3.6.20

Mírame a los ojos II


 Esa mañana Joanna se levantó con grandes ojeras y tarde. Abrió el ventanal y salió fuera de la casa. Hacía frío pero hasta que no terminó el cigarrillo no volvió a entrar. No sentía ganas ni de lavarse la cara. Además, su cuñada cada mañana dejaba el cuarto de baño que compartían como si hubiese pasado un tornado. Joanna se decidió a limpiarlo mientras emitía exclamaciones, aunque nadie podía oírla. Después abrió las ventanas de las habitaciones y recogió la ropa de Susana, la plancha del pelo, el pijama, las zapatillas, varios pares de zapatos,... Una pila de ropa doblada, que le dejó dos días antes para guardar, seguía en el mismo sitio. Con un suspiro se animó a colocarla en los cajones, aunque tuvo que ordenarlos antes para poder hacer sitio.

Estornudó varias veces y levantó la vista hacia las estanterías ocupadas en su totalidad por muñecos, flores y corazones de tela. Habían discutido varias veces ya que la colección crecía a la par que su alergia. Si al menos dejase de traer más... Se sentó en la cama y miró hacia la ventana. Estaba cansada, sin fuerzas siquiera para pensar en cómo hacer para que la escucharan.

Recordó el verano anterior, cuando se había ido unos días a la playa sola, enfadada. Les envió un mensaje diciéndoles que estaba bien y a la vuelta pareció que eran más considerados, aunque aquello no duró mucho. Se daba cuenta que lidiaba con una adolescente, demasiado mayor para obedecerla y poco madura para ser más responsable. Ella intentaba ayudarle con sus problemas, pues le dolía verla llorar y la abrazaba muchas veces para consolarla. Había conseguido que Susana confiase en ella y eso la tranquilizaba hasta cierto punto. Pero llevaban unos meses muy difíciles y cuanto más deprimida se sentía ella, más rebelde se volvía la joven. Además, últimamente estaba haciendo muchas tonterías y no admitía que se lo dijeran. Al contrario, se enfrentaba y le echaba en cara que ella no era su madre y no tenía derecho a meterse en su vida.

Salió de nuevo afuera a fumar. Sentía que le faltaban las fuerzas y le daban ganas de llorar, pero no le venían lágrimas a los ojos. Pensó que debía hacer algo para encauzar su vida, para buscar soluciones y sentirse fuerte otra vez. Pero en ese momento lo único que le apetecía era marcharse y que la dejasen tranquila, sin voces, sin ruidos, sin problemas. Necesitaba paz y mentalmente pedía que por favor todo volviese a ser como antes. Era muy frustrante no saber el porqué de tantas cosas que le estaban sucediendo. Qué era lo que había hecho tan mal para que todo el mundo se pusiese en su contra, se preguntó.  

La noche anterior Adriano y Susana empezaron a discutir por una tontería en la cocina y fueron elevando las voces cada vez más. Ella entró a pedirles que parasen y terminó recibiendo todas las culpas posibles de ambos hermanos. Después la rabia por la injusticia no la dejaba dormir. Sabía que no era tan importante, pero en realidad es que estaba harta de que se repitieran esas mismas situaciones un día tras otro. Y no ocurría solo en su casa, en el exterior también notaba el ambiente bastante crispado. Parecía como que el mundo tenía muchas ganas de discutir y poner problemas donde no hacía falta. El mal humor era el constante diario y para cualquier cosa había que dar mil explicaciones y solventar increíbles recelos. Joanna era muy consciente de lo que afectaba una crisis económica a nivel humano, justamente a ella la estaba afectando en primera persona, pero procuraba no hacérselo pagar a los demás. No entendía, pues, esa falta de control ajeno.

Encendió la televisión, un documental con su voz uniforme y monótona le haría compañía mientras se dedicaba a ordenar la casa. Arrastró las zapatillas y de pronto recordó que no había desayunado ni tampoco cenado la noche anterior. Ya era mediodía...

No hay comentarios: