
25.2.08
22.2.08
19.2.08
Recuerdo una vez un circo...
Este cuento se lo dedico a Malena, que ha sabido conservar la niña que lleva dentro. ¡Vuelve pronto!
-¡Un momento de silencio! Si no os calláis os quedaréis sin papeletas-. La temible seriedad del profesor nos hizo callar de inmediato. De mano en mano corrieron los deseados boletos del Circo Internacional. Dos caras maquilladas aparecían dibujadas en cada uno, la de la izquierda excesivamente blanca y con las cejas pintadas en ostensible curva, se veía coronada por un alto cono blanco; en la de la derecha sobresalía una enorme bola roja en la nariz e iba cubierta con un sombrero más pequeño que los rizosos cabellos del payaso. - ¡Entrada gratis para un niño con la compra de una entrada para adulto!-. Ya me extrañaba a mi que no hubiese trampa. Mi compañera de mesa tenía ocho años como yo y desde primera hora de la mañana había ido explicándome, a base de escribir a lápiz en la mesa para que no nos viesen hablando, que su hermana, ella, sus padres y hasta sus abuelos irían al circo el día siguiente. Nos levantamos todos y después de rezar un Padre nuestro, un Gloria y un Santamaría, cargamos con las pesadas carteras y bajamos, en correcta fila de a uno, las escaleras que nos llevaban hasta la libertad de la calle.Mi madre luchaba arremangada con el agua y la ropa que nadaba en el interior de aquel aparato nuevo del que se sentía tan orgullosa. Me asomé como siempre curiosa, para ver los giros de aquel molinillo gigantesco, mientras preguntaba: -Iremos al circo ¿verdad? El señor Ferraz nos ha dado invitaciones ¡mira!-. No me contestó más que con una sonrisa un poco torcida que yo conocía de sobras. Desde el balcón un radiante día de mediados de junio y la llegada de las primeras oleadas de calor estival traían promesas de vacaciones perezosas y juegos en la ancha acera de la calle. Mi madre se había sacado el delantal de plástico y para consolarme puso una moneda en la palma de mi mano, sabiendo que correría al kiosco más cercano en busca del apreciado polo de fresa. No fue un gran consuelo aquel día en medio de aquellos corrillos de amigas que no paraban de hablar, mientras paladeábamos nuestros helados, sobre aquel circo que se me representaba como un lugar mágico y lleno de emociones.
Mi hermano de doce años llegó tarde a la hora de la comida y con los zapatos llenos de polvo, tuvo suerte porque ya no hubiesen clases a la tarde, ya que en otras ocasiones le habían mandado al colegio sin comer en castigo por sus escapadas de las que nunca contaba nada a pesar de las preguntas insistentes con las que mi madre solía atiborrarle los oídos. Supongo que fueron mis lágrimas
después de insistir nuevamente con el tema del circo las que movieron a Sergio a contarme su aventura del mediodía: -Me he colado en el campamento del circo ¡Hay leones y elefantes! ¡Y he visto a la mujer barbuda!- Aquello me pareció el colmo de las maravillas, aunque no podía creerme que existiera ninguna mujer con barba –será una barba postiza- observé con la sabiduría de mis pocos años. Él puso un dedo sobre sus labios y en voz baja acordamos que me llevaría esa tarde al campamento. Mi madre no puso objeciones a que yo bajase a la calle a jugar siempre y cuando me tuviese a la vista desde el balcón, en cambio, mi hermano tuvo que hacer mil promesas con su cara más inocente antes de que le dejase marchar.Sergio había entrado por la mañana por la misma puerta de entrada abierta en la larga valla que rodeaba las instalaciones, más las cosas habían cambiado en esas pocas horas y un vigilante malencarado se hallaba sentado en una silla impidiendo el paso a todo aquel que no le resultase conocido. Esperamos casi una hora, dando vueltas alrededor de aquella valla intentando ver algo desde fuera y buscando cualquier agujero en aquel entrelazado de fuertes alambres sin conseguir ni lo uno ni lo otro. Casi desesperábamos ya cuando un grupo de personas bien trajeadas se llegaron hasta el guardián y comenzaron a charlar amistosamente con él; mi hermano me agarró fuertemente de la mano y atravesamos aquella puerta corriendo enloquecidos mientras el guarda gritaba a nuestras espaldas, pero no nos siguió y poco después caminábamos tranquilamente entre aquellas casas rodantes. La miseria de aquella gente me impresionó sobremanera, los niños iban sucios y mal vestidos; algunas mujeres bastantes despeinadas cosían ropas brillantes sentadas a la sombra, otras fregaban platos o ropa en barreños con agua que algunos niños pequeños traían en cubos desde alguna fuente cercana. Todos nos miraban al pasar, y yo a ellos. Comparaba la vida de aquellos seres con la nuestra, con la limpieza que imperaba en nuestra casa y recordaba a mi madre afanosa con las manos sumergidas en aquella lavadora que había llegado recientemente a nuestras vidas. Sentí tristeza por aquellas mujeres de mirada cansada y por aquellos niños descalzos con agujeros en los pantalones.
Un nuevo tirón de mano me llevó ante una escena insólita, un enorme y grandioso elefante se hallaba allí mismo, en medio de un círculo de feriantes. Uno de ellos le aplicaba en el lomo una especie de gran cepillo enganchado en un largo palo, después de mojarlo en un barreño de agua. Fue muy gracioso, el hombre saltó hacia atrás de improviso y una enorme cantidad de líquido comenzó a salir entre las patas del animal, una inmensa lluvia que llegó hasta el barreño y el cepillo. Sergio me explicó que el elefante estaba meando y yo no podía dar crédito a sus palabras, aquella gran meada era infinita. El cuidador gritaba improperios al animal y daba patadas en la arena, otros feriantes se reían pero nosotros caminábamos ya hacia las enormes jaulas de las fieras. Había leones con grandes melenas aunque parecían bastante aburridos allí tumbados tras los barrotes, tan solo las moscas provocaban un cierto movimiento en sus colas como único medio para espantarlas. Sergio me llevó triunfante ante un hermoso tigre que parecía más joven que los leones; paseaba de un lado a otro de la jaula y de vez en cuando nos lanzaba dentelladas y algún pequeño rugido si intentábamos acercarnos. Un hombre salió portando un cubo lleno de carne ensangrentada y comenzó a gritarnos para que nos fuésemos, nos alejamos unos pasos pero nos paramos enseguida para ver comer a aquel animal. El hombre iba metiendo un largo palo entre los barrotes con el que azuzaba al tigre hacia un lado, y rápidamente echó la carne en el espacio vacío, después se dirigió hacia la jaula de los leones; no pudimos impedir que nos viese desde allí y salió detrás nuestro esgrimiendo aquella gruesa vara en alto, así que nos encaminamos hacia la puerta de salida a todo correr. El vigilante, sentado en una tosca silla, miraba hacia fuera y cuando acertó a reaccionar nosotros nos alejábamos sudorosos, cansados,.. pero felices y emocionados.

El día siguiente a las cuatro de la tarde me encontró sentada en el suelo del balcón con las piernas colgando por fuera del enrejado, miraba el movimiento de los conocidos vecinos de mi calle. Familias enteras con el traje de los domingos y el cabello mojado por la colonia, cruzaban en dirección al lugar donde el circo estaba enclavado. En la acera de enfrente no había niños, tan solo Juan el tonto paseaba arriba y abajo babeando y emitiendo los pequeños gritos que siempre acertaba a pronunciar; pero esta vez no llevaba su eterno jersey a rallas sino un traje más pulido que yo le había visto en pocas ocasiones y estaba claro que a él también lo llevarían al circo. Casi no quedaba nadie en las casas, la puerta del zapatero remendón también se abrió y con un gran sentimiento de tristeza me quedé contemplando su salida en aquella especie de moto-silla de ruedas que se movía con una manivela que él hacía oscilar entre las manos, su sobrino y su hermana salieron detrás y ella cerró con llave la puerta. Los vi alejarse y busqué de nuevo con la mirada a Juan el tonto, pero él también se alejaba con sus hermanos y sus padres. Ya no me hacía ilusión aquel circo en el que trabajaban seres que pasaban tanta miseria, había visto lo que escondían las luces y los trajes brillantes y siempre lo recordaría a lo largo de mi vida, pero aquel día no pude evitar las lágrimas ni dejar de sentir soledad e inferioridad ante la ausencia de todos aquellos que habían podido disponer del dinero suficiente para comprar aquellas entradas. Con las manos enlazadas a los estrechos barrotes y la cabeza hundida en uno de los huecos, me prometí a mi misma, como muchos otros niños harían en aquellos duros años, que iba a luchar a brazo partido con la vida para obtener aquello que entonces se me negaba. Creo que he conseguido, hemos conseguido todos, cumplir aquella promesa ¿no?
17.2.08
12.2.08
Murmullos en la Noche
El viento gélido silbaba con fuerza y tras de sí aquellas sombras fantasmagóricas se mecían violentamente dejando caer de sus ramas los cuerpos resecos en que se habían convertido sus hojas. Bolas de pelo, plumas y hojarasca rodaban al compás de aquel sonido estridente que apagaba todo ulular en esa noche sombría y destemplada. La luna escondida entre brumas negras no acertaba a iluminar más que de vez en cuando algún estrecho rincón entre la maleza, revelando el desasosiego y la soledad que imperaba en el interior del bosque.Algo como el sonido producido por el crujir de unas ramas secas se oyó cerca de la laguna y a continuación un ligero chapoteo en el agua pereció amortiguado por el ruido del viento que volvía con furia arrasando toda la inercia de los elementos que componían aquel paisaje nocturno. No se inmutaban las paredes de gruesos troncos de madera brillante y ennegrecida por el paso del tiempo, pero las contraventanas chirriaban en sus goznes como queriendo librarse de las ataduras metálicas a las que se veían sometidas. Dos corazones entrelazados en el centro de la madera conectaban la visión con el exterior a través de los cristales interiores que se mantenían imperturbablemente protegidos de tales inclemencias. En el interior de aquella cabaña varias figuras intentaban conservar el sueño a pesar de aquella musicalidad variopinta de la naturaleza. La mujer de suave cabello castaño se removía inquieta en su lecho soñando tal vez con aquel murmullo entrechocado en el agua de la laguna, o tal vez su oído, acostumbrado al silencio de la noche, había vibrado como una advertencia de la anormalidad cotidiana. Por fin se despertó y con sumo cuidado de no despabilar al durmiente que descansaba plácidamente al otro lado de la cama, se calzó las zapatillas y refugiándose bajo una gruesa bata de lana encaminó lentamente sus pasos hacia la habitación principal.
No quedaban brasas encendidas en la chimenea y el frío reinante le provocó en un acto reflejo la necesidad de apretujarse las orillas de la bata sobre el pecho. Con una mano se despejó una mata de pelo que le caía sobre la cara y sin haber encendido luz alguna fijó su mirada a través de los corazones de la madera. La oscuridad era total. Nada se veía en el exterior. Más súbitamente un rayo de luna surgió rompiendo la noche, los ojos abiertos en la máscara se agudizaban inútiles por distinguir algún movimiento tras los cristales, en cambio los de ella vieron claramente aquella cara deformada por las diversas formas que reflejaban la escasa claridad. El grito en la noche resonó en el interior de la casa y traspasó aquellas paredes de muros silenciosos rivalizando con el inquieto silbido del viento.
A pesar del terror que sentía, no pudo despegar los ojos de aquella figura enmascarada que desapareció oculta de nuevo entre las sombras; afortunadamente la luz inundó la sala y el calor del abrazo de su compañero lograron templarle los nervios. Después, mientras acariciaba la taza de té caliente que tomaba a pequeños sorbos y los niños se dormían de nuevo, la mujer comenzó a dudar de la veracidad de su visión. ¡Quién podía tener ganas de salir en una noche como aquella, embozado además como un esperpento…! Se hallaban a mediados de un mes de febrero por demás frío y desangelado, la temperatura más que descender, caía en picado al acabar el día y las fiestas de máscaras se habían tenido que celebrar en el interior de los hogares hacía ya casi diez jornadas de duro invierno. Seguramente se había dejado llevar por la inquietud producida por un mal sueño y lo había imaginado todo. La mujer se encaminó hacia la habitación y pronto quedó dormida refugiada entre los brazos de su compañero y el calor del grueso edredón.En el bosque continuaba el baile de la naturaleza, los pequeños animales también dormían agazapados en los agujeros cavados bajo la superficie de la tierra y en los disimulados huecos aparecidos en la corteza de los árboles. De manera sabia, ninguno de ellos se atrevía a pasar aquella noche guarecido bajo el manto de hojas secas por temor de convertirse también en una bola rodante como ellas. En la laguna había cesado el extraño chapoteo y el agua oscilaba sin ruido en sucesivas ondas producidas por el viento; tan solo un sapo ocasional y un tanto inconsciente fijaba sus saltones ojos sobre aquel nuevo dique formado en la ribera junto a los cañizales, un gran bulto desdibujado por las sombras de la noche y un cadáver con la llegada de la luz al amanecer. Sin lugar a dudas, su presencia en aquel entorno produciría mayor alboroto que la velocidad del viento nocturno galopando entre los árboles.

5.2.08
30.1.08
La Feria
Yo sentía el crepitar de los chinatos al caminar. Mis zapatos, cubiertos de polvo, se movían por encima de un cúmulo de piedras, tierra y desperdigados boletos de las tómbolas. Era un domingo esplendoroso de un sol un tanto achicharrador y la gente se había lanzado a la calle con sus mejores trajes para disfrutar de la feria. Aquella gran feria venía cada año para las mismas fechas y algunas caras, detrás de los mostradores, me resultaban muy conocidas. Lo cierto es que aquella buena gente siempre despertaba en mí, sentimientos encontrados: por un lado representaban la alegría y la emoción de la fiesta, pero por otro lado no podía dejar de sentir la miseria en la que vivían y la vida tan dura a la que estaban expuestos.Vagabundeaba solitario entre la muchedumbre dando vueltas por el recinto, los gritos de los feriantes se oían por doquier anunciando las atracciones. Casi sin darme cuenta me encontré delante del laberinto de cristales transparentes, era uno de mis sitios preferidos al que acudía cada año. Saqué la entrada y avancé despacio con las manos extendidas, algunos críos corrían y se golpeaban con los cristales entre risas y burlas, una chica de larga melena y abrigo a cuadros se rió un tanto nerviosa a mi lado y continuó avanzando. Yo recordaba hasta cierto punto el recorrido y no tardé apenas un momento en encontrar el camino adecuado; en uno de los giros distinguí la silueta de la chica del abrigo que se había parado quieta con la espalda pegada en un rincón, le hice un gesto y en seguida me siguió por las calles del laberinto hasta llegar a la salida. Tenía unos bonitos ojos negros que fijó en mí antes de darme las gracias tímidamente, después se fue caminando hasta perderse entre la multitud.
No logré encontrar a mis amigos en ninguna de las casetas que solíamos frecuentar y yo me sentía arder bajo aquel cielo radiante de principios de verano. Sin buscarlo, me encontré dentro del salón de los espejos, allí al menos había un poco de sombra y se estaba mejor que en la calle. Avancé por la galería viendo en cada espejo mi cuerpo distorsionado con distintas formas: muy alto, muy flaco, muy gordo, muy bajo…Unos cuadros aparecieron junto a mi imagen reflejada y su voz susurró:
- Antes me sentí muy tonta, no debería haberme asustado de esa manera….
Creo que fue entonces cuando cogí su mano y ella no la retiró, no tuvimos apenas necesidad de hablar para entendernos. Avanzamos despacio hacia la salida, casi sin atrevernos a mirarnos el uno al otro, yo no podía dejar aquella mano que me hacía sentir como una corriente eléctrica por todo el cuerpo. Tenía ganas de correr, de saltar, de gritar… Estuvimos caminando sin rumbo fijo entre la gente, dirigiéndonos sonrisas cómplices de vez en cuando. Ya no fui consciente de lo que sucedía a mi alrededor, sé que en algún momento aparecieron las siluetas de mis amigos y que me dirigieron toda clase de muecas y de guiños hasta conseguir ponerme rojo hasta las orejas, después se perdieron de vista para el resto del día. Acompañé a Elena hasta la puerta de su casa –era la hora de la comida- y quedamos en vernos de nuevo aquella tarde, otra vez, en la entrada de la galería de los espejos. Fue un tiempo que se me hizo eterno y cargado de incertidumbres esperando la hora de la cita, pero ella estuvo allí puntual. Y también estuvo en todos los encuentros posteriores en que fuimos desgranando nuestra existencia, hasta llegar a compartirla.
Esa galería marcó nuestras vidas para siempre, se convirtió en destino obligatorio cada año cuando llegaban las fiestas… hasta que cambiaron los tiempos y los gustos de la gente. Ahora ya, son contadas las veces que podemos vernos reflejados en esos espejos…y es que el tiempo pasa inexorable para nosotros y para las cosas que nos hacen ilusión en nuestro paso por este mundo en movimiento continuo.
28.1.08
26.1.08
¿Recuerdos?
Me preguntaste: -¿en qué piensas?-. Y te miré sin comprenderte. Te quedaste callada, intentando desnudar mi mente con tus pupilas llenando mis ojos. ¿Qué buscabas en mí, qué respuesta esperabas? Tal vez creas que no comparto contigo mis pensamientos, que me reservo un gran espacio al que tú no tienes acceso, y es cierto ¿acaso no lo hacemos todos los humanos?Hace unos meses comencé a sentirme aislado de las conversaciones en el trabajo, como un espectador que mira imágenes en las que no decide, en las que no opina, en las que espera que se resuelvan en un final de guión pactado. No pensaba en otra cosa, simplemente escuchaba las voces de los otros y me aburría. Son tantas las voces que repite el humano. ¿Está el hombre tan clasificado y estereotipado, que se sucede por generaciones con los mismos gestos y respuestas ante un mismo hecho, una misma duda o un mismo estímulo de los sentimientos? Yo escuchaba y me parecía haber vivido varias veces esos momentos. Comencé a callar, a intentar dejar mi mente en blanco, a descansar de palabras monótonas y mil veces repetidas.
Mi existencia se convirtió en una búsqueda del silencio. El silencio me protegía y me acompañaba, lo buscaba por necesidad, el me mantenía en equilibrio. ¡Qué poco nos damos cuenta de lo agresivo que es el ruido! De esos días recuerdo también tu mirada, tus ojos extrañados de ver a un desconocido en mi cara. Las otras vivencias son lagunas en mi cabeza, no lo recuerdo todo. ¿Cómo es posible que me dijesen que seguía teniendo buena memoria, que era falta de concentración?
Hoy de nuevo recuerdo, y recuerdo tu pregunta: ¿en qué pienso? En demasiadas cosas y no quiero pensar, solo quiero responderte y me faltan las fuerzas, y me faltan las ganas. Me siento cansado de vivir así, sé que mañana olvidaré algo más y que seguiré luchando a contracorriente para recordar tu nombre y que me amas. Hoy también recuerdo algo que no quiero olvidar y es que yo también te amo, por encima de esta locura y de este olvido involuntario.
21.1.08
Marina IV
Ahora se encuentra un poco mejor, se da cuenta de que está desnudo y busca el pijama con la mirada. En el suelo se encuentra arrugado su traje negro de la noche anterior. Ahora sí que recuerda a Marina y busca alguna prenda que le confirme su presencia, más no encuentra nada. Coge su ropa del suelo y caen cosas de los bolsillos, el móvil, las llaves de casa, un pañuelo, la agenda… Sigue buscando en los bolsillos pero no encuentra su cartera y la llave de la habitación tampoco aparece. Mira debajo de la cama y de los muebles, vuelve a registrar los bolsillos… ya convencido de que no las encontrará se sienta y comienza a vestirse con esa misma ropa negra que ahora no le favorece en nada.Quiere ver la hora que es y busca su reloj, tampoco lo encuentra. Llama a recepción y pregunta, son las cuatro y media de la mañana. Pregunta por la señora Marina Sanpietro y le informan de que pagó su factura a las dos de la madrugada, el conserje cree que ya se ha ido. ¿Equipaje? No señor, sólo trajo una bolsa de mano. Gracias. En ese momento que Miguel cuelga el teléfono se abre la puerta de la habitación y Marina entra cerrando a su espalda. Él la mira sin decir palabra, ella está sobria y serena. Le da la cartera con una sonrisa:
- He venido a devolvértela. Tu tarjeta viene un poco más vacía y tu reloj está en la muñeca de mi compañero, tú puedes comprarte otro. Te he dejado algo para que puedas pagar y volver a casa.
- ¿Qué me impide coger el teléfono y…?
- Eres un ingenuo, querido. Me di cuenta ayer cuando te vi venir por la playa. Te crees un hombre irresistible y lo cierto es que no has sabido asimilar la fama, vives demasiado en tus libros y muy poco en la realidad. Sí, los he leído y al verte fuiste como un caramelo venido a mis manos. En tus libros he visto cómo eres y como piensas. Yo también escribo ¿Es gracioso, verdad? Si un día me editan te mandaré un ejemplar.
- ¿Y te dedicas de mientras a hacer de prostituta?
- No me haces daño Miguel, esto para mí no significa nada. Me financia unos meses mientras escribo. Además, voy a decirte la verdad. Eché un narcótico en tu copa y no llegamos a hacer nada en la cama, nada de nada.
- Me hubiese gustado.
- No lo dudo, ya te digo que eres un ingenuo. Me voy. No te aconsejo que llames a la policía si no quieres que aparezca este “asunto” en algún programa de televisión o en las páginas de alguna revista conocida. Mi amigo tiene contactos en ese mundillo y tú no tienes pruebas con las que acusarme -. Marina le quiña un ojo a Miguel y caminando muy segura de sí misma, desaparece tras la puerta sin volver la cabeza.
Miguel se tapa la cara con las manos durante un buen rato, cuando las retira y abre los ojos, ve ante sí la cartera. La registra, no falta nada y las tarjetas también están. Levanta la cabeza y ve su cara reflejada en el espejo. Grandes ojeras le surcan los ojos y el cabello despeinado le da un aspecto patético. Su boca comienza a moverse produciendo una mueca de risa, comienzan las carcajadas… ríe con ganas, le lloran los ojos y sigue riendo. Cuando se serena coge su móvil y llama a Clara, ella no le contesta y cuando aparece el pitido del contestador le deja un mensaje:
- Clara, soy yo. No voy a pedirte otra vez perdón. Te llamo para decirte que estoy seguro de no volverte a engañar jamás. No quiero mujeres de una noche. Te quiero a ti para siempre. He sido un idiota.
Miguel se va a la ducha y cuando sale encuentra en su móvil una llamada perdida. Es el número de Clara.
Han pasado tres meses. Clara ha vuelto a casa y en el garaje descansa un coche nuevo pagado a medias por la compañía de seguros. Hoy ha salido el nuevo libro de Miguel Ángel Ruiz. Por la tarde Clara y Miguel cogidos de la mano se paran a contemplarlo en el escaparate de la librería más cercana a su casa. Y allí está, con la mirada al frente, el pecho erguido enseñando título, sin manchas en la portada, como aquellos militares que ahora viven dentro de sus páginas, justamente en el capítulo por donde empezó esta historia.
Pero no nos vayamos aún sin mirar un poco más en ese escaparate, al lado del libro de Miguel hay otro de un autor que también conocemos. Se titula:” Mis noches vividas” y bajo el título aparece este nombre: Marina Sanpietro.
Marina III
El camarero le deja la carta, ella la coge y le pide también una copa. Parece que está leyendo, pero Miguel se da cuenta de que está llorando por el ligero y rápido balanceo de sus hombros. El camarero trae el primer plato para Miguel y al ver el estado en el que ella se encuentra, decide tomarle nota más tarde y únicamente le deja la copa. Miguel comienza a comer pero no está tranquilo, coloca la servilleta encima de la mesa y se levanta.- Perdone, no quiero molestarla. ¿Puedo sentarme?
Ella lo mira a través de las lágrimas, sorprendida por su pregunta y le indica una silla mientras se seca los ojos con el pañuelo.
- No sé cual es el motivo de esas lágrimas, pero no me gusta ver la tristeza a mí alrededor, si puedo hacer algo.
Ella bebe un sorbo del vaso y fríamente contesta:
-Usted no puede hacer nada.
- Mañana no, pero esta noche puedo ofrecerle mi mesa, si usted no lo toma a mal, y mirar de que cene tranquila mientras hablamos de cosas sin importancia.
- ¿Podemos comer en silencio?
- Si es lo que desea, sí.
Los dos se levantan y se sientan en la mesa de Miguel, quien busca con los ojos al camarero. Este, que ya ha visto la escena, se acerca con otra carta para ella y recoge el plato ya frío de él. Miguel la observa leer en silencio y se dice que es una mujer muy bella. Aunque se vean tristes, posee unos grandes ojos castaños, enmarcados por unas finas cejas negras, y la piel de su cara es suave y aterciopelada. Piensa que ha visto a pocas mujeres con rasgos tan perfectos. El camarero aparece con el plato, ahora de nuevo caliente, y toma nota en su libreta de los platos escogidos. Miguel interrumpe ordenando:
- Para beber, llévese este vino y traiga un cava muy seco, un brut de reserva, para los dos.
Ella lo mira y asiente con la cabeza. Cuando el camarero se retira, le dice mirándole a los ojos:
- Me llamo Marina, Marina Sanpietro.
- Mi nombre es más triste, Miguel Ángel Ruiz
- ¿Cómo el escritor?
- Sí, somos familia. ¿Le gusta leer?
- Un poco. Me voy a separar. Acabo de abandonar a mi marido. Mañana cogeré un vuelo a Madrid.
- Lo siento ¿es inevitable?
Ella asiente pensativa y él cambia la conversación, comienza a referirle extractos del nuevo libro que está escribiendo su primo el escritor. Marina empieza a sonreír mientras cena y entre palabras y risas el cava se acaba. Una nueva botella ocupa el lugar de la anterior y Miguel continua la charla mientras mira satisfecho cómo se ilumina esa cara de cuadro del Renacimiento italiano. No son capaces de terminar la tercera botella y deciden pedir las llaves y retirarse… por la mañana tal vez puedan desayunar juntos.
Miguel sube en el ascensor con Marina, tiene las piernas algo flojas y la vista algo turbia, pero galante, se ofrece a acompañarla hasta la puerta de la habitación. Marina, más entera, se ríe y cogiéndose de su brazo se ofrece a acompañarlo a él. Cuando llegan ella le coge la llave y lo acompaña al interior del cuarto. Él cada vez se siente más nublado pero desea poseer ese cuerpo perfecto. Intenta desabrochar el vestido y ella le ayuda a quitarse su negro atuendo. Les ha costado un poco quitarse la ropa, pero ahí están ya, desnudos y abrazándose en la cama mientras se buscan mutuamente los labios llenos de pasión. Miguel a duras penas se da cuenta de lo que está haciendo, su mente se halla obnubilada por el cava y por el deseo al mismo tiempo. Únicamente ve a Marina, su cabello, su cuerpo, sus senos……
Al girar la cabeza, un terrible dolor le ha retumbado por todo el cerebro, el estómago le ha dado un vuelco y piensa que va a vomitar. Abre los ojos y no ve nada, la habitación está a oscuras, estira el brazo como puede y no encuentra el interruptor. La forma de la mesita es distinta, extrañado se arrastra en la cama y busca a tientas, aún cree que vomitará, ha encontrado la clavija, la aprieta y cierra los ojos heridos por tanta luz repentina. Cuando los abre de nuevo, se acuerda del humo y de los militares – extraño tenemos el cerebro los humanos- le viene a la mente el agua del mar y busca como puede la puerta del lavabo. Esta vez se sienta en la taza para orinar, cuando termina y tira del pomo de la cisterna le vienen las arcadas y los vómitos...
20.1.08
Marina II
Han pasado dos horas y Miguel está de nuevo en casa. Ya han avisado al administrador del edificio para que se ocupe de llamar a peritos, pintores y lo que haga falta. Él ha decidido no dejarse llevar por el malhumor y de nuevo se sienta a escribir. El olor a quemado persiste, por la ventana abierta también entra, se levanta y la cierra pensando que seguramente habrá mala olor durante varios días. De nuevo coge el auricular del teléfono y llama a la editorial, sí… conocen a alguien, le pueden decir algo hacia las siete de la tarde ¿estará en casa? No, que pregunten en el hotel Paradyso.Mete algo de ropa en una pequeña maleta y guarda el ordenador también. Escribe una nota para Verónica, que vendrá a limpiar al día siguiente. Llama al hotel Paradyso y no le ponen problemas, tendrá la habitación de la última vez.
Un taxi lo recoge en la puerta y lo lleva hacia el centro de la ciudad, al lado del mar. Deja el equipaje en el hotel y enfila caminando el paseo marítimo, es agradable caminar bajo ese sol de mayo y notar la brisa del mar… Clara… Si Clara estuviese allí sería perfecto. Comprueba que el móvil está en el bolsillo, pero no lo coge. Se pregunta cuanto tiempo necesitará ella para olvidar sus dudas. Él no las tiene, más entiende que le ha dado motivos para dudar de él. Sentado en un banco recuerda el último día que estuvieron juntos, cuando ella lloraba mientras cogía su ropa de los armarios, le dijo a él que necesitaba tiempo para asimilar tanta traición… traición… Acertó a decirle:
-Esa palabra tan fuerte no puede darse a una noche alocada, cuando el alcohol enturbia la mente y te olvidas de todo.
-Te olvidaste de mí, cuando te acostaste con otra.
-Eso no es cierto, tú eres la única para mí, ella no fue nada.
Clara solamente lo miró con desprecio, con mucho desprecio. -Tengo que pensarlo- dijo. Y se fue.
Se ha sentido muy solo desde entonces y parece que ella no va a volver. Le ha mandado ramos de lirios de agua, con notas pidiéndole perdón. La ha llamado de noche cuando en la cama encontraba su lado vacío, pero ella no ha querido oír su voz. Cada día que pasa se siente más inseguro de volver a tenerla con él. Cuando lo piensa, como ahora, se pregunta como un hombre puede llegar a ser tan idiota y acabar en una noche con todo lo que más estima, con todo lo que más quiere. Ellos llevaban una vida juntos construyéndose un futuro estable, buscando la manera de compartir más horas al día. Ahora que ese sueño comenzaba a convertirse en realidad, él en una noche estúpida, en una fiesta más estúpida todavía, embriagado por el alcohol y el deseo, lo lanzó todo por la borda y dejó que su vida navegara a la deriva.
En una terraza de un restaurante conocido del puerto, se sienta a comer a una mesa con mantel de cuadritos rojos y falda blanca. Mientras, contempla los yates y barcas de recreo que el mar mece con sus olas y percibe el sonido metálico que producen las cadenas al chocar contra los palos de las embarcaciones. Siente que es una pena que se tenga que encerrar en una habitación para escribir. Vuelve caminando despacio. En la playa hay gente tirada en la arena, algunos se han quitado la ropa para agarrar en la piel los rayos, poco calientes todavía, del sol de primeros de mayo.
Cuando llega a la habitación, se quita los zapatos y se tumba en la cama. Con el sopor producido por el paseo y la comida se queda dormido hasta las cinco y diez. Se despierta más despejado y coloca el ordenador en la mesa y se sienta en la silla giratoria. Deja a los militares aparcados y salta al siguiente capítulo, ahora teclea confiado. A las siete suena el teléfono, tendrá la entrevista al día siguiente a las tres de la tarde. Teclea de nuevo hasta las nueve, el texto ha avanzado bastantes páginas y se siente satisfecho. Se estira todos los músculos del cuerpo y se dirige a la ducha.
Baja por las escaleras y se encamina hacia el restaurante del hotel. Se ha vestido todo de negro, sabe que le sienta bien a sus cuarenta y cinco años y a las pocas canas que han empezado a menudear por su cabeza. Escoge una mesa en el interior que está vacío, el camarero le avisa de que cenará solo pues en estas fechas los clientes que aparecen quieren cenar en la terraza. Se encoge de hombros y se queda mirando al exterior a través de la ventana. Se ha tomado una copa y mientras espera que le traigan el primer plato, aparece una mujer joven que se sienta sola en una mesa cercana. No la tiene de frente pero él ve su perfil. Tiene una bella figura enfundada en un vestido rojo, de los caros, de los que parecen sencillos y no lo son. Su melena castaña brilla bajo las luces que inciden directamente sobre ella.
19.1.08
Marina I
Es la tercera vez que suprime las dos páginas escritas. Se ha metido en un lío con los militares y sabe que tendrá que buscar más información. Se levanta asqueado y enciende un cigarro, le da dos caladas y lo estrella contra el cenicero. No quiere fumar, se supone que ha dejado de hacerlo y los cigarros ya no saben como antes. Miguel es un escritor de fama y vive de sus libros, ganó el premio Planet hace unos años y “La luz lejana” fue un tremendo éxito de ventas, pero hoy no le sale nada bien.En la agenda no encuentra a nadie a quien preguntar, casi todos sus amigos hicieron lo mismo que él, librarse del servicio militar alegando cualquier cosa que pudiese servir. Su cuñado estuvo en Canarias en aviación, pero no quiere llamarlo, es un fantasma que suele inventar más de lo que sabe. Busca el teléfono de la editorial para que le faciliten algún contacto, ya lo han hecho en alguna ocasión anterior aunque no con militares.
Tiene en la mano el auricular y súbitamente lo coloca en su base. Huele a quemado. Mira el cenicero que no echa humo y se gira en redondo buscando la fuente de ese olor. Oye voces que vienen de fuera y se precipita hacia la puerta de entrada, cuando la abre encuentra a Antonio en el rellano y a Marisa, sudorosa y despeinada, que acaba de subir las escaleras acompañada por un bombero. Este último viene gritando:
- Tienen que desalojar el edificio, señores, han de bajar a la calle rápidamente.
El bombero sigue subiendo escaleras y se le oye gritar de nuevo mientras aporrea las puertas y los timbres. Miguel indeciso entra en casa y se dirige hacia el ordenador, guarda lo que ha escrito en el disco sobre el que trabaja siempre, y se lo mete en el bolsillo. No sabe qué más puede hacer, coge la cartera, la agenda, el móvil y las llaves, y sale corriendo hacia la calle.
Una gran humareda negra sale por la puerta del garaje que está abierta de par en par. Miguel cruza a la acera de enfrente donde se hallan los demás vecinos y algunos curiosos que se han dado cuenta del suceso. Marisa le informa:
- He llamado yo a los bomberos, Miguel, no me daba tiempo de avisarte, lo siento.
- ¿Sientes el qué? ¡Marisa habla claro!
- Tu coche estaba ardiendo cuando he llegado, después de la llamada he intentado apagar el fuego con uno de los extintores pero, no ha servido apenas para nada.
Uno de los bomberos se ha acercado hacia ellos.
- Amigos, han tenido ustedes suerte de ser pocos vecinos y de que el coche consumiera gasoil. Si hubiera llevado gasolina hubiese explotado.
- ¿Quiere decir que si hubiese habido más coches al lado….?- intenta preguntar Miguel.
- Los coches cercanos se habrían prendido fuego también y seguro que algunos de ellos irían a gasolina. Habría habido una explosión en cadena.
Miguel no se aviene a lo ocurrido y pregunta de nuevo:
- El coche lo dejé aparcado ayer por la tarde ¿cómo se ha podido prender fuego? No lo entiendo. Al menos lleva quince horas aparcado.
- Nos lo llevaremos y los compañeros especializados se ocuparán de averiguarlo. No se preocupe, ellos harán un informe para la compañía de seguros. ¿Lo tiene a todo riesgo?
- Sí…sí, llamaré hoy mismo.
El bombero se despide con un gesto y se marcha. Marisa que está cansada les pide a Miguel y Antonio:
- Vamos a sentarnos al bar de enfrente, estoy muerta.
17.1.08
Cadena de Frases
Reglas del meme:- Respetar las frases anteriores.
- Cada frase estará pegada al nick del blogger.
- El nick debe tener la URL del blog.
- Enviarlo como mínimo a dos personas.
Mr. Rockmántico: “Mejor morir de pie, que vivir arrodillado”.
Don´t Worry, Be Happy: “Como no sabían que era imposible, lo hicieron”.
Rubén: “Si los que hablan mal de mí supieran lo que yo pienso de ellos, hablarían mucho peor”.
Lara: “Si la vida te da la espalda, tócale el culo”.
Javi: “Nunca te rindas antes de intentarlo”.
Chasky: “Para ganar hay que saber perder”.
Doctor JB: “Id a darle por culo a alguien… menos al de la 302, tiene un desgarro anal”
.Señor Oscuro: “Una comida puede estar asquerosa, pero con hambre está asquerosamente deliciosa”.
Misstwenty: "Ojo por ojo... y todo el mundo acabará ciego"
IceMan: "No se nos conoce por nuestro nombre sino por nuestras acciones"
Patry: ''La vida no se mide por las veces que respiras, sino por los momentos que nos dejan sin aliento''.
Durrell: "Ojos que no ven, torta que te pegas.... jaja...mejor mirar por donde camina uno"
Y le envío este meme a María Narro y a Consuelo, que siga rodando la cosa.
- Cada frase estará pegada al nick del blogger.
- El nick debe tener la URL del blog.
- Enviarlo como mínimo a dos personas.
Mr. Rockmántico: “Mejor morir de pie, que vivir arrodillado”.
Don´t Worry, Be Happy: “Como no sabían que era imposible, lo hicieron”.
Rubén: “Si los que hablan mal de mí supieran lo que yo pienso de ellos, hablarían mucho peor”.
Lara: “Si la vida te da la espalda, tócale el culo”.
Javi: “Nunca te rindas antes de intentarlo”.
Chasky: “Para ganar hay que saber perder”.
Doctor JB: “Id a darle por culo a alguien… menos al de la 302, tiene un desgarro anal”
.Señor Oscuro: “Una comida puede estar asquerosa, pero con hambre está asquerosamente deliciosa”.
Misstwenty: "Ojo por ojo... y todo el mundo acabará ciego"
IceMan: "No se nos conoce por nuestro nombre sino por nuestras acciones"
Patry: ''La vida no se mide por las veces que respiras, sino por los momentos que nos dejan sin aliento''.
Durrell: "Ojos que no ven, torta que te pegas.... jaja...mejor mirar por donde camina uno"
Y le envío este meme a María Narro y a Consuelo, que siga rodando la cosa.
14.1.08
Humo en la Batalla
Lo odio, lo odio con todo el furor de lo que mi mente es capaz. Me tiene encadenado a su capricho, absorbido por sus vaivenes, enardecido por sus desplantes, agobiado por sus reservas y después de toda esta confesión que me hago a mi mismo me enlazo a la silla en un giro por la retaguardia casi imposible y me digo que no me moverá nadie de ella hasta que caiga rendido de puro agotamiento o salga victorioso de esta infinita contienda. O él o yo. No hay espacio para nadie más. No quiero que nada interfiera en esta lucha encarnizada de suspiros y chirridos, no quiero que una sola palabra pueda desviar mis ojos y mis pensamientos.Mis dedos están cansados, mis brazos se quejan amargamente por la terrible postura de tantas horas, mi espalda alicaída se desespera buscando otras formas, otras planicies en el sentido que se perdió en el horizonte. Pero la voluntad con la que mi cerebro se aferra a esta lucha es más poderosa que la fuerza de cien soldados, y no dudará en enviar mensajes una y otra vez a las yemas doloridas. Cada segundo es importante, cada chispazo de esta máquina es un aviso para que no desfallezca. En algún lugar, en algún momento puede aparecer la respuesta. Siete mil ochocientas cuarenta y dos… siete mil ochocientas cuarenta y tres… otra más y otra y otra, que vengan cuantas hagan falta. El tiempo es algo intangible y no puede hacerme daño su roce, pero ¿sabrá aguardar con paciencia el final de esta contienda?
Algo percibo más no quiero ponerle un nombre, uno de mis cinco sentidos envía señales de malos augurios. No quiero reconocer ese olor, he de dejar de respirar si hace falta. Que mi cerebro no se distraiga con cosas sin importancia, fijemos la vista un tanto desordenada, otro tanto desvariada y vilmente traidora que se aleja buscando indicios, señales, partículas inherentes que demuestren y corroboren los malos augurios prevaricados. No hay sonido alterado, el chirrido es el mismo de siempre y si su naturaleza se mantiene es que defiende a ultranza el buen estado de los componentes. Pero sigamos sin desfallecer, tal vez mi garganta adolezca del gusto amargo que da la sed y mis pupilas irritadas viajen insistentemente hacia la sequedad de unos párpados que apenas se mueven. Es ésta una dura batalla en dos campos distintos, porque en mi interior siguen debatiéndose el amor y el odio que me inspira mi rival, más no debo perder el tiempo en sentimientos vanos, son ya siete mil novecientas veinticinco y sigue negándome una victoria de la que me sabe ganador…
Ese olor está penetrando por el cañón de alambique que subsiste en el centro de mi cara, no hay ya medios para detenerlo. Esas moléculas de aire desprovistas de aroma se están apoderando de la razón de mi cerebro, inundándolo, sometiéndolo y entregándolo a ideas disparatadas que hablan mal de mi rival. No es ese final trágico el que persigo, no deberá acabar así nuestra desafortunada relación de estos años. Tal vez sería descabellado acariciarlo como si se tratara de la sedosa piel de una mujer o tal vez debería dejarme arrastrar por mis desvaríos locos y hablarle con palabras de amor que nunca antes habría pronunciado… no sé, el humo nubla mi vista y ha conseguido arrancarme desconocidas y extrañadas lágrimas que rebotan contra el teclado. No quiero perderlo ahora, lo necesito frente a mí. ¿Acaso no es verdadero amor aquel que prevalece por encima del odio? ¿No es verdadera pasión aquella que te hace desear estar siempre a su lado? ¿Y no es el sentimiento más puro aquel que desea su bienestar por encima de todas las cosas? Pues qué he de hacer sino dejarme vencer esta vez y otras cuantas sean necesarias para conservar este idilio mal llevado entre él y yo.
La separación se impone cierta entre nosotros. Mañana lo acompañaré en el estremecedor ritual al que cada cierto tiempo nos obligan las circunstancias, e imploraré con voz quebrada para que retengan escasamente en el tiempo mínimo imprescindible ese cuerpo, esa caja donde se halla el corazón primoroso de mi ordenador. Tal vez alguna lágrima a tiempo y el decaimiento en mis facciones conmuevan al alma de aquel que curará los desatinos de mi bendito rival. 13.1.08
12.1.08
10.1.08
7.1.08
El árbol del ahorcado
El ruido aquel se sucedía repetida y compulsivamente, apenas unos segundos entre moneda y moneda y el tiempo que necesitaba el dedo para presionar el botón verde. La música estridente de aquella máquina apenas le dejaba escuchar las voces de los contertulios que masticaban y bebían junto a la barra. La cesta de mimbre, con la cartera dentro, se hallaba en el estrecho espacio que quedaba entre sus pies y aquel cuerpo metálico, origen de su atención y su desidia.Había salido de casa antes de que su marido despertase y comenzara a importunar con sus exigencias, aquello ya duraba demasiado tiempo, demasiados años para ser más exactos. Ya no recordaba, tal vez porque ni siquiera se lo proponía, vivencias anteriores al comienzo de su vida de casada. Eran tiempos ya lejanos y ella había ido cayendo poco a poco en la rutina diaria sin grandes alegrías y sin grandes tristezas, con un trabajo continuado y sin descanso al lado de un hombre que era incapaz de mover un dedo para ayudarla. Había reflexionado a menudo a cerca del origen de su insatisfacción; al principio lo achacó a la inexistencia de unos hijos que hubiesen llevado algo de alegría a su vida, pues durante años se atormentó a sí misma a causa de esta circunstancia y como consecuencia su carácter se fue retrayendo poco a poco hacia interioridades que nunca deseó compartir. No pretendía, sin embargo, engañarse a sí misma con quejas agostadas, al fin y al cabo su espíritu pronto se hizo fiel compañero de la resignación.
Por la rendija cayó la última moneda y la presión en el botón verde no logró que coincidieran los tres dibujos mellizos de la suerte. Sin un gesto de contrariedad, recogió la cartera del capazo y sacó un billete de cien euros que dejó en la barra al lado de la caja. Los gestos bruscos y la mirada severa de la dueña del bar no consiguieron amilanarla y sin despegar los labios se abrió paso nuevamente hasta El árbol del ahorcado, nombre que figuraba iluminado en el frontal del artilugio; tal vez su creador disponía de un humor suficientemente socarrón e irónico como para extenderlo a la vista de sus clientes. La moneda entró en su agujero y la música comenzó a sonar de nuevo…
Tomás se despertó súbitamente como si hubiese tenido un conato de temor, miró a su alrededor y distinguió la luz del día a través de la rendija de la puerta sin ajustar; se levantó torpemente, sin querer mirar el reloj de la mesita y sin calzarse las zapatillas. Mientras orinaba estuvo pendiente de los pequeños ruidos que pudiesen provenir del interior de la vivienda y cuando terminó se dirigió a la cocina con paso presuroso. No encontró huella alguna del paso de su mujer por ninguna de las habitaciones, todo estaba como quedó la noche anterior y desde luego ella no estaba en la casa. Por lo visto no habían servido de nada sus amenazas ni la gran bronca que habían tenido el día anterior. Su desayuno no estaba hecho, la cocina se hallaba sin recoger y el polvo seguía amontonándose sobre los muebles y las ropas que se hallaban sobre una silla, esperando para ser planchadas o ni siquiera eso, quizás se quedaron allí esperando continuar su camino hacia la lavadora. Todo aquel tema lo tenía destrozado, había trabajado toda su vida para tener una jubilación digna, y ahora, en menos de un mes que llevaba en casa, se le habían venido todas sus previsiones abajo cuando se percató de que la mayor parte del dinero había desaparecido en casinos de juegos y máquinas tragaperras. Había buscado ayuda de los médicos y ella le había hecho muchas promesas, pero él se quedaba casi todos los días sin desayunar y sin comer esperando que ella apareciese y se pusiese el delantal. Cuando por fin llegaba, le contaba cualquier cuento mientras él registraba su cartera siempre vacía. Tomás pensó que no podría continuar así, no estaba dispuesto a soportar aquella miseria a la que ya comenzaba a sentirse atenazado…
Se extrañó al encontrar las dos vueltas de llave echadas en la cerradura y algo inquieta entró desplazando de su mente la excusa que había venido elaborando mientras regresaba con el monedero y el cenacho sin peso alguno. Un vistazo a la cocina y al comedor le confirmó una vez más que su marido no estaba dispuesto a molestarse ni para cuidar de sí mismo. Era algo de lo que estaba bastante harta y que él no quería comprender; ella desde luego no necesitaba a nadie para que le preparase un vaso de leche y nunca tampoco se había quedado sin comer aunque hubiese estado enferma o le hubiese surgido cualquier otro contratiempo. De todas maneras, a las alturas que estaban, ya no le importaba ni poco ni mucho lo que hiciese Tomás.
Mientras dialogaba para sí con esta y otras razones, cogió una manzana que se estaba ranciando en el frutero y se encaminó hacia la puerta del pequeño jardín. Se quedó fría cuando encontró a Tomás balanceándose e inmediatamente le vinieron a la trastienda de sus pupilas las tres figuras de la máquina en la que había estado intentado ganar durante toda la mañana. Allí, en su propio jardín y delante de sus ojos hallaba por fin el premio, no había música ni pequeñas luces de neón, tan solo el árbol y el ahorcado.6.1.08
Suscribirse a:
Entradas (Atom)








