10.7.11
1.7.11
Corren días de verano...
Los días languidecen entre calores eternos, esperando un estímulo que los llene de emoción. El verano, ese verano libre de obligaciones, promete sabores de aventuras, días intensos gratamente planeados.Como contaba El Principito, contaré yo los días que faltan anteponiéndome, anhelando, disfrutando la emoción de lo venidero. Porque no es otra cosa nuestra vida que un carro de emociones, arrastradas sus ruedas por un angel llamado ilusión. Sin la ilusión no habría camino ni sendero que nos llevara siguiendo nuestro rumbo.
A veces creemos que la ilusión nos abandona, pero no es cierto. La ilusión no solo está en los grandes hechos, pues es en las pequeñas cosas donde más se explaya. Disfrutemos de ellas hoy, el mañana que vendrá será otro presente que aún desconocemos y no tiene sentido preocuparnos por él antecediéndolo con posibilidades imaginarias. Mejor será dejarnos acompañar por nuestra amiga ilusión, ya que todo llegará como el destino decida.
27.6.11
La Maleta de Lagarde
- ¡Osú, madre mía! ¿y que traerá este tío en la maleta?
Antonio ‘el maletas’ está que se sale de sudor mientras arrastra el voluminoso equipaje hasta la puerta del ascensor. El dueño del muerto aquel, un tipo bien trajeado y con flequillo diseñado por estilista, camina detrás hablando por el móvil. Se le ve un rato largo la petulancia en las maneras, la prepotencia del que domina. En el ascensor cierra el teléfono con un gesto afectado i se coloca el pulgar y el índice en la barbilla mientras mira el techo del ascensor como si estuviera planeando un nuevo diseño para esa caja elevadora. Antonio lo mira socarrón, ha visto otros tipos como este y piensa: ‘mucho teatro y luego na de na’. En la habitación la maleta se queda a los pies de la cama, Antonio abre la puerta del lavabo comprobando que todo esté correcto y entrega la llave al cliente antes de salir, - ‘Bon suár, mesié’.
En recepción no hay clientes y ‘el maletas’ se acoda en la superficie de mármol rosa, Janine está liada en el ordenador pero le mira a la cara y sonríe:
- Monsieur Jean Lagarde. Solamente una noche, mañana temprano te dejará la maleta en consigna y la recogerá por la tarde. No apuestes nada, no vas a tener oportunidad de ver lo que lleva dentro. – ¡Mon Dieu! mira que llegas a ser…¿cotorra?-.
- ¡Cotilla, se dice cotilla! Niña, más respeto que puedo ser tu padre. –Antonio le guiña un ojo a Janine- Ya veremos mañana lo que trae este repeinao. Y me voy, que por hoy ya he cumplio. No te canses niña.
Antonio se cambia la chaqueta en el cuarto de las maletas. Al salir encuentra al tal Lagarde que enfila caminando la rue Lafayette en dirección a las galerías. El maletero lleva el mismo camino y la distancia le permite ver como el hombre sube a un coche que le espera en la esquina, no ha podido ver al conductor y Antonio se desentiende silbando una melodía mientras sus pasos se pierden por la calle mojada entre luces y coches aparcados.
Son las ocho de la mañana, Antonio está de nuevo en su puesto. Janine ha sido sustituida por un joven más serio que no sabe apenas nada de castellano. El maletero no se arredra y avisa que va a la 306 alegando que tiene encargado pasar a recoger el equipaje. En el pasillo del tercer piso un carrito con ropa limpia delata la presencia de una camarera arreglando habitaciones. Antonio da tres golpes en la puerta:
-¡ Servís de valís, mesié!, ¡servís de valís!
Como esperaba, la puerta no se abre y el maletero utiliza su llave, no hay nadie en la habitación y desde el lavabo se oye el ruido del agua de la ducha al caer después de chocar contra un cuerpo. Sobre la cama se encuentra la maleta cerrada pero sin encajar en los cierres. Antonio la abre rápidamente y entre la ropa tres caras humanas sin ojos le hacen retroceder espantado, ha estado a punto de lanzar un grito…., pero no, una nueva mirada le hace ver que son tres cabezas de mujeres talladas en piedra. Cierra rápidamente la maleta y sale de la habitación, el tal Lagarde no ha oído nada.
Antonio ‘el maletas’ está que se sale de sudor mientras arrastra el voluminoso equipaje hasta la puerta del ascensor. El dueño del muerto aquel, un tipo bien trajeado y con flequillo diseñado por estilista, camina detrás hablando por el móvil. Se le ve un rato largo la petulancia en las maneras, la prepotencia del que domina. En el ascensor cierra el teléfono con un gesto afectado i se coloca el pulgar y el índice en la barbilla mientras mira el techo del ascensor como si estuviera planeando un nuevo diseño para esa caja elevadora. Antonio lo mira socarrón, ha visto otros tipos como este y piensa: ‘mucho teatro y luego na de na’. En la habitación la maleta se queda a los pies de la cama, Antonio abre la puerta del lavabo comprobando que todo esté correcto y entrega la llave al cliente antes de salir, - ‘Bon suár, mesié’.
En recepción no hay clientes y ‘el maletas’ se acoda en la superficie de mármol rosa, Janine está liada en el ordenador pero le mira a la cara y sonríe:
- Monsieur Jean Lagarde. Solamente una noche, mañana temprano te dejará la maleta en consigna y la recogerá por la tarde. No apuestes nada, no vas a tener oportunidad de ver lo que lleva dentro. – ¡Mon Dieu! mira que llegas a ser…¿cotorra?-.
- ¡Cotilla, se dice cotilla! Niña, más respeto que puedo ser tu padre. –Antonio le guiña un ojo a Janine- Ya veremos mañana lo que trae este repeinao. Y me voy, que por hoy ya he cumplio. No te canses niña.
Antonio se cambia la chaqueta en el cuarto de las maletas. Al salir encuentra al tal Lagarde que enfila caminando la rue Lafayette en dirección a las galerías. El maletero lleva el mismo camino y la distancia le permite ver como el hombre sube a un coche que le espera en la esquina, no ha podido ver al conductor y Antonio se desentiende silbando una melodía mientras sus pasos se pierden por la calle mojada entre luces y coches aparcados.
Son las ocho de la mañana, Antonio está de nuevo en su puesto. Janine ha sido sustituida por un joven más serio que no sabe apenas nada de castellano. El maletero no se arredra y avisa que va a la 306 alegando que tiene encargado pasar a recoger el equipaje. En el pasillo del tercer piso un carrito con ropa limpia delata la presencia de una camarera arreglando habitaciones. Antonio da tres golpes en la puerta:
-¡ Servís de valís, mesié!, ¡servís de valís!
Como esperaba, la puerta no se abre y el maletero utiliza su llave, no hay nadie en la habitación y desde el lavabo se oye el ruido del agua de la ducha al caer después de chocar contra un cuerpo. Sobre la cama se encuentra la maleta cerrada pero sin encajar en los cierres. Antonio la abre rápidamente y entre la ropa tres caras humanas sin ojos le hacen retroceder espantado, ha estado a punto de lanzar un grito…., pero no, una nueva mirada le hace ver que son tres cabezas de mujeres talladas en piedra. Cierra rápidamente la maleta y sale de la habitación, el tal Lagarde no ha oído nada.
En el pasillo la camarera mira a Antonio con ojos cansados y sigue con su trabajo, está acostumbrada a las maneras de este hombrecillo curioso y sabe que es inofensivo, más tarde se enterará del motivo por el que ha suspirado aliviado y le ha indicado silencio con el índice cruzando los labios. Él se dirige al bar en el restaurante del hotel y se pide un café para terminar de reponer sus nervios, el camarero también es español y escucha la historia de las tres cabezas con una sonrisa en los labios, son estas anécdotas de Antonio las que rompen la monotonía del trabajo en el hotel…
17.6.11
Dime que fue un sueño
Tengo los ojos abiertos y veo como se abre la puerta de mi habitación, entra la luz del día y detrás de ella aparece mi madre, pronuncia mi nombre para llamarme y de mis labios no sale ninguna voz. Mi cuerpo está inerte, no lo siento. Sé que están ahí mis piernas, mis brazos, mis manos….pero no los puedo mover aunque lo estoy intentando. Mis ojos se abren y se cierran y miro a mi madre implorándole ayuda, mi boca no dice nada y comienzo a llorar y a emitir un débil gemido de horror que me sale desde muy adentro. Ella se acerca hasta mi cama y me mira primero extrañada, y después asustada alarga su mano y me toca… ¡Ya está! Mis manos, mi cabeza, mi cuerpo, mis labios se mueven, ya puedo hablar. El calor de esa mano materna ha sido el chispazo para volver a la vida. El corazón ahora me late muy deprisa.Ella sentándose despacio a mi lado quiere saber qué es lo que me pasa, si he tenido un mal sueño, si es verdad que me ha visto los ojos abiertos mientras gemía. No sé cómo explicarle todo esto si yo mismo no lo entiendo. Anoche me acosté tarde, como siempre, repasando los libros y tomando apuntes para un examen de historia que he de hacer esta semana. Cuando apagué la luz me quedé pensando en la fotografía impresa en la página del libro, ese famoso cuadro de David donde aparece Napoleón con la corona en la mano proclamándose emperador ante la vista de la corte y el clero. Me quedé dormido y recuerdo -y eso ya me parece muy raro- un extraño sueño en el que la habitación medio a oscuras crecía hacia abajo, los muebles caían y en mi estómago comenzaba a sentir una especie de vértigo. Perdí el tacto de las sábanas y mi cuerpo comenzó a girar, a girar y después nada, oscuridad total.
- Hijo, eso nos pasa a todos alguna vez. Dicen que se separan el cuerpo y el alma. ¿Estás seguro de que fue tu primer sueño y no el último, ahora ya por la mañana?
Me siento confundido con las explicaciones de mi madre ¿separación del cuerpo y el alma? ¿Mi madre cree en eso? Esta noche he sentido otra cosa también muy extraña, tendido a mi lado había algo parecido a un animal, he sentido su calor en mi brazo derecho y he notado un movimiento lento y pausado como el que hacen los gatos cuando se arriman y te rozan la piel, he buscado a tientas y con miedo pero no he encontrado nada.
- Contesta mamá, dime la verdad. Dime que fue un sueño. No quiero temer a la noche, cerrar los ojos y no sentir mi cuerpo, tal vez mañana tu mano no me devuelva la vida y ¿qué será de mi alma si no está muerta y no puede gritar?
Mi mano de niño está entre las manos de mi madre que me acaricia con mucho cariño, está buscando con sus ojos en el interior de mis ojos ¿Qué ha encontrado en ellos que no me responde?
14.6.11
El Tren
Sueño con la mirada perdida a través de la ventana del tren en el que viajo cada día. Paisajes de campos y de viñas, de edificios industriales recién pintados, de casas viejas medio caídas. Un pueblo a lo lejos duerme bajo el sol primaveral, no se distinguen sus gentes ¿qué harán? las campanas de la iglesia no tocan las horas, tampoco doblan por algún muerto, mejor que sea así, no me gusta la muerte. En el vagón hay poco que ver, los mismos de siempre viajamos a la misma hora. Son caras que no me dicen nada, no miran a los ojos, miran a los cuerpos y a las cabezas ladeadas o agachadas, tampoco yo las miro, es la educación. Cuando la sombra en el cristal lo permite veo reflejados los ojos de alguien que me observa, yo también le miro y no se da cuenta. Me pregunto qué pensará sobre mi aspecto y algo nervioso me recoloco en el asiento, miro mis manos y busco la limpieza en mis zapatos, estoy bien y me relajo en mi puesto mirando de nuevo por la ventana.Me gusta este corto trayecto en el tren, me traen a la mente como en una fotografía algunos escritos de algún poeta de la generación del 98 que aparecían en un libro de primaria: Apenas unos trazos coloreados del interior de un vagón con asientos de madera, un niño y un hombre con pipa en la boca y un libro en la mano; al lado unos versos que comenzaban:
Yo, para todo viaje
- siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera-,
voy ligero de equipaje.
Luchando con la nostalgia me digo que mi tren es más cómodo y más rápido; la campiña, seguramente, debió de ser más verde y más limpia en aquellos tiempos pasados, pero a los poetas se les olvida que los paisajes son menos bucólicos cuan
do hay que trabajar en el campo con bueyes tirando de los arados. Me viene a la memoria algo que he leído hace algunos días: Un periódico de la época pidió a Azorín que escribiese unos artículos acerca de los pueblos de la meseta española y él sin muchas ganas utilizó para ello los trenes de cercanías que salían desde Madrid. El mismo periódico le facilitó una pistola para defenderse, ya que en aquel entonces La Mancha estaba plagada de bandoleros. No me extraña que a él no le hiciese mucha gracia tener que hacer aquellos trayectos.-Billete, señor.
- ¿…? ¡Ah! sí, el billete, aquí tiene.
A este revisor que va perfectamente arreglado yo le pondría, sin embargo, el gorro con visera y la chaqueta con botones dorados. Siempre lo espero así y nunca entiendo lo que me pide porque parece otro viajero. Su llegada me avisa de que mi viaje pronto llegará a su fin. Desde mi ventana veo a lo lejos los primeros edificios y aquella enorme botella de licor pintada en el lateral de una casa, por suerte hay cosas que se conservan y no pasan. Nos acercamos a la estación, me encanta, es una gran construcción antigua, de piedra, con columnas redondas, arcos en las puertas y altos techos, el suelo es antiguo con dibujos geométricos en verde y rojo, los asientos aún son de madera. En verano da gusto sentarse en su interior, con las puertas abiertas, es fresco y acogedor. Me gustaría que aguantase así por muchos años, yo vendría cuando estuviese jubilado a sentarme aquí tranquilamente y mirar como pasan los trenes y como pasa la gente. ¡Final del trayecto! El viaje se ha acabado y también los sueños.
5.6.11
Me doy permiso...

Me doy permiso para llorar, para reir, para estar triste, para ser feliz... me doy permiso para hacer las cosas mal, para hacerlas bien, para equivocarme, para acertar... me doy permiso para ser yo misma con mis defectos y mi virtudes, con mis rarezas, con mis coincidencias con los demás... me doy permiso para hacer el ridículo, para sonreir cuando lo haga, para sonreir cuando lo hagas tú...
Me doy permiso para poder respirar profundamente y darme cuenta de que soy humana y que la vida continua... me doy permiso para lamentarme cuando necesite hacerlo y me autorizo a buscar unos ojos amigos que lloren conmigo... me doy permiso para abrazarte, coger tu mano y consolarte cuando lo necesites, cuando me lo pidas... me doy permiso para odiar cuando me hacen daño y gritar y sacar lo peor de mí en esos instantes que dure mi enfado... y después relajarme y descansar sin avergonzarme por mi estallido de ¿mal? genio... me doy permiso para desatar mis emociones cuando me urja manifestarlas... Me doy permiso para vivir... aunque a veces cueste tanto, me doy permiso para vivir... aunque sea tan fácil hacerlo porque soy consciente de ser feliz... me doy permiso para vivir... porque ser humana a veces es complicado o tan sencillo si te das permiso...
Me doy permiso para poder respirar profundamente y darme cuenta de que soy humana y que la vida continua... me doy permiso para lamentarme cuando necesite hacerlo y me autorizo a buscar unos ojos amigos que lloren conmigo... me doy permiso para abrazarte, coger tu mano y consolarte cuando lo necesites, cuando me lo pidas... me doy permiso para odiar cuando me hacen daño y gritar y sacar lo peor de mí en esos instantes que dure mi enfado... y después relajarme y descansar sin avergonzarme por mi estallido de ¿mal? genio... me doy permiso para desatar mis emociones cuando me urja manifestarlas... Me doy permiso para vivir... aunque a veces cueste tanto, me doy permiso para vivir... aunque sea tan fácil hacerlo porque soy consciente de ser feliz... me doy permiso para vivir... porque ser humana a veces es complicado o tan sencillo si te das permiso...
24.5.11
El Suicida
- Mire yo… ¿qué quiere que le cuente? No soy un héroe ¿sabe?...No me siento capaz de pasar por todo lo que me deparará la enfermedad. Todo ese dolor…ese malestar, la radioterapia...o la quimioterapia…o lo que sea. Todas esas cosas por las que ustedes apuestan para alargarnos la vida un poco más, unos meses más de sufrimiento. Ya lo estoy pasando bastante mal, no soy el mismo, siento como mi cuerpo decae y como la enfermedad me corroe por dentro. Y no quiero seguir así, pero soy un cobarde. Soy tan cobarde que me da miedo acabar con mi vida, tengo pánico de la agonía del último momento y por eso decidí tomarme las pastillas.
- ¿Y creyó que conseguiría llegar hasta el final sin que nadie se diese cuenta? Permítame explicarle... en una gran proporción de los pacientes que hemos atendido tras intentar suicidarse con pastillas, no querían hacerlo en realidad, en el fondo de su ánimo simplemente buscaban llamar la atención de las personas de su entorno...
-
No es mi caso, no, para nada. Yo lo intenté todo antes de eso…bueno, todo no. Nunca he tocado un arma, hubiese sido muy difícil tener acceso a una y no creo que acertase al primer intento ni al segundo, seguramente me haría daño y no acabaría con mi vida... Lo primero que se me ocurrió, lo más fácil, fue subir a la azotea de casa e intentar lanzarme al vacío. Pero aunque parece sencillo no lo es, hay que tener mucho valor. Cuando estás allá arriba imaginas como tu cuerpo cae a una velocidad vertiginosa y te ves invadido por el pánico intentando agarrarte al aire en unos segundos interminables para después recibir un impacto terrible que te llenará todo el cuerpo de un dolor insufrible antes de morir…si consigues morir, claro. He oído hablar de casos en los que el suicida ha estado moribundo durante días. No fui capaz de hacerlo.
-
…………
- No, no me diga nada. Sé que me va a decir que el verdadero valor está en enfrentarse a la vida. No le diré que no sea verdad, pero a estas alturas esa frase ya no me sirve. A la vida nos enfrentamos por inercia, porque no nos queda más remedio. Igual pasa con la muerte, no podemos luchar contra ella. Yo temo al sufrimiento físico. Por eso volví a la playa aquella noche. Pude aguantar el frío del agua mientras rodeaba mi cuerpo mientras avanzaba hacia su interior, recuerdo que el corazón cada vez me palpitaba más deprisa y que empezaba a faltarme el aire cuando aún no me había sumergido, acerté a oír voces y gritos pero seguí adelante dispuesto a llegar al final. Cuando mis pies dejaron de tocar fondo, hice esfuerzos por mantener la cabeza dentro del agua, sabía que debía abrir la boca y dejar que el líquido frío entrase dentro de mí, pero mis labios y mi nariz se mantuvieron firmes aguantando el aire que tenía dentro. Llegó el momento de expulsarlo y la primera bocanada de agua me invadió. Fue horrible sentir que me faltaba el aire, me revolví en el agua luchando conmigo mismo, el pecho parecía a punto de explotarme y el instinto me venció. Subí a la superficie aterrado, devorando el oxigeno desesperadamente y saqué fuerzas de donde no las tenía para nadar hasta que unos brazos me apresaron y me condujeron hasta la orilla.
-
…………
.
-
No voy a narrarle las explicaciones tan absurdas que tuve que dar a mi familia. Estoy seguro de que no se las creyeron pero me dejaron en paz. Las demás posibilidades las descarté sin un mínimo intento, estrellarme con el coche o arrojarme a una vía de tren no eran del todo infalibles y de nuevo aparecía un aumento del dolor físico como alternativa. Entonces fue cuando pensé en los relajantes musculares que estaba tomando, me producen una gran somnolencia cuando los tomo y no siento el dolor durante unas horas. Imaginé que sería una muerte muy dulce, me dormiría tan profundamente que no sentiría nada…nada. Al otro medicamento supuestamente soy... bueno, era alérgico. Así, con esta mezcla, podía acabar de una vez casi sin sentir, sin darme cuenta de cómo la respiración comenzaría a bloquearse y el corazón poco a poco dejaría de latir por falta de oxígeno en la sangre. Hubiese sido una muerte muy placentera, contraria a la que me espera. Había conseguido ingerir veinte pastillas entre ambos medicamentos y estaba solo en casa, mi hija estaba en la universidad y mi mujer tardaría aún dos horas en llegar desde el trabajo… Había estado tan preocupado reuniendo el valor necesario durante horas, durante días, que no percibí información alguna sobre la huelga de estudiantes… ¿Cómo podía imaginarme que mi hija volvería a casa a la media hora de…? Y qué decirle de los caprichos del destino... diez años evitando ese medicamento por una alergia confirmada por varios médicos de este mismo hospital... y a la hora de la verdad, nada... tan solo una caída de tensión... Yo, serenamente, les aseguraba que lo mejor es que me dejasen en mi cama, que no iban a llegar a tiempo aunque la ambulancia acelerase con toda urgencia, pues la alergia actuaría más rápido que ellos... y ya ve, me siento ridículo ante los hechos, no hubo tal reacción y ahora... con el lavado de estómago... Un mal rato para nada...
- Mañana verá usted las cosas de otra manera, hoy debería dejar de atormentarse y descansar…
-Descansar…sí…. Querría descansar…de una vez…
1.4.11
Nada perdí
Nada perdí, porque nada era mío. Todo es efímero en esta vida. Se atesoran cosas, afectos, momentos felices,... pero nada ni nadie nos pertenece.El transcurrir de la vida me lo ha ido enseñando, la negra guadaña corta limpiamente lazos que creía bien atados. La sabia naturaleza, con el tiempo, va aflojando otros nudos que nacieron de mí. Y poco a poco mis brazos ya no abrazan y mis manos no retienen otras manos tan queridas. Así es como ha de ser.
Reflexionar serenamente sobre el pasado, ayuda a ver con más claridad. Lo que hice, lo que podía haber hecho, lo que debí pensar antes de hacer,... recuerdo los aciertos y los errores, lo que es al fin y al cabo el recorrido de un ser humano.
No es más sabio el que más aciertos consigue, sino el que menos errores comete. Esas son mis conclusiones pero... -siempre hay un pero- el destino te lleva por tu camino propio, que no es el mismo de ningún otro. Las decisiones que tomo hoy, con la experiencia adquirida, no son sinónimo de buenos resultados, aunque hayan sido decisiones muy meditadas. Habrá muchas circunstancias que influyan en el devenir de los acontecimientos, tal como ha ocurrido siempre. Porque por no tener, no tengo ni la certeza de que lo planificado se cumpla ¿Quién la tiene?
Nada perdí ni nada perderé, simplemente porque no poseo nada.
26.3.11
Ni -ni -ni -ni....
Encontró una noticia que hablaba sobre la generación Ni-ni. No tenía ni idea de lo que querían decir aquellas dos sílabas, así que las escribió en el buscador y encontró información sobre distintas generaciones. La generación X o "Generación perdida", nacidos después de lo que se dió en llamar el baby-boom, con pocas posibilidades de trabajar y tampoco de estudiar y caracterizada por la apatía consecuente; después describían a la generación Y, los jóvenes pertenecientes a la década de crecimiento económico que les permitía un buen nivel de vida con acceso a nuevas tegnologías y dispuestos a asumir nuevos retos. Por fin llegó al párrafo que describía la generación Ni-ni: "Ni estudia, ni trabaja" refiriéndose a los menores de 34 años que viven en casa de sus padres y no sienten deseos de hacer nada más allá que vivir a costa de sus progenitores.Daba para reflexionar y se le ocurrieron muchas explicaciones para las distintas circunstancias que habían concurrido para que se pudiesen poner estas etiquetas. Probablemente justas para hacer estadísticas, acaso humanamente injustas por tantas causas que habían influido en el comportamiento consecuente de los etiquetados en el peor de los casos.
Ella pertenecía a los principios de la década de los sesenta y cuando le llegó la adolescencia se encontró con una crisis económica que le cerró el camino laboral a los dos años de estar trabajando. Los estudios se quedaron a mitad de camino: huelgas, cambios políticos, golpe de estado, una visión poco clara sobre su futuro... Años ejerciendo de ama de casa, de madre... Sin darse casi cuenta de los cambios, cumplió los cuarenta años y volvió a coger los libros, comenzó a trabajar al igual que la mayoría de sus amigas y de alguna manera se sintió realizada. Parecía que le había llegado la oportunidad para demostrarse a sí misma que tenía la capacidad de ser independiente económicamente. Ya no tendría que sentir esas frases en las que se le menospreciaba los trabajos desarrollados en el hogar, la multitud de facetas aprendidas y ejecutadas para saber ser una buena madre, educadora, casi psicóloga infantil, enfermera, administradora, limpiadora y el largo etcétera que conlleva sacar adelante una casa y una familia.
Se sintió deprimida al leer la noticia sobre los Ni-ni. Su trabajo fuera de casa no le había durado mucho. Había una nueva crisis económica y como tantísimos otros trabajadores, le llegó el día de sentarse a esperar en una sala de la mal llamada oficina de empleo, para registrarse como persona desempleada. Se preguntó a qué generación pertenecía ella. No había descripción para la suya. Con su edad y sus expectativas podría ponerse una buena etiqueta: Ni trabaja, ni tiene posibilidades de hacerlo, ni tiene carrera universitaria, ni tiene posibilidades de acabarla a tiempo para ejercer, ni tiene capacidad económica para costeársela, ni tiene ganas de intentarlo, ni tiene ganas de hacer esfuerzo alguno para salir de esta trampa que son las crísis económicas, ni tampoco tiene ilusión. Esto último es lo que más le dolía, la falta de ilusión que la había llevado a una apatía que no lograba vencer.
Se decía que no tenía carencias materiales ni afectivas y eso era un privilegio que debía valorar. Se decía a sí misma muchas cosas para salir de esa apatía que la estaba consumiendo cada día un poco más. Le pesaba la soledad de la espera diaria, demasiadas horas encerrada en casa sin tener una obligación para salir a la calle. La mayoría de los días no cocinaba y comía cualquier cosa cuando le acuciaba el apetito. No dormía bien y se despertaba en medio de pesadillas. Tampoco su familia quería entenderla cuando les explicaba que estaba cansada de vivir, que consideraba haber cumplido con sus obligaciones como ser humano y que no le encontraba sentido a la vida.
Leyó de nuevo la noticia y hasta le encontró la gracia a esto de poner etiquetas a las distintas generaciones. Algún listo podría incluso poner de moda, para el verano, camisetas de colores con el nombre de la generación en la espalda. Ella pediría una especial con muchos "Ni".

18.3.11
8.3.11
Libre
¿Las rejas son propias o ajenas?
¿Nos dejamos apresar conscientemente en esta jungla de asfalto?
¿Somos dueños realmente de nuestra vida?
Mañana será otro día, pero hoy me siento LIBRE.
22.2.11
Estado físico y otros
Estado físico: Cansada
Estado anímico: Cansada
Situación real: Cansada al cuadrado.
Motivación para efectuar movimientos: 0
Motivación para pensar: 0
Motivación para ejecutar obligaciones: 0
Protocolo a seguir: Me voy a descansar al menos dos horas.
Horrores para mañana: Comenzaré rehabilitación por la tarde.
Inglés: El procesador de datos me funciona correctamente pero falta más memoria. El Ram no está preparado para asimilar la extensa cantidad de vocabulario que ha atascado el sistema.
Gananciales: Parece que aún queda algo de humor negro en la despensa.
Pérdidas: No puedo más, me voy a descansar.
Estado anímico: Cansada
Situación real: Cansada al cuadrado.
Motivación para efectuar movimientos: 0
Motivación para pensar: 0
Motivación para ejecutar obligaciones: 0
Protocolo a seguir: Me voy a descansar al menos dos horas.
Horrores para mañana: Comenzaré rehabilitación por la tarde.
Inglés: El procesador de datos me funciona correctamente pero falta más memoria. El Ram no está preparado para asimilar la extensa cantidad de vocabulario que ha atascado el sistema.
Gananciales: Parece que aún queda algo de humor negro en la despensa.
Pérdidas: No puedo más, me voy a descansar.
25.12.10
26.8.10
Una pausa

En primer lugar querría agradeceros los comentarios que habeis dejado en la anterior entrada. En esta os comunico que voy estar un tiempo sin escribir. Ya hace días que no lo hago, pero me parece mal irme así, de rositas, sin decir nada :)
No sé el tiempo que tardaré en volver, a lo mejor poco o tal vez mucho.
Mientras tanto os deseo que seais felices.
Hasta la vuelta.
12.8.10
Ayer compré un libro
Me enviaron este vídeo por correo el mes pasado y ayer conseguí encontrar el libro por fin. El título en castellano es "Confesiones de un ganster económico". Me parece que va a ser muy interesante porque el vídeo ya confirma lo que muchos sospechábamos.
Siempre se critíca a los políticos, pero los que de verdad manejan el mundo son los que estan detrás de las grandes empresas, a las que les importa muy poco la vida de los hombres, mujeres y niños que han de sufrir la miseria y sus consecuencias.
Después de darle al play, tardan un poco en aparecer las primeras imágenes, pero merece la pena.
9.6.10
Clak Tap
Nadia se sentía cansada bajo los rayos hirientes del sol del mediodía, abrió una de las sillas de tijera y se sentó a beber agua de aquella botella más que templada por el calor. Giró la cabeza y vio a Santiago que le hacía señales interrogándola, era tarde, él se tocó la esfera del reloj con un dedo y Nadia decidió volver al trabajo. Clak tap, clak tap, clak tap, clak tap, clak tap… maderas abiertas y patas en el suelo, maderas abiertas y patas en el suelo,… en línea, detrás y al lado, al lado… clak tap, clak tap… Le dolía la espalda y la nuca, los brazos y los hombros parecían a punto de descolgarse y las manos, aunque las llevaba protegidas con vendas, le dolían tanto que la hacía temer el no poder volver a abrirlas completamente nunca más. Llevaba varias noches soñando con aquellas malditas e infinitas sillas y la voz de Santiago se imponía una y mil veces en sus pesadillas, vocalizando en diferentes tonos, en diferentes medidas de volumen pero, con insistente tenacidad, la misma letanía “…es bastante dinero Nadia, Nadia, tendremos para un año, Nadia, dinero, dinero, un año, Nadia, Nadia... Clak tap, clak tap…Santiago se daba prisa, quedaba poco tiempo y tenía que sacar el camión de allí. Después de comer debía volver para ayudar a Alex con el equipo de sonido. Quería hablar con él sobre el dinero que aún no había visto y sobre un contrato que aún no habían firmado. Clak tap, clak tap, clak tap… Ahora se daba cuenta de que aquello no iba a ser lo que habían convenido, el tal Alex estaba demostrando ser un “vivo” con mucha labia para convencer y bastante sordo para cumplir. Clak tap, clak tap,… lo que peor llevaba era haber arrastrado a Nadia hacia aquella aventura, la cual no estaba seguro que fuese a terminar como él había imaginado. Veía a la muchacha muy cansada y dudaba que pudiese aguantar los cinco días de trabajo que les quedaban todavía por delante. Clak tap, clak tap, clak tap… Si Alex le pagase lo que le debía, podría buscar a alguien más que les ayudase, aquel trabajo era demasiado pesado para tan pocas manos.
Nadia se arrellanó sobre los dos asientos del camión e intentó conciliar el sueño una vez más pero, de nuevo, aquella voz a través de los altavoces se coló por sus oídos invadiéndole los tímpanos y el cerebro:
—…porque la iniciativa y la responsabilidad son las que promueven las mejoras para los ciudadanos, porque todos los ciudadanos debemos luchar por nuestro futuro…
Nadia se removía intentando ignorar aquellos sonidos, aquel discurso, por tantas veces escuchado y que no le decía nada. Tanta palabrería le sonaba hueca en la boca de aquel candidato a las inminentes elecciones al gobierno del país. Se tapó los oídos con los almohadones que utilizaban Santi y ella para dormir en el camión; cuando, cansados de recoger sillas, tarima y aparatos de sonido, buscaban algún área de descanso donde poder comer algo y dormir unas pocas horas antes de proseguir camino hasta la próxima población; lugar más cercano o más lejano, donde actuase el candidato feliz que dormía en camas de hoteles y comía en buenos restaurantes. Ese candidato que no se preocupaba, en modo alguno, de las circunstancias en que trabajaban los que cuidaban de todos los detalles para que su actuación fuese posible y perfecta. “Clak tap…clak tap…clak tap…” Nadia se despertó bruscamente, apenas había dormido cinco minutos con el subconsciente invadido por el sonido de las sillas, lo tenía metido en el bolsillo del alma esperando a que ella se dejase ir para martirizarla con su eterno son…
A las doce de la noche subieron y cerraron las puertas del camión. Santi lo hizo más fuerte de lo habitual, con ganas de descargar la rabia por no haber podido dormir aquella tarde, intentando hablar con un Alex que le había esquivado con astucia. No había tocado ape
nas la comida al mediodía con las prisas… Desplantes, malas caras y evasivas es lo único que había obtenido de aquel hijo de… Estaba agotado, pero decidió salir de allí y conducir al menos una hora antes de parar a dormir. Apretó el acelerador mientras le aseguraba a Nadia que buscaría algún motel de carretera donde ambos pudiesen descansar suficientes horas aquella noche. Pisó con más rabia el pedal, no merecía la pena tanta puntualidad con gente que no cumplía su palabra, tomarían una buena cena, dormirían y… el grito de Nadia rompió el hilo de sus pensamientos o de su adormecimiento, antes de abrir los ojos y dar un golpe de volante en sentido contrario para no chocar contra la barrera de aquella carretera. No pudo controlar el vehículo… la fuerza de la carga lo hizo patinar mientras él intentaba enderezarlo girando ora hacia un lado, ora hacia el otro y pisando intermitentemente el freno y el acelerador. Nadia se sintió zarandeada dentro de aquel habitáculo y aún acertó a escuchar el crujido de los vidrios rotos, antes de sumergirse definitivamente en la oscuridad. Para Santiago el vacío llegó en un instante anterior, cuando sintió el estómago y el pecho comprimidos, por aquel volante que aún sostenía entre las manos.1.6.10
Michelle
El trozo de carboncillo parecía bailar entre sus dedos, ahora manchaba el papel con el lado de una larga barra, después resaltaba un vértice con la parte más afilada de un minúsculo pedacito. Una diminuta goma de borrar, blanca a fuerza de limpiarla sobre la madera, rompía sombras y acentuaba expresiones; el difuminador, aplicado con la gracia que la caracterizaba, convertía negros en distintas gamas de grises y de nuevo, aparecía el carbón sobre todo aquello, sacando reflejos a base de pronunciar oscuridades.Michelle contempló el rostro de la persona y la comparó con el dibujo, repasó aquí y allá con las yemas de sus dedos expertos y se dio por satisfecha. Firmó en una esquina y después una rociada de laca sobre el papel dio por finalizada su obra. El cliente volvería más tarde a recogerla, cuando se hubiese secado lo suficiente y pudiese ser enrollada y atada con una fina cinta. La muchacha, quitó las chinchetas y con ayuda de unas pinzas colgó el retrato bajo el parasol, así también sería un reclamo para los turistas que se acumulaban en torno de la Place du Tertre. Se limpió las manos con unas toallitas húmedas y clavó una nueva hoja de papel ingres sobre el tablón que soportaba el caballete.
—Michelle, ma belle… ¿no tienes sed?
Ella sonrió, sabía lo que quería Genaro. A pesar de las sombrillas, aquel día de verano hacía un calor abrasador y su compañero tenía la paleta lo suficientemente plena de mezclas oleosas como para no poder abandonar su puesto siquiera por unos minutos. Le sacó un Ducados del bolsillo de la camisa y lo encendió antes de decidirse a ir por unas cervezas a la Mère Catherine.
—Tienes que pedir más cigarrillos de éstos, los Gitane ya no me gustan.
Michelle le hizo un guiño y se alejó mientras él envolvía su cuerpo con los ojos llenos de admiración. Con un fino pantalón tobillero negro y una ajustada blusa de cuadros azules sobre su esbelta figura, caminaba sobre unas sandalias plateadas de tacón mediano pero puntiagudo. El cabello negrísimo lo recogía en una espléndida cola de caballo, mientras que su cara se veía adornada por un corto flequillo que hacía resaltar más, si cabe, las largas pestañas de sus ojos negros. Michelle se perdió entre la gente y Genaro volvió a sus pinceles, imaginando tantas cosas que podrían suceder si encontrase un bon marchand que promocionase sus pinturas entre los grandes galeristas de París… La humedad de las gotas de sudor que resbalaban desde su frente le devolvió a la realidad, su compañera no regresaba y una posible cliente miraba los retratos y buscaba a la autora bajo las sombrillas que cubrían los diferentes puestos de los pintores.
Michelle llegó casi a la carrera con dos botellines de bière muy fría, tal como le gustaba a Genaro. La mujer, que la buscaba, ocupó la silla dispuesta para posar. Y mientras bebía y observaba el nuevo rostro, Michelle comentó con entusiasmo a su compañero:
— ¡He ido a ver al japonés! Deberías acercarte a contemplar su nuevo “intérieur” ¡Es una maravilla!

—No sé qué ves en su pintura. Es demasiado realista para mi gusto.
—Realista preciosista, querrás decir. Fortuny pintaba así y sus cuadros cuelgan en las paredes de los museos.
—Marià Fortuny está muerto.
—También lo están tu admirado Picasso y sus contemporáneos.
—Pues a ti bien que te gusta Modigliani.
— ¡Es una excepción! Modigliani fue y será siempre único… Pero no te enfades mon petit Genaro, tu pintura también me gusta.
— ¡No me llames así! Me haces sentir inferior.
—No soy yo quien te lo hace sentir…, es tu inseguridad, un sentimiento injusto para ti mismo.
Genaro permaneció con gesto enfurruñado mientras su compañera se centraba en el trabajo, el retrato surgía entre sus delicados dedos con un extraordinario parecido al original. Cuando acabó, se giró hacia él con una sonrisa conciliadora:
—Esta noche podrías venir a cenar a mi appartement. He conseguido aceite de oliva y podré hacer esa tortilla de patatas con cebolla que tanto te gusta, y tú, a cambio, podrías traer ese vin doux de Málaga que tanto me gusta a mí.
Genaro nuevamente se siente feliz. No sabe cómo Michelle puede ser capaz de guisar esa tortilla tan buena, sin haber nacido en España. Le gusta todo en ella y solo espera convencerla, un día, para que se decida a compartir el appartement con él. Piensa en ello mientras continúa con sus pinceles y cree que esa vida bohemia que ambos están viviendo, es en realidad lo que siempre había soñado, aunque no llegue nunca a triunfar en las grandes galerías… Una canción le viene a los labios:
Michelle ma belle, sont les mots qui vont très
bien ensemble.
Très bien ensemble…
24.5.10
La Voz de una Tempestad
La pausa, demasiado extensa, se fue rompiendo a jirones. Un delicado quejido, frágil, casi etéreo, apenas perceptible a través del auricular, me obligó a cambiar el aparato al otro oído. Un sollozo quiso ser contenido, cortado en la raíz donde nacía, en aquella garganta que luchaba por emitir alguna palabra coherente. Yo esperaba silenciosa y expectante. Incrédula y asombrada ante aquella respuesta que nunca antes había recibido. Intenté imaginar una cara, una figura y sin embargo, vagamente intuía un esbozo desdibujado en la penumbra de una habitación. Miré hacia la sala de entrada, iluminada por los rayos del sol a las cuatro y diez de una tarde de primavera. Demasiado novelesco, pensé. A mi oído llegaba de nuevo un débil suspiro al que siguió el comienzo de un llanto que, en principio tenue, fue elevándose hacia un volumen algo más sonoro; alargándose en el tiempo, cual sirena de una antigua fábrica. Decidí que era mi deber dominar aquella situación:—Elisa, no llores por favor.
—Elisa, explícame por qué lloras y tal vez pueda ayudarte…
Los sollozos esta vez brotaron como una cascada, como el torrente de agua liberado de una presa que no tiene más capacidad de contención. Esperé indecisa. Comenzaba a sentir la opresión de aquel dolor ajeno en mi interior. Miré a mi alrededor y maldije, en silencio, aquella ley que me prohibía encender un cigarrillo dentro del edificio. Lo intenté de nuevo:
—Elisa…
—Perdón… es el día…hoy. Este día… murió mi hija. Hace tres años.
—Lo siento mucho, Elisa. Debe ser muy duro y comprendo que no puedas hablar… Mejor lo dejamos para otro día ¿te parece bien?
Su voz trémula había conseguido imponerse al llanto.
—Ya estoy mejor, gracias. Perdóname, necesito que me ayudéis a superar esto. Necesito hacer algo… el psiquiatra me aconsejó que os llamase, me dio vuestra dirección.
Leí, de nuevo, las palabras subrayadas en aquella extraña carta que habíamos recibido por la mañana: “…he sido una mujer maltratada física y mentalmente por mi marido… el brazo derecho no lo puedo utilizar y necesito una muleta para caminar porque la cadera no me ha quedado bien. Puedo aportar informes médicos…”
Cogí aire con profundidad, antes de hablar. Deseaba que mi voz sonase relajada:
—Elisa, hay un problema, cariño. Nosotros pertenecemos a una administración pública que no lleva ningún tema de integración social. Alguien debe haber confundido la dirección. Debes acudir a la persona que te la facilitó y decirle que busque…
—Pero si él dijo que vosotros me podríais ayudar. Mi médico me envió... dice que es parte de la rehabilitación, que necesito hacer algo…
No pudo reprimir un nuevo sollozo, colmado quizás por la desesperación de verse perdida en el entramado de una idiosincrasia burocrática.
—Elisa, lo siento mucho. Me gustaría poder ayudarte. De verdad. Pero aquí no hacemos otra cosa que mover papeles y hacer números. Y tú necesitas ayuda asistencial y humana; sobre todo hoy… ¿tienes algún familiar o amiga que te haga compañía, alguien que pueda ir a quedarse contigo?
—Estoy sola…—. El llanto no la dejaba continuar y comprendí que debía permanecer en un respetuoso silencio, hasta que ella encontrase la fuerza suficiente para seguir hablando. —Mi hijita murió… estoy sola… él la mató, él me la mató hace tres años y yo… yo no quiero vivir… perdóname.
Cortó la comunicación. Me quedé mirando el auricular que temblaba en mi mano. Las lágrimas comenzaron a enturbiar la imagen, igual que aquella voz había enturbiado mi mente, que no acababa de asimilar aquel fuerte choque con una realidad, hasta ese momento, distante para mí. Salí a la calle con el paquete de cigarrillos y comencé a tragar humo en reiteradas caladas, intentando digerir aquel nudo que me oprimía la garganta. La pequeña plaza estaba desierta y me alegré por esa intimidad, por esa ausencia de miradas indiscretas. Entre el caos de ideas que era mi cabeza, surgió una pregunta que me hubiese gustado hacer… ¿qué había sido de aquel monstruo, de aquel ser inmundo, capaz de matar a su propia hija y de lisiar, para siempre, el cuerpo y el espíritu de Elisa?
23.5.10
¡Vaya!
18.5.10
Un Día de Lluvia para Abel Castellnou
—No me gusta la costa en días de lluvia…Era la tercera vez que Andrea decía aquello. La primera, cuando el coche entró en la autopista dirección Platja d’Aro y una fina cortina de gotas había rociado el parabrisas del automóvil. Ella miraba por la ventana, contemplando el paisaje oscurecido y triste. También iba a ser una triste tarde en el chalet de Marina. Aunque hacía años que se habían separado Lucas y ella, nunca habían firmado ningún papel que lo hiciese oficial, seguramente porque, a pesar de todo lo pasado, seguían sintiendo un cariño especial el uno por el otro. Y Clara, aquella hija que había muerto horas antes que su padre, había sido el factor más fuerte que los mantuviera unidos. Aquella distinta Clara, hija única que lo tuvo todo y un día desapareció, perdida en un camino de ansiedades al abrigo de otra lucidez…
Me dolía aquel recuerdo, me hacía daño. Si la hubiese encontrado tan solo unas horas antes, tal vez podría haber evitado su muerte. Aunque nada me aseguraba que no se habría hincado aquella mortal dosis de heroína al día siguiente, o a la semana siguiente… quién puede asegurar que el final de su destino no estaba ya escrito.
La lluvia me estaba poniendo de mal humor y aquél debía ser un día amable para todos. Marina se había tomado la molestia de reunir a los amigos y conocidos de Lucas. Y cuando llegamos, por fin, el inmenso salón estaba concurrido de gente con el gesto serio y vestidos discretamente, como si de un funeral se tratase. Yo me había colocado mi traje gris y Andrea, aunque lucía un vestido negro, contrarrestaba la ausencia de color con su espléndida cabellera pelirroja. Marina y ella se fundieron en un cariñoso abrazo mientras yo percibía el rápido deterioro que las circunstancias habían causado en el aspecto de nuestra anfitriona.
En el exterior retumbaban truenos y la lluvia se crecía espesa y dominante. Mantuvimos conversaciones con amigos comunes y con algunos viejos clientes de Lucas, mientras nos servían copas de vino dulce y una selección de pequeños pastelillos con diversos gustos y olores. El murmullo de las voces se había mantenido tenue y sosegado hasta que una voz se elevó por encima de las otras:
—No es momento para parches y recortes. El gobierno debería atreverse a correr riesgos que nos saquen de este atolladero. Un dirigente que no corre riesgos no es un buen político. Tan solo está haciendo campaña.
Aquella cara y aquella voz… podría tener razón, pero aquel miserable, con su pelo engominado y su fatua expresión, no era otro que un granuja al que Lucas había evitado que pisase la cárcel por traficar con droga. Un comercial de poca monta que en las horas bajas no sabía buscar recursos de otra manera. No era algo que se conociese sino por los compañeros que estuvimos trabajando con el abogado, buscando unas pruebas, casi insostenibles pero suficientes, para que el juicio fuese declarado injustamente nulo. A su lado, Edgar, su hijo, que había sido compañero de instituto de Clara y observaba a los oyentes con la mirada, socarrona y satisfecha, de unos veinte años mal llevados por los abusos, de todo tipo, con los que nutría su enclenque persona. Recordé la máxima que había imperado en las relaciones de Lucas: “Con los amigos no se debe hablar jamás de política o religión”. Aquel respeto por los sentimientos ajenos lo mantuvo toda su vida.
Andrea había fijado sus ojos en los míos y así, sin decir nada, supimos que había llegado la hora de marcharnos. La lluvia había amainado y el tránsito por las carreteras, ahora bajo la oscuridad de la noche, sería más seguro. Dejé que el auto rodara lentamente por las curvas que descendían desde aquella pequeña y selecta urbanización, a diez minutos de la playa. Varios coches me precedían y algún que otro vehículo subía en dirección contraria cuando un lejano ruido de motocicleta, con el tubo de escape descubierto, se dejó oír por detrás. Fue creciendo en intensidad y en un instante nos avanzó, invadiendo el carril contrario, un motorista con el casco levantado y echado hacia detrás; conducía una moto de montaña cuyo acelerador forzaba al máximo. Su figura me resultó familiar a la luz de los faros, pero no dije nada.
— ¿Pero a dónde va ese inconsciente, con el casco de esa manera? ¡Y en un día como hoy!
Andrea, indignada, se recolocó mejor el cinturón de seguridad, como si con ese gesto quisiese proteger a la figura que se perdió en la siguiente curva. Primero fueron los chillidos de los frenos, después un golpe seco que se reafirmó en otros distintos e inmediatos. Nos quedamos parados de improviso detrás de los otros coches y suerte tuvimos que el auto de detrás viniese guardando la distancia. Me bajé sin pensarlo y corrí hacia el lugar del accidente. El cuerpo del motorista yacía sobre el asfalto mojado, su cabeza había chocado con el quitamiedos y por su posición, parecía que se había roto el cuello. Alguien hablaba por un móvil con desesperación. A la luz de los focos pude confirmar mis sospechas, Edgar, fiel a la consigna de su padre, se había atrevido a correr un riesgo que le había costado la vida.
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No me había dado cuenta... mmm... pero...pero, sí. Es verdad.....