Deseo que podais disfrutar
en la mejor compañía...

Ya se oyen los tambores de nuevo... ¡Hijo, cierra la puerta! Esa puerta
que no aisla el silencio, ni ensordece las alegrías ajenas. ¡Dame el
bastón, Antonio! ¡Ya no respetan ni los lutos ni las penas de las
madres, de las mujeres, de las plañideras...! ¿A quien reclamar, a quien
protestar por nuestra muerte en escena? Una noche se lo llevaron a
Federico y se perdió el alma de España en los poemas... ¡Que no suenen
los tambores, que no! Que la luna ya, ni viste de plata, ni bata
lleva. Solo la noche cerrada, oscura y yerma nos acompaña. Duerme
Bernarda, Poncia está quieta y en la casa ni un alma cose ajuares,
camisas u otras telas...¡Cierra la puerta, hijo! Que los tambores se
alejen, que no quiero alegrías y jaranas a la par de la vela... ¡Que
lloren conmigo quiero, que lloren como lloramos los personajes, con
sangre, con genio, con Lorca... y la noche serena...!![]() |
Los colores, olores y sabores fueron sino los mismos, al
menos parecidos. Llegaron las moscas, las cigarras con su continua chicharrera,
el sopor del mediodía macilento por efecto del calor, los melones con su punto
de sabor a miel, las ciruelas jugosas, los melocotones de agua… Y llegaron las
caminatas por los paseos marítimos, inhalando la brisa del mar a borbotones,
como queriendo dejar ese tiempo parado y extenderlo más allá de las horas y de
los minutos. Aparecieron las paredes cubiertas de flores de las acaparadoras polygalas,
en lucha con espesas enredaderas de brillantes hojas nuevas… en los muros de
las casas se dejaron ver las insistentes buganvillas, fucsia o liliáceas, trepando
sinuosas en busca tal vez del inmenso azul. Las opulentas adelfas invadieron
las aceras estrechas, más intransitables aún por las ramas de los árboles que
alguien se olvidó de podar a tiempo… y las cotorras anidaron en las esbeltas
palmeras, inalcanzables pero dejando constancia de su presencia para niños y
mayores, cuyos ojos cada año buscan ese verde entre el otro verde, guiados por
sus voces estridentes. El verano llegó como había llegado cada año anterior.
Entre jirones de consciencia y de sueños
agitados, el calor de un extraño verano aún incompleto y el leve frescor
de la madrugada, sentí una insistente sensación de llamada... Me incorporé
en la oscuridad y recorrí la casa. La puerta... cerrada..; un vaso de agua fresca enfrió mi garganta en la cocina y al mirar en la
ventana: ¡Luna... Luna!... luna llena, con su mirada bobalicona,...
luna plena de brillante luz clara,... y sin embargo... ¡Luna
endiablada! ¿por qué me llamas? ¿Qué te hice que me despiertas, que me
robas de mis sueños de plata?... ¿será que llevo acaso un lobo en la pupila del
alma...?
Hay veces en las que nos tenemos que plantear y llevar a cabo, sin más esperas, el hacer una limpieza de cosas almacenadas por diferentes motivos prácticos o sentimentales, incluso por pura dejadez. Pasan los meses, pasan los años y los armarios y cajones cada vez se ven más abarrotados de cosas innecesarias que no dejan hueco para las que sí lo son. Hacer una selección no siempre es fácil, si además los objetos llevan implícito un recuerdo que te viene a la memoria cuando lo tienes entre las manos, el proceso se enlentece y aparecen las dudas y las cuestiones sobre la conveniencia de seguir guardándolas o no.
En el taller, tan solo se escuchaba el
murmullo de la vieja radio que emitía notas de una conocida balada. Las dos
máquinas de coser descansaban, después de una larga mañana de ajetreo, mientras
las muchachas hilvanaban piezas de ropa con hilos de colores vivos. En un
rincón, una mujer algo más mayor, se ocupaba de repasar los vestidos con la
plancha, sus gestos precisos denotaban los largos años de experiencia en el
oficio.