21.11.09

Un Caso Desgraciado

Me sentía cansado y un tanto desencantado con mi trabajo. No había llegado a tiempo y me castigaba imaginando lo que tal vez podría haber evitado si mis investigaciones me hubiesen llevado a su destino tan solo veinticuatro horas antes. O tal vez no, me decía a mí mismo, pues aquella muchacha hacía tiempo que jugaba con la muerte y un día u otro debía perder la partida.

Un piso miserable en el barrio de la Barceloneta, unos compañeros indeseables, que como ella, solo vivían para inflar sus venas con el polvo alucinógeno que les hiciese olvidar durante unas horas la inadaptación a una vida que no les satisfacía. Y Clara, que parecía tener todas las virtudes y posibilidades para ser feliz, se había dejado arrastrar hacia ese vertiginoso submundo de la heroína donde se vive poco y muy deprisa.

Lucas, su padre, hacía una semana que me había llamado casi sin fuerzas, cansado y abatido por las circunstancias. Habíamos trabajado juntos en muchas ocasiones antes de que decidiese retirarse de los juzgados. Nos respetábamos y la confianza mutua se había ido decantando en una amistad y aprecio, que nos había unido más allá de los deberes profesionales. En ocasiones le visitaba en el apartamento que se había acondicionado, justo puerta con puerta del mismo piso donde antaño montase su bufete. No había querido marchar de aquel edificio cuando se separó de su mujer y ella no tuvo ningún inconveniente en quedarse con el chalet de la costa, en un ambiente más de su agrado. Aribau me pillaba cerca de mi despacho y decidí ir caminando. Eran las cuatro y media de la tarde de un sábado y la plaza universidad se encontraba aún casi desierta, a la espera de que abriesen las tiendas y la marabunta de ávidos compradores subieran las escaleras subterráneas del tren metropolitano.

El edificio hacía esquina con la plaza y en la portería entregué el carnet de identidad a Sebastián, uno de los conserjes que ya me conocía. Metí la chapita de identificación en un bolsillo de la americana mientras pedía noticias del señor Godard.

—No se le ve muy animado últimamente, hace días que no sale a dar su paseo cotidiano y cuando le subo los periódicos casi le cuesta hablar. Con lo que él ha sido ¿verdad?

El ascensor me dejó ante una puerta que inexplicablemente se hallaba medio entornada. Pulsé el timbre y entré llamando a Lucas mientras buscaba por las distintas habitaciones. En el despacho, el sol atravesaba los visillos llenando de luz la estancia. Mi amigo parecía haberse quedado dormido sentado en su butacón mientras escribía, pues aún conservaba la pluma en su mano. Dos blísteres de pastillas y un vaso de agua se encontraban vacíos junto al ordenador, un talón bancario a mi nombre y dos cuartillas escritas que leí después de tomarle el pulso y comprobar que mi estimado amigo estaba muerto.

Escribo desde este rincón acomodado, adornado para hacerlo más o menos agradable, ocupado por esos objetos que poco a poco se han ido haciendo importantes por el recuerdo que abren en mi memoria. Pienso que en realidad no son importantes y debería deshacerme de ellos, al fin no son más que materialidades a las que mi vida se aferra para retener un pasado que ya no está, que ya pasó casi sin darme aviso.

Imagino un futuro incierto y rutinario del que me gustaría escapar. Y me pregunto si la vida no es lo mismo para todos los que me rodean. No es equivocado acaso conceder a la verdad, que vivimos intentando acaparar sucesos, ilusiones, cosas materiales, escenas memorables que se diluyen después con la lejanía. Y tan cierto sería pensar que en el fondo todos somos iguales en ese sentido. La vida son palabras oídas, habladas, escritas, mal o bien interpretadas con sus derivadas consecuencias… y no hay más.

Abrir los ojos cada día, al despertar, es sinónimo de ilusión, de espera, de admitir que en ese nuevo comienzo seguro que habrá novedades que romperán nuestra rutina. Y nos izamos no sin ciertas reservas porque un día más no se cumplan esas expectativas… Aseamos nuestro cuerpo y lo vestimos adecuadamente, acechamos tras los visillos deseando que el Astro rey se digne iluminarnos espléndidamente y nos echamos a la calle pensando en nuestras responsabilidades creadas que nos empujan a continuar caminando.

Pero dónde comenzó todo… cómo fue que creamos tantos envoltorios y leyendas alrededor de una única necesidad crucial y simple para el hombre que no es otra que el procurarse el alimento y el resguardo… De pronto se abren paso en mi memoria las imágenes de aquellos viejos filósofos que hablaban del existencialismo, otra palabra. Complicada en su momento, sí. Pero querría de alguna manera buscar, en los tiempos que vivimos…o en todos los habidos anteriormente, a ese hombre esencial, sin pensamientos, sin ambiciones, sin ganas de abrir los ojos cada día… Y los que encuentro no cumplen esos requisitos precisamente. Estos suelen ser los desengañados, los que buscaban y no encontraron, o los que sí lo hicieron y quedaron abrumados por tanta novedad que se les convirtió en rutina y dejaron de serlo.

Suenan otras palabras “Me gustaría…” y son las que provocan el anhelo de todo lo que la vida nos puede ofrecer. Por eso seguimos adelante. Buscamos historias posibles o las inventamos, ahítos de amor y desamor, de saciedades y renuncias, de obligaciones y derechos. Pero derechos a qué, de ser qué cosa con una libertad civilizada… Se cuentan por miles los admiradores de aquellos que cantaron por la libertad y que aún, todavía, se arrastran por escenarios multitudinarios clamando por romper con una sociedad que se ha ido moldeando y adaptando a esas libertades que reclamaron en su día. Nunca es bastante, nunca es suficiente. Después en su vida cotidiana se sienten triunfadores aunque siempre insatisfechos, buscando una nueva forma de vivir, de creer, de sentir la paz dentro en su interior.

Sentado en mi rincón, me siento cansado de esta lucha insaciable contra el desánimo de vivir. Las novedades ya no lo son. En realidad todo se repite como en una rueda que hace girar el mundo una y otra vez, jugando con la vida de los seres que lo habitan, jugando con las ilusiones de cada humano hasta que la experiencia habida se las arrebata, o tal vez consiga desterrarlas una muerte a destiempo.”

Me pregunté durante un instante si la policía de la Barceloneta se habría puesto en contacto con Lucas antes de mi llegada. Deseché la idea pues me había ofrecido a darle la mala noticia yo mismo y habían suspirado aliviados. Recogí mi cheque antes de bajar, sabía que no debía tocar nada hasta que llegase la policía. Estoy acostumbrado a ello. Sebastián hizo las llamadas oportunas y poco después llegaron los agentes, el médico y los señores del juzgado. Cuando pude deshacerme de todo aquel trámite fui a buscar mi coche. Aunque ya había oscurecido, el día no había acabado para mí. Cogí la carretera rumbo a Platja d’Aro, donde una mujer, seguramente, no imaginaba ni de lejos las dos tragedias que me disponía a comunicarle.




20.11.09

60 Aniversario

EL TERCER HOMBRE

16.11.09

Un Viejo Compañero

Aquella mañana se había presentado fría y húmeda, anunciando un final de otoño gris y descorazonador. A través de la ventana de mi despacho se traslucían figuras que caminaban apresuradamente arrebujadas bajo gruesos abrigos. El asfalto, por causa de la humedad, se apreciaba más oscuro; los edificios, sin los rayos del sol iluminando sus fachadas, envolvían la ciudad en un ambiente triste y espeso.

Sobre mi mesa se amontonaba el correo de la mañana, facturas, comunicados bancarios, folletos publicitarios y más facturas; por último un sobre de un amarillo pálido, con mi dirección escrita a mano, que me llamó la atención. No era un sobre tipo americano y en su interior encontré un trozo de hoja con una dirección de correo electrónico y el nombre del remitente: Alfredo García Estébanez. Aquel nombre quería abrirse paso a través de mis recuerdos, me sonaba haberlo oído repetidamente, sin embargo no lograba ponerle una cara conocida. Me parecía muy extraña aquella forma tan escueta de ponerse en contacto conmigo sin dar un solo detalle. Descargué el correo del ordenador y envié uno al tal Alfredo dándole cita para las cuatro de la tarde en mi despacho. La confirmación me llegó al momento y durante las siguientes horas olvidé aquel asunto para concentrarme en escribir un informe detallado de mi último trabajo.

He de aclarar que soy detective profesional con un pequeño despacho alquilado en la Gran Vía, muy cerca de la Plaza Universidad. En contra de lo que suele imaginar la mayoría del público, mi trabajo peca de ser bastante anodino y rutinario. Vigilar maridos, esposas, hijos… En algunas ocasiones me piden que busque a un desaparecido que la policía no ha logrado encontrar. No puedo decir que me gusten esta clase de encargos, estos clientes llegan desesperados y no tienen en cuenta que no dispongo de los amplios medios de la policía. Buscan un milagro y han visto demasiadas películas escritas por descerebrados, que ya no saben lo que van a inventar buscando una originalidad de todo punto irreal.

Me quedé a comer en un restaurante cercano y regresé antes de la hora prevista para la cita. A las cuatro en punto sonó el timbre y un hombre vestido con cierta elegancia me ofreció su mano con una amplia sonrisa. Su cara me recordó otra época y un uniforme de colegio. Aquel era Alfredo, el gracioso de la clase, de cuando yo estudiaba los últimos cursos de primaria. No habíamos sido amigos pero él siempre se había hecho notar con sus constantes payasadas. Estuvimos recordando aquellos tiempos durante unos minutos y después se puso serio y comenzó a exponerme su problema. —Necesito que busques a mi hijo. No es un adolescente, tiene veintisiete años. Discutimos de forma violenta hace dos semanas y desde entonces no ha vuelto ni a su casa ni a la mía. Recurro a ti porque es necesaria una total discreción en este asunto y sé que tú comprenderás y serás capaz de ponerte en mi lugar—.

Aquella confianza en mi persona me parecía inverosímil en alguien que no me había tratado en tantos años y con quien apenas había tenido relación. —Por mi parte necesito saber cual fue la causa de la discusión y qué tipo de vida es la vuestra, relaciones, trabajo, etc…—. Se quedó pensativo mirándome fijamente, puedo afirmar que intuía su nerviosismo a pesar del aplomo que intentaba adoptar. — Disfruto de una posición muy holgada desde hace años y no necesito trabajar. Soy viudo, mi mujer murió hace aproximadamente unos diez años y vivo solo en un piso de Consejo de Ciento… ya va para catorce meses, cuando Eduard, mi hijo, marchó a vivir con una chica que no me gustaba. Puede decirse que la forma de vivir de ella, para mi modo de entender la vida, era el de una mujer demasiado liberal, el de una puta—-. Mientras hablaba, los rasgos de su cara habían comenzado a crisparse por la ira, sus dedos se habían ido cerrando y los puños apretados firmemente temblaban por la fuerza ejercida. — ¿Sabe ella donde está tu hijo?—. Hizo una mueca con la boca y desvió la mirada. —Ella desapareció antes que él y yo discutiéramos por su culpa, pero fue mejor así…—. Sus ojos ya no podían parar quietos y todo su cuerpo se estremecía en un paroxismo inquietante. Le pedí que se calmase y le ofrecí una copa de brandy que fui a buscar a la habitación contigua donde una administrativa acudía dos veces a la semana para poner mis papeles al día. Tuve la precaución de cerrar la puerta a mis espaldas para hacer una llamada de teléfono que sabía necesaria. A los pocos minutos me encontraba de nuevo frente a él con dos copas y una botella.

Apuró la bebida de un trago y le serví de nuevo. — ¿Te acostaste con ella, verdad?—. Me envolvió en una larga mirada y asintió. —Ya te he dicho lo que era. Supongo que estás acostumbrado a deducir las circunstancias en las que se desenvuelven estas…. ¿Cómo podría explicarlo… bajas pasiones? Eres bueno en tu trabajo… ¿Entiendes porqué no quería que estuviese con Eduard? Ella no se lo merecía, era una cualquiera detestable, vulgar y viciosa—. Quise dejar que Alfredo se calmase un tanto, pasaron unos segundos de silencio, mientras bebíamos los dos y después le hice la pregunta: — ¿Qué hiciste con su cuerpo y como lo descubrió tu hijo?

Es inútil explicar que se vino a bajo ante mis palabras y comenzó a darme todos los detalles atropelladamente. Insistió en repetirlos cuando llegaron los agentes de policía que acudieron como resultado de mi llamada. Este pobre hombre desnudó su alma a borbotones, como los árboles caducos se habían ido despojando de sus hojas con la llegada del otoño. Alfredo había adelantado el propio otoño de su vida y sería para él tan triste y oscuro como el ambiente de las calles al otro lado de la ventana. Apareció el cadáver acuchillado de la chica en un arcón-congelador del piso de Consejo de Ciento. De Eduard nunca se supo nada, tal vez fuese mejor así.