10.5.12

La casa deshabitada



Su hermano le dijo:

— Ayer encontré una casa deshabitada. Es muy misteriosa ¿quieres venir conmigo a verla?

— ¿Está muy lejos? Si mamá se asoma a la ventana y no me ve en la calle, saldrá a buscarme.

—Si vamos y volvemos corriendo no se dará cuenta, pero me tienes que guardar el secreto. Si lo cuentas en casa te acordarás de mí. No lo digo en broma.

Elena se estaba muriendo de ganas por ver con sus propios ojos el motivo de tanto misterio, así que los dos niños echaron a correr por las calles inmediatas hasta que llegaron a un descampado. Allí solo crecían amagos de arbustos, polvorientos y diseminados por aquí y allá entre malas hierbas y restos de escombros. La niña estaba cansada y sudorosa y paró a coger aire mientras alzaba la vista a lo lejos. Un grupo de casas viejas y solitarias fue lo único que distinguió y agarrando con fuerza la mano de su hermano le confesó que tenía miedo.

— ¡Si no hay nadie! Son las once de la mañana. La gente se ha ido a trabajar temprano.

— Por eso tengo miedo. Mamá dice que en lugares como estos matan a la gente para robarles.

— ¡Que miedica eres! No eres más que una niña tonta, quédate aquí mientras me acerco yo solo.

Ella se quedó quieta y temblando a pesar de la cálida temperatura de verano. No deseaba quedarse sola y llena de rabia se giró para volver a su casa, pero apenas había dado dos pasos cuando distinguió la figura de un hombre que venía caminando hacia el lugar en donde se encontraban. El miedo irracional de sus siete años la hizo volver junto al niño que se rió de sus temores. No había otra opción así que siguió caminando junto a él hasta llegar a la altura de las primeras casas. Allí vivía gente. Una mujer tendía ropa en una cuerda sujeta a una pared blanca algo desconchada. Aquello le dio seguridad. Si ella puede vivir aquí -pensó- es que nada malo ocurre en estas casas. Justo en ese momento el hombre que les seguía pasó junto a ellos y sin mirarlos se dirigió, llave en mano, a la puerta de una de las casas blancas y entró en su interior.

— ¡Camina más deprisa, Joanet, que se hace tarde!— espetó a su hermano, ya más aliviada.

— Ahí está la casa. ¡Mírala!

Otra casa blanca, un poco más alejada, pero más grande que las otras y medio derruida. Cerca de la entrada unas piedras ennegrecidas se hallaban puestas en círculo y en su interior reposaban los restos de una fogata nocturna. Los goznes en el quicio dormitaban sin el peso de una puerta que prohibiera el paso a los dos hermanos, así que ambos entraron cogidos fuertemente de las manos. Avanzaron con pasos quedos, observando en la tenue penumbra, cuidando de no hacer ruido. El corazón de Elena latía tan fuerte que la niña sentía todas las palpitaciones retumbando dentro de su pequeño cuerpo. A su alrededor iba descubriendo muebles viejos y abandonados de todo cuidado, una mesa se hallaba caída en el suelo, alguien en algún momento, le había arrancado una pata y le había desencajado otra.
 
Cruzaron hasta la siguiente habitación, esta se hallaba extrañamente iluminada por la bombilla de una lámpara que colgaba del techo, las ventanas estaban cerradas con postigos marrones. Una vieja cama se encontraba cubierta con ropas de todo tipo en un lío absoluto. Elena no paraba de mirar la bombilla con recelo y con un gesto y  voz muy suave le susurró a Joanet:

- ¡Vámonos! Aquí hay gente.

- La encendí yo ayer por la tarde. No hay nadie.

En silencio y con un dedo en los labios el niño le señaló, también, la ropa que había en los cajones abiertos de una cómoda vieja. Ella ya no se sentía muy segura con todo aquello, más  caminó hacia la siguiente habitación. Aquella se hallaba bañada con la luz de la mañana que entraba por una de las paredes medio caída. Un objeto enorme reposaba bastante torcido en el centro de la estancia y una especie de tapa, grande y rota, se encontraba apartada a un lado de aquel objeto. En el interior de aquella gran caja de madera, alargada y caprichosamente curvada, aparecía una larga fila de cuerdas tensadas, cada una al lado de la otra. Junto a este artefacto extraordinario, se hallaba un bonito taburete forrado en terciopelo verde y rojo. Elena casi se sentó en él, pero en ese momento su hermano cogió un trozo de rama que había en el suelo y mirándola con ojos brillantes, declaró:

— Esto es lo que quería enseñarte ¡escucha!

Pasó la rama por encima de cada una de aquellas cuerdas tensadas y comenzó a oírse un tremendo chillido, agudo y grave a la vez, que inundó todos los rincones de la casa. La niña saltó espantada y echó a correr hacia la salida sin mirar atrás. Cruzó entre las casas blancas seguida por Joanet, corrió por el descampado sin pararse y continuó corriendo entre las calles, detrás de su hermano que con su largas piernas y el cuerpo desarrollado de un chico de once años, había logrado adelantarla a pesar del miedo que aligeraba la carrera de la niña. Cuando Elena llegó, exhausta y acalorada, su madre esperaba de pie junto a la puerta del edificio.

—¿Dónde estabais? ¿Qué os ha pasado que venís así? Llevo un rato buscándoos. ¡Elena, mira como llevas el vestido!

— Hemos estado haciendo carreras— mintió.

Su hermano simplemente sonrió y le guiñó un ojo.


28.4.12

Barra de labios

Le dolían los pies con aquellos zapatos de doce centímetros de tacón y una estrecha plataforma bajo los dedos. No estaba acostumbrada. Lo suyo siempre había sido vestir cómoda y caminar con deportivas. Pero la vida da muchas vueltas y la suya había ido girando y decayendo como arrastrada por un desagüe. Tenía frío, el abrigo de piel sintética no servía de mucho con tan poca ropa debajo. Además, debía abrírselo cada vez que aparecían los faros de un coche y aquella carretera estaba muy concurrida. Aún así no tenía suerte, ningún conductor se paró en aquella parte de la acera ni siquiera para preguntar el precio. Por otro lado, estaba espantada. Era la primera vez que ponía en venta su cuerpo. Y sentía asco. No quería pensar, porque podía arrepentirse y andaba muy apurada de dinero. Si no conseguía tres mil euros en una semana, le embargarían el piso y sus hijos y ella quedarían en la calle sin un lugar donde vivir. Antonio, su ex, vivía en una habitación estrecha donde solo cabía una cama y también estaba sin trabajo. A sus padres, que vivían de una pequeña pensión en el pueblo, no les había dicho nada ¿Para qué preocuparlos si no podían ayudarla?

Un coche se acercó lentamente,… —¿cuánto?— Ella le dio una cifra y el conductor abrió la puerta para dejarla entrar en el vehículo. Era un tipo gordo, de mediana edad y se notaba que le gustaban las putas. Despedía bocanadas de olor entre tabaco, alcohol y sudor que a ella le revolvía el estómago. La llevó hasta un descampado fuera de la ciudad, tan solo iluminado por la luz de la luna y paró el coche junto a unos arbustos. Silvia temblaba sin decidirse a seguir adelante. Aquel hombre le inspiraba una repulsión tremenda y su espíritu se rebelaba contra la fuerza de la necesidad. Cuando lo vio intentando bajarse los pantalones, se plantó y le dijo que la volviese a llevar a la ciudad, que no le cobraría nada, que ella no era lo que él se imaginaba y comenzó a llorar sin poder contener su desesperación.

El tipo no estaba para súplicas, estaba muy excitado y se abalanzó sobre ella derribándola en el suelo. Silvia continuaba suplicando mientras él desgarraba su ropa. Forcejeaban, ella rodaba sobre sí misma intentando zafarse de aquel pesado cuerpo que intentaba aprisionarla forzándola a abrir las piernas. Comenzó a gritar pidiendo un auxilio que nadie podía escuchar. Él contestó abofeteándola primero, después comenzó a descargar sus puños por todo aquel cuerpo que no quería dejarse dominar. Se levantó lleno de furia y comenzó a darle patadas en el estómago, en la espalda, en la cabeza. Silvia se sintió vencida, pero las patadas continuaron. Hubo un momento en el que sintió un crujido en la cabeza y quedó inmóvil sobre un costado. Ya no podía moverse, el dolor de los golpes comenzaba a desvanecerse y sus ojos llenos de lágrimas quedaron quietos, con la vista fija en el bolso abierto que yacía sobre la tierra húmeda. Un pequeño objeto había llegado rodando hasta pararse cerca de su cara, lo miró casi sin verlo, era la barra de labios. Quiso sonreír a pesar de todo, pero cerró los ojos y se dejó ir.

27.4.12

María, la costurera


En el taller, tan solo se escuchaba el murmullo de la vieja radio que emitía notas de una conocida balada. Las dos máquinas de coser descansaban, después de una larga mañana de ajetreo, mientras las muchachas hilvanaban piezas de ropa con hilos de colores vivos. En un rincón, una mujer algo más mayor, se ocupaba de repasar los vestidos con la plancha, sus gestos precisos denotaban los largos años de experiencia en el oficio. 

María las miraba hacer desde su sitio al lado de la ventana, los ágiles dedos descansaban perezosos sobre la costura. La verdad es que le dolían las cervicales después de estar tantas horas con la cabeza inclinada. Le daban envidia las jóvenes aprendizas cuyos cuerpos no se resentían como el suyo, aunque se decía a sí misma que no tenía derecho a quejarse. Con cincuenta y cinco años aún no necesitaba usar gafas para coser, ni tampoco para su otra gran afición que la llevaba a fijar la vista, por las noches, en las páginas escritas por grandes autores. Sonrió recordando el cuento de Anderson Imbert, lo había releído por enésima vez la noche anterior. Le gustaba mucho aquel pequeño relato de Jacobo, el niño tonto.

Se recolocó el negro cabello con una pinza y se disponía a continuar con la labor cuando unas voces chillonas llegaron desde la calle. A través de la ventana miró hacia  el centro de la plaza donde, en ese momento, dos figuras llamaron su atención. Se levantó presta y corrió hacia la puerta del taller. Llegó de inmediato y como pudo metió su cuerpo entre los dos adolescentes, encarándose con el más alto.

     ¿No te da vergüenza meterte con un inocente? ¿Por qué no te vas a pelear con otros como tú? ¡Anda, pégame a mí si te atreves!

Parecía increíble que una mujer como ella, menuda y que seguramente no debía pesar más allá de cincuenta kilos, se enfrentase con un corpachón como aquel de metro ochenta por lo menos. El muchacho se la quedó mirando con aire retador y despreciativo, pero al fin dio media vuelta y se marchó lentamente.

     ¡Ma-má, ma-má, Ja-co-bo no es ma-lo! ¡Ja-co-bo no que-ría pe-gar!

     Lo sé, cariño, lo sé.— Le acariciaba la cara y le peinaba el cabello con sus manos. Lo atrajo hacia ella y lo abrazó largamente hasta que el niño comenzó a relajarse. —¡Anda, vamos a casa! ¿Me ayudarás a hacer la comida? ¡Después podemos hacer una torta como la de tu cuento! ¿Quieres?

23.4.12

Feliç Sant Jordi 2012

Hoy de nuevo es Sant Jordi, uno de mis días preferidos a lo largo del año. Llegará la rosa y llegará el libro, tal vez más de uno.

Me voy a pasear por la Rambla, entre los puestos de libros. A buscar los autores que estarán en largas mesas para firmar, también con largas colas... Todo ello entre la fragancia que despiden las rosas en los numerosos kioscos y las que van en manos de los paseantes. Es un bonito día de olores, el olor del papel y el olor de las rosas ¿qué más se puede pedir en un día como este?


19.4.12

Siguiendo a Cortazar


Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. La luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.

Había como un silencio que impresionaba, tan solo roto por el crepitar del fuego en la chimenea; fuera se mecían las ramas de un viejo sauce. Levantó la mano presta a descargar el golpe y súbitamente apareció. La mirada de la niña quedó fija en el puñal, enturbiada por el asombro, por el horror de aquel acto abominable. La boca abierta donde debió estrangularse el chillido que no salió. Su inmovilidad al otro lado de la cristalera paralizó la mano que enfundaba el arma mortal.

El hombre del sillón continuaba leyendo, enfrascado el ánimo en aquella novela negra. Ajeno al peligro. Sin ver a la niña, quieta bajo las ramas del sauce. Sin sentir los pasos descalzos del hombre, que comenzaron a alejarse. Sin el más pequeño presentimiento sobre su propio fin, tal vez por incierto.

Se calzó de nuevo y con indecisión rodeó la casa. El viejo árbol estaba allí, el viento seguía batiendo sus ramas. Buscó entre los árboles y aún más lejos, hacia el camino de entrada y no halló, en modo alguno, la blanca presencia de aquella niña rubia. Guardó el arma, otra vez, entre las ropas que cubrían su pecho y mientras salía de aquel recinto, pensó que tal vez se le había aparecido un ángel.

9.1.12

El boleto de lotería


Aún tenía la boca pastosa cuando bajó del taxi, encendió un cigarrillo y se abrió camino entre los curiosos. En el centro del círculo vio la figura caída en el asfalto, los ojos muy abiertos como sorprendidos, la ropa un tanto revuelta y en el suelo sin duda el contenido de alguno de sus bolsillos. El agujero en el pecho y la ropa quemada alrededor implicaba la cercanía del asesino, un conocido desde luego, con la suficiente confianza para llegar a disparar con el cañón de la pistola pegada al cuerpo. El traje de aquel individuo se veía de buen corte, los zapatos limpios y con la suela apenas gastada, como de alguien acostumbrado a moverse en coche. Julio se volvió hacia el guardia que sostenía la linterna a su lado:

- ¿Han avisado…?

- Sí señor, la policía científica ya viene en camino, también el forense y una juez de guardia. Este es el nombre y dirección del muerto –añadió pasándole una hoja escrita y una cartera de piel dentro de una bolsa de plástico- la cartera estaba en el suelo, no parece que falte dinero ni documentos.

El inspector miró la dirección, un número dos calles más abajo. Decidió ir a pie, era la parte de su trabajo que menos le gustaba, inmiscuirse en el hogar de una familia para dar la noticia de una muerte violenta. Acompañado por otro policía se alejó caminando mientras se preguntaba el motivo por el cual un tipo como aquel podría haber salido a las tres y media de la mañana en un lunes húmedo de noviembre. Llegaron a la puerta de un edificio moderno con fachada de ladrillos y tras obtener respuesta por el interfono Julio decidió subir solo. La mujer que le recibió de unos treinta y cinco años iba envuelta en una bata azul sobre una camisola a rayas, no pareció tan sorprendida como quiso hacer ver cuando escuchó la palabra ‘policía’. En el salón, de pie con un cigarro recién encendido esperaba otra mujer algo más mayor con una bata y un camisón similar, Julio miró sus piernas extrañamente cubiertas con medias dentro de las zapatillas.

- ¡Quédense aquí sin moverse!- Ordenó.

Antes de que pudiesen reaccionar él ya había abierto puertas y localizado los dormitorios. Las camas no estaban deshechas, ropas tiradas de cualquier modo sobre la cama indicaba el cambio apresurado de vestimenta, una pesada maleta quedaba mal oculta detrás de la puerta de una de las habitaciones. El inspector con su arma en la mano volvió al salón, ellas le miraron resignadas, la mayor acertó a balbucear:

- Pretendía marcharse sin nosotras….él solo…con el boleto premiado de la lotería… ¿entiende? él solo,…tuvimos que improvisar, no tenemos nada…ni siquiera este piso es nuestro…

La mujer escondió la cara entre las manos mientras sollozaba, relajada ya de tanta tensión acumulada, su hermana abrazándola espetó secamente al policía:

- Guarde su arma inspector, no la necesitará.

Julio marcó un número en su móvil y dio una orden. Se sentó y encendió un cigarro.

- La maleta era de él ¿verdad? ¿porqué no se llevó el coche?

La hermana mayor dejó de sollozar y se apartó el cabello de la cara con cierta furia.

- Escondí las llaves, no quería que se fuera. Pero a él no le importó, dijo que encontraría un taxi…y entonces recordé que teníamos aquella pistola, la cogí y salí detrás…el muy estúpido sonrió cuando le dije que quería darle el último beso…Marta es inocente, me vio llegar con la maleta y decidió ayudarme…no tuvimos tiempo…

Julio pensó en la lotería, en como afecta a la vida de los individuos. No siempre les trae felicidad…

30.12.11

¡Feliz Año Nuevo!



Espero que sea el mejor año
de los vividos hasta ahora
para tod@s.
Con mucho amor,
mucha salud,
y que se cumplan
los mejores deseos.

23.12.11

¡Feliz Navidad!

Os deseo
una muy
feliz y muy especial Navidad.

Espero que disfruteis estos días
rodeados de amor y humor,
de cariño y de amistad.

Un gran abrazo para tod@s.

7.12.11

Lo que expresan las palabras


Es una película dura, pero abierta a la esperanza... Es la segunda vez que la veo, porque desde que comienza no puedo apartar los ojos de la pantalla.

Después le doy vueltas al tema, a la realidad que refleja, a lo que son capaces de hacer ciertos "humanos". Y la capacidad para sobrevivir de esas víctimas que cada día han de buscar la esperanza para continuar adelante.

Me gusta como ha desarrollado el guión Isabel Coixet, hay formas de narrar los horrores de la guerra de una forma linial que al fin acaba siendo otra de tantas películas, en cambio ella lo ha hecho a través de las palabras de los personajes, palabras recónditas que les cuesta emitir y que al fin saldrán para expresar todo lo que necesitaría mil imágenes y no serían bastantes.

Un diez para la película. Mil para las víctimas de las guerras, que a pesar de los pesares continúan adelante cada día y un enorme cero para los gobiernos que no son capaces de juzgar a los asesinos y torturadores.


2.12.11

25.10.11

Ese Vecino de Arriba

He vuelto hace unos instantes de visitar a mi casero y ya se me figura que ese solitario vecino va a inquietarme por más de una causa. Reconozco que mi vestido de noche, negro y ajustado, a las siete de la mañana no es lo más adecuado para llamar a la casa de nadie pero tampoco soy yo amiga de formulismos y de apariencias hipócritas. Hace tiempo que decidí tomarme la vida tal como se presenta, sin prejuicios y sin obligaciones, y ciertamente considero que ahora soy más feliz. Llegué a este apartamento hace una semana, necesitaba más espacio desde que apareció Tommy -es mi gato naranja- lo encontré vagando por la calle y olisqueando los contenedores de basura. Con dos o tres caricias y unas palabras cariñosas conseguí traerlo conmigo, se veía a las claras que alguien lo había abandonado. Ese vecino mío tiene a veces la mirada de Tommy, me mira embobado con sus ojos de un azul muy intenso y se queda sin articular palabra, con una sonrisa un tanto gatuna…

La verdad es que desde mi llegada aquí me lo encuentro quizás demasiado a menudo, no es que me disguste pues es un hombre muy atractivo y tiene un aire …como podría decirlo…¿sensual? Sí, esa es la palabra. Hace dos días me encontraba tomando el sol sentada junto a la escaleras de incendios, intentaba sacarle a mi guitarra las notas de una melodía. comencé a cantar embelesada por el dulce compás, fue… un momento lleno de magia, como si el tiempo se hubiese parado para mí. Cuando llegué al final de la canción miré hacia arriba y allí estaba él, mirándome intensamente...


Ayer me invitó a comer en un restaurante muy acogedor y estuvimos charlando durante varias horas, fue muy interesante descubrir sus aficiones literarias, me habló con gran entusiasmo del libro que está escribiendo y me conmovió oír un poema que dijo haber escrito para mí. Es un hombre muy seductor y cuando cogió mi mano y me besó no supe rechazarle, me sentí transportada a una nube de felicidad inmensa y todo mi alrededor dejó de existir. No recuerdo muy bien como salimos de allí y caminamos por las calles hasta su apartamento, pero sé que caímos los dos en un abismo de pasión desenfrenada, me sentí amada con una ternura que nunca antes había conocido y deseé continuar así por el resto de mi vida. En aquel abrazo infinito de su cuerpo junto al mío, de mi piel sobre su piel... ámame, ámame, le gritaba desde mi interior mientras el me miraba con aquella intensidad… Un reloj marcó las nueve y eso me devolvió a la fría realidad, no soy una mujer con un pasado fácil y sé que estos momentos de felicidad duran unos días y después se diluyen hasta acabar en la nada, si la relación ha sido buena, y acaban en el odio, si la convivencia se ha ido complicando.

Reconozco que fui bastante brusca en mi huida, lo dejé sin palabras cuando dije que aquello no significaba nada para mi y que no quería volver más a aquel apartamento. Bajé corriendo hasta mi casa y lloré abrazada a mi gato durante unos minutos muy largos. No estaba dispuesta a dejarme llevar por la melancolía así que me duché y me puse este vestido que me regaló uno de mis amigos, es estupendo lo bien que resalta mi figura y me hace sentir segura de mi misma. He pasado la noche en casa de Jimmy, celebraba una fiesta por algún motivo aparente que él pensó y que yo no recuerdo. Como siempre he bebido mucho y he hablado y bailado con gente que apenas conozco, eso es lo que yo quiero y lo que busco: un roce superficial y divertido que no pueda hacerme daño y herir mis sentimientos. Ha sido una de tantas noches locas en la que hemos acabado todos durmiendo unos encima de otros o en los rincones más insospechados.

El despertar no ha sido muy agradable, la cabeza pesada, el cuerpo dolorido y el estómago revuelto. Anne, que acababa de llegar y comenzaba a poner orden en el piso, ya tenía preparado ese brebaje milagroso que nos ofrece siempre para la resaca y yo,con agradecimiento, me lo he bebido de un trago. Cuando he llegado a casa después de un largo paseo por las calles casi desiertas, ya me sentía suficientemente renovada como para no pasarme por alto una nota prendida en la mirilla de mi puerta. Mi vecino no se había rendido con las palabras vertidas antes de mi escapada y solicitaba en el pequeño papel que subiese a buscar un objeto que había dejado olvidado el día anterior.

Me ha abierto la puerta un tanto adormecido aún y en pijama, yo le he mostrado el papel mientras él recorría con los ojos toda mi figura. Inesperadamente me ha enlazado por la cintura y me ha besado largamente, como el día de antes, como a mí me gusta… Y antes de cerrar la puerta me ha despedido con una sonrisa y un –hasta luego-.

10.7.11

¡¡¡Por fin... Vacaciones!!!


Estimados amigos:
Estaré unos días desconectada.
Los necesarios para salir unos días
y aprender nuevos lugares
donde no alcanza mi ventana.

Espero
que también vosotros
disfruteis de un
feliz, largo y cálido verano.

Nos vemos a la vuelta.
Hasta pronto :)

1.7.11

Corren días de verano...

Los días languidecen entre calores eternos, esperando un estímulo que los llene de emoción. El verano, ese verano libre de obligaciones, promete sabores de aventuras, días intensos gratamente planeados.

Como contaba El Principito, contaré yo los días que faltan anteponiéndome, anhelando, disfrutando la emoción de lo venidero. Porque no es otra cosa nuestra vida que un carro de emociones, arrastradas sus ruedas por un angel llamado ilusión. Sin la ilusión no habría camino ni sendero que nos llevara siguiendo nuestro rumbo.

A veces creemos que la ilusión nos abandona, pero no es cierto. La ilusión no solo está en los grandes hechos, pues es en las pequeñas cosas donde más se explaya. Disfrutemos de ellas hoy, el mañana que vendrá será otro presente que aún desconocemos y no tiene sentido preocuparnos por él antecediéndolo con posibilidades imaginarias. Mejor será dejarnos acompañar por nuestra amiga ilusión, ya que todo llegará como el destino decida.

27.6.11

La Maleta de Lagarde

- ¡Osú, madre mía! ¿y que traerá este tío en la maleta?

Antonio ‘el maletas’ está que se sale de sudor mientras arrastra el voluminoso equipaje hasta la puerta del ascensor. El dueño del muerto aquel, un tipo bien trajeado y con flequillo diseñado por estilista, camina detrás hablando por el móvil. Se le ve un rato largo la petulancia en las maneras, la prepotencia del que domina. En el ascensor cierra el teléfono con un gesto afectado i se coloca el pulgar y el índice en la barbilla mientras mira el techo del ascensor como si estuviera planeando un nuevo diseño para esa caja elevadora. Antonio lo mira socarrón, ha visto otros tipos como este y piensa: ‘mucho teatro y luego na de na’. En la habitación la maleta se queda a los pies de la cama, Antonio abre la puerta del lavabo comprobando que todo esté correcto y entrega la llave al cliente antes de salir, - ‘Bon suár, mesié’.

En recepción no hay clientes y ‘el maletas’ se acoda en la superficie de mármol rosa, Janine está liada en el ordenador pero le mira a la cara y sonríe:

- Monsieur Jean Lagarde. Solamente una noche, mañana temprano te dejará la maleta en consigna y la recogerá por la tarde. No apuestes nada, no vas a tener oportunidad de ver lo que lleva dentro. – ¡Mon Dieu! mira que llegas a ser…¿cotorra?-.

- ¡Cotilla, se dice cotilla! Niña, más respeto que puedo ser tu padre. –Antonio le guiña un ojo a Janine- Ya veremos mañana lo que trae este repeinao. Y me voy, que por hoy ya he cumplio. No te canses niña.

Antonio se cambia la chaqueta en el cuarto de las maletas. Al salir encuentra al tal Lagarde que enfila caminando la rue Lafayette en dirección a las galerías. El maletero lleva el mismo camino y la distancia le permite ver como el hombre sube a un coche que le espera en la esquina, no ha podido ver al conductor y Antonio se desentiende silbando una melodía mientras sus pasos se pierden por la calle mojada entre luces y coches aparcados.

Son las ocho de la mañana, Antonio está de nuevo en su puesto. Janine ha sido sustituida por un joven más serio que no sabe apenas nada de castellano. El maletero no se arredra y avisa que va a la 306 alegando que tiene encargado pasar a recoger el equipaje. En el pasillo del tercer piso un carrito con ropa limpia delata la presencia de una camarera arreglando habitaciones. Antonio da tres golpes en la puerta:

-¡ Servís de valís, mesié!, ¡servís de valís!

Como esperaba, la puerta no se abre y el maletero utiliza su llave, no hay nadie en la habitación y desde el lavabo se oye el ruido del agua de la ducha al caer después de chocar contra un cuerpo. Sobre la cama se encuentra la maleta cerrada pero sin encajar en los cierres. Antonio la abre rápidamente y entre la ropa tres caras humanas sin ojos le hacen retroceder espantado, ha estado a punto de lanzar un grito…., pero no, una nueva mirada le hace ver que son tres cabezas de mujeres talladas en piedra. Cierra rápidamente la maleta y sale de la habitación, el tal Lagarde no ha oído nada.

En el pasillo la camarera mira a Antonio con ojos cansados y sigue con su trabajo, está acostumbrada a las maneras de este hombrecillo curioso y sabe que es inofensivo, más tarde se enterará del motivo por el que ha suspirado aliviado y le ha indicado silencio con el índice cruzando los labios. Él se dirige al bar en el restaurante del hotel y se pide un café para terminar de reponer sus nervios, el camarero también es español y escucha la historia de las tres cabezas con una sonrisa en los labios, son estas anécdotas de Antonio las que rompen la monotonía del trabajo en el hotel…

17.6.11

Dime que fue un sueño

Tengo los ojos abiertos y veo como se abre la puerta de mi habitación, entra la luz del día y detrás de ella aparece mi madre, pronuncia mi nombre para llamarme y de mis labios no sale ninguna voz. Mi cuerpo está inerte, no lo siento. Sé que están ahí mis piernas, mis brazos, mis manos….pero no los puedo mover aunque lo estoy intentando. Mis ojos se abren y se cierran y miro a mi madre implorándole ayuda, mi boca no dice nada y comienzo a llorar y a emitir un débil gemido de horror que me sale desde muy adentro. Ella se acerca hasta mi cama y me mira primero extrañada, y después asustada alarga su mano y me toca… ¡Ya está! Mis manos, mi cabeza, mi cuerpo, mis labios se mueven, ya puedo hablar. El calor de esa mano materna ha sido el chispazo para volver a la vida. El corazón ahora me late muy deprisa.

Ella sentándose despacio a mi lado quiere saber qué es lo que me pasa, si he tenido un mal sueño, si es verdad que me ha visto los ojos abiertos mientras gemía. No sé cómo explicarle todo esto si yo mismo no lo entiendo. Anoche me acosté tarde, como siempre, repasando los libros y tomando apuntes para un examen de historia que he de hacer esta semana. Cuando apagué la luz me quedé pensando en la fotografía impresa en la página del libro, ese famoso cuadro de David donde aparece Napoleón con la corona en la mano proclamándose emperador ante la vista de la corte y el clero. Me quedé dormido y recuerdo -y eso ya me parece muy raro- un extraño sueño en el que la habitación medio a oscuras crecía hacia abajo, los muebles caían y en mi estómago comenzaba a sentir una especie de vértigo. Perdí el tacto de las sábanas y mi cuerpo comenzó a girar, a girar y después nada, oscuridad total.

- Hijo, eso nos pasa a todos alguna vez. Dicen que se separan el cuerpo y el alma. ¿Estás seguro de que fue tu primer sueño y no el último, ahora ya por la mañana?

Me siento confundido con las explicaciones de mi madre ¿separación del cuerpo y el alma? ¿Mi madre cree en eso? Esta noche he sentido otra cosa también muy extraña, tendido a mi lado había algo parecido a un animal, he sentido su calor en mi brazo derecho y he notado un movimiento lento y pausado como el que hacen los gatos cuando se arriman y te rozan la piel, he buscado a tientas y con miedo pero no he encontrado nada.

- Contesta mamá, dime la verdad. Dime que fue un sueño. No quiero temer a la noche, cerrar los ojos y no sentir mi cuerpo, tal vez mañana tu mano no me devuelva la vida y ¿qué será de mi alma si no está muerta y no puede gritar?

Mi mano de niño está entre las manos de mi madre que me acaricia con mucho cariño, está buscando con sus ojos en el interior de mis ojos ¿Qué ha encontrado en ellos que no me responde?

14.6.11

El Tren

Sueño con la mirada perdida a través de la ventana del tren en el que viajo cada día. Paisajes de campos y de viñas, de edificios industriales recién pintados, de casas viejas medio caídas. Un pueblo a lo lejos duerme bajo el sol primaveral, no se distinguen sus gentes ¿qué harán? las campanas de la iglesia no tocan las horas, tampoco doblan por algún muerto, mejor que sea así, no me gusta la muerte. En el vagón hay poco que ver, los mismos de siempre viajamos a la misma hora. Son caras que no me dicen nada, no miran a los ojos, miran a los cuerpos y a las cabezas ladeadas o agachadas, tampoco yo las miro, es la educación. Cuando la sombra en el cristal lo permite veo reflejados los ojos de alguien que me observa, yo también le miro y no se da cuenta. Me pregunto qué pensará sobre mi aspecto y algo nervioso me recoloco en el asiento, miro mis manos y busco la limpieza en mis zapatos, estoy bien y me relajo en mi puesto mirando de nuevo por la ventana.

Me gusta este corto trayecto en el tren, me traen a la mente como en una fotografía algunos escritos de algún poeta de la generación del 98 que aparecían en un libro de primaria: Apenas unos trazos coloreados del interior de un vagón con asientos de madera, un niño y un hombre con pipa en la boca y un libro en la mano; al lado unos versos que comenzaban:

Yo, para todo viaje
- siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera-,
voy ligero de equipaje.

Luchando con la nostalgia me digo que mi tren es más cómodo y más rápido; la campiña, seguramente, debió de ser más verde y más limpia en aquellos tiempos pasados, pero a los poetas se les olvida que los paisajes son menos bucólicos cuando hay que trabajar en el campo con bueyes tirando de los arados. Me viene a la memoria algo que he leído hace algunos días: Un periódico de la época pidió a Azorín que escribiese unos artículos acerca de los pueblos de la meseta española y él sin muchas ganas utilizó para ello los trenes de cercanías que salían desde Madrid. El mismo periódico le facilitó una pistola para defenderse, ya que en aquel entonces La Mancha estaba plagada de bandoleros. No me extraña que a él no le hiciese mucha gracia tener que hacer aquellos trayectos.

-Billete, señor.

- ¿…? ¡Ah! sí, el billete, aquí tiene.

A este revisor que va perfectamente arreglado yo le pondría, sin embargo, el gorro con visera y la chaqueta con botones dorados. Siempre lo espero así y nunca entiendo lo que me pide porque parece otro viajero. Su llegada me avisa de que mi viaje pronto llegará a su fin. Desde mi ventana veo a lo lejos los primeros edificios y aquella enorme botella de licor pintada en el lateral de una casa, por suerte hay cosas que se conservan y no pasan. Nos acercamos a la estación, me encanta, es una gran construcción antigua, de piedra, con columnas redondas, arcos en las puertas y altos techos, el suelo es antiguo con dibujos geométricos en verde y rojo, los asientos aún son de madera. En verano da gusto sentarse en su interior, con las puertas abiertas, es fresco y acogedor. Me gustaría que aguantase así por muchos años, yo vendría cuando estuviese jubilado a sentarme aquí tranquilamente y mirar como pasan los trenes y como pasa la gente. ¡Final del trayecto! El viaje se ha acabado y también los sueños.

5.6.11

Me doy permiso...


Me doy permiso para llorar, para reir, para estar triste, para ser feliz... me doy permiso para hacer las cosas mal, para hacerlas bien, para equivocarme, para acertar... me doy permiso para ser yo misma con mis defectos y mi virtudes, con mis rarezas, con mis coincidencias con los demás... me doy permiso para hacer el ridículo, para sonreir cuando lo haga, para sonreir cuando lo hagas tú...

Me doy permiso para poder respirar profundamente y darme cuenta de que soy humana y que la vida continua... me doy permiso para lamentarme cuando necesite hacerlo y me autorizo a buscar unos ojos amigos que lloren conmigo... me doy permiso para abrazarte, coger tu mano y consolarte cuando lo necesites, cuando me lo pidas... me doy permiso para odiar cuando me hacen daño y gritar y sacar lo peor de mí en esos instantes que dure mi enfado... y después relajarme y descansar sin avergonzarme por mi estallido de ¿mal? genio... me doy permiso para desatar mis emociones cuando me urja manifestarlas... Me doy permiso para vivir... aunque a veces cueste tanto, me doy permiso para vivir... aunque sea tan fácil hacerlo porque soy consciente de ser feliz... me doy permiso para vivir... porque ser humana a veces es complicado o tan sencillo si te das permiso...

24.5.11

El Suicida

- Mire yo… ¿qué quiere que le cuente? No soy un héroe ¿sabe?...No me siento capaz de pasar por todo lo que me deparará la enfermedad. Todo ese dolor…ese malestar, la radioterapia...o la quimioterapia…o lo que sea. Todas esas cosas por las que ustedes apuestan para alargarnos la vida un poco más, unos meses más de sufrimiento. Ya lo estoy pasando bastante mal, no soy el mismo, siento como mi cuerpo decae y como la enfermedad me corroe por dentro. Y no quiero seguir así, pero soy un cobarde. Soy tan cobarde que me da miedo acabar con mi vida, tengo pánico de la agonía del último momento y por eso decidí tomarme las pastillas.
 
- ¿Y creyó que conseguiría llegar hasta el final sin que nadie se diese cuenta? Permítame explicarle... en una gran proporción de los pacientes que hemos atendido tras intentar suicidarse con pastillas, no querían hacerlo en realidad, en el fondo de su ánimo simplemente buscaban llamar la atención de las personas de su entorno...
- No es mi caso, no, para nada. Yo lo intenté todo antes de eso…bueno, todo no. Nunca he tocado un arma, hubiese sido muy difícil tener acceso a una y no creo que acertase al primer intento ni al segundo, seguramente me haría daño y no acabaría con mi vida... Lo primero que se me ocurrió, lo más fácil, fue subir a la azotea de casa e intentar lanzarme al vacío. Pero aunque parece sencillo no lo es, hay que tener mucho valor. Cuando estás allá arriba imaginas como tu cuerpo cae a una velocidad vertiginosa y te ves invadido por el pánico intentando agarrarte al aire en unos segundos interminables para después recibir un impacto terrible que te llenará todo el cuerpo de un dolor insufrible antes de morir…si consigues morir, claro. He oído hablar de casos en los que el suicida ha estado moribundo durante días. No fui capaz de hacerlo.  
- …………  
- No, no me diga nada. Sé que me va a decir que el verdadero valor está en enfrentarse a la vida. No le diré que no sea verdad, pero a estas alturas esa frase ya no me sirve. A la vida nos enfrentamos por inercia, porque no nos queda más remedio. Igual pasa con la muerte, no podemos luchar contra ella. Yo temo al sufrimiento físico. Por eso volví a la playa aquella noche. Pude aguantar el frío del agua mientras rodeaba mi cuerpo mientras avanzaba hacia su interior, recuerdo que el corazón cada vez me palpitaba más deprisa y que empezaba a faltarme el aire cuando aún no me había sumergido, acerté a oír voces y gritos pero seguí adelante dispuesto a llegar al final. Cuando mis pies dejaron de tocar fondo, hice esfuerzos por mantener la cabeza dentro del agua, sabía que debía abrir la boca y dejar que el líquido frío entrase dentro de mí, pero mis labios y mi nariz se mantuvieron firmes aguantando el aire que tenía dentro. Llegó el momento de expulsarlo y la primera bocanada de agua me invadió. Fue horrible sentir que me faltaba el aire, me revolví en el agua luchando conmigo mismo, el pecho parecía a punto de explotarme y el instinto me venció. Subí a la superficie aterrado, devorando el oxigeno desesperadamente y saqué fuerzas de donde no las tenía para nadar hasta que unos brazos me apresaron y me condujeron hasta la orilla.
- ………… . 
- No voy a narrarle las explicaciones tan absurdas que tuve que dar a mi familia. Estoy seguro de que no se las creyeron pero me dejaron en paz. Las demás posibilidades las descarté sin un mínimo intento, estrellarme con el coche o arrojarme a una vía de tren no eran del todo infalibles y de nuevo aparecía un aumento del dolor físico como alternativa. Entonces fue cuando pensé en los relajantes musculares que estaba tomando, me producen una gran somnolencia cuando los tomo y no siento el dolor durante unas horas. Imaginé que sería una muerte muy dulce, me dormiría tan profundamente que no sentiría nada…nada. Al otro medicamento supuestamente soy... bueno, era alérgico. Así, con esta mezcla, podía acabar de una vez casi sin sentir, sin darme cuenta de cómo la respiración comenzaría a bloquearse y el corazón poco a poco dejaría de latir por falta de oxígeno en la sangre. Hubiese sido una muerte muy placentera, contraria a la que me espera. Había conseguido ingerir veinte pastillas entre ambos medicamentos y estaba solo en casa, mi hija estaba en la universidad y mi mujer tardaría aún dos horas en llegar desde el trabajo… Había estado tan preocupado reuniendo el valor necesario durante horas, durante días, que no percibí información alguna sobre la huelga de estudiantes… ¿Cómo podía imaginarme que mi hija volvería a casa a la media hora de…? Y qué decirle de los caprichos del destino... diez años evitando ese medicamento por una alergia confirmada por varios médicos de este mismo hospital... y a la hora de la verdad, nada... tan solo una caída de tensión... Yo, serenamente, les aseguraba que lo mejor es que me dejasen en mi cama, que no iban a llegar a tiempo aunque la ambulancia acelerase con toda urgencia, pues la alergia actuaría más rápido que ellos... y ya ve, me siento ridículo ante los hechos, no hubo tal reacción y ahora... con el lavado de estómago... Un mal rato para nada...  
- Mañana verá usted las cosas de otra manera, hoy debería dejar de atormentarse y descansar…
-Descansar…sí…. Querría descansar…de una vez…

1.4.11

Nada perdí

Nada perdí, porque nada era mío. Todo es efímero en esta vida. Se atesoran cosas, afectos, momentos felices,... pero nada ni nadie nos pertenece.

El transcurrir de la vida me lo ha ido enseñando, la negra guadaña corta limpiamente lazos que creía bien atados. La sabia naturaleza, con el tiempo, va aflojando otros nudos que nacieron de mí. Y poco a poco mis brazos ya no abrazan y mis manos no retienen otras manos tan queridas. Así es como ha de ser.

Reflexionar serenamente sobre el pasado, ayuda a ver con más claridad. Lo que hice, lo que podía haber hecho, lo que debí pensar antes de hacer,... recuerdo los aciertos y los errores, lo que es al fin y al cabo el recorrido de un ser humano.

No es más sabio el que más aciertos consigue, sino el que menos errores comete. Esas son mis conclusiones pero... -siempre hay un pero- el destino te lleva por tu camino propio, que no es el mismo de ningún otro. Las decisiones que tomo hoy, con la experiencia adquirida, no son sinónimo de buenos resultados, aunque hayan sido decisiones muy meditadas. Habrá muchas circunstancias que influyan en el devenir de los acontecimientos, tal como ha ocurrido siempre. Porque por no tener, no tengo ni la certeza de que lo planificado se cumpla ¿Quién la tiene?

Nada perdí ni nada perderé, simplemente porque no poseo nada.

26.3.11

Ni -ni -ni -ni....

Encontró una noticia que hablaba sobre la generación Ni-ni. No tenía ni idea de lo que querían decir aquellas dos sílabas, así que las escribió en el buscador y encontró información sobre distintas generaciones. La generación X o "Generación perdida", nacidos después de lo que se dió en llamar el baby-boom, con pocas posibilidades de trabajar y tampoco de estudiar y caracterizada por la apatía consecuente; después describían a la generación Y, los jóvenes pertenecientes a la década de crecimiento económico que les permitía un buen nivel de vida con acceso a nuevas tegnologías y dispuestos a asumir nuevos retos. Por fin llegó al párrafo que describía la generación Ni-ni: "Ni estudia, ni trabaja" refiriéndose a los menores de 34 años que viven en casa de sus padres y no sienten deseos de hacer nada más allá que vivir a costa de sus progenitores.

Daba para reflexionar y se le ocurrieron muchas explicaciones para las distintas circunstancias que habían concurrido para que se pudiesen poner estas etiquetas. Probablemente justas para hacer estadísticas, acaso humanamente injustas por tantas causas que habían influido en el comportamiento consecuente de los etiquetados en el peor de los casos.

Ella pertenecía a los principios de la década de los sesenta y cuando le llegó la adolescencia se encontró con una crisis económica que le cerró el camino laboral a los dos años de estar trabajando. Los estudios se quedaron a mitad de camino: huelgas, cambios políticos, golpe de estado, una visión poco clara sobre su futuro... Años ejerciendo de ama de casa, de madre... Sin darse casi cuenta de los cambios, cumplió los cuarenta años y volvió a coger los libros, comenzó a trabajar al igual que la mayoría de sus amigas y de alguna manera se sintió realizada. Parecía que le había llegado la oportunidad para demostrarse a sí misma que tenía la capacidad de ser independiente económicamente. Ya no tendría que sentir esas frases en las que se le menospreciaba los trabajos desarrollados en el hogar, la multitud de facetas aprendidas y ejecutadas para saber ser una buena madre, educadora, casi psicóloga infantil, enfermera, administradora, limpiadora y el largo etcétera que conlleva sacar adelante una casa y una familia.

Se sintió deprimida al leer la noticia sobre los Ni-ni. Su trabajo fuera de casa no le había durado mucho. Había una nueva crisis económica y como tantísimos otros trabajadores, le llegó el día de sentarse a esperar en una sala de la mal llamada oficina de empleo, para registrarse como persona desempleada. Se preguntó a qué generación pertenecía ella. No había descripción para la suya. Con su edad y sus expectativas podría ponerse una buena etiqueta: Ni trabaja, ni tiene posibilidades de hacerlo, ni tiene carrera universitaria, ni tiene posibilidades de acabarla a tiempo para ejercer, ni tiene capacidad económica para costeársela, ni tiene ganas de intentarlo, ni tiene ganas de hacer esfuerzo alguno para salir de esta trampa que son las crísis económicas, ni tampoco tiene ilusión. Esto último es lo que más le dolía, la falta de ilusión que la había llevado a una apatía que no lograba vencer.

Se decía que no tenía carencias materiales ni afectivas y eso era un privilegio que debía valorar. Se decía a sí misma muchas cosas para salir de esa apatía que la estaba consumiendo cada día un poco más. Le pesaba la soledad de la espera diaria, demasiadas horas encerrada en casa sin tener una obligación para salir a la calle. La mayoría de los días no cocinaba y comía cualquier cosa cuando le acuciaba el apetito. No dormía bien y se despertaba en medio de pesadillas. Tampoco su familia quería entenderla cuando les explicaba que estaba cansada de vivir, que consideraba haber cumplido con sus obligaciones como ser humano y que no le encontraba sentido a la vida.

Leyó de nuevo la noticia y hasta le encontró la gracia a esto de poner etiquetas a las distintas generaciones. Algún listo podría incluso poner de moda, para el verano, camisetas de colores con el nombre de la generación en la espalda. Ella pediría una especial con muchos "Ni".