lo que suele imaginar la mayoría del público, mi trabajo peca de ser bastante anodino y rutinario. Vigilar maridos, esposas, hijos… En algunas ocasiones me piden que busque a un desaparecido que la policía no ha logrado encontrar. No puedo decir que me gusten esta clase de encargos, estos clientes llegan desesperados y no tienen en cuenta que no dispongo de los amplios medios de la policía. Buscan un milagro y han visto demasiadas películas escritas por descerebrados, que ya no saben lo que van a inventar buscando una originalidad de todo punto irreal.

Me quedé a comer en un restaurante cercano y regresé antes de la hora prevista para la cita. A las cuatro en punto sonó el timbre y un hombre vestido con cierta elegancia me ofreció su mano con una amplia sonrisa. Su cara me recordó otra época y un uniforme de colegio. Aquel era Alfredo, el gracioso de la clase, de cuando yo estudiaba los últimos cursos de primaria. No habíamos sido amigos pero él siempre se había hecho notar con sus constantes payasadas. Estuvimos recordando aquellos tiempos durante unos minutos y después se puso serio y comenzó a exponerme su problema. —Necesito que busques a mi hijo. No es un adolescente, tiene veintisiete años. Discutimos de forma violenta hace dos semanas y desde entonces no ha vuelto ni a su casa ni a la mía. Recurro a ti porque es necesaria una total discreción en este asunto y sé que tú comprenderás y serás capaz de ponerte en mi lugar—.

Aquella confianza en mi persona me parecía inverosímil en alguien que no me había tratado en tantos años y con quien apenas había tenido relación. —Por mi parte necesito saber cual fue la causa de la discusión y qué tipo de vida es la vuestra, relaciones, trabajo, etc…—. Se quedó pensativo mirándome fijamente, puedo afirmar que intuía su nerviosismo a pesar del aplomo que intentaba adoptar. — Disfruto de una posición muy holgada desde hace años y no necesito trabajar. Soy viudo, mi mujer murió hace aproximadamente unos diez años y vivo solo en un piso de Consejo de Ciento… ya va para catorce meses, cuando Eduard, mi hijo, marchó a vivir con una chica que no me gustaba. Puede decirse que la forma de vivir de ella, para mi modo de entender la vida, era el de una mujer demasiado liberal, el de una puta—-. Mientras hablaba, los rasgos de su cara habían comenzado a crisparse por la ira, sus dedos se habían ido cerrando y los puños apretados firmemente temblaban por la fuerza ejercida. — ¿Sabe ella donde está tu hijo?—. Hizo una mueca con la boca y desvió la mirada. —Ella desapareció antes que él y yo discutiéramos por su culpa, pero fue mejor así…—. Sus ojos ya no podían parar quietos y todo su cuerpo se estremecía en un paroxismo inquietante. Le pedí que se calmase y le ofrecí una copa de brandy que fui a buscar a la habitación contigua donde una administrativa acudía dos veces a la semana para poner mis papeles al día. Tuve la precaución de cerrar la puerta a mis espaldas para hacer una llamada de teléfono que sabía necesaria. A los pocos minutos me encontraba de nuevo frente a él con dos copas y una botella.

Apuró la bebida de un trago y le serví de nuevo. — ¿Te acostaste con ella, verdad?—. Me envolvió en una larga mirada y asintió. —Ya te he dicho lo que era. Supongo que estás acostumbrado a deducir las circunstancias en las que se desenvuelven estas…. ¿Cómo podría explicarlo… bajas pasiones? Eres bueno en tu trabajo… ¿Entiendes porqué no quería que estuviese con Eduard? Ella no se lo merecía, era una cualquiera detestable, vulgar y viciosa—. Quise dejar que Alfredo se calmase un tanto, pasaron unos segundos de silencio, mientras bebíamos los dos y después le hice la pregunta: — ¿Qué hiciste con su cuerpo y como lo descubrió tu hijo?

Es inútil explicar que se vino a bajo ante mis palabras y comenzó a darme todos los detalles atropelladamente. Insistió en repetirlos cuando llegaron los agentes de policía que acudieron como resultado de mi llamada. Este pobre hombre desnudó su alma a borbotones, como los árboles caducos se habían ido despojando de sus hojas con la llegada del otoño. Alfredo había adelantado el propio otoño de su vida y sería para él tan triste y oscuro como el ambiente de las calles al otro lado de la ventana. Apareció el cadáver acuchillado de la chica en un arcón-congelador del piso de Consejo de Ciento. De Eduard nunca se supo nada, tal vez fuese mejor así.

10.7.09

Viernes con premio



Este premio me lo ha concedido ese encanto de remolino Azul que suele conmovernos siempre con sus escritos, plenos de sentimientos y realidades que a veces no nos paramos a observar. Gracias. Eres un cielo, azul, desde luego ;)
Y yo voy a concederles este premio a cinco blogueros amigos: Raquel, Prometeo, Caramelo o Francisca, Cálida Brisa y Fede. Espero que me lo acepteis pues vuestros blogs, desde luego, son una joya. Saludos :)

7.7.09

Por las Calas de Internet...

— Pero mujer, te pasas todo el día delante de ese cacharro y lo único que sé te oye es el tac tac de las teclas… que no sé yo si esto es una relación o una expectación, porque estar parece que estás aunque no en esta casa, y yo expectante por ver si dejas ese chisme y me prestas un poco de atención…

— Ya voy hombre, ya voy — Este hombre no tiene paciencia ninguna… claro, como a él no le gusta navegar, pues no entiende nada. — ¿Por donde íbamos Suplicio? ¡Ah, sí! Que me parece estupendo que salgas a cenar con tus amigas, un ratito de esparcimiento siempre nos viene bien a todas y no hagas caso de los desplantes de Matilde, tú a lo tuyo, a pasártelo bien… y ya me contarás mañana como ha resultado la noche—. ¡Hala! Ya viene otra vez, mira que es pesado, una no puede hablar ni cinco minutos con su mejor amiga. ¡A ver qué quiere ahora!

— ¡Bueno, qué! ¿Estás en Bilbao o en Santander? Porque lo que es en San Agustín de las Lorzas, lo dudo.

— ¡Ay Señor! Y qué cruz tengo contigo Rafael, es que no pillas nada… no ves que estoy consolando a la pobre Suplicio que apenas puede salir de casa y para una vez que se lo permite ya hay una que le está intentando amargar la noche…

— ¡A mi sí que me la estáis amargando las dos! Menos mal que ese Suplicio está en el norte y tú en el Sur, porque si viviese en la puerta de al lado, seguro que te ibas a vivir a su casa. ¡Venga ya, Carmen! Desde que lo pillaste con el mensajero ese no existe la casa, ni el gato, ni el menda. Aquí no cena nadie si no me pongo yo en la cocina y hay que ver el pobre animal como se me tira encima desesperado en cuanto me ve, porque los maullidos de hambre se los vengo oyendo desde la calle. Pero tú ahí, sorda como una tapia. Hablando con sor Suplicio como si fuese tu hermana y el día menos pensado seguro te da la patada y a otra cosa mariposa.

— Eso lo dices tú, que no tienes ni idea de los lazos virtuales que se llegan a crear entre las almas de los que navegamos.

— Eso es lo que digo y lo que acabas de decir “virtuales” que no reales. Y los presentes de carne y hueso, dejados a un lado por alguien que no has visto en tu vida. Dirás además que Sor Suplicio es como una hermana para ti…

— ¡Y qué manía con llamarla Sor Suplicio! Ella no tiene culpa de que le hayan puesto ese nombre… y no digo que sea mi hermana, la verdad es que…

— ¿Qué? Ahora te escucho, anda que ya me estaba esperando yo alguna cosa…

— ¡Tú siempre pensando lo peor!... Bueno, el caso es que últimamente parece que me esquiva un poco y me duele porque hemos llegado a ser como almas gemelas… y eso para mí es lo peor después que Terencio2 no contesta a mis mensajes y Almamater me trata fríamente desde hace un tiempo y Canta_Gallo1 me ha borrado de su menssenger, que lo he visto con un programa que me vino por e-mail… Es…es como si se hubiesen puesto de acuerdo y no entiendo el motivo… (llorando)

— ¡Esta sí que es buena! Ahora viertes lágrimas por unos nombres en una pantalla. ¡Carmen, que se te está yendo la olla, mujer! Anda ven aquí.

Rafael la arropa con los brazos y la deja desahogarse en su hombro mientras hace cábalas acerca del mundo internauta. Piensa que la soledad no es buena compañera y Carmen pasa muchas horas sola en casa, tal vez demasiadas. Cuando le regaló el portátil imaginó que se entretendría por un tiempo con la novedad del juguete nuevo y ahora, en cambio, tiene serias dudas sobre si hizo bien. La consecuencia inmediata ha devenido en el deterioro de sus propias relaciones. Ya no hablan como antes, no comparten el sofá delante de la televisión, pocas veces salen a pasear y Carmen no se despega del aparato apenas lo imprescindible para no tener broncas con él.

— Tenemos que hablar en serio, Carmen. Esto tuyo se ha convertido en una adicción. No es natural que llores por estas cosas ni por otras por el estilo, delante de una pantalla…

Carmen se aferra a los brazos de su marido. Lo cierto es que la soledad se le tira encima en cuanto no está conectada y ella no quiere sentir ese vacío a su alrededor. La maldita crisis la dejó sin trabajo hace más de ocho meses y al principio le pareció como que le regalaban unas vacaciones después de tantos años de ir a la fábrica cada día. Pero las semanas comenzaron a pasar sin que la llamaran desde las bolsas de trabajo donde dejaba su currículum y tampoco desde las empresas a las que se había dirigido directamente. No estaba acostumbrada a pasar tantas horas en su casa. El techo se le caía encima y lo peor es que sus pocas amigas trabajaban la mayor parte del día o bregaban con niños pequeños que ella no había llegado a tener. No tiene razón Rafael, no. Ella sí siente que tiene motivos sobrados para llorar, aunque sea delante de una pantalla. Le cortaron las alas de su independencia y de un futuro cierto, y ya no es la mujer decidida de antes que se sentía realizada como persona. Pero en contra de sus sentimientos, acostumbra a imponerse el silencio a sí misma, porque a pesar de todo esto, ella es una privilegiada sin carencias económicas y le parece sumamente pedante y superficial quejarse de su suerte cuando ve tanta gente pasándolo mal a su alrededor para llegar a fin de mes.

— Rafael, no quiero sentirme así, no es justo.

Él comprende y la abraza más fuerte porque vislumbró en su momento lo que iba a pasar y porque ese juguete que un día le trajo bajo el brazo, en verdad solo ha servido para encubrir el desánimo y la depresión en los que está cayendo Carmen.

4.7.09

Nit d'Havaneres

Ha llegado la tan esperada noche de las Havaneres de Calella de Palafrugell. Como siempre tengo que verlo a través de la televisión. Luces sobre el mar, pequeñas barcas llenas de expectadores alrededor del escenario flotante o fijo sobre una gran roca, yates aparcados en la playa, gente sobre la arena con velas y paellas de barro plenas de ron caliente. La plaza arriba de la arena y que conforma la pequeña cala de este bellísimo pueblecito de pescadores, se haya inundada por los ocupantes de las típicas sillas de terraza que se extienden hacia la calle de arriba y los paseos laterales que dan al mar. Este año la artista invitada ha sido Lucrecia, la cantante cubana de preciosa voz y melena de colores. Ha sido un acierto para animar al público con su alegría y sus canciones de dulce sabor cubano.

Y siguen después los distintos grupos que traen nuevas canciones, en espera de poder sentir otras más tradicionales como Mi bella Lola o El meu avi -una de mis favoritas y creo que de la mayor parte del público-. Van surgiendo imágenes de los asistentes al expectáculo, que ocupan además las balconadas de las casas y no puedo evitar el reconcome de la envidia porque me gustaría estar allí. Pero nunca hasta ahora se han dado las circunstancias posibles para ello, siempre hay razones que lo impiden. Mas dicen que el que no se consuela es porque no quiere y creo que tener la oportunidad de verlo en televisión es un privilegio que el avance de los medios de comunicación me permite.... aunque, bueno... tal vez el año que viene....

25.6.09

Viaje en Tren

Venía cansada de caminar durante horas, vagando de orilla a orilla de la amplia acera, para no pasar por alto ninguno de los puestos plenos de libros. Muy a mi pesar, se nos había acabado el tiempo disponible y tuvimos que descender aquellas escaleras que nos alejaban de un día que me había resultado memorable. Nos iniciamos en los enrevesados túneles subterráneos, cada vez más complicados, donde convergen trenes de cercanías y metropolitanos. Enfilé directa a la pantalla para indagar sobre la vía escogida para el tren que necesitaba coger -qué ingenuidad la mía- antes de que lograse descifrar las primeras líneas, ya lo habían localizado mis dos acompañantes y tiraban de mi hacia las escaleras mecánicas que nos dejarían sobre el andén apropiado. Estas circunstancias aparecidas hace pocos años no las acabo de asumir. Supongo que será más cómodo para el estacionamiento de trenes el que no tengan una vía fija, pero en ocasiones, por culpa de esos minutos preciosos que pierdes buscando en la pantalla, se te escapa el tren que estaba a punto de salir y no te queda otro remedio que armarte de paciencia y esperar un tiempo, que se te hace largo, en el andén. Sin contar que siempre hay que ayudar a las personas más mayores que no entienden tal situación y te preguntan y escuchan como si hubiesen aterrizado de golpe en una película de ciencia-ficción.

El largo vehículo estaba a punto esperando y pude escoger un asiento al lado de la ventana. ¡Qué alivio para mis doloridos pies! Me arrellané en el asiento tanto como me fue posible, dispuesta a disfrutar de un modo de desplazamiento que se me ha hecho extraño en los últimos años. Aquel día era una fiesta especial y los coches colapsaban las calles del centro de la ciudad. Mucha gente había aprovechado las horas del mediodía, pero la mayoría esperaban a salir del trabajo por la tarde para poder desplazarse hasta allí. Digamos que en el vagón yo iba bastante cómoda y me entretenía mirando por la ventana cuando el tren salió a la superficie. El paisaje de las poblaciones colindantes ha ido cambiado durante estos últimos años con la proliferación de edificios y asfalto, pocos y jóvenes árboles y más de un grafitti en las paredes adyacentes a las vías del tren. Si rebusco en los recuerdos de cuando era pequeña, puedo decir que ha cambiado enormemente y no estoy segura de si ha sido para mejor. Supongo que sí, que estas pequeñas ciudades deben ser ahora más cómodas que antes, aunque no puedo dejar de añorar un cierto halo de misterio que las envolvía en aquellos años y que no les encuentro en estos tiempos. La tierra en el suelo, los campos entre grupos de edificios, incluso las paredes desconchadas han desaparecido... Llegamos a la estación de la que hace ya bastantes años había sido nuestro lugar de residencia, yo miraba a la gente que esperaba en el andén del otro lado y de pronto una cara se me hizo familiar... menos cabello, la cara más ancha y una incipiente barriga que nunca antes hubiese imaginado ¡caramba! Aquel era Jorge, sí, era él y su pareja. Lo dije en voz alta y mis compañeros miraron también. Intenté atraer su atención haciendo señales con las manos, más la modernidad se impuso de nuevo sobre la comunicación. Los cristales para ellos eran espejos que no dejaban ver el interior de los compartimentos ni a sus ocupantes. Nos conformamos con la contemplación de sus figuras hasta que continuamos el viaje.

Yo seguía con la vista en el paisaje pero ya no lo veía, meditaba sobre el paso del tiempo. Ese que nos hace olvidar y nos cambia la apariencia. Algunas veces había comentado lo extraño que me parece no encontrar a ningún amigo, de los de hace años, cuando voy a mi antigua ciudad. Aquel día descubrí el porqué. Seguramente en alguna ocasión podemos habernos cruzado con ellos, aunque sin vernos propiamente los unos a los otros. O mejor dicho, sin reconocernos. Los cambios físicos, sumados a la imagen cada vez más difuminada que va quedando archivada en recónditos lugares de la mente, no revisada por tiempo, nos vuelve ciega la mirada. Necesitamos un tiempo de contemplación sin prisas, algo de lo que casi no disponemos hoy día.

Llegamos a nuestro destino y poco después a nuestra casa. El día había sido largo y completo como yo había deseado. Tenía temas sobre los que reflexionar y pude escribir acerca de algunos de ellos. Hoy he recordado la escena del tren y no sé bien porqué. En algún momento algo me lo trajo a la mente...

23.6.09

Nit de Sant Joan

¿Salen esta noche las brujas? Pues cuidadito con las escobas, transporte altamente inflamable si les pilla un petardo de los que oigo lanzar a través de mi ventana. Algunos más que petardos parecen bombas, pero por suerte todo se queda en ruido y sobresalto para goce de chiquill@s y algún@s que dejaron de serlo hace ya bastante tiempo...

El año pasado lo celebré en Sitges, este año estoy castigada en casa. Las noches de Sant Joan para mi, suelen ser de lo más variadas, porque en pocas ocasiones hago planes por anticipado. Me gusta la variedad y la aventura. Esta vez como ha pasado con otras, se ha torcido el día de buena mañana para mi, más aún para dos personas amigas mías a las cuales les han colocado sendos yesos por caídas inesperadas. Una está en el hospital y se ha roto el femur, el otro en su casa y se ha roto la tíbia y el peroné. Me solidarizo con ellos, pues aún recuerdo cuando me enyesaron la pierna en la navidad del 2007.... Pero en fin, patatas con calabacín, que todo lleva su tiempo y en unos días estarán como nuevos.

Y yo por aquí escribiendo como siempre, a pesar de lo que han cambiado las cosas desde que comencé a rondar por el espacio virtual. Los nicks vienen, van o se mantienen, los foros se dividen o desaparecen mientras se crean otros nuevos derivados de aquellos... revistas creadas que se quedaron en el camino...gente afin, verde que te quiero verde y un día si te ví, no me acuerdo y a otra cosa mariposa. Hay quienes quisieron quedar y los conociste una tarde que se grabó en la memoria; en cambio otros lo piden por la boca chica y no sé para qué, pues cuando llega la oportunidad se hacen los suecos; a otros les dejó de funcionar bien el correo, solo a ratos selectos intermitentemente... hay historias que pasan y no cazo ni la mitad tal vez porque no va conmigo o porque me he perdido algo o porque debo estar en Babia, que será lo más normal. El caso es que cada vez entiendo menos cosas de las que pasan y tampoco quiero entenderlas, porque comienzan a cansarme de puro rutinarias.

Sigue la petardada ahí fuera y ahora se me viene a la cabeza que he de acordarme mañana de felicitar a tod@s l@s Juanes que me pillen cerca, porque soy muy despistada. L@s que leais esto y sea vuestro día mañana, considerad ya mi felicitación. El mío fue la semana pasada pero no soy creyente y no lo celebro, aunque en casa siempre me cae algún detalle y para eso sí que estoy :) Pues quedamos que mañana es miércoles y fiesta, oseasesea no tengo que ir a trabajar, día de panching total, si no ocurre nada... que espero que no.

Ahora a dormir si me dejan. Bona nit.

22.6.09

Un día completo


Hoy he salido a caminar, aunque un poco más lejos de lo habitual. Todos los veranos aprovecho para recorrer pueblos marineros, sobre todo de la Costa Brava. Hoy le ha tocado a Palamós. No diría que es pequeño, pues aunque su casco antiguo sí lo és, cuenta con varios puertos y una larguísima playa y amplio paseo. Además hoy había feria porque el día 23 comienza la fiesta mayor de la población y por esa causa, la excursión ha sido más entretenida. Por otro lado me ha parecido muy bien el lugar escogido para instalar la feria, justamente al principio de la arena, de esta manera tienen acceso a las diversiones los paseantes y los que se bañan en la playa.

La anecdota del día ha sucedido al pedir por el lavabo en el restaurante. El camarero nos ha contado que llevan una temporada, en los distintos establecimientos turísticos de la población, que se están sucediendo robos indiscriminados de los grifos en los lavabos y nunca saben en qué momento sucede hasta que algún cliente lo comunica. ¡A cuadritos me he quedado! Y me pregunto si esto será una de las consecuencias de la crisis o es que alguien se ha decidido a ampliar el mercado negro con el negocio de los grifos de segunda mano...

La cámara de fotos, últimamente, se suele quedar en casa olvidada en su cajón correspondiente. Por suerte el señor Google siempre tiene de todo en sus archivos, así que adornaré este post con dos de las fotos que he encontrado de este precioso lugar.

17.6.09

Verano


Parece ser que ya se abrió la puerta del verano y ya ha entrado la calor tórrida a ciertas horas del día, la ropa que comienza a pegarse a tu cuerpo, los pies creciendo dentro de las sandalias, las abejas pululando por todas partes...
Aún no he oído el crick crick de las cigarras, pero seguro que están ensayando en alguna parte. Y se acerca San Juan con la clásica petardada... en fin, otro año más para echarse a la calle con el fresquito y a la playa para remojarse.
Los niños acaban el colegio y los no tan niños terminan los exámenes. ¿Qué nos deparará este verano? Qui ho sap...