
31.3.08
30.3.08
27.3.08
11.3.08
El Reuma de las Vacas
Hace frío aquí arriba, el termómetro de mi mochila marca cinco grados y aunque el grueso anorak protege mi cuerpo, siento que las piernas piden más abrigo que el simple pantalón que las cubre. El sacrificio merece la pena, aún no ha salido el sol tras las montañas y el azul aparece roto a jirones en un malabarismo de blancos y anaranjados. Es una maravilla. Los apretados pinos conforman un enorme bosque en escalera, todas las montañas están llenas de ellos, guareciendo en lo más oculto la variada fauna conformada desde la pequeña y danzarina ardilla hasta el voluminoso jabalí que anida junto a las raíces de los árboles. Alguna vez, mientras contemplaba una de esas camas me sorprendió el repentino batir de alas de un gran águila, tan impresionante a la vista que no pude hacer otra cosa que quedarme embobado contemplando su elegante vuelo. Acostumbrado a sentir que estas aves habitan en escarpadas rocas alejadas de la vista de los humanos, me asombra que se hallen en montes tan bajos, pero bien está para el disfrute de los que osamos caminar entre este compendio de naturaleza.Las encinas y algún que otro roble se entremezclan también con los pinos. El suelo se haya cubierto de romero, de espliego, tomillo y lentisco. Por el camino la tierra cruje bajo mis pies y el frío pero limpio aire de la mañana parece quemar mis pulmones acostumbrados al viciado aire de la ciudad. El sol aparece ya con sus primeros rayos hirientes, aclarando aún más el paisaje que baja por la falda de la montaña. A lo lejos, en una gran explanada del pequeño valle, se divisa la gran casona de los Segarra rodeada de un gran prado robado a la montaña. Está muy verde ese espacio y es normal aquí pues el grado de humedad es muy alto, por eso a las enormes vacas cuyo futuro será convertirse en carne tras su paso por algún matadero de la ciudad, no les falta nunca junto con el pienso, el apetecible pasto que tanto les gusta. Y ahora que estoy sintiendo el dolor en mis rodillas producido por el aire frío que me acompaña, no puedo por más que preguntarme si no sufren de reuma las vacas. Tanto frío y humedad no es bueno para nadie y ellas que parecen no inmutarse antes los cambios climáticos de la naturaleza, buscan, sin embargo, los pedazos soleados entre ese césped brillante. Pienso que su cuerpo gordo está abrigado por capas de grasa que las protegen, más sus patas, no tan gruesas, tal vez adolezcan en sus rodillas del inevitable dolor. Podría ser quizás que no dispongan en su corta vida del tiempo suficiente para desarrollar esta enfermedad de viejos tempranos, metidos a veces en oficios poco saludables en los que impera el movimiento mecánico y continuo.
En la nueva carretera que rodea el pequeño pueblo, allá en el valle, han desaparecido las luces de los escasos coches que marchaban hacia la ciudad. Ahora con los faros apagados son más y con el aumento de la velocidad se intuyen las prisas por salvar la inevitable caravana de todas las mañanas. Las persianas de las casas van desapareciendo y en su interior se adivinan las caras aún adormecidas, los movimientos lentos pero sin pausa, los velados gritos a los niños para que se den prisa y también imagino ese embriagador aroma a café recién hecho en las cocinas. No puedo evitar tragar saliva y añorar una buena y humeante taza de café con leche, una gran rebanada de pan redondo todavía caliente y algo del estupendo embutido de la comarca.
Voy a quedarme sin ver a las vacas que no han salido aún, deben tener la cabeza metida entre el forraje y el grano que almacenado en los silos les hace más práctica la vida a ellas y a sus cuidadores. Pero he avanzado mucho ya por el camino que baja de la montaña y ahora que estoy más cerca del pueblo encuentro cambiado el vestido de la vegetación, hay infinidad de chopos estirados en hileras y los bonitos y gruesos troncos de los plataneros hacen guardia a lo largo de la carretera y por encima de la estrecha riera que en paralelo baja recorriendo kilómetros con su escasa, aunque constante agua. Las cañas abundan a los costados de esa riera y de vez en cuando aparece algún campesino cortando brazadas de ellas que le servirán después para atar las tomateras de la te
mporada o para encauzar el crecimiento de alguna otra mata del huerto. A un lado encuentro la fuente risueña y cantarina de la que borbotea el agua que mana de la montaña, y las dos encinas que la acompañan suelen asistir como testigos quietos al movimiento de garrafas de plástico blanco que a menudo recogen su preciado don, aunque eso será más tarde quizás, cuando en este rincón haga más calor del que hace ahora. Los pájaros ya revolotean inquietos buscando el desayuno y entre las ramas de los árboles los chamarines entonan al unísono sus armoniosas y continuas voces protestonas. Es un pájaro éste, el chamarín, que me agrada sobremanera, inquieto, pequeño y del color de las hojas, pero con un canto que me hace sentirme acompañado. Las adelfas, las paredes cubiertas de buganvillas aún sin su roja flor, otras tapizadas con las ramas que acunan incipientes hojillas de parras vírgenes y algún majestuoso magnolio en un jardín, me anuncian sin dudarlo el dominio del hombre sobre la naturaleza. La tierra que pisaba se ha convertido en asfalto, el sol luce arriba y algún vecino me saluda. Respiro hondo antes de acabar por hoy este paseo matinal.6.3.08
Viaje Nocturno
La película estaba durando más de lo normal y ella, por no levantarse, estaba encogida de frío desde hacía más de una hora. Al fin llegó el intermedio y Sandra volvió a activar el termostato de la calefacción central que había dejado de funcionar a las doce de la noche. Se colocó un anorak viejo y salió a la terraza pues con lo que duraban los comerciales le daba tiempo de sobras de fumarse un cigarro y volver a dentro sin prisas. Pero con los primeros pasos por el exterior sus pies pisaron algo blando y suave y no pudo evitar un estremecimiento de pánico, corrió hacia la ventana y le dio al interruptor. Un baño de luz iluminó una amplia y preciosa alfombra de colores vivos y ardientes que se iban difuminando hacia el centro en donde el tejido conformaba un águila negra con las alas blancas desplegadas. Sandra miró a su alrededor, más el lugar estaba desierto y no pareció que nadie hubiese podido llegar hasta la terraza de su ático. Se arrodilló sobre aquella alfombra para sentir en su mano aquel tacto aterciopelado, perfilando con su índice el contorno de la figura del águila que la tenía como hipnotizada; tanto que apenas notó aquella brisa que comenzó a acariciar sus mejillas y a alborotar su cabello.El paquete de cigarrillos cayó de sus manos cuando intentó sostenerse agarrando el vacío, más su cuerpo quedó tendido por la fuerza con la que se elevó la alfombra. Ante aquella furia de vértigo contenido no le quedó más remedio que cerrar los ojos mientras sus manos pellizcaban con fuerza sus piernas y hasta su cara, buscando deshacer aquella pesadilla en la que seguramente había caído influenciada por el telefilme de televisión. De su boca apenas logró sacar más que un triste gemido cuando quiso emitir una petición de socorro, los nervios le habían bloqueado la voz y se encontró luchando consigo misma para incorporarse y lograr abrir los ojos sin hacer caso a los mensajes de su estómago que le informaba continuadamente del proceso de elevación al que seguía sometida. Se revolvió agarrando con las manos uno de los bordes de la alfombra y se arrastró lo suficiente para sacar la cabeza y poder observar el alejamiento de todo el compendio que conformaba la ciudad. De sus ojos brotaron lágrimas que no llegaron a cubrir su cara, simplemente arrastradas y diluidas por la fuerza con la que chocaron con el aire. Aquel viaje duró una media hora aunque para Sandra pasó como una larga eternidad; el final fue más lento y suave, y en el descenso se sintió hasta mecida y arrullada sobre aquella cuna sedosa y aterciopelada.
L
as formas de los pequeños árboles y plantas tan conocidas le indicaron que había vuelto a su casa y que de nuevo descansaba sobre el suelo de su terraza. Pensó, incorporándose casi a tientas, que aquella broma solo podía ser obra de algún boludo capaz de haber creado aquel artefacto para volver loca a la población. No se lo pensó dos veces y muy decidida enrolló como pudo aquella maldita alfombra y después de lograr apoyarla encima de la baranda la dejó caer hacia la oscuridad. Aún temblorosa entró en el salón y se dejó caer en el sofá, en la televisión se repetían sin cesar diferentes publicitarios sobre música para móviles y no parecía que fuese a continuar aquella película de Alí-Babá y los cuarenta ladrones. Pero se equivocaba, la película seguía aunque no donde ella la dejó, en aquel momento el protagonista que viajaba en una alfombra mágica se veía arrojado hacia el suelo atravesando las ramas de un árbol entre las cuales se quedaba colgando la alfombra con un águila en su centro. Sandra apagó la televisión sin pensárselo dos veces y salió de nuevo, esta vez logró encender un cigarrillo y con los brazos apoyados en la baranda intentó vislumbrar el destino de la alfombra, no la distinguió, desde luego, pues aquella había planeado sin hacer ruido hasta otra terraza lejana y se hallaba ante la ventana de un joven que miraba las peripecias de Alí-Babá en la televisión mientras recogía de la superficie de la mesa de centro un paquete de tabaco…3.3.08
26.2.08
Y el abuelo volvió...

La jovencita y el anciano se apearon uno tras otro y de pie en la acera
siguieron con la vista las maniobras del automóvil que se alejaba en busca de
un hueco donde estacionar. El abuelo observaba el entorno con avidez como
queriendo rescatar los días pasados sin aquel paisaje. El aire transportaba el
barullo de voces infantiles tan familiar en aquella hora del mediodía; un
guardia urbano paseaba inquieto por el paso de viandantes que conducía a la
puerta del colegio, esperaba mirando de soslayo a los padres, como buscando su
complicidad ante la eminente estampida. El anciano disfrutaba aquellos momentos
estorbando el paso de la gente que circulaba por la larga avenida:
-¡Si nos damos prisa y no hay mucha gente, todavía me dará tiempo de poner
el caldo!- las dos mujeres tiraban de los carritos vacíos llevándolos casi en
volandas.
Súbitamente una voz de reconocimiento y una palmada en la espalda del
abuelo:
-¡Hombre, Luís! ¡Hacía ya unos pocos días que no te veía! ¿Has estado malo?
La nieta algo nerviosa esperaba expectante y buscaba con la mirada la
figura de su madre que a lo lejos levantaba la palanca de freno y abría la
puerta del coche. Rosa cerró deprisa y apresuró el paso entre las carreras de
los niños que salían del colegio, su padre se despedía ya de aquel conocido y
ella al llegar preguntó a su hija con la mirada. Irene movió la cabeza de un
lado a otro con disimulo y enlazó su brazo con el de Luís -¡venga, abuelo,
vamos a dar un paseo hasta la plaza del mercado!- con paso lento subieron la larga
avenida. En la parada del autobús la gente se apiñaba entre los cristales, casi
todos esperaban de pie junto al pequeño asiento amarillo ocupado por tres
mujeres obesas y una niña de corta edad. Desde el mercado bajaban riadas de
gente con bolsas y cestas plenas, algunos carritos de la compra, los más,
desbordaban su contenido a través de las cremalleras sin cerrar o bajo las
solapas que se quedaban escasas. Rosa se deleitaba con todo aquel movimiento de
la ciudad y recuperaba en su retina momentos y costumbres olvidados tras su
marcha hacia aquel tranquilo pueblo en el que vivía hacía ya dieciséis años.
Llegaron hasta el mercado municipal y como una rutina subieron las
escaleras de una puerta lateral -¿vamos a comprar algo?- A Irene aquello le
parecía un poco tonto y no entendía esa manía de su madre por visitar el
mercado como si fuese una exposición de vida, tal y como lo llamaba Rosa. Después
de unas vueltas por los pasillos compraron una bolsa de patatas fritas de
“ruedas” y salieron por la puerta principal. En la plaza había un corrillo de
ancianos y algún hombre de mediana edad, el abuelo los miraba fijo como
tardando en reconocerlos:
- Voy a hablar un ratillo con estos amiguetes míos ¿os esperáis?
- Quédate abuelo, nosotras vamos a dar una vuelta y a comprar unas cosas
¿vale? después volveremos a buscarte.
Rosa saludó con la mano a la concurrencia y se alejó con su hija volviendo
de vez en cuando la cabeza con disimulo. Veía las preguntas en los labios de
aquellos amigos del anciano y también el aturdimiento de éste, algunos lo
miraban con tristeza y asentían con los ojos bajos. Pronto se vio que cambiaban
de tema como si todos se hubiesen puesto de acuerdo y el abuelo pareció que
empezaba a sentirse más cómodo. Ellas se pararon ante el escaparate de la
tienda de bolsos que les sirvió de espejo para seguir observando aún la escena:
-Vámonos hacia la entrada del metro, desde allí arriba lo veremos bien y no
parecerá que vigilamos. Tengo ganas de fumar un cigarrillo.
-¡Otro! No paras de fumar, mamá...
Rosa abrió la bolsa de patatas y se la dio a su hija para que comiese y
callase mientras ella sacaba el tabaco del bolso. Allí arriba el ambiente era
más tranquilo, había asientos de madera en el diminuto parque y la mayoría se
veían vacíos. De vez en cuando unas pocas personas salían de la profunda boca
de entrada a la estación del ferrocarril, se notaba que no era hora punta. Una
anciana que tomaba el sol se levantó y al cruzarse con ellas miró a Irene con
cara divertida y enganchó con la mano la bolsa de patatas.
-¡Tú ya te has comido la mitad, ahora me toca a mi!- le guiñaba un ojo y
movía sin cesar algo que llevaba en la boca.
Se quedaron un poco paradas pero la mujer sonrió y les enseñó los tres
caramelos que removía con la lengua:
-Esta juventud siempre compran patatas, a mi me gustan los caramelos, chupo
tres porque con cuatro no puedo- y se alejó hablando sola.
-¡Mamá! ¿Quién es, la conoces?- ante la negativa de su madre, Irene afirmó
con mucha rotundidad:
-¡Esta ciudad está llena de majaretas!
Rosa movió la cabeza sin asentir, pensando en lo joven que era aún su hija.
Aquella simpática abuela seguro debía tener diez años más que su padre y
parecía rebosante de salud... A lo lejos el grupo de amigos comenzaba a
dispersarse y Luís podía quedarse solo, así que bajaron rápidamente. El abuelo
dijo que era hora de volver y emprendieron el regreso caminando lentamente,
como con desgana. Alguien que llevaba mucha prisa saludó a Luís -¡Eyyy!-, el
anciano lo miró desconcertado y cuando el otro iba lejos levantó el brazo y
contestó: -¡Adiós!
25.2.08
22.2.08
19.2.08
Recuerdo una vez un circo...
Este cuento se lo dedico a Malena, que ha sabido conservar la niña que lleva dentro. ¡Vuelve pronto!
-¡Un momento de silencio! Si no os calláis os quedaréis sin papeletas-. La temible seriedad del profesor nos hizo callar de inmediato. De mano en mano corrieron los deseados boletos del Circo Internacional. Dos caras maquilladas aparecían dibujadas en cada uno, la de la izquierda excesivamente blanca y con las cejas pintadas en ostensible curva, se veía coronada por un alto cono blanco; en la de la derecha sobresalía una enorme bola roja en la nariz e iba cubierta con un sombrero más pequeño que los rizosos cabellos del payaso. - ¡Entrada gratis para un niño con la compra de una entrada para adulto!-. Ya me extrañaba a mi que no hubiese trampa. Mi compañera de mesa tenía ocho años como yo y desde primera hora de la mañana había ido explicándome, a base de escribir a lápiz en la mesa para que no nos viesen hablando, que su hermana, ella, sus padres y hasta sus abuelos irían al circo el día siguiente. Nos levantamos todos y después de rezar un Padre nuestro, un Gloria y un Santamaría, cargamos con las pesadas carteras y bajamos, en correcta fila de a uno, las escaleras que nos llevaban hasta la libertad de la calle.Mi madre luchaba arremangada con el agua y la ropa que nadaba en el interior de aquel aparato nuevo del que se sentía tan orgullosa. Me asomé como siempre curiosa, para ver los giros de aquel molinillo gigantesco, mientras preguntaba: -Iremos al circo ¿verdad? El señor Ferraz nos ha dado invitaciones ¡mira!-. No me contestó más que con una sonrisa un poco torcida que yo conocía de sobras. Desde el balcón un radiante día de mediados de junio y la llegada de las primeras oleadas de calor estival traían promesas de vacaciones perezosas y juegos en la ancha acera de la calle. Mi madre se había sacado el delantal de plástico y para consolarme puso una moneda en la palma de mi mano, sabiendo que correría al kiosco más cercano en busca del apreciado polo de fresa. No fue un gran consuelo aquel día en medio de aquellos corrillos de amigas que no paraban de hablar, mientras paladeábamos nuestros helados, sobre aquel circo que se me representaba como un lugar mágico y lleno de emociones.
Mi hermano de doce años llegó tarde a la hora de la comida y con los zapatos llenos de polvo, tuvo suerte porque ya no hubiesen clases a la tarde, ya que en otras ocasiones le habían mandado al colegio sin comer en castigo por sus escapadas de las que nunca contaba nada a pesar de las preguntas insistentes con las que mi madre solía atiborrarle los oídos. Supongo que fueron mis lágrimas
después de insistir nuevamente con el tema del circo las que movieron a Sergio a contarme su aventura del mediodía: -Me he colado en el campamento del circo ¡Hay leones y elefantes! ¡Y he visto a la mujer barbuda!- Aquello me pareció el colmo de las maravillas, aunque no podía creerme que existiera ninguna mujer con barba –será una barba postiza- observé con la sabiduría de mis pocos años. Él puso un dedo sobre sus labios y en voz baja acordamos que me llevaría esa tarde al campamento. Mi madre no puso objeciones a que yo bajase a la calle a jugar siempre y cuando me tuviese a la vista desde el balcón, en cambio, mi hermano tuvo que hacer mil promesas con su cara más inocente antes de que le dejase marchar.Sergio había entrado por la mañana por la misma puerta de entrada abierta en la larga valla que rodeaba las instalaciones, más las cosas habían cambiado en esas pocas horas y un vigilante malencarado se hallaba sentado en una silla impidiendo el paso a todo aquel que no le resultase conocido. Esperamos casi una hora, dando vueltas alrededor de aquella valla intentando ver algo desde fuera y buscando cualquier agujero en aquel entrelazado de fuertes alambres sin conseguir ni lo uno ni lo otro. Casi desesperábamos ya cuando un grupo de personas bien trajeadas se llegaron hasta el guardián y comenzaron a charlar amistosamente con él; mi hermano me agarró fuertemente de la mano y atravesamos aquella puerta corriendo enloquecidos mientras el guarda gritaba a nuestras espaldas, pero no nos siguió y poco después caminábamos tranquilamente entre aquellas casas rodantes. La miseria de aquella gente me impresionó sobremanera, los niños iban sucios y mal vestidos; algunas mujeres bastantes despeinadas cosían ropas brillantes sentadas a la sombra, otras fregaban platos o ropa en barreños con agua que algunos niños pequeños traían en cubos desde alguna fuente cercana. Todos nos miraban al pasar, y yo a ellos. Comparaba la vida de aquellos seres con la nuestra, con la limpieza que imperaba en nuestra casa y recordaba a mi madre afanosa con las manos sumergidas en aquella lavadora que había llegado recientemente a nuestras vidas. Sentí tristeza por aquellas mujeres de mirada cansada y por aquellos niños descalzos con agujeros en los pantalones.
Un nuevo tirón de mano me llevó ante una escena insólita, un enorme y grandioso elefante se hallaba allí mismo, en medio de un círculo de feriantes. Uno de ellos le aplicaba en el lomo una especie de gran cepillo enganchado en un largo palo, después de mojarlo en un barreño de agua. Fue muy gracioso, el hombre saltó hacia atrás de improviso y una enorme cantidad de líquido comenzó a salir entre las patas del animal, una inmensa lluvia que llegó hasta el barreño y el cepillo. Sergio me explicó que el elefante estaba meando y yo no podía dar crédito a sus palabras, aquella gran meada era infinita. El cuidador gritaba improperios al animal y daba patadas en la arena, otros feriantes se reían pero nosotros caminábamos ya hacia las enormes jaulas de las fieras. Había leones con grandes melenas aunque parecían bastante aburridos allí tumbados tras los barrotes, tan solo las moscas provocaban un cierto movimiento en sus colas como único medio para espantarlas. Sergio me llevó triunfante ante un hermoso tigre que parecía más joven que los leones; paseaba de un lado a otro de la jaula y de vez en cuando nos lanzaba dentelladas y algún pequeño rugido si intentábamos acercarnos. Un hombre salió portando un cubo lleno de carne ensangrentada y comenzó a gritarnos para que nos fuésemos, nos alejamos unos pasos pero nos paramos enseguida para ver comer a aquel animal. El hombre iba metiendo un largo palo entre los barrotes con el que azuzaba al tigre hacia un lado, y rápidamente echó la carne en el espacio vacío, después se dirigió hacia la jaula de los leones; no pudimos impedir que nos viese desde allí y salió detrás nuestro esgrimiendo aquella gruesa vara en alto, así que nos encaminamos hacia la puerta de salida a todo correr. El vigilante, sentado en una tosca silla, miraba hacia fuera y cuando acertó a reaccionar nosotros nos alejábamos sudorosos, cansados,.. pero felices y emocionados.

El día siguiente a las cuatro de la tarde me encontró sentada en el suelo del balcón con las piernas colgando por fuera del enrejado, miraba el movimiento de los conocidos vecinos de mi calle. Familias enteras con el traje de los domingos y el cabello mojado por la colonia, cruzaban en dirección al lugar donde el circo estaba enclavado. En la acera de enfrente no había niños, tan solo Juan el tonto paseaba arriba y abajo babeando y emitiendo los pequeños gritos que siempre acertaba a pronunciar; pero esta vez no llevaba su eterno jersey a rallas sino un traje más pulido que yo le había visto en pocas ocasiones y estaba claro que a él también lo llevarían al circo. Casi no quedaba nadie en las casas, la puerta del zapatero remendón también se abrió y con un gran sentimiento de tristeza me quedé contemplando su salida en aquella especie de moto-silla de ruedas que se movía con una manivela que él hacía oscilar entre las manos, su sobrino y su hermana salieron detrás y ella cerró con llave la puerta. Los vi alejarse y busqué de nuevo con la mirada a Juan el tonto, pero él también se alejaba con sus hermanos y sus padres. Ya no me hacía ilusión aquel circo en el que trabajaban seres que pasaban tanta miseria, había visto lo que escondían las luces y los trajes brillantes y siempre lo recordaría a lo largo de mi vida, pero aquel día no pude evitar las lágrimas ni dejar de sentir soledad e inferioridad ante la ausencia de todos aquellos que habían podido disponer del dinero suficiente para comprar aquellas entradas. Con las manos enlazadas a los estrechos barrotes y la cabeza hundida en uno de los huecos, me prometí a mi misma, como muchos otros niños harían en aquellos duros años, que iba a luchar a brazo partido con la vida para obtener aquello que entonces se me negaba. Creo que he conseguido, hemos conseguido todos, cumplir aquella promesa ¿no?
17.2.08
12.2.08
Murmullos en la Noche
El viento gélido silbaba con fuerza y tras de sí aquellas sombras fantasmagóricas se mecían violentamente dejando caer de sus ramas los cuerpos resecos en que se habían convertido sus hojas. Bolas de pelo, plumas y hojarasca rodaban al compás de aquel sonido estridente que apagaba todo ulular en esa noche sombría y destemplada. La luna escondida entre brumas negras no acertaba a iluminar más que de vez en cuando algún estrecho rincón entre la maleza, revelando el desasosiego y la soledad que imperaba en el interior del bosque.Algo como el sonido producido por el crujir de unas ramas secas se oyó cerca de la laguna y a continuación un ligero chapoteo en el agua pereció amortiguado por el ruido del viento que volvía con furia arrasando toda la inercia de los elementos que componían aquel paisaje nocturno. No se inmutaban las paredes de gruesos troncos de madera brillante y ennegrecida por el paso del tiempo, pero las contraventanas chirriaban en sus goznes como queriendo librarse de las ataduras metálicas a las que se veían sometidas. Dos corazones entrelazados en el centro de la madera conectaban la visión con el exterior a través de los cristales interiores que se mantenían imperturbablemente protegidos de tales inclemencias. En el interior de aquella cabaña varias figuras intentaban conservar el sueño a pesar de aquella musicalidad variopinta de la naturaleza. La mujer de suave cabello castaño se removía inquieta en su lecho soñando tal vez con aquel murmullo entrechocado en el agua de la laguna, o tal vez su oído, acostumbrado al silencio de la noche, había vibrado como una advertencia de la anormalidad cotidiana. Por fin se despertó y con sumo cuidado de no despabilar al durmiente que descansaba plácidamente al otro lado de la cama, se calzó las zapatillas y refugiándose bajo una gruesa bata de lana encaminó lentamente sus pasos hacia la habitación principal.
No quedaban brasas encendidas en la chimenea y el frío reinante le provocó en un acto reflejo la necesidad de apretujarse las orillas de la bata sobre el pecho. Con una mano se despejó una mata de pelo que le caía sobre la cara y sin haber encendido luz alguna fijó su mirada a través de los corazones de la madera. La oscuridad era total. Nada se veía en el exterior. Más súbitamente un rayo de luna surgió rompiendo la noche, los ojos abiertos en la máscara se agudizaban inútiles por distinguir algún movimiento tras los cristales, en cambio los de ella vieron claramente aquella cara deformada por las diversas formas que reflejaban la escasa claridad. El grito en la noche resonó en el interior de la casa y traspasó aquellas paredes de muros silenciosos rivalizando con el inquieto silbido del viento.
A pesar del terror que sentía, no pudo despegar los ojos de aquella figura enmascarada que desapareció oculta de nuevo entre las sombras; afortunadamente la luz inundó la sala y el calor del abrazo de su compañero lograron templarle los nervios. Después, mientras acariciaba la taza de té caliente que tomaba a pequeños sorbos y los niños se dormían de nuevo, la mujer comenzó a dudar de la veracidad de su visión. ¡Quién podía tener ganas de salir en una noche como aquella, embozado además como un esperpento…! Se hallaban a mediados de un mes de febrero por demás frío y desangelado, la temperatura más que descender, caía en picado al acabar el día y las fiestas de máscaras se habían tenido que celebrar en el interior de los hogares hacía ya casi diez jornadas de duro invierno. Seguramente se había dejado llevar por la inquietud producida por un mal sueño y lo había imaginado todo. La mujer se encaminó hacia la habitación y pronto quedó dormida refugiada entre los brazos de su compañero y el calor del grueso edredón.En el bosque continuaba el baile de la naturaleza, los pequeños animales también dormían agazapados en los agujeros cavados bajo la superficie de la tierra y en los disimulados huecos aparecidos en la corteza de los árboles. De manera sabia, ninguno de ellos se atrevía a pasar aquella noche guarecido bajo el manto de hojas secas por temor de convertirse también en una bola rodante como ellas. En la laguna había cesado el extraño chapoteo y el agua oscilaba sin ruido en sucesivas ondas producidas por el viento; tan solo un sapo ocasional y un tanto inconsciente fijaba sus saltones ojos sobre aquel nuevo dique formado en la ribera junto a los cañizales, un gran bulto desdibujado por las sombras de la noche y un cadáver con la llegada de la luz al amanecer. Sin lugar a dudas, su presencia en aquel entorno produciría mayor alboroto que la velocidad del viento nocturno galopando entre los árboles.

5.2.08
30.1.08
La Feria
Yo sentía el crepitar de los chinatos al caminar. Mis zapatos, cubiertos de polvo, se movían por encima de un cúmulo de piedras, tierra y desperdigados boletos de las tómbolas. Era un domingo esplendoroso de un sol un tanto achicharrador y la gente se había lanzado a la calle con sus mejores trajes para disfrutar de la feria. Aquella gran feria venía cada año para las mismas fechas y algunas caras, detrás de los mostradores, me resultaban muy conocidas. Lo cierto es que aquella buena gente siempre despertaba en mí, sentimientos encontrados: por un lado representaban la alegría y la emoción de la fiesta, pero por otro lado no podía dejar de sentir la miseria en la que vivían y la vida tan dura a la que estaban expuestos.Vagabundeaba solitario entre la muchedumbre dando vueltas por el recinto, los gritos de los feriantes se oían por doquier anunciando las atracciones. Casi sin darme cuenta me encontré delante del laberinto de cristales transparentes, era uno de mis sitios preferidos al que acudía cada año. Saqué la entrada y avancé despacio con las manos extendidas, algunos críos corrían y se golpeaban con los cristales entre risas y burlas, una chica de larga melena y abrigo a cuadros se rió un tanto nerviosa a mi lado y continuó avanzando. Yo recordaba hasta cierto punto el recorrido y no tardé apenas un momento en encontrar el camino adecuado; en uno de los giros distinguí la silueta de la chica del abrigo que se había parado quieta con la espalda pegada en un rincón, le hice un gesto y en seguida me siguió por las calles del laberinto hasta llegar a la salida. Tenía unos bonitos ojos negros que fijó en mí antes de darme las gracias tímidamente, después se fue caminando hasta perderse entre la multitud.
No logré encontrar a mis amigos en ninguna de las casetas que solíamos frecuentar y yo me sentía arder bajo aquel cielo radiante de principios de verano. Sin buscarlo, me encontré dentro del salón de los espejos, allí al menos había un poco de sombra y se estaba mejor que en la calle. Avancé por la galería viendo en cada espejo mi cuerpo distorsionado con distintas formas: muy alto, muy flaco, muy gordo, muy bajo…Unos cuadros aparecieron junto a mi imagen reflejada y su voz susurró:
- Antes me sentí muy tonta, no debería haberme asustado de esa manera….
Creo que fue entonces cuando cogí su mano y ella no la retiró, no tuvimos apenas necesidad de hablar para entendernos. Avanzamos despacio hacia la salida, casi sin atrevernos a mirarnos el uno al otro, yo no podía dejar aquella mano que me hacía sentir como una corriente eléctrica por todo el cuerpo. Tenía ganas de correr, de saltar, de gritar… Estuvimos caminando sin rumbo fijo entre la gente, dirigiéndonos sonrisas cómplices de vez en cuando. Ya no fui consciente de lo que sucedía a mi alrededor, sé que en algún momento aparecieron las siluetas de mis amigos y que me dirigieron toda clase de muecas y de guiños hasta conseguir ponerme rojo hasta las orejas, después se perdieron de vista para el resto del día. Acompañé a Elena hasta la puerta de su casa –era la hora de la comida- y quedamos en vernos de nuevo aquella tarde, otra vez, en la entrada de la galería de los espejos. Fue un tiempo que se me hizo eterno y cargado de incertidumbres esperando la hora de la cita, pero ella estuvo allí puntual. Y también estuvo en todos los encuentros posteriores en que fuimos desgranando nuestra existencia, hasta llegar a compartirla.
Esa galería marcó nuestras vidas para siempre, se convirtió en destino obligatorio cada año cuando llegaban las fiestas… hasta que cambiaron los tiempos y los gustos de la gente. Ahora ya, son contadas las veces que podemos vernos reflejados en esos espejos…y es que el tiempo pasa inexorable para nosotros y para las cosas que nos hacen ilusión en nuestro paso por este mundo en movimiento continuo.
28.1.08
26.1.08
¿Recuerdos?
Me preguntaste: -¿en qué piensas?-. Y te miré sin comprenderte. Te quedaste callada, intentando desnudar mi mente con tus pupilas llenando mis ojos. ¿Qué buscabas en mí, qué respuesta esperabas? Tal vez creas que no comparto contigo mis pensamientos, que me reservo un gran espacio al que tú no tienes acceso, y es cierto ¿acaso no lo hacemos todos los humanos?Hace unos meses comencé a sentirme aislado de las conversaciones en el trabajo, como un espectador que mira imágenes en las que no decide, en las que no opina, en las que espera que se resuelvan en un final de guión pactado. No pensaba en otra cosa, simplemente escuchaba las voces de los otros y me aburría. Son tantas las voces que repite el humano. ¿Está el hombre tan clasificado y estereotipado, que se sucede por generaciones con los mismos gestos y respuestas ante un mismo hecho, una misma duda o un mismo estímulo de los sentimientos? Yo escuchaba y me parecía haber vivido varias veces esos momentos. Comencé a callar, a intentar dejar mi mente en blanco, a descansar de palabras monótonas y mil veces repetidas.
Mi existencia se convirtió en una búsqueda del silencio. El silencio me protegía y me acompañaba, lo buscaba por necesidad, el me mantenía en equilibrio. ¡Qué poco nos damos cuenta de lo agresivo que es el ruido! De esos días recuerdo también tu mirada, tus ojos extrañados de ver a un desconocido en mi cara. Las otras vivencias son lagunas en mi cabeza, no lo recuerdo todo. ¿Cómo es posible que me dijesen que seguía teniendo buena memoria, que era falta de concentración?
Hoy de nuevo recuerdo, y recuerdo tu pregunta: ¿en qué pienso? En demasiadas cosas y no quiero pensar, solo quiero responderte y me faltan las fuerzas, y me faltan las ganas. Me siento cansado de vivir así, sé que mañana olvidaré algo más y que seguiré luchando a contracorriente para recordar tu nombre y que me amas. Hoy también recuerdo algo que no quiero olvidar y es que yo también te amo, por encima de esta locura y de este olvido involuntario.
21.1.08
Marina IV
Ahora se encuentra un poco mejor, se da cuenta de que está desnudo y busca el pijama con la mirada. En el suelo se encuentra arrugado su traje negro de la noche anterior. Ahora sí que recuerda a Marina y busca alguna prenda que le confirme su presencia, más no encuentra nada. Coge su ropa del suelo y caen cosas de los bolsillos, el móvil, las llaves de casa, un pañuelo, la agenda… Sigue buscando en los bolsillos pero no encuentra su cartera y la llave de la habitación tampoco aparece. Mira debajo de la cama y de los muebles, vuelve a registrar los bolsillos… ya convencido de que no las encontrará se sienta y comienza a vestirse con esa misma ropa negra que ahora no le favorece en nada.Quiere ver la hora que es y busca su reloj, tampoco lo encuentra. Llama a recepción y pregunta, son las cuatro y media de la mañana. Pregunta por la señora Marina Sanpietro y le informan de que pagó su factura a las dos de la madrugada, el conserje cree que ya se ha ido. ¿Equipaje? No señor, sólo trajo una bolsa de mano. Gracias. En ese momento que Miguel cuelga el teléfono se abre la puerta de la habitación y Marina entra cerrando a su espalda. Él la mira sin decir palabra, ella está sobria y serena. Le da la cartera con una sonrisa:
- He venido a devolvértela. Tu tarjeta viene un poco más vacía y tu reloj está en la muñeca de mi compañero, tú puedes comprarte otro. Te he dejado algo para que puedas pagar y volver a casa.
- ¿Qué me impide coger el teléfono y…?
- Eres un ingenuo, querido. Me di cuenta ayer cuando te vi venir por la playa. Te crees un hombre irresistible y lo cierto es que no has sabido asimilar la fama, vives demasiado en tus libros y muy poco en la realidad. Sí, los he leído y al verte fuiste como un caramelo venido a mis manos. En tus libros he visto cómo eres y como piensas. Yo también escribo ¿Es gracioso, verdad? Si un día me editan te mandaré un ejemplar.
- ¿Y te dedicas de mientras a hacer de prostituta?
- No me haces daño Miguel, esto para mí no significa nada. Me financia unos meses mientras escribo. Además, voy a decirte la verdad. Eché un narcótico en tu copa y no llegamos a hacer nada en la cama, nada de nada.
- Me hubiese gustado.
- No lo dudo, ya te digo que eres un ingenuo. Me voy. No te aconsejo que llames a la policía si no quieres que aparezca este “asunto” en algún programa de televisión o en las páginas de alguna revista conocida. Mi amigo tiene contactos en ese mundillo y tú no tienes pruebas con las que acusarme -. Marina le quiña un ojo a Miguel y caminando muy segura de sí misma, desaparece tras la puerta sin volver la cabeza.
Miguel se tapa la cara con las manos durante un buen rato, cuando las retira y abre los ojos, ve ante sí la cartera. La registra, no falta nada y las tarjetas también están. Levanta la cabeza y ve su cara reflejada en el espejo. Grandes ojeras le surcan los ojos y el cabello despeinado le da un aspecto patético. Su boca comienza a moverse produciendo una mueca de risa, comienzan las carcajadas… ríe con ganas, le lloran los ojos y sigue riendo. Cuando se serena coge su móvil y llama a Clara, ella no le contesta y cuando aparece el pitido del contestador le deja un mensaje:
- Clara, soy yo. No voy a pedirte otra vez perdón. Te llamo para decirte que estoy seguro de no volverte a engañar jamás. No quiero mujeres de una noche. Te quiero a ti para siempre. He sido un idiota.
Miguel se va a la ducha y cuando sale encuentra en su móvil una llamada perdida. Es el número de Clara.
Han pasado tres meses. Clara ha vuelto a casa y en el garaje descansa un coche nuevo pagado a medias por la compañía de seguros. Hoy ha salido el nuevo libro de Miguel Ángel Ruiz. Por la tarde Clara y Miguel cogidos de la mano se paran a contemplarlo en el escaparate de la librería más cercana a su casa. Y allí está, con la mirada al frente, el pecho erguido enseñando título, sin manchas en la portada, como aquellos militares que ahora viven dentro de sus páginas, justamente en el capítulo por donde empezó esta historia.
Pero no nos vayamos aún sin mirar un poco más en ese escaparate, al lado del libro de Miguel hay otro de un autor que también conocemos. Se titula:” Mis noches vividas” y bajo el título aparece este nombre: Marina Sanpietro.
Marina III
El camarero le deja la carta, ella la coge y le pide también una copa. Parece que está leyendo, pero Miguel se da cuenta de que está llorando por el ligero y rápido balanceo de sus hombros. El camarero trae el primer plato para Miguel y al ver el estado en el que ella se encuentra, decide tomarle nota más tarde y únicamente le deja la copa. Miguel comienza a comer pero no está tranquilo, coloca la servilleta encima de la mesa y se levanta.- Perdone, no quiero molestarla. ¿Puedo sentarme?
Ella lo mira a través de las lágrimas, sorprendida por su pregunta y le indica una silla mientras se seca los ojos con el pañuelo.
- No sé cual es el motivo de esas lágrimas, pero no me gusta ver la tristeza a mí alrededor, si puedo hacer algo.
Ella bebe un sorbo del vaso y fríamente contesta:
-Usted no puede hacer nada.
- Mañana no, pero esta noche puedo ofrecerle mi mesa, si usted no lo toma a mal, y mirar de que cene tranquila mientras hablamos de cosas sin importancia.
- ¿Podemos comer en silencio?
- Si es lo que desea, sí.
Los dos se levantan y se sientan en la mesa de Miguel, quien busca con los ojos al camarero. Este, que ya ha visto la escena, se acerca con otra carta para ella y recoge el plato ya frío de él. Miguel la observa leer en silencio y se dice que es una mujer muy bella. Aunque se vean tristes, posee unos grandes ojos castaños, enmarcados por unas finas cejas negras, y la piel de su cara es suave y aterciopelada. Piensa que ha visto a pocas mujeres con rasgos tan perfectos. El camarero aparece con el plato, ahora de nuevo caliente, y toma nota en su libreta de los platos escogidos. Miguel interrumpe ordenando:
- Para beber, llévese este vino y traiga un cava muy seco, un brut de reserva, para los dos.
Ella lo mira y asiente con la cabeza. Cuando el camarero se retira, le dice mirándole a los ojos:
- Me llamo Marina, Marina Sanpietro.
- Mi nombre es más triste, Miguel Ángel Ruiz
- ¿Cómo el escritor?
- Sí, somos familia. ¿Le gusta leer?
- Un poco. Me voy a separar. Acabo de abandonar a mi marido. Mañana cogeré un vuelo a Madrid.
- Lo siento ¿es inevitable?
Ella asiente pensativa y él cambia la conversación, comienza a referirle extractos del nuevo libro que está escribiendo su primo el escritor. Marina empieza a sonreír mientras cena y entre palabras y risas el cava se acaba. Una nueva botella ocupa el lugar de la anterior y Miguel continua la charla mientras mira satisfecho cómo se ilumina esa cara de cuadro del Renacimiento italiano. No son capaces de terminar la tercera botella y deciden pedir las llaves y retirarse… por la mañana tal vez puedan desayunar juntos.
Miguel sube en el ascensor con Marina, tiene las piernas algo flojas y la vista algo turbia, pero galante, se ofrece a acompañarla hasta la puerta de la habitación. Marina, más entera, se ríe y cogiéndose de su brazo se ofrece a acompañarlo a él. Cuando llegan ella le coge la llave y lo acompaña al interior del cuarto. Él cada vez se siente más nublado pero desea poseer ese cuerpo perfecto. Intenta desabrochar el vestido y ella le ayuda a quitarse su negro atuendo. Les ha costado un poco quitarse la ropa, pero ahí están ya, desnudos y abrazándose en la cama mientras se buscan mutuamente los labios llenos de pasión. Miguel a duras penas se da cuenta de lo que está haciendo, su mente se halla obnubilada por el cava y por el deseo al mismo tiempo. Únicamente ve a Marina, su cabello, su cuerpo, sus senos……
Al girar la cabeza, un terrible dolor le ha retumbado por todo el cerebro, el estómago le ha dado un vuelco y piensa que va a vomitar. Abre los ojos y no ve nada, la habitación está a oscuras, estira el brazo como puede y no encuentra el interruptor. La forma de la mesita es distinta, extrañado se arrastra en la cama y busca a tientas, aún cree que vomitará, ha encontrado la clavija, la aprieta y cierra los ojos heridos por tanta luz repentina. Cuando los abre de nuevo, se acuerda del humo y de los militares – extraño tenemos el cerebro los humanos- le viene a la mente el agua del mar y busca como puede la puerta del lavabo. Esta vez se sienta en la taza para orinar, cuando termina y tira del pomo de la cisterna le vienen las arcadas y los vómitos...
20.1.08
Marina II
Han pasado dos horas y Miguel está de nuevo en casa. Ya han avisado al administrador del edificio para que se ocupe de llamar a peritos, pintores y lo que haga falta. Él ha decidido no dejarse llevar por el malhumor y de nuevo se sienta a escribir. El olor a quemado persiste, por la ventana abierta también entra, se levanta y la cierra pensando que seguramente habrá mala olor durante varios días. De nuevo coge el auricular del teléfono y llama a la editorial, sí… conocen a alguien, le pueden decir algo hacia las siete de la tarde ¿estará en casa? No, que pregunten en el hotel Paradyso.Mete algo de ropa en una pequeña maleta y guarda el ordenador también. Escribe una nota para Verónica, que vendrá a limpiar al día siguiente. Llama al hotel Paradyso y no le ponen problemas, tendrá la habitación de la última vez.
Un taxi lo recoge en la puerta y lo lleva hacia el centro de la ciudad, al lado del mar. Deja el equipaje en el hotel y enfila caminando el paseo marítimo, es agradable caminar bajo ese sol de mayo y notar la brisa del mar… Clara… Si Clara estuviese allí sería perfecto. Comprueba que el móvil está en el bolsillo, pero no lo coge. Se pregunta cuanto tiempo necesitará ella para olvidar sus dudas. Él no las tiene, más entiende que le ha dado motivos para dudar de él. Sentado en un banco recuerda el último día que estuvieron juntos, cuando ella lloraba mientras cogía su ropa de los armarios, le dijo a él que necesitaba tiempo para asimilar tanta traición… traición… Acertó a decirle:
-Esa palabra tan fuerte no puede darse a una noche alocada, cuando el alcohol enturbia la mente y te olvidas de todo.
-Te olvidaste de mí, cuando te acostaste con otra.
-Eso no es cierto, tú eres la única para mí, ella no fue nada.
Clara solamente lo miró con desprecio, con mucho desprecio. -Tengo que pensarlo- dijo. Y se fue.
Se ha sentido muy solo desde entonces y parece que ella no va a volver. Le ha mandado ramos de lirios de agua, con notas pidiéndole perdón. La ha llamado de noche cuando en la cama encontraba su lado vacío, pero ella no ha querido oír su voz. Cada día que pasa se siente más inseguro de volver a tenerla con él. Cuando lo piensa, como ahora, se pregunta como un hombre puede llegar a ser tan idiota y acabar en una noche con todo lo que más estima, con todo lo que más quiere. Ellos llevaban una vida juntos construyéndose un futuro estable, buscando la manera de compartir más horas al día. Ahora que ese sueño comenzaba a convertirse en realidad, él en una noche estúpida, en una fiesta más estúpida todavía, embriagado por el alcohol y el deseo, lo lanzó todo por la borda y dejó que su vida navegara a la deriva.
En una terraza de un restaurante conocido del puerto, se sienta a comer a una mesa con mantel de cuadritos rojos y falda blanca. Mientras, contempla los yates y barcas de recreo que el mar mece con sus olas y percibe el sonido metálico que producen las cadenas al chocar contra los palos de las embarcaciones. Siente que es una pena que se tenga que encerrar en una habitación para escribir. Vuelve caminando despacio. En la playa hay gente tirada en la arena, algunos se han quitado la ropa para agarrar en la piel los rayos, poco calientes todavía, del sol de primeros de mayo.
Cuando llega a la habitación, se quita los zapatos y se tumba en la cama. Con el sopor producido por el paseo y la comida se queda dormido hasta las cinco y diez. Se despierta más despejado y coloca el ordenador en la mesa y se sienta en la silla giratoria. Deja a los militares aparcados y salta al siguiente capítulo, ahora teclea confiado. A las siete suena el teléfono, tendrá la entrevista al día siguiente a las tres de la tarde. Teclea de nuevo hasta las nueve, el texto ha avanzado bastantes páginas y se siente satisfecho. Se estira todos los músculos del cuerpo y se dirige a la ducha.
Baja por las escaleras y se encamina hacia el restaurante del hotel. Se ha vestido todo de negro, sabe que le sienta bien a sus cuarenta y cinco años y a las pocas canas que han empezado a menudear por su cabeza. Escoge una mesa en el interior que está vacío, el camarero le avisa de que cenará solo pues en estas fechas los clientes que aparecen quieren cenar en la terraza. Se encoge de hombros y se queda mirando al exterior a través de la ventana. Se ha tomado una copa y mientras espera que le traigan el primer plato, aparece una mujer joven que se sienta sola en una mesa cercana. No la tiene de frente pero él ve su perfil. Tiene una bella figura enfundada en un vestido rojo, de los caros, de los que parecen sencillos y no lo son. Su melena castaña brilla bajo las luces que inciden directamente sobre ella.
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