23.11.07

Continuará...

Desde hace algunos días no dispongo apenas de tiempo para escribir aquí o visitar blogs amigos. Lo cierto es que aún tengo para un tiempo de estar así y voy bastante cansada -como el de la foto, vamos-. Yo creo que me tocaría invernar ya si fuese oso, pero como nadie me va a hacer caso y aún faltan días para las vacaciones, he decidido colgar el letrero de 'Continuará...' para avisaros del paréntesis de inactividad que abriré por unos días. No es una despedida, en cuanto ponga un poco de orden a mi alrededor y dormite lo suficiente en mi cueva, prometo volver a dar la lata, desde esta casa, con mis cuentos inventados.

Os dejo un montón de abrazos para tod@s, sin nombres porque no quiero olvidarme de nadie. Esta vez los abrazos son... de oso. Hasta pronto.

18.11.07

www.Durrell

Se trata de una webb que he creado con algunos de mis relatos. Os invito a entrar y a daros un paseo por sus distintas páginas. Tal vez encontreis contenidos ya conocidos, o tal vez no ....

La dirección es: http://www.palimpalem.com/1/DURRELL/


Perro Viejo

Perro viejo dicen que soy los que trabajaron a mi lado tantos años y aunque peque de inmodestia he de confesar que tienen toda la razón los que así hablan. El que no se convierte en un perro viejo en esta profesión no tiene nada que hacer en ella, ningún indicio, ninguna huella vale nada si no intuyes, si no doblegas las debilidades humanas. Yo he sacado la inmundicia que había en el interior de hombres intachables y he jugado con la bondad y los sentimientos de asesinos atroces; las más de las veces he tenido que tapar la verdad sobre los primeros en aras de un mal entendido bien comunitario y he dejado que los segundos en muchas ocasiones cargasen además con culpas ajenas sin poder evitarlo.

Mi retrato ya cuelga en un lugar de honor junto a los de otras viejas leyendas, algunos de los cuales todavía vegetan en este mundo rumiando sus cuitas como seguramente haré yo dentro de poco. He sido un tipo duro e implacable y lo seré mientras ostente este cargo y el poder que me da, el poder es ya lo único que me queda. Esos policías que recién entran en el cuerpo son como monaguillos inocentes que creen que pecan porque dan rienda a sus instintos juveniles y se saltan las normas para deslumbrar a cuatro tangas por encima de unos pantalones ajustados; pronto se les acabará la tranquilidad en sus conciencias y sacaran la bestia real que llevan dentro, eso o quedarse para los restos vigilando el tráfico en las calles, aquí no hay sitio para los débiles o los peliculeros incautos, los poetas que se queden en casa.

Este es mi último año, todo se acaba en algún momento, los humanos no somos imprescindibles e insustituibles y vamos a dejar a un lado toda esa basura del deber cumplido y demás chorradas para los oradores profesionales, esto es un trabajo como otro cualquiera que te obliga a madrugar y trasnochar para ganarte las alubias, lo demás son batallitas para recordar con nostalgia los malos momentos que ahora decimos que fueron buenos ¿O es que alguien cree que es agradable tratar todo el día con gentuza y delitos graves y aguantar además las suspicacias de jueces y familiares de víctimas y acusados? Y lo peor de los últimos tiempos… tratar con politicastros de tres al cuarto que se creen que pueden venir a decirte cómo tienes que llevar el departamento, que si déjese ayudar por la última tecnología, que si las pruebas de laboratorio son muy importantes, que si ha de colaborar con la policía científica… Eso para los abogados y que Dios los confunda, a mi me basta con mirar a la cara a un asesino para saber que ha matado y con un interrogatorio bien llevado en el que acabe confesando también el porqué lo ha hecho.

Las satisfacciones de la profesión yo no las conozco, una leyenda no se crea dando de comer migas de pan y la mano dura con la que tienes que ejercer el poder de este cargo no engendra simpatías ni grandes amistades. No me conduelo de ello, las cosas son como son y hay que apechugar con lo que a uno le ha tocado en el sorteo, hay quien obtiene peores resultados en esta vida sin buscárselos siquiera. En realidad tengo ganas de irme y desligarme por fin de todo este enredo; antes de acabar en un asilo contando batallitas que nadie quiere escuchar, quiero empezar a perder mi tiempo sin obligaciones de ningún tipo, sin horarios, sin tener que afeitarme cada día o tener que comer a una hora determinada, sin tener que dar explicaciones de mis actos o de la falta de ellos, y como no he tenido apenas momentos para cultivar la originalidad, tal vez en mi próximo destino se me encuentre pescando sobre alguna vieja barca en algún río perdido entre montañas, tal vez como hicieron otros tantos policías de leyenda anteriores a mi…

Llanto por lo que perdí

Hay generaciones de personas que vienen a este mundo únicamente a pasar calamidades. A veces cuando oigo comentarios a este respecto, se me agolpan en la mente visiones de aquella pesadilla en la que me vi envuelta con apenas ocho años. Pero esto es adelantarme al principio de mis recuerdos y exponerlos desordenadamente, será mejor que le dé un comienzo a mi pequeña historia.

Vivíamos en una pequeña casa, heredada de mis difuntos abuelos, mis padres, mi hermano de cuatro años y yo que no sabía estarme quieta apenas cinco minutos entre aquellas paredes. Era muy activa y el tiempo que no estaba en la escuela solía pasarlo jugando en la calle con otros críos de parecida edad. Mis padres creo que eran una pareja bastante bien avenida y mi infancia puede decirse que fue especialmente feliz. Pero todo se rompe de una manera o de otra y aquella felicidad comenzó a resquebrajarse aquella mañana mientras caminaba por las calles camino del colegio, aún resuena en mis oídos la sirena de aquella fábrica que nos invadió con un agónico grito que no tenía fin, recuerdo el estupor de la gente que había a mi alrededor, las caras de mis compañeras que no entendían, como yo, lo que estaba pasando en la ciudad, aquellos hombres que corrían en todas direcciones y el galope tumultuoso que se aproximaba con cien ecos repetidos como en una pesadilla.

Nos arrinconamos como pudimos en las paredes antes de que pasaran aquellos animales obcecados por sus jinetes, después retrocedimos sobre nuestros pasos buscando la protección de nuestras casas. Mamá me esperaba en la esquina de la calle, me abrazó y creo que me llevó casi en volandas mientras continuaba el griterío a nuestro alrededor; así comenzó una larga espera encerrados los tres en nuestra pequeña casa apenas sin movernos y sin hacer ruido. No supe entonces a qué le teníamos miedo, pero todo sentimiento por la ausencia de mi padre lo acallé en mi garganta al ver la tristeza reflejada en el rostro de mi madre; mi hermano, pobre criatura, no acertaba a comprender aquella silenciosa tiniebla que inundaba nuestro pequeño mundo y cada vez que resonaban aquellos cascos de caballos golpeando en la calle se agarraba de mi brazo frenéticamente y dejaba correr algunas lágrimas de espanto.

Estaba oscureciendo ya cuando mi madre se echó un abrigo por los hombros y me instó a que no abriese la puerta a nadie hasta que ella volviese, nosotros nos quedamos los dos templando el miedo que sentíamos bajo el calor de las mantas de mi cama, había sido un día horrible y el cansancio enseguida hizo que mi hermano se quedase dormido. A mi, tanta quietud me tenía descorazonada y comencé una sistemática ronda por todas las ventanas de la casa, apenas podía ver nada en la oscuridad y contrariamente a las anteriores horas ya no se oían ruidos en la calle, ni tan siquiera los maullidos de algún gato callejero. Creo que me había quedado dormida de bruces sobre la mesa cuando me despertó el ruido de la puerta al abrirse, mi madre entró cubierta de barro y de sangre, tenía una herida bastante profunda en la cabeza y apenas podía caminar. Antes de perder el conocimiento acertó a decirme que muchos hombres habían muerto y que no había encontrado a mi padre.

Algunas vecinas nos socorrieron y en los días sucesivos esperamos a que mi madre saliese de aquel trance, pero no fue así, aunque abrió los ojos en varias ocasiones los cerró definitivamente a los dos días de aquella noche fatídica. La habían golpeado con saña y nada se pudo hacer por ella, mi padre continuó desaparecido, seguramente su cuerpo quedó entre aquellos tantos que metieron en las fosas comunes donde fueron a parar los que no tuvieron la oportunidad de ser reclamados. Fue una etapa trágica para la historia y una vida trágica para los que sufrimos la pérdida de nuestros familiares más inmediatos. Mi hermano y yo fuimos separados a pesar de nuestros lloros y súplicas, los orfelinatos no tenían en cuenta los lazos de sangre y mi vida continuó rodeada de otras niñas con las mismas carencias que las mías. No voy a dar detalles de lo que fue mi existencia en aquel hospicio pues hay demasiados testimonios ya de las penalidades por las que pasamos los que tuvimos la desgracia de crecer en ellos. Cuando salí de allí dediqué todos mis esfuerzos a sobrevivir y a buscar a mi hermano, no lo encontré y después de tantos años no confío siquiera en que el niño lograse llegar a adulto pues era muy pequeño y muchos niños morían enfermos por las malas condiciones en las que vivían en aquellos viejos e insalubres edificios.

Fueron años muy difíciles, detrás de las guerras siempre vienen años de hambre y de miserias, de trabajar mucho para obtener muy poco; bien es verdad que la gente tiende a ser más solidaria en esas circunstancias, pero también se vuelve más dura en sus sentimientos y se cierran a la posibilidad de expresarlos. Cuántos somos…, cuántos somos los que hemos tenido que esperar a la vejez para empezar a llorar por nuestras heridas… para empezar a llorar por nuestros desaparecidos y por nuestros muertos…

Clak Tap... clak tap

Nadia se sentía cansada bajo los rayos hirientes del sol del mediodía, abrió una de las sillas de tijera y se sentó a beber agua de aquella botella más que templada por el calor. Giró la cabeza y vio a Santi que le hacía mímica interrogándola, era tarde, él se tocó la esfera del reloj con un dedo y Nadia decidió volver al trabajo. Clak tap, clak tap, clak tap, clak tap, clak tap… maderas abiertas y patas en el suelo, maderas abiertas y patas en el suelo, maderas abiertas y patas en el suelo… en línea, detrás y al lado, al lado… clak tap, clak tap… le dolía la espalda y la nuca, los brazos y los hombros luchaban por caer colgando de su columna y las manos aunque las llevaba protegidas con vendas cruzadas le dolían como si nunca más pudiese volver a abrirlas completamente. Llevaba varias noches soñando con aquellas malditas e infinitas sillas y a través de ellas la voz de Santi se imponía una y mil veces en sus pesadillas, vocalizando en diferentes tonos, en diferentes medidas de volumen pero con insistente tenacidad la misma letanía “…es bastante dinero Nadia, Nadia, tendremos para un año, Nadia, dinero, dinero, un año, Nadia, Nadia...” Clak tap, clak tap…

Santi se daba prisa, quedaba poco tiempo y tenía que sacar el camión de allí. Después de comer volvería para ayudar a Aleix con el equipo de sonido, quería hablar con él sobre el dinero que aún no había visto y sobre un contrato que aún no habían firmado. Clak tap, clak tap, clak tap… Ahora se daba cuenta de que aquello no iba a ser lo que habían convenido, el tal Aleix estaba demostrando ser un “vivo” con mucha labia para convencer y bastante sordo para cumplir. Clak tap, clak tap, clak tap… lo que peor llevaba era haber arrastrado a Nadia a aquel asunto que no estaba seguro que fuese a resultar como él había imaginado, la notaba muy cansada y no sabía si podría aguantar los cinco días de trabajo que les quedaban todavía. Clak tap, clak tap, clak tap… Si Aleix le pagase lo que le debía podría buscar a alguien que les ayudase, aquel trabajo era demasiado pesado para tan pocas manos.

Nadia se adormecía en la cabina del camión, se arrellanó entre los dos asientos e intentó conciliar el sueño una vez más pero, de nuevo aquella voz aumentada por los altavoces se coló por sus oídos invadiéndole los tímpanos y el cerebro: -…porque la iniciativa y la responsabilidad son las que promueven las mejoras para los ciudadanos, porque todos los ciudadanos debemos luchar por nuestro futuro…-. Nadia se removió intentando ignorar aquella voz, aquel discurso que no le decía nada, por tantas veces escuchado y por tanta palabra que sonaba hueca en la boca del candidato. Se tapó los oídos con los almohadones que utilizaban para dormir Santi y ella cuando cansados de recoger sillas, tarima y aparatos de sonido, conducían hasta algún área de descanso donde poder comer algo y dormir unas cuantas horas antes de proseguir camino hasta la próxima población. Hasta la próxima población donde actuase el candidato feliz que dormía en camas de hoteles y comía en buenos restaurantes, ese candidato que no se preocupaba siquiera del estado en que trabajaban los que cuidaban los mínimos detalles para su actuación. “Clak tap…clak tap…clak tap…” Nadia se despertó bruscamente, apenas había dormido cinco minutos inundados con el sonido de las sillas, lo tenía metido en el bolsillo del alma esperando a que ella se dejase ir para martirizarla con su eterno son…

Las doce de la noche. Subieron y cerraron las puertas, Santi más fuerte de lo habitual, con rabia, no había podido dormir nada aquella tarde intentando hablar con Aleix. Ni tan siquiera había probado apenas la comida; desplantes, malas caras y evasivas es lo único que había obtenido de aquel hijo de…, estaba agotado pero decidió salir de allí y conducir al menos una hora antes de parar a dormir, apretó el acelerador mientras le aseguraba a Nadia que buscaría algún motel de carretera donde los dos pudiesen descansar suficientes horas aquella noche. Apretó más el acelerador, no merecía la pena tanta puntualidad con gente que no cumplía su palabra, tomarían una buena cena, dormirían y… el grito de Nadia rompió el hilo de sus pensamientos o de su sueño antes de abrir los ojos y dar un golpe de volante en sentido contrario para no chocar contra la barrera de aquella carretera, no lo pudo controlar…la fuerza de la carga lo hizo patinar mientras intentaba frenar el vehículo y enderezar el volante. Nadia se sintió caer dentro de aquel habitáculo y acertó a escuchar el crack de los vidrios rotos antes de sumergirse definitivamente en la oscuridad, para Santi el vacío llegó antes cuando sintió el estómago comprimido por aquel volante que aún sostenía entre las manos.

Deseo

Micro-relatos de: Amor, historia, cómico, muerte, sobrenatural, lírico y filosófico

Me miraba, sí. Como yo a él, acariciando sus ojos. Él seguía hablando, exponiendo el tema… me atraía tanto que me hacía daño la presencia de los demás. Me miró de nuevo y yo, me enganché en aquellas pupilas y le sonreí con deseo, mojé mis labios y él enmudeció.
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Sufrieron tanto en aquel guetto que a la llegada de los aliados no se movieron, las penurias pasadas habían minado sus deseos de libertad, sus deseos de vivir. Hoy se han vuelto a reunir y casi no tienen nada que decirse, tal vez no quieran hacerlo.
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¡Dios! Casi salió volando enganchada de aquella correa y gritó: - paraaaaaaa-. Una mirada hacia atrás y la visión de todos aquellos perros babosos la hizo cambiar de opinión y gritar: -correeeeeee-.
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Miró hacia abajo, aquel abismo sería su último testigo. Por un momento dudó, pero solo fue un segundo incierto, su deseo de abrazar la muerte se impuso, dio dos pasos y se fundió con el vacío.
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Como tantas noches esperaba la llegada de aquella luz, deseaba descubrir el misterio de su origen y entonces sucedió, ella lo iluminó y su cuerpo se descompuso en un líquido fluido. Sólo quedó un charco en la oscuridad.
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¿Quién bordó esa flor en tu boca como un fruto anhelado? ¿Quién esculpió tu cuerpo niña, mujer, diosa, verso perfecto y deseado?
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Nací pero me hice yo, me empujó el deseo de buscar más allá de lo que veían mis ojos, de saber más de lo que decían las palabras y encontré el fundamento de mi existencia que no la razón de mi existir.
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Perdida en mi Soledad

La tarde comienza a caer lentamente y apenas puedo distinguir las letras impresas en las páginas del libro, pero me gusta quedarme así sentada, esperando la oscuridad, sin moverme. Al otro lado de la cristalera las flores han cerrado sus pétalos, no hay insectos ya que vuelen a su alrededor perturbándolas, tampoco se escuchan las voces de los niños jugando, ni hay perros que ladren a las gentes que pasan cerca de las rejas que ellos guardan. Me imagino la vida en otras casas, madres que se afanan en bañar a sus pequeños mientras en la cocina bulle alguna olla, todo allí serán luces, risas y juegos, como antes lo fue aquí. Si cierro los ojos puedo revivir las imágenes de aquellos días tan nítidamente que superan en colores y en brillos a la realidad palpable que me envuelve.

¿Para qué pensar siquiera en ello? Nada queda ya de aquel pasado y recordarlo solo me produce amargura por lo que perdí. Debería levantar mi viejo cuerpo de este sillón desgastado y preparar algo en la cocina, la rutina es lo que me mantiene viva, aunque a veces desearía no continuar así, sin alicientes… quedarme aquí sentada, tranquila y esperar la llegada de ese abrazo que me envuelva en una dulce muerte. Que mal trabajo hace ese obrero de la guadaña que no presta oídos a las súplicas de los fatigados de la vida, y en cambio, arrastra tras de sí a los que beben sus placeres con el orgullo de la juventud. Algo hemos hecho mal con este mundo, algo debió torcerse cuando planeábamos un futuro mejor. Me cuesta trabajo recordar todas aquellas ilusiones compartidas por las que luchábamos, en las que creíamos y nos hacían soñar con llegar a tocar algún día el cielo de la verdad. Todo el afán, toda la emoción sentida en aquellos años era una dulce locura envuelta en papel de celofán; me pregunto cuanto tiempo debieron tardar los otros en darse cuenta que detrás no había nada, en qué momento de sus vidas abrieron sus almas para reconocer que lo realmente importante era la ilusión con la que vivíamos. La ilusión nos hace caminar a través de vendavales y superar las murallas que se levantan a nuestro paso; es el motor que nos acompaña y el que nos hace vivir. Es también lo que yo he perdido en medio de esta soledad que me atormenta cada día cuando me despierto y me obligo a mover los miembros de mi cuerpo una vez más.

Tal vez tenga razón ese joven médico que me visita periódicamente cuando me aconseja que tome esas pastillas para la depresión. Asegura que me ayudarían a salir de mi encierro y a recuperar las ganas de vivir, sin embargo mi conciencia se rebela ante lo absurdo de ese tratamiento, no hay tiempo para conversar, para hacer comprender que no es un encierro voluntario que me haya impuesto libremente. La soledad es el abandono en el que me hallo de todos aquellos que un día amé y que ya no han de volver; para qué rodearme de figuras ajenas a mis sentimientos a los que únicamente puedo transmitirles mis tristezas o intercambiarlas con las suyas propias. Me engañaría a mi misma si saliese a ocupar mi tiempo con mil cosas hechas maquinalmente y sin ilusión, llenando mis oídos, que no mi cerebro, con conversaciones absurdas y sin fundamento que no alejarían la soledad que llevo agarrada con clavos de tristeza en el interior de mi alma.

Ya se ha hecho completamente de noche, no debería haberme quedado aquí sentada en la oscuridad, los pensamientos más obtusos son traidores en estas horas. Creo que no voy a cenar… no tengo ganas ya…

Por un Tintero

El fondo del escenario es una reproducción de un mesón del siglo XVII, hay largas mesas de madera envejecida con bancos a los lados. En primer término a la izquierda aparecen dos personajes: el primero es maese Pedro, un hombre gordo y un poco calvo que lleva un gran mandil blanco y permanece de pie con unas vendas en la mano, el segundo es don Blas, se haya sentado en uno de los bancos y va vestido a usanza de aquella época con medias y calzón corto rayado, espada al cinto, sombrero negro de ala ancha y amplia capa oscura colgando de sus hombros. Este último parece que ha tenido un altercado pues su ropa está llena de polvo, el sombrero se haya sobre la mesa un tanto aplastado y de la cabeza le cae un chorrillo de sangre.

Acto Primero

Segunda escena.

MAESE PEDRO: - ¡Ay, mi señor don Blas! ¿Cómo se os ocurrió a vuesa merced luchar con don Martín? ¿Acaso no sabéis que tiene fama de gran espadachín? Fijaos en vuestro descalabro… ¡aún tenéis suerte de poder contarlo!

DON BLAS: - ¡Voto a bríos! ¿A qué vienen tantos desvaríos? Ni su fama es para tanto, ni yo con la espada soy manco. Una mala jugada me hizo esta vaina del demonio, atascó la maldita espada y no hubo manera de sacarla. Ponedme las vendas pues, maese agorero, que una vez curado he de buscar a ese don Martín y hacerle comer su sombrero. ¡Gran espadachín! ¡Ja!

MAESE PEDRO: - Paréceme mi señor don Blas que idea no tenéis de con quien os las veis. Tres mozos enterró don Martín el año pasado, los tres fueron, como vos, incautos y osados. No queráis para vos semejante destino, dejad pues de buscar tamaño desatino.

DON BLAS: - ¡Voto al diablo, posadero! ¡Dejad de meterme miedo! Que tengo yo redaños para luchar contra ese don Martín y con otros tantos malandrines de mal paño. ¡Y viviendo muchos años! ¡No seáis cicatero!

MAESE PEDRO: - No lo seré si vos no queréis. Aquí tenéis, la cabeza ya vendada y vuestro brazo izquierdo en cabestro, suerte tenéis aún si sois diestro… Ahora os serviré un caldo que ha hecho mi hija, es capaz de revivir hasta a los muertos…

DON BLAS: - Idos a por ello, maese burlón y traedlo presto, que no deseo oír por más tiempo vuestro discurso tan funesto.

(Sale maese Pedro y entra un caballero cubierto el rostro con la capa y el sombrero)

DON BLAS: - ¿Quién vive? ¿Quién ha? ¿Por qué os cubrís el rostro? ¿Quién os persigue?

DESCONOCIDO: - Permitidme que no desvele mi faz, nadie me persigue, más el afán de ser discreto, me lo exige. En cambio vos que vais descubierto, no tendréis a mal, doy por hecho, darme vuestro santo y vuestra seña…

DON BLAS: - No lo tengo a mal, si vuestra duda os empeña. Don Blas de Pesada y Saborío me nombraron en la pila bautismal.

DESCONOCIDO: - Buen nombre ¡Vive Dios! (ríe aparte) ¿y podéis decirme que atropello habéis sufrido que se os ve sin resuello y tan salido?

DON BLAS: - Atropello fue, buen hombre, pues un rufián, Martín, de mal nombre, aprovechó un descuido para atacarme a traición. No quiso Dios que el bellaco marchase sin una lección y tras una lucha encarnizada lo dejé muy mal herido, si criando malvas no anda ya, al menos habrá quedado bien servido.

DESCONOCIDO: - ¿Y cual fue el motivo para tamaña disputa? Tal vez las faldas de alguna dama lisonjera…

DON BLAS: - ¡Ojalá que así fuera! ¡Vive Dios! Un maldito tintero que cogí para escribir y en viendo lo que hacía, el mal mentado caballero, me lo robó llamándome a la vez pájaro de mal agüero.

DESCONOCIDO: - ¡Mal bribón! ¿pues qué escribíais para que tanto llamara su atención?

DON BLAS: - Cosas de política, ya sabéis. En contra de la chusma y a favor del rey…Díjome que ese tintero era muy especial… ¡Bah! ¡Tonterías! Debía creer en brujerías…

DESCONOCIDO: - ¿En brujerías, decís? No a fe mía, que el caballero don Martín es harto conocido, y es famoso por su buen sentido. No penséis que cría malvas, está sano y con toda su barba.

DON BLAS: - ¡Voto al diablo! Sois su amigo quizás…

DESCONOCIDO: - ¡No mentéis a Satanás! O que él os lleve. Soy don Martín por buen nombre y os salva de luchar ese brazo en cabestro, más no creáis que os salvará de un buen escarmiento.

Destapado ya el caballero, se acerca a coger un cayado que hay arrimado contra la pared, y viéndolo hacer don Blas, se apresura éste a coger carrera para que no lo muela a palos. Solo se queda el mesón y el mesonero que aparece con un tazón de caldo y se encuentra el lugar vacío. La luz se va apagando lentamente solo se distingue ya, la silueta de un tintero dorado…

Fin del primer acto.

Ese vecino de arriba

He vuelto hace unos instantes de visitar a mi casero y ya se me figura que ese solitario vecino va a inquietarme por más de una causa. Reconozco que mi vestido de noche, negro y ajustado, a las siete de la mañana no es lo más adecuado para llamar a la casa de nadie pero tampoco soy yo amiga de formulismos y de apariencias hipócritas. Hace tiempo que decidí tomarme la vida tal como se presenta, sin prejuicios y sin obligaciones, y ciertamente considero que ahora soy más feliz. He llegado a este apartamento hace una semana, necesitaba más espacio desde que apareció Tommy -es mi gato naranja- lo encontré vagando por la calle y olisqueando los contenedores de basura; con dos o tres caricias y unas palabras cariñosas conseguí traerlo conmigo, se veía a las claras que alguien lo había abandonado. Ese vecino mío tiene a veces la mirada de Tommy, me mira embobado con sus ojos de un azul muy intenso y se queda sin articular palabra, con una sonrisa un tanto gatuna…

La verdad es que desde mi llegada aquí me lo encuentro quizás demasiado a menudo, no es que me disguste pues es un hombre muy atractivo y tiene un aire …como podría decirlo…¿sensual? Sí, esa es la palabra. Hace dos días me encontraba tomando el sol sentada junto a la escaleras de incendios, intentaba sacarle a mi guitarra las notas de una melodía, comencé a cantar embelesada por el dulce compás, fue… un momento lleno de magia, como si el tiempo se hubiese parado para mí. Cuando llegué al final de la canción miré hacia arriba y allí estaba él, mirándome intensamente...

http://www.youtube.com/watch?v=qDhQOGlqUDQ

Ayer me invitó a comer en un restaurante muy acogedor y estuvimos charlando durante varias horas, fue muy interesante descubrir sus aficiones literarias, me habló con gran entusiasmo del libro que está escribiendo y me conmovió oír un poema que dijo haber escrito para mí. Es un hombre muy seductor y cuando cogió mi mano y me besó no supe rechazarle, me sentí transportada a una nube de felicidad inmensa y todo mi alrededor dejó de existir, no recuerdo muy bien como salimos de allí y caminamos por las calles hasta su apartamento, pero sé que caímos los dos en un abismo de pasión desenfrenada, me sentí amada con una ternura que nunca antes había conocido y deseé continuar así por el resto de mi vida, en aquel abrazo infinito de su cuerpo junto al mío, de mi piel sobre su piel. Ámame, ámame, le gritaba desde mi interior mientras el me miraba con aquella intensidad… Un reloj marcó las nueve y eso me devolvió a la fría realidad, no soy una mujer con un pasado fácil y sé que estos momentos de felicidad duran unos días y después se diluyen hasta acabar en la nada si la relación ha sido buena, y acaban en el odio si la convivencia se ha ido complicando.

Reconozco que fui bastante brusca en mi huida, lo dejé sin palabras cuando dije que aquello no significaba nada para mi y que no quería volver más a aquel apartamento. Bajé corriendo hasta mi casa y lloré abrazada a mi gato durante unos minutos muy largos. No estaba dispuesta a dejarme llevar por la melancolía así que me duché y me puse este vestido que me regaló uno de mis amigos, es estupendo lo bien que resalta mi figura y me hace sentir segura de mi misma. He pasado la noche en casa de Jimmy, celebraba una fiesta por algún motivo aparente que él pensó y que yo no recuerdo, como siempre he bebido mucho y he hablado y bailado con gente que apenas conozco, eso es lo que yo quiero y lo que busco: un roce superficial y divertido que no pueda hacerme daño y herir mis sentimientos. Ha sido una de tantas noches locas en la que hemos acabado todos durmiendo unos encima de otros o en los rincones más insospechados.

El despertar no ha sido muy agradable, la cabeza pesada, el cuerpo dolorido y el estómago revuelto. Anne, que acababa de llegar y comenzaba a poner orden en el piso, ya tenía preparado ese brebaje milagroso que nos ofrece siempre para la resaca y con agradecimiento me lo he bebido de un trago. Cuando he llegado a casa después de un largo paseo por las calles casi desiertas, ya me sentía suficientemente renovada como para no pasarme por alto una nota prendida en la mirilla de mi puerta, mi vecino no se había rendido con las palabras vertidas antes de mi escapada y solicitaba en el pequeño papel que subiese a buscar un objeto que había dejado olvidado el día anterior.

Me ha abierto la puerta un tanto adormecido aún y en pijama, yo le he mostrado el papel mientras él recorría con los ojos toda mi figura. Inesperadamente me ha enlazado por la cintura y me ha besado largamente, como el día de antes, como a mí me gusta… Y antes de cerrar la puerta me ha despedido con una sonrisa y un –hasta luego-.

Corazón Salado

Cuentan que mientras mamaba respiraba la sal de la brisa marina, que sus primeros pasos fueron sobre una red de pescar de tantas que su madre cosía y que aprendió a caminar detrás de las gaviotas confiadas que se acercaban a comer los restos del pescado descargado por la mañana en el muelle. La piel clara le duró muy poco, enseguida se le cubrió de color con los abrumadores rayos del sol, y sus manitas y su cara se hicieron fuertes ante las inclemencias del tiempo que trajeron sus primeros inviernos. Su padre que era pescador y sabía lo duro que era vivir de ese trabajo, soñó y planeó para él otra vida diferente lejos del mar, no supo comprender que todo lo que el niño había vivido hasta entonces sería como un veneno que inundaría su cuerpo y su espíritu para siempre.

Manuel fue un niño inteligente y aprendió rápido en la escuela de aquel pueblecito de pescadores, aunque las hojas de sus libros siempre olían a brisa de mar. Él estudiaba sentado entre las inmensas redes, levantando a veces la vista hacia el azul lejano allí donde una línea une y separa las distintas tonalidades del mismo color. Su madre miraba su cara y lo veía soñar despierto, y sabía que su hijo tenía el corazón lleno de sal, no será fácil –pensaba ella- alejar a este chiquillo del mar…A los diez años Manuel partió tierra a dentro, para seguir sus estudios en un internado de la gran ciudad; el tiempo y las paredes del colegio borraron el tinte moreno en la piel del niño, los libros se impusieron a sus sueños azules y en sus juegos al aire libre dejaron de oírse las voces conocidas de las gaviotas. A pesar de todo, Manuel tuvo siempre muy claro lo que quería hacer con su vida y en su fuero interno llevó guardado por años el compromiso de que algún día el mar sería su dueño y señor. Sin dejar de estudiar, siguió soñando con grandes veleros surcando los mares, él se veía allí sobre el oleaje, en la proa del barco sintiéndose libre bajo el sol y recibiendo en su pecho y en su cara la fuerza del viento impregnado de sal.

No fueron vanos aquellos sueños, pues ayudaron al niño a pasar durante aquellos años los largos meses escolares lejos de casa, en verano se resarcía saliendo a pescar con su padre de madrugada y llenándose los ojos con la vida del puerto después, pocas veces se perdía la venta del pescado -en las lonjas se le podía encontrar mirando absorto el regateo de las subastas- y al acabar, se acercaba al lugar donde trabajaba su madre que seguía adobando las redes de pesca…Así, entre la ciudad y el mar, pasaron los años de su adolescencia y aún corrieron unos cuantos años más de estudio para Manuel hasta que llegó, por fin, aquel día en que volvió a casa.

En realidad volvió para despedirse antes de partir en barco rumbo hacia un destino lejano, ya solamente sería pescador en ratos de ocio, acompañando a su padre por puro placer, y en ratos de ocio pasearía entre las redes llevando del brazo a su madre. Manuel aquel día ya no llevaba libros de estudio debajo del brazo y su piel, de nuevo morena, contrastaba bajo el deslumbrante traje blanco con el que iba vestido, en sus manos, inquietas de pura alegría, giraba y giraba una gorra de capitán. Y es que aquel niño creció con el corazón salado y hubiese sido imposible que luchase por hacer cualquier otra cosa que no fuese, cumplir su sueño de hacerse vasallo del mar.

Manos al Viento

Dicen que a pesar de todas mis caídas tengo una naturaleza muy fuerte, también dicen que mi fuerza está en saber levantarme y resurgir como el ave fénix resurge de sus cenizas. Yo no sé si tienen razón de pensar así, sé que me mueve la rabia que llevo dentro, la rabia de tantas injusticias vividas. A veces me pregunto cómo la mayoría de la gente puede creer todavía en la justicia de este mundo, como también me cuestiono la creencia que tienen en la justicia divina. Hace tiempo que perdí toda esperanza de encontrar la fe en Dios y de encontrar la verdadera bondad en los humanos.

A lomos de mi caballo me alejo por el desierto llano, galopando veloz hacia un lugar incierto, hacia un incierto futuro que tal vez me traiga un poco de calma. Miro hacia atrás y veo los restos de una civilización incivilizada, tejados de casas en las que se esconden bajas pasiones en lucha con elementos prefabricados. Cómo ha podido el hombre llegar a lograr este caos a través de un camino por el que buscaba la perfección… De qué manera hemos caído en esta maraña sin sentido que antepone la búsqueda del poder por encima de la búsqueda de la felicidad… Felicidad…qué difícil es definir esta palabra, tal vez los humanos no sabemos definirla porque realmente no sabemos donde encontrar el origen de su significado…

Sacudo las riendas y golpeo los flancos de mi caballo, más deprisa… más deprisa, quiero correr veloz y sentir como el viento azota mi cara, que nada se interponga en mi camino, mis ojos casi no pueden mantenerse abiertos, correr…correr y huir hacia otro destino. El sol de la mañana hace que me sienta libre, lo limpia todo, le da brillo al paisaje… una voz y una guitarra resuenan en el silencio de mi mente…’Pongo en tus manos abiertas, mi guitarra de cantor…’, el sonido que producen los cascos de mi caballo acompañan a las palabras de la canción. El cantor de la guitarra ya no compone, ya no tiene voz, el ansia de poder y la injusticia también acabaron con sus palabras confiadas, su cuerpo yace bajo una sepultura en un país mil veces vilipendiado en manos de un dictador, el dictador también ha muerto pero no le alcanzó la justicia de este mundo…será que no la habrá…

No quiero pensar, no quiero cantar ni recordar, no podría seguir luchando si lo hiciera. ¡Corre, caballo hermoso y noble! Llévame a las marismas donde habite la dignidad humana, por este sendero iré dejando atrás mi pasado que quedará olvidado junto a las piedras inertes del camino. Permite, caballo, que suelte las riendas y por favor no te desvíes de la senda, quiero alzar mi manos al viento para dar gracias por esta ansiada libertad… Y ahora ya, con el corazón en calma, sigamos la ruta marcada por mi destino… ¡hacia allá vamos!

Caballero Lucifer

- ¡Caballero Lucifer, aquí!

Mi dueño y señor me reclama, dos pasos parsimoniosos y de un salto subo a su falda. Intuyo por la tensión de sus piernas que algo va mal, me acurruco haciéndome un ovillo, no es momento para juegos, su mano me acaricia distraída…lentamente… Deduzco que no está pensando en mí, mi señor tiene una mente privilegiada, más capaz que la del resto de los humanos que conozco, más incluso que la del propio rey. Dicen que es un hombre duro y tienen razón, no le ha temblado nunca el pulso ante sus enemigos pero, éstos no eran dignos de lástima y sé lo que me digo… ¡buff…buff!

Mucho se habla de la gran cantidad de espías que el cardenal despliega por toda la corte e incluso de los espías infiltrados en las cortes extranjeras. Más ¿se han de extrañar vuesas mercedes de que tal cosa acontezca? ¿No quedarán reflejadas en la historia, las intrigas palaciegas contra las que ha luchado mi amo? María de Médicis, la madre del rey, mujer ambiciosa donde las haya y sedienta del poder que da el trono, no dudó en provocar guerras en contra de su hijo y casi logró acabar con mi señor. Pero es experto el cardenal en estas lides y no solo consiguió evitar el perjuicio, ahora es el favorito de su majestad. Y bien que ha ganado el monarca al ponerle a su servicio, toda Francia ha ganado con ello.

Ahora se enfrenta a los malos haceres de la reina Ana, cómplice de su hermano el rey de España. Esta mujer, en apariencia débil, no ha dudado en conspirar contra Richelieu, no le teme, no le ha perdonado que la desenmascarase cuando a espaldas del rey mantuvo amoríos con Villiers, duque de Buckingham. Fue entonces, sí, cuando conocí aquel valeroso caballero gascón, Artagnan. Ardua tarea tuve para evitar que me descubriese el mocetón, pues allá a donde iba parecía que había de encontrarme con el impetuoso muchacho. Mis transformaciones apenas me llevaban más de tres segundos y no bien aparecía con mi capa negra a lomos del caballo, encontraba al aprendiz de mosquetero persiguiéndome en venganza de no se qué agravio, que afirmaba haber recibido de mi persona. Fue una empresa difícil ejecutar los deseos de su eminencia, con semejante tormento pisándome los talones. No le he guardado nunca rencor, muy al contrario, en mis últimas apariciones como Rochefort llegamos a intimar, el me apreciaba y yo reconocía su valor aunque luchase en el bando equivocado. Creo que al final se dio cuenta de quien poseía la razón. ¡Grrroooooommmm!

Hoy es día que me siento viejo, mi pelaje no es tan suave como antaño. Espero que el cardenal no precise de mis servicios, él no sabe –ni lo sabrá- que su tierno gato negro es su mejor caballero, su mejor espía, el que más le ha ayudado. Dicen que los gatos negros no son de fiar y tal vez tengan razón, no en vano me llaman Lucifer como al diablo. ¡Pero cuidado, bellas damas y aguerridos caballeros! ¿Recuerdan de qué color son los gatos que acompañan a esas hermanas brujas? Sí, en efecto. Nosotros tenemos poderes que otros gatos no tienen, vemos el pasado y el futuro, podemos transformar nuestro cuerpo y en ciertas ocasiones, hacernos invisibles al ojo humano. Yo he sido leal a mi señor porque he reconocido en él una sabiduría mayor que la de las brujas. Tal vez la historia no le hará justicia, pero no será por sus actos que no han perseguido, al fin y al cabo, más que el beneficio y el engrandecimiento de Francia. No será por sus actos –insisto- tendrá mucho que ver en ello un tal Alejandro, escribidor de folletines y poco apegado a la verdad, el cual llenará la historia de mosqueteros y se olvidará de nombrar a los gatos del cardenal. Catorce felinos olvidados seremos, pero él pasará a la posteridad como el gran Dumas, el de “Los tres mosqueteros”. ¡Miau!

Luces de Neón

Caminaba deprisa por la oscura calle, desde una ventana se dejó oír la estridente música procedente de un aparato de radio; unos ojos verdes llamearon desde las sombras que abrazaban la pared y se apagaron tras emitir su dueño, un agudo maullido. Los tacones se clavaban con furia en el asfalto, más deprisa, más deprisa… Tuvo que apoyar el puño y clavar el codo en aquella rasposa pared para no caer, el tacón partido, el filo de su mano sangrando y el maldito taxi sin aparecer. Estaba loca, loca rematada, pero no podía quedarse allí, el miedo le hizo quitarse los zapatos y avanzar descalza por aquella calle desierta y mojada. Unos faros brillaron a lo lejos y al verlos echó a correr hacia la fuente de luz, el coche tuvo que desviarse para no atropellarla -¡hija de p...!- Mirella se detuvo en seco ¿qué estaba haciendo? El pánico no la estaba dejando razonar ¿porqué creyó que sería el taxi? Un ruido a sus espaldas la hizo estremecerse, corrió hacia la pared y se ocultó entre sus sombras, el gato pasó rozándose contra sus piernas y ella relajó los hombros, aliviada. No debía perder el tiempo y siguió avanzando, esta vez, al amparo del silencio que le proporcionaban sus pies descalzos.

No podría decir cuanto tiempo había transcurrido, cuando vio aquellas luces de neón, aceleró el paso y se coló por la puerta sin pensar en su deteriorada vestimenta. Un hombre se despertó detrás del mostrador y la miró con cautela, Mirella no habló, le dio su documentación y esperó a que le diese una llave. Él recorrió su figura a través de las gafas y comprobó la foto del pasaporte, no le gustó ver los zapatos de la mujer en la mano manchada de sangre reseca; finalmente, le tendió el llavín y le señaló el ascensor –tercer piso-. Ella, un tanto humillada y otro tanto aliviada se encaminó hacia aquella habitación serena, limpia e iluminada, que le hizo recobrar poco a poco, y después de un baño caliente, la estabilidad perdida unas horas antes. Se metió en la cama con el albornoz y el bolso, eran las tres y media de la madrugada, encontró el móvil apagado sin batería y recordó que había olvidado coger el cargador; aquella noche parecía que todo iba en su contra.

Apenas habría dormido un par de horas cuando unos golpes secos la sacaron de la inconsciencia, los golpes volvieron a repetirse y una voz queda y apremiante emitió un – ¡abra, por favor!-. Mirella se dijo que la vida tiene su recorrido trazado y que romper, aunque solo sea una vez, el monótono ritmo que lo marca, es como romper un cristal que se irá quebrando en mil pedazos, cada vez más pequeños… cada vez más difíciles de volver a unirse. La misma voz se dejó oír de nuevo y se oyó el ruido que hizo la cerradura al girar, la puerta dejó entrar lentamente la luz del pasillo; la mano de ella aferrada al auricular del teléfono del hotel, en un intento vano y desesperado, se quedó inmóvil sin llegar a descolgarlo. Todo el contenido del bolso cayó disperso entre las ropas de la cama, el paquete envuelto con celofán marrón también cayó. Aquel maldito paquete de polvo blanco que Mirella nunca debió poseer, aunque fuese durante unas cuantas horas,… las horas más largas de toda su vida.

Él sabía que aquella mujer no podía traer nada bueno. Así lo repetía una y otra vez a quien quería escucharlo, entre toda aquella marabunta de gentes con cámaras y aparatos diversos, que invadieron la habitación de Mirella buscando cualquier indicio. El hombre de la recepción, ajeno aún al largo interrogatorio que se le avecinaba, evitaba mirar a su huésped que aún tenía los ojos abiertos; el albornoz abierto también, dejaba entrever un amasijo de carne y sangre procedente de las incontables cuchilladas distribuidas por el pecho y el estómago. No había signos evidentes de una gran lucha, sobre la mesita yacía un tacón de zapato suelto, quebrado como el monótono ritmo que había marcado la vida de Mirella.

El enfermo Imaginario

El doctor Fillado agarró su maletín y salió de la consulta, se notaba enormemente cansado y sin mirar a los pacientes que llenaban la enorme sala del hospital, arrastró los pies hacia la salida del edificio. Toda la mañana se le había ido en revisar placas y miembros lesionados –interiormente, se preguntaba qué demonios hacía la gente para destrozarse de esa manera los huesos-, y por último aquella maldita mujer con sus dolores y su verborrea inútil diciéndole que él solo servía para calentar la silla y cobrar a fin de mes. Esa mujer –pensó- aún cree en los reyes magos, qué querrá que haga yo si en las pruebas no se refleja la radiculopatía…el dolor es muy relativo, y cómo voy yo a saber si lo tiene de verdad…a veces…, demasiadas veces, últimamente…

Condujo el automóvil hasta su casa, sin saber muy bien el porqué. Elisa, que no lo esperaba para comer, sacó unos congelados y le apañó una especie de plato combinado sin ensalada; él no pudo terminarse aquella cosa con sabor a plástico… a papel… a…, decididamente la vida había cambiado mucho. En casa de su madre, mientras acababa la carrera y realizaba las primeras prácticas y suplencias, nunca le había faltado el plato de comida caliente a cualquier hora intempestiva que llegase. Ahora, ni Elisa ni él tenían tiempo apenas para hacer una buena comida, y su madre…-sonrió- su madre había colgado el delantal y se pasaba los días viajando con sus amigas.

A las cuatro y diez, abrió la puerta del piso donde tenía su consulta privada, Charo ya había llegado y revisaba la pantalla del ordenador mientras tachaba en la agenda de visitas programadas.

- Buenas tardes doctor, la señora Molina ha anulado la visita, dice que tiene la gripe y que ya nos llamará. No tiene usted más citas esta tarde…

- No importa, estaré en mi despacho. Si llama alguien, dígale que puede venir hoy.

Aquella escena se estaba repitiendo demasiado últimamente, de seguir así, pronto tendría que cerrar la consulta. Tamborileaba pensativo con el bolígrafo en la mesa cuando se abrió la puerta y entró el único paciente del día anterior y de toda la semana: el señor Pávez y sus dolencias imaginarias. El doctor Fillado no pudo por menos que emitir un bufido y señalarle la silla con un gesto brusco, temía a estos pacientes más que a la peste. El señor Pávez se sentó con delicadeza y dejó el bastón apoyado en la mesa.

- Mire doctor, esto no puede continuar, tiene usted que buscar alguna manera de quitarme estas molestias. ¡No! No me diga que no hay inflamación, ni rigidez y que puedo moverme bien. ¡Ya lo sé! ¿Pero sabe usted? Esto me está matando. Doctor Fillado ¿ha tenido lumbago alguna vez? No me diga nada, ya se ve que no. Esas pastillas que me recetó no sirven para nada, ni la pomada, ni las inyecciones… y los dolores del brazo y de la mano cada vez son más intensos, ahora también me duele el pie derecho al caminar. Ayer ni me miró cuando le dije que la cadera me molestaba…

- Veamos señor…Pávez, viene usted cada día a mi consulta esperando un milagro que no puedo ofrecerle, ya le he explicado que estas cosas son lentas y ha de tener un poco de paciencia hasta que el medicamento comience a hacer efecto, no puedo creer que esté tan mal si el dolor no le impide desplazarse a mi consulta diariamente. ¡Ya está bien! Esto no es serio, señor Pávez…, no es serio le digo… ¿me escucha?... ¡Señor Pávez! ¡Señor Pávez!..

Charo oía los gritos desde su mesa, su mirada inquieta iba y venía desde la puerta de entrada al teléfono y otra vez hacia la puerta de entrada, no sabía qué hacer. Los gritos continuaban y la mujer, nerviosa ya, marcó el número de la casa del doctor y esperó a oír la voz de Elisa para hablar atropelladamente.

- ¡Hola! soy Charo, si, otra vez. Debería usted venir a buscarlo, esta vez le llama señor Pávez, pero le aseguro que en su despacho no ha entrado nadie mas que él. No, no ha venido nadie en toda la tarde, ni vendrán…

Hora Punta Matutina

Sonidos de pasos decididos, apresurados; caras serias y concentradas, con la vista fija en el suelo observando los pies y los pasos, intentando acrecentar la velocidad a través del largo túnel ¿sonrisas? ni una. Manos cargadas con bolsas, carpetas, carteras de mano; bolsos colgando de los hombros y asegurados con la mano en la correa para que no caigan, para que la caída no interfiera en la larga carrera hacia el andén. Las escaleras aparecen llenas de figuras elevadas por piernas que se flexionan una y otra vez, sin descanso. Hay que bajar por la derecha, sin equivocarse, siempre por la derecha, los más inseguros agarrados a la baranda para no caer. Por el medio, entre los que suben y los que bajan, casi vuelan los que ya llegan tarde, los desesperados por recuperar los minutos, los segundos…pero el tren metropolitano ya se marcha...

Hay que esperar, por suerte todavía hay lugares vacíos en las superficies de madera que hacen de asiento en el andén, unos minutos para recuperar el aliento y relajar los músculos de las piernas mientras el oído permanece atento, por encima del barullo de pasos que siguen llegando, a la espera de sentir el mínimo y lejano traqueteo sobre los raíles. El tren ya se acerca, los cuerpos se elevan de los asientos, tensos los rostros con la vista fija en los vagones iluminados que emergen desde la negritud del túnel. Los ojos buscan el espacio vital en las interioridades del monstruo metálico, las puertas se abren como las compuertas de una presa de agua, y chorros de gente descienden de los vagones. Pero no, el agua no retorna y aquí el espacio recién creado en el interior vuelve a llenarse de figuras humanas que se afanan por buscar, de nuevo, algún lugar vacío entre los asientos, algunas consiguen su propósito.

Ahora algún leve murmullo se impone sobre el silencio imperante, las miradas se desvían cuando algunos pares de ojos chocan con otros pares, no importa el color de esas miradas escurridizas, se tornan vacuas si no tienen un lugar donde fijarlas. Algunos parpados intentan mantenerse cerrados durante el trayecto de una estación a otra, son caras cansadas y un tanto demacradas por el insuficiente descanso, aún ahora no se relajan totalmente. Algunas manos cansadas se mueven en las barras que están inundadas de ellas, tal vez alguna mano derecha es sustituida por la izquierda o viceversa. Las hay que sostienen algún periódico o algún libro abierto, alguna juguetea presionando con los dedos las teclas de un teléfono móvil y otras simplemente permanecen apoyadas sobre algún bolso o sobre la tela de una falda, de unos pantalones…

La próxima estación se acerca, la velocidad disminuye, ya hay cuerpos en movimiento que se agolpan ante las puertas, las piernas un tanto abiertas para aguantar el equilibrio ante la frenada del tren. El aire se enrarece con olores de alientos y de cuerpos demasiado próximos, la necesidad de salir se torna más inquietante. ¡Por fin! Las puertas se abren como una liberación hacia el ambiente caliente del andén, apenas una mínima mirada para los que quieren entrar, y de nuevo se reanuda el baile de las carreras contenidas, de los pasos acelerados resonando en las escaleras y en los pasillos que conducen hacia la salida. Se deja oír el canto monótono de las puertas metálicas en un vaivén incesante, desbloqueando el paso de una masa humana que lucha con ellas buscando el camino que conduce hacia la luz de la calle. Otra jornada más en el metro para la inmensa mayoría, un viaje especial quizás para alguien.

El boleto de lotería

Aún tenía la boca pastosa cuando bajó del taxi, encendió un cigarrillo y se abrió camino entre los curiosos. En el centro del círculo vio la figura caída en el asfalto, los ojos muy abiertos como sorprendidos, la ropa un tanto revuelta y en el suelo sin duda el contenido de alguno de sus bolsillos. El agujero en el pecho y la ropa quemada alrededor implicaba la cercanía del asesino, un conocido desde luego, con la suficiente confianza para llegar a disparar con el cañón de la pistola pegada al cuerpo. El traje de aquel individuo se veía de buen corte, los zapatos limpios y con la suela apenas gastada, como de alguien acostumbrado a moverse en coche. Julio se volvió hacia el guardia que sostenía la linterna a su lado:

- ¿Han avisado…?

- Sí señor, la policía científica ya viene en camino, también el forense y una juez de guardia. Este es el nombre y dirección del muerto –añadió pasándole una hoja escrita y una cartera de piel dentro de una bolsa de plástico- la cartera estaba en el suelo, no parece que falte dinero ni documentos.

El inspector miró la dirección, un número dos calles más abajo. Decidió ir a pie, era la parte de su trabajo que menos le gustaba, inmiscuirse en el hogar de una familia para dar la noticia de una muerte violenta. Acompañado por otro policía se alejó caminando mientras se preguntaba el motivo por el cual un tipo como aquel podría haber salido a las tres y media de la mañana en un lunes húmedo de noviembre. Llegaron a la puerta de un edificio moderno con fachada de ladrillos y tras obtener respuesta por el interfono Julio decidió subir solo. La mujer que le recibió de unos treinta y cinco años iba envuelta en una bata azul sobre una camisola a rayas, no pareció tan sorprendida como quiso hacer ver cuando escuchó la palabra ‘policía’. En el salón, de pie con un cigarro recién encendido esperaba otra mujer algo más mayor con una bata y un camisón similar, Julio miró sus piernas extrañamente cubiertas con medias dentro de las zapatillas.

- ¡Quédense aquí sin moverse!- Ordenó.

Antes de que pudiesen reaccionar él ya había abierto puertas y localizado los dormitorios. Las camas no estaban deshechas, ropas tiradas de cualquier modo sobre la cama indicaba el cambio apresurado de vestimenta, una pesada maleta quedaba mal oculta detrás de la puerta de una de las habitaciones. El inspector con su arma en la mano volvió al salón, ellas le miraron resignadas, la mayor acertó a balbucear:

- Pretendía marcharse sin nosotras….él solo…con el boleto premiado de la lotería… ¿entiende? él solo,…tuvimos que improvisar, no tenemos nada…ni siquiera este piso es nuestro…

La mujer escondió la cara entre las manos mientras sollozaba, relajada ya de tanta tensión acumulada, su hermana abrazándola espetó secamente al policía:

- Guarde su arma inspector, no la necesitará.

Julio marcó un número en su móvil y dio una orden. Se sentó y encendió un cigarro.

- La maleta era de él ¿verdad? ¿porqué no se llevó el coche?

La hermana mayor dejó de sollozar y se apartó el cabello de la cara con cierta furia.

- Escondí las llaves, no quería que se fuera. Pero a él no le importó, dijo que encontraría un taxi…y entonces recordé que teníamos aquella pistola, la cogí y salí detrás…el muy estúpido sonrió cuando le dije que quería darle el último beso…Marta es inocente, me vio llegar con la maleta y decidió ayudarme…no tuvimos tiempo…

Julio pensó en la lotería, en como afecta a la vida de los individuos. No siempre les trae felicidad…

El Suicida

- Mire yo… ¿qué quiere que le cuente? No soy un héroe ¿sabe?...No me siento capaz de pasar por todo lo que me deparará la enfermedad. Todo ese dolor…ese malestar, la radioterapia...o la quimioterapia…o lo que sea. Todas esas cosas por las que ustedes apuestan para alargarnos la vida un poco más, unos meses más de sufrimiento. Ya lo estoy pasando bastante mal, no soy el mismo, siento como mi cuerpo decae y como la enfermedad me corroe por dentro. Y no quiero seguir así, pero soy un cobarde. Soy tan cobarde que me da miedo acabar con mi vida, tengo pánico de la agonía del último momento y por eso decidí tomarme las pastillas.

- ¿Y creyó que conseguiría llegar hasta el final sin que nadie se diese cuenta? La mayor parte de los pacientes que tenemos por intentar suicidarse con pastillas no querían suicidarse en realidad, en el fondo buscan llamar la atención de las personas que tienen alrededor.

- No es mi caso, no, para nada. Yo lo intenté todo antes de eso…bueno, todo no. Nunca he tocado un arma, hubiese sido muy difícil tener acceso a una y acertar además. Lo primero que se me ocurrió, lo más fácil fue subir a la azotea de casa e intentar lanzarme al vacío, pero aunque parece sencillo no lo es, hay que tener mucho valor. Cuando estás allá arriba imaginas como tu cuerpo cae a una velocidad vertiginosa y te ves invadido por el pánico intentando agarrarte al aire en unos segundos interminables para después recibir un impacto terrible que te llenará todo el cuerpo de un dolor insufrible antes de morir…si consigues morir, claro. He oído hablar de casos en los que el suicida ha estado moribundo durante días. No fui capaz de hacerlo.

- …………


- No, no me diga nada. Sé que me va a decir que el verdadero valor está en enfrentarse a la vida. No le diré que no sea verdad, pero a estas alturas esa frase ya no me sirve. A la vida nos enfrentamos por inercia, porque no nos queda más remedio. Igual pasa con la muerte, no podemos luchar contra ella. Yo temo al sufrimiento físico. Por eso volví a la playa aquella noche. Pude aguantar el frío del agua mientras rodeaba mi cuerpo cuando avanzaba hacia su interior, recuerdo que el corazón cada vez me palpitaba más deprisa y que empezaba a faltarme el aire cuando aún no me había sumergido, acerté a oír voces gritando pero seguí adelante dispuesto a llegar al final. Cuando mis pies dejaron de tocar fondo, hice esfuerzos por mantener la cabeza dentro del agua y no nadar, sabía que debía abrir la boca y dejar que el frío líquido entrase dentro de mí, pero mis labios y mi nariz se mantuvieron firmes aguantando el aire que tenía dentro. Llegó el momento de expulsarlo y la primera bocanada de agua me invadió. Fue horrible sentir que me faltaba el aire, me revolví en el agua luchando conmigo mismo, el pecho parecía a punto de explotarme y el instinto me venció. Subí a la superficie aterrado, devorando el oxigeno desesperadamente y saqué fuerzas de donde no las tenía para nadar hasta que unos brazos me apresaron y me condujeron hasta la orilla.

- ………….


- No le voy a contar las explicaciones tan absurdas que tuve que dar a mi familia. Estoy seguro de que no se las creyeron pero me dejaron en paz. Las demás posibilidades las descarté sin intentarlas, estrellarme con el coche o arrojarme a una vía no eran del todo infalibles y de nuevo se me presentaba el dolor físico como alternativa. Entonces fue cuando pensé en los relajantes musculares que estaba tomando, suelo dormir cuando me los tomo y no siento nada durante unas horas. Pensé que sería una muerte muy dulce, me dormiría tan profundamente que no sentiría nada…nada. Tenía veinte pastillas y estaba solo en casa, mi hija estaba en la universidad y mi mujer tardaría aún dos horas en llegar desde el trabajo… Había estado tan preocupado que no sabía lo de la huelga de estudiantes… ¿Cómo podía imaginarme…?

- Está usted desorientado….necesita descansar…

- Descansar…sí…. Quisiera descansar…por fin…

La maleta de Lagarde

- ¡Osú, madre mía! ¿y que traerá este tío en la maleta?

Antonio ‘el maletas’ está que se sale de sudor mientras arrastra el voluminoso equipaje hasta la puerta del ascensor. El dueño del muerto aquel, un tipo bien trajeado y con flequillo diseñado por estilista, camina detrás hablando por el móvil. Se le ve un rato largo la petulancia en las maneras, la prepotencia del que domina. En el ascensor cierra el teléfono con un gesto afectado i se coloca el pulgar y el índice en la barbilla mientras mira el techo del ascensor como si estuviera planeando un nuevo diseño para esa caja elevadora. Antonio lo mira socarrón, ha visto otros tipos como este y piensa: ‘mucho teatro y luego na de na’. En la habitación la maleta se queda a los pies de la cama, Antonio abre la puerta del lavabo comprobando que todo esté correcto y entrega la llave al cliente antes de salir, - ‘Bon suár, mesié’.

En recepción no hay clientes y ‘el maletas’ se acoda en la superficie de mármol rosa, Janine está liada en el ordenador pero le mira a la cara y sonríe:

- Monsieur Jean Lagarde. Solamente una noche, mañana temprano te dejará la maleta en consigna y la recogerá por la tarde. No apuestes nada, no vas a tener oportunidad de ver lo que lleva dentro. – ¡Mon Dieu! mira que llegas a ser…¿cotorra?-.

- ¡Cotilla, se dice cotilla! Niña, más respeto que puedo ser tu padre. –Antonio le guiña un ojo a Janine- Ya veremos mañana lo que trae este repeinao. Y me voy, que por hoy ya he cumplio. No te canses niña.

Antonio se cambia la chaqueta en el cuarto de las maletas. Al salir encuentra al tal Lagarde que enfila caminando la rue Lafayette en dirección a las galerías. El maletero lleva el mismo camino y la distancia le permite ver como el hombre sube a un coche que le espera en la esquina, no ha podido ver al conductor y Antonio se desentiende silbando una melodía mientras sus pasos se pierden por la calle mojada entre luces y coches aparcados.

Son las ocho de la mañana, Antonio está de nuevo en su puesto. Janine ha sido sustituida por un joven más serio que no sabe apenas nada de castellano. El maletero no se arredra y avisa que va a la 306 alegando que tiene encargado pasar a recoger el equipaje. En el pasillo del tercer piso un carrito con ropa limpia delata la presencia de una camarera arreglando habitaciones. Antonio da tres golpes en la puerta:

-¡ Servís de valís, mesié!, ¡servís de valís!

Como esperaba, la puerta no se abre y el maletero utiliza su llave, no hay nadie en la habitación y desde el lavabo se oye el ruido del agua de la ducha al caer después de chocar contra un cuerpo. Sobre la cama se encuentra la maleta cerrada pero sin encajar en los cierres. Antonio la abre rápidamente y entre la ropa tres caras humanas sin ojos le hacen retroceder espantado, ha estado a punto de lanzar un grito…., pero no, una nueva mirada le hace ver que son tres cabezas de mujeres talladas en piedra. Cierra rápidamente la maleta y sale de la habitación, el tal Lagarde no ha oído nada.

En el pasillo la camarera mira a Antonio con ojos cansados y sigue con su trabajo, está acostumbrada a las maneras de este hombrecillo curioso y sabe que es inofensivo, más tarde se enterará del motivo por el que ha suspirado aliviado y le ha indicado silencio con el índice cruzando los labios. Él se dirige al bar en el restaurante del hotel y se pide un café para terminar de reponer sus nervios, el camarero también es español y escucha la historia de las tres cabezas con una sonrisa en los labios, son estas anécdotas de Antonio las que rompen la monotonía del trabajo en el hotel…


Dime que fue un sueño

Tengo los ojos abiertos y veo como se abre la puerta de mi habitación, entra la luz del día y detrás de ella aparece mi madre, pronuncia mi nombre para llamarme y de mis labios no sale ninguna voz. Mi cuerpo está inerte, no lo siento. Sé que están ahí mis piernas, mis brazos, mis manos….pero no los puedo mover aunque lo estoy intentando. Mis ojos se abren y se cierran y miro a mi madre implorándole ayuda, mi boca no dice nada y comienzo a llorar y a emitir un débil gemido de horror que me sale desde muy adentro. Ella se acerca hasta mi cama y me mira primero extrañada, y después asustada alarga su mano y me toca… ¡Ya está! Mis manos, mi cabeza, mi cuerpo, mis labios se mueven, ya puedo hablar. El calor de esa mano materna ha sido el chispazo para volver a la vida. El corazón ahora me late muy deprisa.

Ella sentándose despacio a mi lado quiere saber qué es lo que me pasa, si he tenido un mal sueño, si es verdad que me ha visto los ojos abiertos mientras gemía. No sé cómo explicarle todo esto si yo mismo no lo entiendo. Anoche me acosté tarde, como siempre, repasando los libros y tomando apuntes para un examen de historia que he de hacer esta semana. Cuando apagué la luz me quedé pensando en la fotografía impresa en la página del libro, ese famoso cuadro de David donde aparece Napoleón con la corona en la mano proclamándose emperador ante la vista de la corte y el clero. Me quedé dormido y recuerdo -y eso ya me parece muy raro- un extraño sueño en el que la habitación medio a oscuras crecía hacia abajo, los muebles caían y en mi estómago comenzaba a sentir una especie de vértigo. Perdí el tacto de las sábanas y mi cuerpo comenzó a girar, a girar y después nada, oscuridad total.

- Hijo, eso nos pasa a todos alguna vez. Dicen que se separan el cuerpo y el alma. ¿Estás seguro de que fue tu primer sueño y no el último, ahora ya por la mañana?

Me siento confundido con las explicaciones de mi madre ¿separación del cuerpo y el alma? ¿Mi madre cree en eso? Esta noche he sentido otra cosa también muy extraña, tendido a mi lado había algo parecido a un animal, he sentido su calor en mi brazo derecho y he notado un movimiento lento y pausado como el que hacen los gatos cuando se arriman y te rozan la piel, he buscado a tientas y con miedo pero no he encontrado nada.

- Contesta mamá, dime la verdad. Dime que fue un sueño. No quiero temer a la noche, cerrar los ojos y no sentir mi cuerpo, tal vez mañana tu mano no me devuelva la vida y ¿qué será de mi alma si no está muerta y no puede gritar?

Mi mano de niño está entre las manos de mi madre que me acaricia con mucho cariño, está buscando con sus ojos en el interior de mis ojos ¿Qué ha encontrado en ellos que no me responde?

El Tren

Sueño con la mirada perdida a través de la ventana del tren en el que viajo cada día. Paisajes de campos y de viñas, de edificios industriales recién pintados, de casas viejas medio caídas. Un pueblo a lo lejos duerme bajo el sol primaveral, no se distinguen sus gentes ¿qué harán? las campanas de la iglesia no tocan las horas, tampoco doblan por algún muerto, mejor que sea así, no me gusta la muerte. En el vagón hay poco que ver, los mismos de siempre viajamos a la misma hora. Son caras que no me dicen nada, no miran a los ojos, miran a los cuerpos y a las cabezas ladeadas o agachadas, tampoco yo las miro, es la educación. Cuando la sombra en el cristal lo permite veo reflejados los ojos de alguien que me observa, yo también le miro y no se da cuenta. Me pregunto qué pensará sobre mi aspecto y algo nervioso me recoloco en el asiento, miro mis manos y busco la limpieza en mis zapatos, estoy bien y me relajo en mi puesto mirando de nuevo por la ventana.

Me gusta este corto trayecto en el tren, me traen a la mente como en una fotografía algunos escritos de algún poeta de la generación del 98 que aparecían en un libro de primaria: Apenas unos trazos coloreados del interior de un vagón con asientos de madera, un niño y un hombre con pipa en la boca y un libro en la mano; al lado unos versos que comenzaban:

Yo, para todo viaje
- siempre sobre la madera
de mi vagón de tercera-,
voy ligero de equipaje.

Luchando con la nostalgia me digo que mi tren es más cómodo y más rápido; la campiña, seguramente, debió de ser más verde y más limpia en aquellos tiempos pasados, pero a los poetas se les olvida que los paisajes son menos bucólicos cuando hay que trabajar en el campo con bueyes tirando de los arados. Me viene a la memoria algo que he leído hace algunos días: Un periódico de la época pidió a Azorín que escribiese unos artículos acerca de los pueblos de la meseta española y él sin muchas ganas utilizó para ello los trenes de cercanías que salían desde Madrid. El mismo periódico le facilitó una pistola para defenderse, ya que en aquel entonces La Mancha estaba plagada de bandoleros. No me extraña que a él no le hiciese mucha gracia tener que hacer aquellos trayectos.

-Billete, señor.

- ¿…? ¡Ah! sí, el billete, aquí tiene.

A este revisor que va perfectamente arreglado yo le pondría, sin embargo, el gorro con visera y la chaqueta con botones dorados. Siempre lo espero así y nunca entiendo lo que me pide porque parece otro viajero. Su llegada me avisa de que mi viaje pronto llegará a su fin. Desde mi ventana veo a lo lejos los primeros edificios y aquella enorme botella de licor pintada en el lateral de una casa, por suerte hay cosas que se conservan y no pasan. Nos acercamos a la estación, me encanta, es una gran construcción antigua, de piedra, con columnas redondas, arcos en las puertas y altos techos, el suelo es antiguo con dibujos geométricos en verde y rojo, los asientos aún son de madera. En verano da gusto sentarse en su interior, con las puertas abiertas, es fresco y acogedor. Me gustaría que aguantase así por muchos años, yo vendría cuando estuviese jubilado a sentarme aquí tranquilamente y mirar como pasan los trenes y como pasa la gente. ¡Final del trayecto! El viaje se ha acabado y también los sueños.

17.11.07

A las cinco y media

Eran las cinco de la tarde y en contra de lo acostumbrado las mesas estaban llenas de parroquianos. No es que fuera extraño encontrarlos allí bebiendo y jugando al dominó o a las cartas, pues los que estaban eran habituales de las partidas y de la charla con el vaso en la mano. Lo extraño era encontrarlos allí a esa hora, la mayoría de las mesas no solían estar ocupadas antes de las seis de la tarde y Nicolás, que se levantaba cada mañana a las cinco, aprovechaba esa circunstancia para hacer una buena siesta mientras Elisa recogía y limpiaba las mesas y lavaba las ollas utilizadas en la comida del mediodía. Pero aquella tarde Nicolás no durmió y tuvo que quedarse detrás del mostrador a esperar los acontecimientos mientras atendía a la clientela del casino.

La culpa de todo la tenía el viejo José que, harto de poseer unas tierras áridas a las que no podía sacar ningún rendimiento, se rindió a la oferta tentadora de una compañía constructora de la ciudad. Llevaban al menos cinco años rondándole para que se desprendiera de aquellos terrenos baldíos, pero a él, como a tantos otros del pueblo, le costaba desprenderse de unas tierras que siempre habían pertenecido a la familia. Aquel año, sin embargo, José tuvo que elegir entre malvivir con el beneficio mísero de una mala cosecha o asegurarse unos cuantos años de bienestar para él y para la familia de su único hijo.

Hacía una semana que habían llegado las palas excavadoras para abrir el terreno y como era la primera vez que se abría un boquete semejante en las afueras de aquel pueblo, conformado por casas bajas y una iglesia con una torre no muy alta, desde el primer día se convirtió en la atracción de los habitantes. A nadie le había hecho gracia que una constructora entrara en aquellas tierras, pero conocían a José y comprendían la situación por la que pasaba, así que se tragaron los peros y los contras y todos y cada uno de ellos, fueron desfilando por allí día sí y día también para ver como avanzaban las obras.

Aquella mañana, alrededor de las once y media, las máquinas habían parado de trabajar súbitamente, hubo llamadas urgentes por teléfono, los todoterrenos de la guardia civil se personaron rápidamente en el lugar y aparecieron varios personajes de la ciudad con sus trajes elegantes. El cabo de la guardia civil ordenó a varios números que alejaran a los curiosos que iban creciendo en cantidad según se extendía el rumor por las casas del pueblo. José apareció acompañado de un guardia que había ido a buscarlo a la viña, uniéndose a aquel corro variopinto donde ya se encontraba el alcalde del pueblo y el antiguo alguacil que tenía bastante más edad que José. Unos y otros hablaron durante varias horas allí de pie, al lado de las máquinas que se habían sacado fuera del terreno abierto y esperaban vacías de conductores a que alguien determinase qué hacer con ellas.

Ahora, a las cinco de la tarde, los que componían la reunión de la mañana se habían trasladado a la sala de plenos del ayuntamiento, abierta extraordinariamente para la ocasión; también había corrillos de gente ociosa en la plaza mayor del pueblo y en el casino de Nicolás los tertulianos se habían congregado antes de lo habitual para esperar juntos el acontecimiento. Todos hacían cábalas sobre cómo podría haber llegado aquello allí, los más viejos del lugar rememoraban los años de la guerra civil y negaban incrédulos haciendo gestos con la cabeza. Unos minutos antes de las cinco y media se hizo un silencio total entre todos los presentes. Nicolás se quedó de pié detrás del mostrador con la bayeta de secar en la mano, Elisa, procedente de la cocina, se colocó a su lado expectante. Los minutos tensos de la espera empezaron a hacerse eternos, pero nadie dijo nada, ninguno de ellos se movió de su sitio ni emitió el más leve sonido. Tan solo el reloj de la pared dejaba escapar, producido por el movimiento de la aguja, un leve y continuo -tac, tac, tac…- los segundos pasaban, los minutos seguían cayendo…ahora todas las cabezas tenían los ojos fijos en el reloj y empezaban a surgir miradas nerviosas e incrédulas, la aguja ya marcaba cinco minutos más de y media... alguien se removió en su silla…y de pronto rompiendo aquel silencio voluntario y contenido llegó el estruendo de la explosión, los cristales tintinearon por efecto de las vibraciones, todo el local pareció moverse en un rápido y casi imperceptible vaivén, y unos cuantos suspiros de alivio se dejaron escapar entre los presentes. Todo había acabado bien.

16.11.07

Por fin ¡¡¡Viernes!!!


12.11.07

Dos semanas de vacaciones

Dijo buenos días al pasar por delante del portero, no fue un saludo alegre ni tampoco triste, sino más bien una frase en el tono sombrío que suele caracterizar a la primera voz sin estrenar de la mañana. Cuando llegó a la calle se levantó el cuello del abrigo y sin mirar más allá del espacio meramente específico que podían abarcar sus pasos, echó a caminar con su maletín de trabajo, adecuándose al apresuramiento de los que le rodeaban, desapareciendo poco a poco en aquel inmenso oleaje de muchedumbre que arrasaba aquella ancha avenida del centro de la ciudad de New York.

Algo así como media hora después llegó Annabel al edificio donde habitaba Abraham Smith, cruzó por delante de la portería y dedicó una tímida sonrisa al conserje mientras se encaminaba hacia el ascensor de servicio. Tras abrir la puerta del piso con su llavín echó una mirada circular por la primera estancia comprobando el orden ya esperado y se dirigió hacia el dormitorio, el baño y la cocina, abriendo las ventanas a su paso para ventilar las piezas. Como de costumbre hizo la cama y lavó la vajilla antes de pasar el aspirador y limpiar el baño, no era difícil mantener limpio aquel apartamento y a las dos horas con el abrigo ya puesto recogía el dinero que Abraham siempre le dejaba en un sobre, aunque en esta ocasión además, apareció entre sus dedos una nota en la que el hombre le avisaba que se tomaría unas cortas vacaciones de quince días. Annabel encogió los hombros y algo pensativa salió deprisa dispuesta a continuar su jornada en otro apartamento.

El porqué el nombre de Abraham Smith se hallaba entre las carpetas de desaparecidos del agente Kingsley es un tanto fácil de suponer si tenemos en cuenta que pasaron dos meses desde la escena descrita más arriba. Que no hubiese vuelto a casa no hubiese tenido tanta importancia si Abraham hubiese salido de ella con varias maletas en las manos, pero no fue ese el caso, según testimonió el portero de la finca. Tampoco la hubiese tenido si Annabel al cerrar la puerta del apartamento, no hubiese estado cavilando acerca de porqué Abraham no la había avisado con antelación y poder recoger su mejor traje de la tintorería, siendo como era un hombre extremadamente puntilloso en sus cosas. Y por no tener, los hombres del FBI no tenían siquiera ni una maldita huella –gracias a Annabel-, ni un maldito recorte escrito en la papelera –otra vez gracias a Annabel-, ni posibilidad alguna de encontrar mensajes en el contestador –el señor Smith usaba móvil-. En las oficinas donde desempeñaba funciones como ejecutivo en la división de marketing no supieron explicar para qué diantre había pedido las vacaciones pues la verdad es que estas cosas no importaban poco ni mucho en una empresa de tamañas dimensiones. Estando así las cosas no es de extrañar que el agente Kingsley archivase aquel caso después de enviar la foto del señor Smith a todas las comisarías del estado de New York y no recibir respuesta alguna.

Pero tal vez, y digo solo tal vez porque estas cosas nunca sabes como las van a tomar los investigadores de una ciudad tan variopinta y con tan alto índice de delitos como New York, tal vez –insisto- si hubiesen investigado tan solo un poquito el pasado de Abraham se hubiesen dado cuenta que treinta años atrás, hasta tan solo un día antes de adquirir la nacionalidad estadounidense, el señor Smith era el señor Abraham Mir Cantaral nacido en España. Y seguramente indagando en su pasado hubiesen descubierto que tenía una hermana tres años mayor que él en Barcelona, en la calle Aragón trescientos veintiuno para más exactitud. Ella, en el caso hipotético de que hubiese estado en su casa, quizás no hubiese tenido reparos en hablarles sobre el posible paradero de su querido hermano; pero tampoco habría sido tan fácil la solución del caso porque la verdad sea dicha, esta hermana de nombre Edmunda –pobre mujer, pero a lo hecho pecho- también llevaba dos meses sin aparecer por su casa. Y es que la verdadera pista a seguir estaba en la fecha de la desaparición de Abraham en New York: exactamente el día veinticuatro de diciembre, dos días después del sorteo de la lotería nacional especial de Navidad que se celebra cada año en España. Dos días en los que el antiguo señor Mir se dio prisa en encontrar un billete de avión y en conseguir quince días de vacaciones, para volar raudo a cobrar la burrada de millones de euros que le habían caído a su hermana y a él en la ristra de décimos que compraban juntos cada año.

Para ser sinceros, os diré que ni él ni ella habían tenido tiempo de hacer planes acerca de lo que iban a hacer con semejante cantidad de dinero jamás esperada. Al ser época de fiestas navideñas Abraham encontró a su llegada todas las entidades bancarias cerradas, por lo que ambos hermanos decidieron quedarse en casa tranquilamente después de comer opíparamente en un buen restaurante. Habían hablado largo y tendido durante la comida y habían brindado y saciado la sed con varias botellas de cava, lo que les provocó una cierta relajación y amodorramiento cuando se hallaban echados -más que sentados- en el sofá de Edmunda delante de la pantalla del televisor. Entre uno de aquellos trances en los que iban cayendo de vez en cuando los dos hermanos, apareció en la pequeña pantalla un pobre hombre que lloraba desconsolado por la pérdida de su perro llamado Pancho, original mascota que dominaba tanto la tarea de recoger el periódico cada mañana como el complicado trabajo de poner lavadoras y fregar los cacharros de la cocina. Y el final inesperado de aquel anuncio comercial fue lo que de verdad, de verdad, inspiró el destino de Abraham y Edmunda Mir Cantaral, de tal modo que hasta el día de hoy ni yo mismo he podido esclarecer pista alguna acerca de su paradero. Tal vez con esta larga perorata que aquí os dejo, puedas indicarme tú, posible y avezado lector, el lugar o el momento en que por casualidad los hayas visto en algún punto de este nuestro querido planeta….

Desaparecidas

¿Conservais aún el blog de Terra? Yo sí y desde esta semana pasada me he quedado sin la mayoría de las fotos que aparecían en el blog junto con los relatos publicados. ¿Razones? Pues ni idea. Tan solo sé, después de entrar a buscarlas en varias ocasiones, que la carpeta particular a donde las había subido ha desaparecido. Así por las buenas.

Esto de Terra la verdad es que no tiene nombre, no les bastó cargarse los blogs y hacer un batiburrillo con las imágenes este verano pasado, sino que después del trabajito de chinos que representó subirlas de nuevo a la carpeta y colocar una por una en su sitio correspondiente ahora de un plumazo ¡Zas! la carpeta a tomar viento.

Creo, si no cambio de opinión porque ahora no dispongo de mucho tiempo, que voy a trasladar aquí todos mis relatos y por eso a partir de ahora aparecerán en cascada uno detrás de otro. Es que la paciencia tiene un límite....

8.11.07

Ummmm....