31.3.08

30.3.08

11.3.08

El Reuma de las Vacas

Hace frío aquí arriba, el termómetro de mi mochila marca cinco grados y aunque el grueso anorak protege mi cuerpo, siento que las piernas piden más abrigo que el simple pantalón que las cubre. El sacrificio merece la pena, aún no ha salido el sol tras las montañas y el azul aparece roto a jirones en un malabarismo de blancos y anaranjados. Es una maravilla. Los apretados pinos conforman un enorme bosque en escalera, todas las montañas están llenas de ellos, guareciendo en lo más oculto la variada fauna conformada desde la pequeña y danzarina ardilla hasta el voluminoso jabalí que anida junto a las raíces de los árboles. Alguna vez, mientras contemplaba una de esas camas me sorprendió el repentino batir de alas de un gran águila, tan impresionante a la vista que no pude hacer otra cosa que quedarme embobado contemplando su elegante vuelo. Acostumbrado a sentir que estas aves habitan en escarpadas rocas alejadas de la vista de los humanos, me asombra que se hallen en montes tan bajos, pero bien está para el disfrute de los que osamos caminar entre este compendio de naturaleza.

Las encinas y algún que otro roble se entremezclan también con los pinos. El suelo se haya cubierto de romero, de espliego, tomillo y lentisco. Por el camino la tierra cruje bajo mis pies y el frío pero limpio aire de la mañana parece quemar mis pulmones acostumbrados al viciado aire de la ciudad. El sol aparece ya con sus primeros rayos hirientes, aclarando aún más el paisaje que baja por la falda de la montaña. A lo lejos, en una gran explanada del pequeño valle, se divisa la gran casona de los Segarra rodeada de un gran prado robado a la montaña. Está muy verde ese espacio y es normal aquí pues el grado de humedad es muy alto, por eso a las enormes vacas cuyo futuro será convertirse en carne tras su paso por algún matadero de la ciudad, no les falta nunca junto con el pienso, el apetecible pasto que tanto les gusta. Y ahora que estoy sintiendo el dolor en mis rodillas producido por el aire frío que me acompaña, no puedo por más que preguntarme si no sufren de reuma las vacas. Tanto frío y humedad no es bueno para nadie y ellas que parecen no inmutarse antes los cambios climáticos de la naturaleza, buscan, sin embargo, los pedazos soleados entre ese césped brillante. Pienso que su cuerpo gordo está abrigado por capas de grasa que las protegen, más sus patas, no tan gruesas, tal vez adolezcan en sus rodillas del inevitable dolor. Podría ser quizás que no dispongan en su corta vida del tiempo suficiente para desarrollar esta enfermedad de viejos tempranos, metidos a veces en oficios poco saludables en los que impera el movimiento mecánico y continuo.

En la nueva carretera que rodea el pequeño pueblo, allá en el valle, han desaparecido las luces de los escasos coches que marchaban hacia la ciudad. Ahora con los faros apagados son más y con el aumento de la velocidad se intuyen las prisas por salvar la inevitable caravana de todas las mañanas. Las persianas de las casas van desapareciendo y en su interior se adivinan las caras aún adormecidas, los movimientos lentos pero sin pausa, los velados gritos a los niños para que se den prisa y también imagino ese embriagador aroma a café recién hecho en las cocinas. No puedo evitar tragar saliva y añorar una buena y humeante taza de café con leche, una gran rebanada de pan redondo todavía caliente y algo del estupendo embutido de la comarca.

Voy a quedarme sin ver a las vacas que no han salido aún, deben tener la cabeza metida entre el forraje y el grano que almacenado en los silos les hace más práctica la vida a ellas y a sus cuidadores. Pero he avanzado mucho ya por el camino que baja de la montaña y ahora que estoy más cerca del pueblo encuentro cambiado el vestido de la vegetación, hay infinidad de chopos estirados en hileras y los bonitos y gruesos troncos de los plataneros hacen guardia a lo largo de la carretera y por encima de la estrecha riera que en paralelo baja recorriendo kilómetros con su escasa, aunque constante agua. Las cañas abundan a los costados de esa riera y de vez en cuando aparece algún campesino cortando brazadas de ellas que le servirán después para atar las tomateras de la temporada o para encauzar el crecimiento de alguna otra mata del huerto. A un lado encuentro la fuente risueña y cantarina de la que borbotea el agua que mana de la montaña, y las dos encinas que la acompañan suelen asistir como testigos quietos al movimiento de garrafas de plástico blanco que a menudo recogen su preciado don, aunque eso será más tarde quizás, cuando en este rincón haga más calor del que hace ahora. Los pájaros ya revolotean inquietos buscando el desayuno y entre las ramas de los árboles los chamarines entonan al unísono sus armoniosas y continuas voces protestonas. Es un pájaro éste, el chamarín, que me agrada sobremanera, inquieto, pequeño y del color de las hojas, pero con un canto que me hace sentirme acompañado. Las adelfas, las paredes cubiertas de buganvillas aún sin su roja flor, otras tapizadas con las ramas que acunan incipientes hojillas de parras vírgenes y algún majestuoso magnolio en un jardín, me anuncian sin dudarlo el dominio del hombre sobre la naturaleza. La tierra que pisaba se ha convertido en asfalto, el sol luce arriba y algún vecino me saluda. Respiro hondo antes de acabar por hoy este paseo matinal.

6.3.08

Viaje Nocturno

La película estaba durando más de lo normal y ella, por no levantarse, estaba encogida de frío desde hacía más de una hora. Al fin llegó el intermedio y Sandra volvió a activar el termostato de la calefacción central que había dejado de funcionar a las doce de la noche. Se colocó un anorak viejo y salió a la terraza pues con lo que duraban los comerciales le daba tiempo de sobras de fumarse un cigarro y volver a dentro sin prisas. Pero con los primeros pasos por el exterior sus pies pisaron algo blando y suave y no pudo evitar un estremecimiento de pánico, corrió hacia la ventana y le dio al interruptor. Un baño de luz iluminó una amplia y preciosa alfombra de colores vivos y ardientes que se iban difuminando hacia el centro en donde el tejido conformaba un águila negra con las alas blancas desplegadas. Sandra miró a su alrededor, más el lugar estaba desierto y no pareció que nadie hubiese podido llegar hasta la terraza de su ático. Se arrodilló sobre aquella alfombra para sentir en su mano aquel tacto aterciopelado, perfilando con su índice el contorno de la figura del águila que la tenía como hipnotizada; tanto que apenas notó aquella brisa que comenzó a acariciar sus mejillas y a alborotar su cabello.

El paquete de cigarrillos cayó de sus manos cuando intentó sostenerse agarrando el vacío, más su cuerpo quedó tendido por la fuerza con la que se elevó la alfombra. Ante aquella furia de vértigo contenido no le quedó más remedio que cerrar los ojos mientras sus manos pellizcaban con fuerza sus piernas y hasta su cara, buscando deshacer aquella pesadilla en la que seguramente había caído influenciada por el telefilme de televisión. De su boca apenas logró sacar más que un triste gemido cuando quiso emitir una petición de socorro, los nervios le habían bloqueado la voz y se encontró luchando consigo misma para incorporarse y lograr abrir los ojos sin hacer caso a los mensajes de su estómago que le informaba continuadamente del proceso de elevación al que seguía sometida. Se revolvió agarrando con las manos uno de los bordes de la alfombra y se arrastró lo suficiente para sacar la cabeza y poder observar el alejamiento de todo el compendio que conformaba la ciudad. De sus ojos brotaron lágrimas que no llegaron a cubrir su cara, simplemente arrastradas y diluidas por la fuerza con la que chocaron con el aire. Aquel viaje duró una media hora aunque para Sandra pasó como una larga eternidad; el final fue más lento y suave, y en el descenso se sintió hasta mecida y arrullada sobre aquella cuna sedosa y aterciopelada.

Las formas de los pequeños árboles y plantas tan conocidas le indicaron que había vuelto a su casa y que de nuevo descansaba sobre el suelo de su terraza. Pensó, incorporándose casi a tientas, que aquella broma solo podía ser obra de algún boludo capaz de haber creado aquel artefacto para volver loca a la población. No se lo pensó dos veces y muy decidida enrolló como pudo aquella maldita alfombra y después de lograr apoyarla encima de la baranda la dejó caer hacia la oscuridad. Aún temblorosa entró en el salón y se dejó caer en el sofá, en la televisión se repetían sin cesar diferentes publicitarios sobre música para móviles y no parecía que fuese a continuar aquella película de Alí-Babá y los cuarenta ladrones. Pero se equivocaba, la película seguía aunque no donde ella la dejó, en aquel momento el protagonista que viajaba en una alfombra mágica se veía arrojado hacia el suelo atravesando las ramas de un árbol entre las cuales se quedaba colgando la alfombra con un águila en su centro. Sandra apagó la televisión sin pensárselo dos veces y salió de nuevo, esta vez logró encender un cigarrillo y con los brazos apoyados en la baranda intentó vislumbrar el destino de la alfombra, no la distinguió, desde luego, pues aquella había planeado sin hacer ruido hasta otra terraza lejana y se hallaba ante la ventana de un joven que miraba las peripecias de Alí-Babá en la televisión mientras recogía de la superficie de la mesa de centro un paquete de tabaco…

3.3.08

El lunes de Consuelo

Y nunca mejor dicho
Gracias Consuelo ;)